
30.04.08 @ 21:40:03. Archivado en Audio/Visuales
Como la pipa de Magritte que dice ce n’est pas une pipe, o la camiseta de Dragó que reza “Este no es Dragó”, esto no es un artículo sobre el Dos de Mayo. A lo sumo un amago de artículo, unos apuntes para el artículo, un bosquejo de algo quizá serviría para componer un artículo, un rodeo sobre algunas ideas vagas que quizá en 2108 podrían dar para un artículo, pero no es un artículo sobre el Dos de Mayo. Pero no podía pasar la ocasión de escribir algo sobre el Dos de Mayo, cá.
Me propuse terminar Un día de cólera, de Pérez-Reverte, antes del señalado día, pero va a ser que no me va a dar tiempo. Tras el entusiasmo inicial, el libro de APR se vuelve monótono y repetitivo, como un acta arbitral de lo que pasó aquel día famoso, pero desde una excesiva distancia. Un poco en esa línea de “que sea el propio lector quien decida sobre qué quiere horrorizarse”. Es minimalista en esa concepción, y se lee a gusto al principio, pero luego acaba por recordar a esas noticias cortapegadas de teletipo, como hechas con una sola mano.
Pero tiene cosas buenas el libro, como señalarnos los lugares en los que se gestó la monumental bronca cachiporrinavajil. Uno ya no coge un taxi de la misma manera en la calle San Bernardo de Madrid, u observa a los popis de la plaza del Dos de Mayo igual, ni pasa por la antes desconocida calle de Daoiz con la misma sensación. El barrio de Malasaña es otro, y también la esquina de San Andrés con la corredera de San Pablo, si no me lío, que es donde se cargaron a la joven heroína de 17 años. ¿Cuántos poperillos esclavos de la estética y el garrafón harán cola en la Nasti evocando a la mártir que dio nombre al barrio donde ahora se chuzan a base de criminal garrafón?
La Historia es menos complicada de lo que nos hicieron pensar. Pero hay que alejarse petulancia rimbombante del erudito hijodeputa, como decía Antonio Gala de ciertas lumbreras de mesa camilla empeñados en empañar la transparencia de los hechos. Porque en aquella España del 1800 hubo un conato de modernización, un sentimiento afrancesado, de ilustración que fue visto y no visto, que no cuajó, por culpa de la cerrazón mental, la estrechez de miras, el embrutecimiento infantil, el miedo al cambio propio de los inseguros, de los acaparadores de privilegios, de los curas oscuros, de los zancadilleadores de los Godoyes, de los de escupitajo al suelo y navaja en ristre, de los mamelucos de la razón, del ojo por ojo, el cainismo ancestral, el duelo a garrotazos, por culpa de la agresividad espoleada por vinorro manchego de ese enrojece las narices y erosiona los cerebelos.
Hubo una oportunidad de dejar de ser una panda de cazurros con un pasado glorioso, pero se fue todo a tomar por el culo de Dios. “El Dos de Mayo frenó la modernidad”, dice Pérez-Reverte, quien siente ternura y un poco de vergüencilla ajena por los protagonistas que salieron a la calle. “Unos tíos que defendían la monarquía y la religión”. Y añade: “No sabían que nos traían a Fernando VII, el mayor hijo de puta de nuestra historia reciente".
No es fácil tolerar que un país vecino se meta hasta la cocina para decirte cómo debes modernizarte. Pero pensemos en cómo habría sido España con décadas de “co-habitación” política con Francia. Una de las primeras cosas que hizo José Bonaparte en España fue impulsar la creación de un Instituto de Instituto Nacional de las Artes y las Ciencias. ¿Qué hizo Fernando VII? Putaditas populares, tantas que pasó a la Historia como El Rey Felón, y eso que empezó como Fernando El deseado, me chiva wikipedia. Luego llegaría la “década ominosa” de locuaz título, y un siglo XIX de bipolaridad bronca entre conservadores y progresistas, absolutistas y liberales, monárquicos y republicanos.
Entre monarquías borbónicas y dictaduras de Primo de Rivera se forjó la Edad de Plata de la Literatura en España, del 1898 a 1931. Un periodo que se las prometía felices, hasta que la mala sangre comenzó a frenar el paso a otra modernidad que tampoco llegaría. Se impuso de nuevo el oscurantismo, y una nueva Edad Media, ominosa, pacata, bobalicona, se instaló a lo bestia bajo el nombre del franquismo. Se había perdido otra oportunidad de ser un país del que sentirse orgulloso.
Y ahora llega el Dos de Mayo de 2008, y parece que llegan aires de cambio. Pero no será fácil recuperar la oportunidad perdida cuando una formación política, la que se decanta hacia el lado conservador-monárquico-religioso-absolutista de la moneda, y permitan el maniqueísmo, aún convence a diez millones de votantes. Llega el Dos de Mayo, y en Móstoles brindarán por aquellos mamporros callejeros que tanto pueden recordarnos a los suníes poniendo bombazos en el centro de Bagdad. Llega el Dos de Mayo y ahí quien descorcha sidra el Gaitero y blasfema contra los gabachos de mierda, y quien se enorgullece de aquel estallido de violencia sin control. Llega el Dos de Mayo y se hace necesario más que nunca aquel topicazo manido de “quien no conoce su Historia está condenado a repetirla”. Por suerte, parece que el pueblo español empieza a hacer memoria. Lo dijo el poeta Juan Gelman el otro día: “Hoy celebro nuevamente una España empeñada en rescatar su memoria histórica”.
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22.04.08 @ 21:03:56. Archivado en Divagaciones
"Onetti estaba más vivo en la cama que mucha gente de pie y a pie". Esto dice la viuda, una de esas viudas que se dedica en vida a comentar las jugaditas de su difunto marido, celebritie de la literatura. También quita hierro a ese leyenda urbana (o rural, según dónde se cuente) que decía que Onetti, el escritor uruguayo afincado desde 1975 en Madrid, Juan Carlos Onetti, se pegó media vida en la cama. Un problema en la pierna le hizo decantarse por esa opción horizontal, en el último tramo de su vida, y así pasaría una más que digna existencia, prólogo de la muerte eterna que luego llegaría.
