
Amigos,
Me voy, qué lástima pero adiós. Es curioso el concepto de ubicación en Internet. Es infinito pero prieto. Hay de todo, pero alcanzable a golpe de url. Por eso, y entre otras cosas, he decidido montar mi propio hogar cibervirtual pixelado en otra parte, ya que las hipotecas en Internet cotizan siempre a cero, siempre que pagues tu conexión, y a mí con Tele2 últimamente me va bien.
Creo que en pocas cosas en la vida habré sido tan constante como en el blog. Desde hace cuatro años, en que descubrí el asunto este gracias a mi hermano Bro, y me cree uno en Blogia, he sido fiel, con algún que otro periodo de leve desatención, a la escritura de textos bloguísticos. Esto tendrá pronto su recompensa en un formato libro, pero no adelantemos acontecimientos.
Ir gastando vida supone también definir tu modelo y voy viendo que el mío va cogiendo forma propia. Que me relacionen sólo conmigo mismo es una máxima que aspiro ir cumpliendo. Pero no es tanto por lo que digan los demás, sino por lo que se dice uno a sí mismo.
Podréis seguir leyendo estos textos pinchando aquí. Ya no volveré a escribir en Periodista Digital, así que me despido de los blogueros de esta Blog_Zone en la que, a decir verdad, hacía vida de efímero huésped. Entraba, depositaba y salía.
Suerte, gracias y espero reencontraros por aquí:
http://elnaufragodigital.wordpress.com/
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25.08.08 @ 00:50:57. Archivado en En el Moleskine
En homenaje a Bro, que me sugirió este alegre experimento sobre la tristeza, ahí van unas aproximaciones hacia esa cosa melanosa que nos encoge el alma de vez en cuando. La primera es del antípodo que llegó un domingo, por su regreso a Españñña. Ongivenido!
La tristeza es volver cuando otros se van, o que unos se vayan cuando otros vuelven, o que los que vuelven tal vez no vuelvan a irse, o que los que se fueron tal vez no vuelvan.
Triste como una carnicería un sábado por la tarde.
Triste como una corrida de toros en San Fermín txikito. Con sirimiri. Y Paquiro. Y Gamocho.
Triste como los Juegos Paralímpicos.
Triste como un septiembre sin ningún fascículo que montar, ni ninguna empresa que emprender.
Triste como un matrimonio de vacaciones en Marina D'Or.
Triste como el barrio de San Juan -de Pamplona- un domingo de colegio.
Triste como el Segundo Ensanche -de Pamplona- un sábado por la tarde.
Triste como el tendero -Mambrú- del quiosco de la Taconera, un sábado o domingo por la tarde.
Triste como la tarde del 1 de enero: mal comienzo de año.
Triste como San Sebastián cuando pierde la Real.
Triste como ciertos empleados del peaje, que no dicen hola ni adiós.
Triste como un bocata, mustio y seco, de jamón, de Pransor.
Triste como mear en una estación de servicio de Ciudad Real.
Triste como la Atención al Cliente.
Triste como un Gracias por su visita.
Triste como que te digan: ¡qué aproveche!
Triste como una de esas ensalasadas sin aliñar, con huevo duro de yema gris.
Triste como un camarero, de luto y blanco.
Triste como una mediana.
Triste como un ambientador.
Triste como la información de tráfico de Anselmo, el locutor triste de la DGT.
Triste como tres tigres.
Triste como un terrario.
Triste como los osos polares del zoo de Barcelona.
Triste como un delfín (deprimido).
Triste como el agua de un canario (entre rejas).
Triste como una cuarta cuerda -Re- de la guitarra rota (aliteración).
Triste como el metro de París en noviembre por la mañana.
Triste como el metro de Londres en noviembre por la mañana.
Triste como el túnel del canal de La Mancha, en el solsticio de verano.
Triste como la Fosa de las Marianas, con una piedra pómez al cuello.
Triste como atravesar la Patagonia con un cd de Paulina Rubio en el coche.
Triste como el funeral de un conocido.
Triste como una casa sin alfombras.
Triste como ciertos pueblos de Huesca.