A veces, envidio esa vida minimalista de escritor en cama. Dicen que bebía whisky, que se fumaba sus buenas dosis de nicotina y alquitrán recostado, incluso comería en bandeja y se tragaría el proto-Saber y ganar que existiera entonces en TVE. Me suena que vivía por avenida de América, aunque también dicen que estaba ingresado en una clínica. Estaba en la cama, eso es seguro. Ese era su islote robinsoniano desde el que controlaba el mundo, y no al revés.
Y sí, a veces puedo llegar a envidiar esa vida tumbada, de deserción más o menos libre, más o menos impuesta. Porque creo que la noche a veces se nos queda corta, y deberíamos tener derecho a hibernar en cualquier estación del año. Hoy he aprendido que hay una más, la quinta, y que es la que ocurre cuando acaba el verano y el otoño se retarda, en ese limbo del calendario en que se ha recogido la cosecha, y la naturaleza se tumba henchida como un caballo viejo que se estira en el establo (un tal Kurt Tucholsky).
Las vacaciones de verano no bastan, ni alivian tampoco. Con esa premura de planes, viajes, vuelos low cost, rutas alternativas, oficiales, cooficiales, esa urgencia de felicidad que pasa factura a los menos previsores. Esa felicidad enlatada entre dos puntos del calendario de Easyjet.com, con lo vulgar que es viajar ahora que lo hace todo el mundo (un tal Borja).
No, el año está estructurado de tal manera que el descanso, aquel “Educación y descanso” del franquismo, sea un bien escaso. Bueno, según se mire: por algo triunfa el turismo de sol y playa. Es la búsqueda ansiosa de la cama de Onetti, sólo que más cutre.
No. El sol también cansa, abruma, ciega. El propio Onetti, una vez que lo invitaron a San Lorenzo del Escorial, leo por ahí, puso su cama, nada más llegar mirando a la pared. Rechazaba así la estimulante vista del paisaje serrano, terco y decidido. “No le gustaban los viajes", le defiende su viuda. Como a Rafael Reig, por cierto, que en su reseña biográfico dice algo muy reseñable: “Intento viajar lo menos posible”.
Hay una excesiva tendencia al viaje, a la hipersensación, al hipertocamiento de los cojoncillos del ocio, y es fácil ser víctima de esa vorágine de la adrenalina. Pero a veces el cuerpo, con su matemática interna, dice ¡basta! y reivindica su dosis de cama, de absoluta inmersión en la nada. "¿Qué te pasaba, Eduardo?". "No, no era gripe exactamente".
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06.04.08 @ 21:34:10. Archivado en Divagaciones
Si juntamos las caras de Michael Caine, Woddy Allen y Mister Bean no andaríamos muy lejos conformar el careto de Alan Greenspan, ese Adam Smith de nuestros días. Este domingo aparecía en El País (El Mundo, como periódico-instrumento, hace tiempo que me interesa poco, con su apoyo ahora descarado a Aguirre, y su despotrique antirajoyano. Pedrojota quizá debiera revisarse aquello sobre la imparcialidad que se hablaba en la Universidad de Navarra, cierro paréntesis), aparecía en Le Pays, digo, el amigo Greenspan, avanzando unos nubarrones económicos sobre nuestro país que para mi que tienen más de cierto que todo el fantasma este del cambio climático.

Pero no seré yo quien postee las agudas, acertadas y sin duda necesarias reflexiones del amigo Greenspan. Tan sólo destacaré un detalle curioso de su vida cotidiana, que me ha llamado la atención hasta alcanzar la categoría de “temapalblog”. Y es que el aquí economista resulta que se pega un baño de hora y media cada día, de 6 a 7 y media de la mañana, hora estadounidense. La costumbre empezó en 1971, cuenta Greenspan, cuando se dislocó la espalda y le recomendaron diarios matutinos: “Descubrí que me gustaba. Era un entorno ideal para el trabajo. Podía leer, podía escribir y gozaba de una perfecta intimidad”, dice.
Supongo que se habría provisto de una de esas tablas que ignoro quién vende o fabrica, para sujetar su material de trabajo, para evitar que sus sesudas cavilaciones quedaran en papel mojado. Cuesta imaginar al super gurú de la economía mundial definiendo las líneas conceptuales de los mercados planetarios desnudico por la mañana, arrugado como una lombriz octogenaria y con un suave olor a S-3 de Legrain.
Arcadi Espada también decía que aprovechaba la ducha para dar forma a los productos intelectuales del día: el post, la columna, el artículo. Es cierto que ese periodo extraño de la ducha o baño diaria nos deja como desnudos. Quizá nos vemos como en esencia somos, y los pensamientos salgan más puros, evaporándose casi, como un extraño alambique de la razón. En el próximo piso al que me mude, —intentado emular a Rafael Reig en cuanto a número de pisos habitados en corto espacio de tiempo (el dice haber vivido en no menos de 50 pisos)—, buscaré que tenga bañera, y me agenciaré una tablilla de esas a lo “Asesinato de Marat”. Lo de levantarse a las seis ya lo iremos viendo.
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El grupo del gordito este, Miqui Puig, era un precursor, como Andy Hurtado, de un fenómeno sin parangón y con mucho futuro: el de los sencillos, esto es, los singles. En un principio fue el verbo, luego Dios creó al hombre, a la mujer, a Caín, a Abel, y un largo etcétera de personajes bíblicos –no cabrían en este post-, hasta dar con la última y genial criatura, esto es, los singles, los sencillos, los solterones/as, los nones, los impares, los lonelys, los bebedores de barra con un solo posavasos, los que sólo cuentan con una mesilla de noche, y un solo lado de la cama, los que tienen un armario con prendas de un solo género, los que los compran en el súper sólo lo que realmente les apetece, sí, los singles.
Son el ying y el yang de las parejotas con críos, eternos insatisfechos, que viven instalados en la sempiterna in-certitud, felices de ser singles por la esperanza vital que da pensar que algún día dejarán de serlo, y su vida será completa. Hasta entonces, van tirando en una existencia que no parece más áspera que la de las citadas parejotas. Porque, como pasa con todo excepto con Auswitchz, lo de la singletud tiene sus cosas malas y cosas buenas.
Mi compañero de trabajo y sin embargo amigo, Newcamarator, cita de cuando en cuando a su ex, con la coletilla añadida de “que en paz descanse”. No es que haya muerto, pero él poco menos que la da por difunta, con un deje de sano rencor en sus palabras. “No era feliz”, se explica desde su mirador de single, donde todo se ve a veces con un punto de refrescante libertad. Ahora se ha independizado a casa de sus padres, sitos en la Costa del Sol prejubilándose a gusto, y vive con esperanza la espera de que una “mujer guapa y rica” le vaya a buscar a sus clases de mecanografía de los martes.
Hasta entonces, dedica el poco tiempo libre que le permite el periodismo on-line a visitar amigos que crean familias, cumpliendo el papel de convidado de goma que se requiere en esas ocasiones domésticas de felicidad ajena, algo estomagantes para todo single. Porque un single tiene también algo de viudo, de visitador de vidas constituidas en las que se sentirá como un estorbo, como una pieza del Tetris con final no ensamblado. Siniestros pensamientos le rondarán el coco cuando se vea en la tesitura de “molestar” a esas jóvenes familias que le invitan a cañas con un punto de amabilidad un si es no es piadosa. Incluso le invitarán a apuntarse con él a no sé qué vacaciones o puente foral, en el que se sentiría más desubicado que Yola Berrocal en aquel programa de Sánchez Dragó.
La pareja, la familia emergente, se despedirá de él, pisoteando la alfombra de gambas en el suelo de ese bar madrileño, y quedarán en verse pronto, con profusión de afecto en las pupilas. Ellos envidiarán por momentos la anchura de posibilidades de su amigo single, su capacidad de seducir y ser seducido ad infinitum, la sensación de ir ligero como un globo aerostático sin saquitos de piedra, que en este caso son pañales con cacotas del nene. Él sentirá un punto de orgullo torero por trazar una biografía más “auténtica”, más heroica, si queréis, pero a menudo más vacía que el furgón del Dioni. Luego le invadirá una negritud barojiana y maldecirá el individualismo que le rodea cada poro de la piel, y el estar mirando el escaparate de una agencia de viajes con ofertas a Túnez para irse solo. Sí, un single debe acostumbrarse a viajar solo, y sentir el zumbido de la gente por la Quinta Avenida de Nueva York, sin nadie a quien agarrarse, ni nadie que te apruebe la elección del tal jersey en la tienda más cool del Soho.
Cada uno, digo, se irá por su lado, pensando en qué preparar para comer, y en cómo digerir esa vida que se ha creado que no sabe si le gusta o no le gusta, como las patatas ali-oli algo revenías que se han metido en el buche, y que aún le repiten.
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11.03.08 @ 11:53:10. Archivado en Hiperlocalismo
He pactado con la Sardina Perezosa escribir bajo un mismo título, que es el que está arriba, como suele ser corriente en el mundo de los títulos. Hace tiempo que las observo, a esas parejas de dos, en verdad desde siempre, sólo que nunca me había dado cuenta de que lo hacía. Puede que así pase con todo, vemos cosas, convivimos con ellas, y un buen día nos damos cuenta de que existen, y que reclaman un protagonismo extraño que antes se les negó.
Mucha gente les dice: qué parejota más maja. Sí, suelen ser como de Pamplona, y ya tienen críos. A veces uno, y van por el segundo. Las más dos, y se llaman Iker y María, o Iñaki y Nerea, o Urko y Sheila. Los hijos de estas parejas sanotas suelen ser cabezones, rayando una fealdad injusta, que hace que el amor universal hacia los niños se ponga en un solfa atronador. Una canción dice que una tía era tan fea que fue a comprar una careta por carnaval y sólo le dieron la goma, que se apuntó a un concurso de feos y que le dijeron que no aceptaban profesionales. Pues eso, pero no tanto. Es una fealdad triste, navarrica, y más si van vestidos de cashericos, por alguna de estas efemérides hiperlocales en las que la muchadada se viste de aldeano. Por cierto, los padres de estas parejas se llaman Satur y Mirentxu, o Fermín y María Jesús Goñi.
Estas parejotas tienen sus momentos de exhibición. Aparecen de pronto entre la masa gris y retoman su plaza preferente en la ciudadanía, blandiendo sus silletas Jané de marca blanca. Se apostan cerca de algún bar que echa humo, y se quedan al fresco ejerciendo el papel que les corresponde, el de saludar a otras parejotas, hablar de las cagadas del niño, las guarderías, que si van a llevarlo a la ikastola o a maristas, que si es agotador, que si me come bien, que si es un trasto, que si que si que si que si.
El padre de las criaturas tiene uno de esos trabajos dignos, de responsabilidad tibia. Jefe de obra en Imárcoain, responsable de producto en una fábrica de judías verdes de Marcilla, subcoordinador de formación en una empresa de recursos humanos de Tafalla, que va a montar una planta de reciclaje extraña y pagada por el Gobierno foral. Gasta una incipiente calvicie pero su pelo aún es oscuro, aunque la tripa hace tiempo ya que es algo blandengue y molicioso.
La madre de las criaturas trabaja en una inmobiliaria, en una correduría de seguros, en una autoescuela, o en una empresa de administración de fincas. Suele ir con su madre los sábados por la tarde de compras y a tomarse un café con leche en Zucitola.
Parejotas con críos y viviendas de protección oficial son sinónimos. Pueblan esos barrios de nueva planta, en esos portales brillantes y perfectamente diseñados para la comodidad, las zapatillas de casa, el pantallón para el Plus y el cuadro horrible del pariente artista, que hay que colgar en algún lado y, sin excepción, rodea un horrible marco dorado y rocococó. En el salón, suele situarse el parqué de los nenes, y es habitual la invasión de objetos lúdico-infantiles en ese territorio otrora limitado a la vida adulta. Es habitual encontrar en esos salones uno de esos muebles panmobiliarios en los que cabe de todo, y las colecciones de libros y deuvedeses que regalan los diarios casi a diario. También hay espacio para grandes dosis de novela histórica, y los libros de la carrera, Relaciones Laborales o Psicología por la UNED, para que quede constancia de que en esa casa se lee.
Sí, las parejotas con críos parecen felices. Se van de potes por San Gregorio, juegan al mus, pertenecen a alguna peña, en sanfermines lo pasan pipa y veranean en Salou. Cada quince días él acude al Reyno de Navarra a ver al osasunica, y ella aprovecha para ver una película romántica. Son los reyes del bienestar y para él viven, lo idolatran, es su deidad más absoluta. Luego los críos van creciendo, y ellos también, y se produce un momento raro de desubicación, y los temas de conversación faltan y llegan las dudas, y esas crisis de las que hablan las películas. Se desdibujan, ya no sacan tanto pecho en los chaflanes del Segundo Ensanche, y entonces empiezan a hacer rarezas. Pero recuerdan con cariño su momento álgido, y como su chaval era el más guapo de Sarrigurren, ciudad ecológica y protegida.
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Michi Panero fue un escritor sin obra, que es una forma poco productiva de ser escritor, tanto que desposee al escritor sin obra del siempre ansiado título de escritor (la gente se mete a escritor para decir que es algo, en esa viciosa actitud del ser humano de acotarse y reducirse). Pero el escritor sin obra es en cierta manera escritor, como hay actores sin tablas, bailarinas sin coreógrafo, putas sin chequera, caudillos sin masa y políticos sin atril. Políticos sin atril, sin escaño, ni acta parlamentaria, pero que te improvisan un mitin a la primeras de cambio, con peor saña que cualquier politicastro corruzto. A éstos últimos les puedes pasar página, apagar radio, zapear canal, esquivar mediáticamente, pero a los políticos sin atril, pero con ganas de monserguear a base de bien, cuesta horrores quitárselos de encima. Alguien debería decirles algo, que se callaran, o que se metieran en alguna asociación de salvamentos improbables, como el del aborto de la gallina, pero que no nos dieran tanto la turra. Porque, como dijo el propio Michi Panero, “en esta vida se puede ser de todo, menos un coñazo”.
Estos políticos diletantes se caracterizan por su falta de oportunidad. Sueltan la vomitona palabril sin preguntar a su improvisada audiencia si están preparados para esa carga dialéctica sesgada, dirigida, manipuladora, persuasiva y terriblemente incompleta, parcial y trufada de lagunas que diluyen cualquier viso de credibilidad en su discurso. Entre camareros y taxistas es fácil encontrar este tipo de político sin siglas, ni sueldazo, ni lamentable ambición. Son temibles porque, además, aprovechan las condiciones favorables de sus cubículos de propaganda para “aplicarte la teoría” sin compasión. Un speech de esos porteadores de seres humanos puede ser letal, sobre todo si uno resulta que está de resaca o acosado por sus propias rumias. El taxista se crecerá y se crecerá en sus diatribas cargadas de agresividad española, que tratará de disimular sin éxito para parecer racional en sus racionamientos. Jamás esperarán un comentario o un apoyo dialéctico del interlocutor, cuya función en el proceso comunicativo será lo más lejano a aquella bidireccionalidad feebackiana que nos enseñó Esteban López Escobar en Teoría de la Comunicación Informativa. Al menos, sabe uno que la verborrea termina cuando se llegue al destino.
No pasa lo mismo con ciertos camareros que van de enrollaos, y que comienzan ganándose la confianza del cliente para luego usarlo como destinatario de su mala bilis existencial y laboral. Hace poco, en una tasca gallega de Madrid, asistí a uno de esos desahogos orales que luego no se descuentan de la cuenta. Uno de esos discursos encendidos que la parroquia escuchante digiere como puede, asintiendo y riendo las gracias por amabilidad, mientras caen lindezas racistohomofóbicas a granel. Son los Jiménezlosantos wannabe, pero con menos gracejo y sin la autocensura obispal, que tampoco debe de ser mucha.
Luego existen otro tipo de oradores persuasivos menos estentóreos, pero igualmente coñazos. Van por la vida con su verdad por delante, y no aceptan otra cosa que no sea esa verdad empaquetada, que intentan hacerte tragar sin ni siquiera taparte la nariz. Manejan tres o cuatro argumentos que han hechos suyos, y que suelen dejar desarmado al desprevenido interlocutor, que jamás quiso tomar vela en ese entierro. Entonces le espolean para que se moje, y claro, el otro quizá se pique, hasta que descubre que el debate es lo más opuesto a aquella dialéctica de Platón de ir, peldaño a peldaño, con honestidad y respeto por el saber, accediendo al Mundo de las Ideas. Sólo quieren imponer esa verdad que se han formado con cuatro retales informativos, hacer alarde de algo que te venden como conocimiento cuando sólo es información filtrada según interés y, de paso, hincharse los pulmones como diciendo aquí-estoy-yo y fíjate que-bien-hablo y cuánto-sé. Quizá hasta logren impresionar a algún alma impresionable y cándida, pero a mí sólo me producen cansancio, rechazo y hasta esa agresividad que muchos de ellos apenas canalizan, pues se les sale por las palabras.
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28.01.08 @ 02:16:38. Archivado en Misceláneo
Este domingo mi tía y mi prima me han invitado a Ramses, uno de esos sitios cuya rutilancia se comenta desde provincias, entre la gente que está enteradilla de qué es in y qué no lo es. Está en la plaza de la Independencia, donde la Puerta de Alcalá, Madrid.
He llegado con esas pintas de resaca dominical de pelo mojado y despistado, y por poco no me dejan entrar. El personal receptor me ha mirado con desconfianza, y me han preguntado como tres o cuatro veces que qué quería, y qué donde iba a comer, si había reservado, y no sé qué más. Me han hecho sentir como la amiga puta de Julia Roberts en el hall del hotel de Pretty Woman. Luego han caído en que yo tenía mucha más clase que ellos, y me han conducido hasta do se encontraban mis parientes, comiéndose el orgullo por esa errónea presunción de ordinariez con que me habían tratado. Les he ignorado con la más acusada de mis indiferencias, por supuesto.
Del lugar me ha llamado la atención esa decoración entre blanquinegra cebril, con toques yo diría que góticos, de película futurista a lo Gattaca. Me he sentado en una silla rococó pero más bien estándar, mientras que tía e hija permanecían introducidas como en unas carlingas que les envolvían toda su proporción corporal. Me he pedido un Mary Blood, que era como un Bloddy Mary pero con otro nombre, y la verdad es que estaba fuertote, y no he podido con él. Porque el Bloody Mary tiene además una vida muy corta, en cuanto el hielo se convierte en agua, y el cóctel en una piscina sangrienta con sabor a gazpacho soso.
“La decoración es de Philippe Stark”, me informan mis familiares, mientras uno de esos camareros con poca vocación de servicio nos ofrece un risotto con boquerones y almejas y calamares, muy rico. Luego le han servido a mi tía otra copa de Möet Chandon, y entonces sí que he visto por primera vez el brillo del lujo, con su distancia sobre el vulgo, el clamoroso encanto de la burguesía. Han sido un par de fracciones de segundo, pero el plano, el fotograma visual, ha merecido la pena. El plomo del cuello de la botella del champán, dorado, brillo entre la oscuridad de cebra reinante, que regalaba unos destellos lujosos, vivos, sublimes, me han hecho disfrutar de la imagen como el pintor hiperrealista que no soy. Ese ha sido el momento sublime de ese brunch más lunch que breakfast al que me he sido amablemente convidado, con mi moderada resaca a cuestas. Y he apreciado el valor del lujo, como cosa excepcional y lúdica, que no como hábito, pose o, mucho menos, pretensión.
Después he ido a mear, porque en este tipo de sitios siempre hay que explorar los servicios, y he descubierto que eran unisex, cosa que en el fondo a mí no me gusta, por aquello de que las trastiendas de la digestión y sus sonoridades no me gusta airearlas intersexos. Después de la micción, me he aproximado a esa suerte de lavado amplio y espacioso, y no he conseguido lavarme las manos, porque no había manera de que el surtidor surtiera efecto, y agua. Ponía las manos debajo y nada, y me sentía inútil y observado, con una música alta y glamourosa de fondo. He salido por esa puerta faraónica con cortinajes a ambos lados y, ya por curiosidad, le he preguntado a un camarero que cómo coño funcionaba el gripo. “Hay un pedal”, me dice. Un pedal que yo había pisado de todas las maneras, muy por cierto.
Y la sesión de pedorrería barrisalamanquesa matritense ha concluido del modo más egregio posible, nada menos con la presencia de doña Letizia Ortiz, principesa de Asturias a la sazón. Iba de incógnito, acodada en la elegante y blanca barra de la parte de abajo, acompañada de lo que creemos que era su hermana. Llevaba unas grandes gafas de camuflaje, unos pantalones que no ocultaban su extrema delgadez y unas Nike muy modernas. Los camareros la miraban sin mirarla, hechizados por esa aureola de monarquía clandestina y atrayente que de pronto imperaba en el local.
Hemos salido, y le he lanzado un saludo popular desde el otro lado del cristal. No he podido evitar esas ganas de hacer el ganso en plan simpático mientras nos mezclábamos alegremente con la gente, con el sol de Madrid, con la calle Alcalá, contentos de ser plebeyos y libres, con el brillo del Möet aún en la retina, difuminándose sin traumas.
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12.01.08 @ 11:27:24. Archivado en Misceláneo
Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...
Hasta siempre

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Creí que la palabra no existiría, y que habría que conformarse con certidumbre, sonora, con empaque, pero demasiado larga para ser usada así como si tal. Pero sí, resulta que la palabra certitud, que viene a ser lo contrario de incertidumbre, y lo mismo que certeza, según el DRAE, no es una de esas invenciones léxicas que a veces se dan cita por aquí. Lo que no existe es incertitud para negar la certitud, por esas reglas anárquicas e irregulares del lenguaje que es tan poco cartesiano como la vida misma, por mucho que se empeñen los que aún creen que con la razón se llega a algún sitio.
Resulta que una lectora me comenta que para ella el año 2007 se podía resumir en la palabra incertidumbre. O In-Certitud, que suena como más de festival de música electrónica en Guadalajara o de perfume de Hugo Boss. No sé si la incertidumbre es buena o mala, como tampoco sé si soy indeciso. ¿Qué es peor, la ignorancia o la indiferencia?, pregunta uno. Ni lo sé ni me importa, responde el otro. Pues eso. Se ha escrito mucho sobre la indiferencia, y mi querido Molusco podrá traer a colación alguna sesuda cita de un libro sesudo que leímos bajo los lesivos efectos del cáñamo holandés.
Vivimos en una constante incertidumbre, calmada sólo por pequeñas certitudes que nos hacen panicar un poco menos. Tratamos de fijar cosas para calmar el exceso de incertidumbre, que como todo en exceso es mala. Fijamos nuestro pelo, nuestros horarios, nuestros domicilios, nuestro sitio en la mesa, nuestro tipo de alcohol destilado, nuestra manera de coger postura en la cama, solos o acompañados. Esos pequeños goles a la incertidumbre parece que nos hacen caminar sobre algo sólido y reconocible.
Sin embargo, un exceso de certidumbre o certitud, opino, puede ser, como todo exceso, mala para la salud, mental y física. Vemos cada día como tantos matrimonios malviven bajo el yugo de esa certidumbre opresora, que marca sus rutinas sin la fisura necesaria de incertidumbre. Se acuestan deseándose lo peor el uno para el otro, y concilian el sueño envidiando a Sarkozy y Bruni, por su amor lleno de incertidumbres en el Valle de los Reyes, o en el tren del Oeste de Ogodisné. Ah, lamentan haber convertido su vida, ¡la única! en una inversión en Bonos del Estado, y desearían volver atrás, y meter todos sus ahorros sentimentales al menos en el imprecedible Ibex 35. Pero ya es tarde. Hay demasiada pasta en las Letras del Tesoro como para empezar de cero.
Pensé también sobre la incertidumbre en el siempre mágico día de Reyes. La víspera nos hacemos los regalos del amigo invisible, en plan familiar. Esta vez, no sé por qué, me decidí por una decisión que luego lamentaría, y que fue indicar a mi regalador que regalo quería. Así que me pedí unos de esos pseudoiPods de poco fuste que descubrí en el blog de Ender, un Creative Zen (que además hoy me han comentado que son una mierda). En cuanto empezó el festejo, y tuve la certeza de que no había incertidumbre posible, y toda la magia de los Reyes Magos se vino abajo como una gigante con pies de barro en la casa del terror. Descubrí con nitidez mi error, y cómo la incertidumbre ante el regalo era más excitante que el regalo en sí, que en tantas ocasiones decepciona o sabe a poco. Justo como aquello de que la dosis de la felicidad está en la sala de espera de la felicidad, como dice Eduardo (Punset, por supuesto). (O en la imaginación ante lo por venir, como se habló por aquí y perdón por la autocita.)
La incertidumbre, por tanto, requiere, como el colesterol, o la ventilación doméstica, su justa dosis, su medida, su control, su dominio. El problema, oh, ¡cuán puta puedes llegar a ser!, es que no es tan fácil de domeñar y que su control se nos escapa, como tantas cosas importantes de la nuestra existencia.
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La belleza entra por los ojos, y los periódicos no se libran de esta ley no escrita. Los de El País se dieron cuenta un día de que no llegarían muy lejos con su abigarramiento tipográfico de años, y decidieron dar aire a tanta grafía prieta. Como siempre que se hace un cambio, cayeron críticas, y los rompedores criticaron que para cambiar a medias mejor no cambiar, y los nostálgicos criticaron que por qué cambiar cuando algo funciona. A los que nos situamos en el extremo centro de las cosas, nos pareció bien aquel cambio.
Algo parecido he sentido con el nuevo Diario de Navarra. En su día, con la entrada de Inés Artajo a la dirección, sobrevinieron pequeños pero interesantes cambios. No me convencieron del todo, porque se hicieron como a la mitad. Y eso quedaba raro. Como si alguien pintara sólo la mitad de la casa, y dejara la otra parte con esa blancura negruzca que tienen las paredes blancas que no se pintan. Se reinventó la sección Opinión, se ficharon nuevos columnistas, de mayor alcance (Santiago González, Manuel Alcántara) y se introdujeron sutiles novedades de diseño, como en la sección Diario2. Había una declaración de intenciones, pero demasiado tímida. Aquí se escribió en su día algo al respecto, aplaudiendo el cambio pero pidiendo más.
Y 16 meses después, como si de pronto un post pudiera tener influencia, los cambios han operado. La cirugía estética llegó a DDN, un rediseño que, como dije el otro día, también parece que afecta al interior.
Y después de este preludio inútil, estaría bien decir algo en concreto sobre el nuevo diseño, con un ejemplar que tengo de noviembre, no sé si habrá habido más evoluciones. Para empezar, la cabecera. Recuperan una de sus cabeceras antiguas, en la línea de lo que hacen muchos periódicos mundiales, como el Herald Tribune, Le Monde, The Washington Post o incluso El Imparcial, de Anson, que recupera el diseño primigenio de aquel periódico decimonónico. Podríamos calzar aquí el topico de que funde tradición y modernidad, y no quedaría tan mal. Esas letras hacen pensar en nuestros abuelos navarros, en un pasado común, y eso, en el mundo globalizado tan necesitado de lo local, se agradece.
Se mantiene la estructura de las secciones que, en general, creo que son acertadas. Se podría arrancar quizá con internacional, como hace El País, marca de la casa ésa bastante criticada, por cierto. A mí me parece más lógico abrir con internacional, por aquello de ir de lo general a lo particular. De Caracas a la Chantrea. De Trípoli a Barañaín.
La sección de Opinión aparece limpia, y no demasiado densa, para lo que suelen ser estas secciones. Se echa en falta quizá algún articulista de peso, sin apellidos navarros, y sin tanto aspecto de votar a UPN, pero bueno, quizá esto sea demasiado pedir. Un periódico no es un soporte de lo que pasa en la Tierra, que sí lo es, pero es también una toma de conciencia, una actitud ante el mundo, una manera de interpretar el caos de la vida y tratar de explicarlo a los lectores, obedeciendo a unos principios editoriales, como las personas obedecen a sus principios personales al enfrentarse a las cosas, a la vida. Pretender lo contrario es crear periódicos sin alma, huecos. Porque un buen periódico, como un buen equipo de club de fútbol, debe tender a ser algo más que un periódico. Sin embargo, tanto en las personas, como en los periódicos, cuanto más anchas sean las miras, dentro de una base más o menos permanente, mejor.
También me gusta la nueva tipografía, Charcoal creo que es, y los títulos de las secciones, en un gris suave, y los juegos con las líneas, corondeles, filetes, o como quiera que se llamen. Y la nueva disposición de la información, con más datos, pildoreados, frases destacadas (antes las había, pero ahora más). Me fijo en una entrevista a Joaquín Araujo, naturalista, habitual de RNE. Esta clase de tipos lleva viniendo a Pamplona décadas, a charlas a la Universidad, a congresos, y cosas así. Puede que me equivoque, pero no era normal encontrarse con entrevistas a estos personajes en las épocas anteriores. Y a Pamplona viene mucha gente interesante, opino, a lo largo del año, que puede y debe ser entrevistada.
Parece que se va perdiendo el miedo a las infografías, como veo en la apertura de Navarra. Ya en plan cojonero, yo no la habría puesto justo debajo del titular, como tampoco los sumarios justo antes del arrancar el texto, a la derecha del titular. Pero vamos, hay que cuidar el tema infografía, y parece que se está haciendo.
Me llama la atención, en este análisis al diario del lunes 19 de noviembre de 2007 (no tengo más a mano aquí en Madrid), que no haya una sección exclusiva para Pamplona. De Navarra, se pasa a Tafalla y Zona Media. ¿Y Pamplona?
Saltando los deportes, que yo diría que todo OK, donde más ha mejorado y ganado el DDN es en la parte de ocio y cultura, el Diario2. Se presta a la creatividad gráfica, hay temas como interesantes (entrevista a Luis Landero) y, por lo que veo, la colaboración —no sé si fija— de Juan José Millás.
También, ¡ya era hora! se ofrece una agenda como Zeus manda, con todas las exposiciones, charlas, teatros, soliloquios y zarabandas varias. También la página de cotilleos, La pasarela, queda bastante remozada, gracias también al color. Y algunas pildoritas, pero sin pasarse como uno de esos Qué!, que se agradecen, como una cita de Alaska, cumpleaños de famosos, y curiosidades varias, como que en un bar de Sevilla una tapa se llama “Por qué no te callas?”. Y mucho más completa también la página de Cartelera, a la altura de un periódico nacional, toda una doble página de cine, con un tema central cinéfilo y detalles que adornan.
Y de la contra no diré nada porque sólo tengo la del lunes, que no es la habitual. No conviene descuidarla. En El Mundo de Almería, había un tío sólo para las contras, y se buscaban historias graciosas todos los días. Una famosa periodista local, Violeta J. B., que le sustituyó en verano, se las apañaba para buscar cada día nuevos temas, que interesaran al almeriense de a pie (y al sentado). Que si la receta de una bebida típica de no sé qué quiosco típico de la ciudad, y que un día probó John Lennon, creo, que pasaba por ahí. O un tipo que le vendió un barco a Charles Chaplin, u otro que cada mañana pedía por favor que le dejaran tocar el piano de la Diputación, de 7 a 9 de la mañana, antes de que abrieran el edificio público. El tío no tenía instrumento en su casa, pero sí ganas de tocarlo.
Me he extendido un huevo y medio, sí. Me parecía importante felicitar a los impulsores del cambio, que han dejado el periódico como la nueva estación de autobuses, porque el anterior, el viejo, parecía impermeable a los avances de los tiempos, como la vieja estación. Congratulémonos, porque, como dijo Shakespeare, “Navarra será el asombro del mundo”. ¿Por qué no soñar con ello?
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Hacía tiempo que quería dejar por escrito la grata sorpresa que me llevé al recibir un ejemplar del Diario de Navarra. Me llegó en el extranjero, en un viaje holandés, y fue mi tía quien me entregó un ejemplar, el del 19 de noviembre. Entre sus páginas se incluía un interesante reportaje, una especie de A sangre fría a la navarra, con Gabriel González en plan Truman Capote, sobre los últimos garrotazos viles cometidos en Navarra. Arrancaba con la historia de dos hermanos de Miranda de Arga, condenados por haber matado sus padres y su hermano, toscamente, a hierro frío en la cabezota, por un asunto de tierras y mayorazgos. “A ver si hacemos algo entre todos, que yo creo que haremos si no es a las buenas a las otras”, hablaron entre los dos hermanos asesinos, allá por 1955, para resolver aquella injusticia en el reparto. Se pasaron en el procedimiento, claro, como también se pasó el que les mandó al garrote vil, hace cincuenta años.
Esta historia, perlada de motes y detalles enjundiosos, nos la contaba a menudo mi abuela, de Miranda de Arga, que se conocía al dedillo aquellas siniestros relatos que apenas salían en los periódicos. “El horrendo crimen de Miranda de Arga”, tituló la prensa en su día.
Pues bien, este tipo de reportaje, con su buena carga gráfica, un apoyo, o despiece (como el del indulto del Crimen de Belate), opino que dan fondo a un periódico, a un periódico local, donde estas historias siempre tienen su miga. La fortaleza de un periódico local es esa, aprovechar un poco ese “aquí nos conocemos todos”, y darle rienda suelta. Tiene su cosa imaginarse a estos pobres desgraciados en la cárcel de Pamplona, en aquella Pamplona aún de Arazuri y nieblas matutinas de los cincuenta, esperando su cruento destino, mientras el pescatero de San Antón refrescaba el género que le acababa de llegar de San Sebastián.
Se agradece esta imaginación, este indagar en la historia reciente, y plantear reportajes de interés humano/local/regional/cultural/antropológico/periodístico. Ir más allá de los carruajes o tranvías que se usaban en la Pamplona de la primera gamazada, en la línea de Juan José Martinena —autor por cierto de un muy buen libro, Historias del Viejo Pamplona— y redescubrir que la historia no tiene que porque ser algo polvoriento con soniquete de NO-DO.
Las últimas veces que compraba DDN, por ver un poco que se hacía en Navarra, me extrañaba la parquedad de páginas locales, la tristeza de recursos que empleaban, con esos dibujos como de revista de parroquia, y temas como rozando, o traspasando el tópico. Los inmigrantes búlgaros de la Ribera. Bueno, bien. Vale, de acuerdo. Me apenaba ver como en un lugar de yerma historia como Ciudad Real, donde pasé unas temporadas de plumilla, sacaban jugo de su tetilla sociocultural hasta exprimilla al máximo. Y cada día se curraban sus diez páginas de media con asuntos locales, que acompañaban con otras tantas con asuntos de la provincia. Luego, cogía el DDN y me irritaba ver esa pereza temática, ese tono tópico de “Recogido en Murchante el espárrago más grande desde la Transición”. Como si sociedad y periódico fueran por vías diferentes. Desde luego, el Diario de Noticias, con muchísimos menos recursos, trataba de sacar tajada de esa, digamos, dejadez, para proponer reportajes mucho más frescos, imaginativos, de interés general. Recuerdo uno bastante ilustrativo sobre los sucesos de Montejurra del 76, tan intensos como confusos, pero que quedan bien sobre el papel, y que el lector, creo yo, agradece.
Quizá es que haya temas que no gusta tocar. Como el relativo a la memoria histórica y sus cuitas. Viví durante 25 años frente al monte San Cristóbal, y nunca supe que allí, en esa montaña anodina, había tenido lugar una de las huidas más potentes de la historia mundial de las fugas carcelarias. Y que por debajo de esos matorrales ordinarios se escondían cadáveres de personas que un día se dijeron republicanas, quizá porque tocaba decir algo más que otra cosa, y que acabaron hacinadas en ese fortín hasta que murieron de tuberculosis, neumonías atroces o un disparo certero en el paredón. De los 795 que se fugaron, se detuvo a 585 y se mató a 211.
No sé si alguna vez el DDN ha hablado de estos sucesos, y si entra o entra dentro de su fondo editorial. Imagino que sí. No se pueden silenciar capítulos tan relevantes de la historia, aunque a unos les toque tan maniqueamente el papel de buenos, y a otros el de malos. Yo me fui enterando bien por el El País, en un reportaje muy bueno de Natalia Junquera. Pero, sin entrar en los calores de los colores, lo que trato de decir es que en Navarra, hay mucho que contar, e intuyo que el nuevo DDN no sólo es un nuevo formato, sino un nuevo estilo también: porque la forma es la expresión del fondo, dijo alguien. Así que me alegro, porque Navarra se merece un diario, o dos, o tres, a su altura, para crecer juntos.
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20.12.07 @ 01:50:08. Archivado en En el Moleskine
En estos días de diciembre se me sube al ánimo de una manera casi cuantificable, si es que hubiera gramajes del optimismo y la no-melancolía. Siento que vuelvo a esa vida frívola sin remordimientos que tan bien sienta al cuerpo. Como cuando éramos pequeños y creíamos que las cosas del telediario eran sucesos extraordinarios en plan ¡Esto es increíble! que padecían una serie de desgraciados con mala suerte.
En el periodo que va del 17 al 21 de diciembre, aprox., siento una especie de bienestar del calendario que no sé muy bien a qué razones obedece. Me pasa casi parecido con las (o los) antípodas de ese punto concreto del año, el del solsticio de verano, del 17 al 21 de junio. Como si fueran puntos extremos de esa tabla de medir la vida que son los años, periodos más reconocibles que otros, yo qué sé.
Primero hay una atmósfera, en estos días de diciembre, que no se aprecia en otras épocas del año. Como si el aire se volviera más denso, pesado, por un frío que ya llega sin timideces, colocándonos ese rictus duro del invierno, y forzándonos a andar a buen ritmo, dando por buenas bufandas, guantes y demás accesorios tópicamente invernales. Se agradece por fin –perdón por la extravagancia- un frío de esos de verdad, de los que jode en la cara, y que nos acerca a los interiores de las casas con la mirada: alabanza de interiorismo noruego. Se agradece porque sabemos que su duración es finita y hasta vemos este frío como una evocación de los inviernos de nuestros abuelos, una cosa quasi exótica. Al menos aquí en Madrid.
También me gustan estos días de diciembre porque lo que tienen de prolegómeno. Y si uno es amante del asunto navideño, que lo es, pues resulta que todo es como un gran jueves, un gran adviento reconcentrado en pocos días, un gran hacerse ilusiones sobre fechas previsiblemente afortunadas. Mis días navideños se superponen a los de otras navidades, de otros años, y hay como un humus de felicidad infantil abonada que yo diría que es casi indeleble, sale a la luz y hace su trabajo él solo, barnizando todo de una extraña y discreta felicidad burguesa como de Segundo Ensanche, con perdón.
Así que ante esa previsión de días refocilantes de comidas familiares, cenorrios varios, copeos jacarandosos y consumismo sano o insano, el espíritu se tonifica. Son unas vacaciones en sentido estricto, aunque se trabaje. No puedo evitar que se extinga del todo esa cosa que se ha venido a llamar espíritu navideño, y se apodera de mí, lo siento. Entonces, claro, en estos días de diciembre, tan prefestivos, justo lo contrario al mortífero 7 de enero, pues hay como alegría o así. Porque, luego, una vez empieza la cosa en sí, sea Navidad, un viaje a Ámsterdam, o un helado de pistacho, el final está más cerca, y entra la angustia de la finitud, tan habitual en el ser humano. Y ya estamos casi pensando en su conclusión para disfrutar todo con la distorsión edulcorada de los recuerdos. Sí, porque en cuanto los niños de San Ildefonso cantan el Gordo, ya se ve a lo lejos el final de la Navidad, ya estamos en el tobogán y no podemos hacer otra cosa que dejarnos llevar hacia abajo y esperar que vuelvan otra vez estos días de diciembre, por que la imaginación, esa herramienta de crear recuerdos futuros, es siempre más jugosa que la realidad.
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