Triste como un mercado municipal.
Triste como un post sin comentarios.
También disponible aquí.
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¿Dónde estabas tú a las 7.39 de la mañana del 11 de marzo de 2004? ¿Y a las ocho de la mañana -hora de Nueva York- del 11 de septiembre de 2001? Todos recordamos qué hacíamos en esas dos fechas negras del calendario de la Historia reciente y todavía estamos aquí para contarlo. Mientras realizamos acciones agradables, cotidianas, ligeras, pueden estar sucediendo escenas horrendas, infernales, de rostros carbonizados, vertebras rotas, pulmones aplastados y cráneos partidos. La realidad supera a la ficción, mientras muchos de nosotros leemos el chiste de Forges o nos miramos al espejo como quien mira un cuadro, un autorretrato efímero.
De muchas de esas tragedias ni nos enteramos. (El diablo se llama luci...dez) Pasan mientras jugamos a la Play Station o eternizamos la consulta de los bienes del frigorífico, con las pocas posibilidades gastronómicas que ofrece la mezcla de esos productos que amenazan con pudrirse. Mientras pensamos si huevo o salchichas, se sucede la matanza de Srebrenica y 8.000 personas desaparecen de la vida.
Es una reflexión manida ésta, pero que carga con su dosis de desasosiego. A las 14.30 del 20 de agosto de 2008 me tomaba (tomábamos) una caña en Carboneras, provincia de Almeria, bajo un sol suavizado por unos toldos. Nos trajeron la clásica tapa, que ésta vez consistia en cuatro pequeñas cigalas, dos por cabeza. Me dediqué a observar a la familia de enfrente, tres franceses de esos con aire de asiduos al cámping, de un mutismo agresivo, incómodo, y de esa vulgaridad turística que luego llena nuestras cajas registradoras. Ella, en cambio, de pronto se puso a leer Le Monde, mientras padre e hijo, con un aire entre asiático y hawaiano, miraban torvamente a la nada.
La caña entraba como sólo la cerveza rica y fresca, con su extraña dosis de elementos adictivos, sabe hacerlo. No sirven bien la cerveza en Almería, pero daba igual. Placer veraniego de los sentidos y también ese morbo voyeur de observar una de esas deprimentes familias de tres, y saber que uno no se embarcaría en proyecto similar ni por asomo. Sensaciones a fuego lento, lánguidas caricias de agosto, mientras en Madrid 153 personas mueren al unísono, con gritos despavoridos ante un accidente que trunca la vida del modo más violento imaginable. A los que se van, y a los que se quedan.
Arden los cuerpos, se desfiguran los rostros, se deshacen las narices, se estampan los uniformes contra los cuadros de mandos, salen despedidos como muñecos de trapo personas que antes leían, como nosotros, el chiste de Forges, y se regodeaban de felicidad ante los venideros días en la costa canaria.
Cuesta asumir realmente la tragedia, aunque no nos afecte directamente. El horror también forma parte de la vida en la Tierra y, en su miseria, nos recuerda que existe, cada día, su contrario, en una dosis abrumadoramente, descomunalmente, más generosa y abundante, aunque a veces cueste creerlo o la rabia nos impida verlo así.
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16.08.08 @ 21:04:15. Archivado en Hiperlocalismo
Me vais a permitir este acceso ñoño al mundo de los olores, la infancia y demás prosa con sabor a naftalina. Pero es que he sentido en mi pituitaria libre de sábado por la tarde el olor inconfundible del churro (porque hay olores que se confunden, pero otros son puros y directos), de paseo por la calle Argumosa. Y he pensando en los domingos por la tarde de Pamplona, otoñales, de Delicias, hermanos pequeños con silleta, huevos Kindër y chocolate con churros. De esos espesos como el engrudo, que generaban una sed cósmica una vez digeridos y uno sentía luego en el estómago una incompatible mezcolanza de elementos líquidos, y una angustia pequeña. La pesadez alquitranosa del espesor chocolatil y el agua corretona y líquida, que no acababa de fundirse con su vecino de estómago.
El olor a churros es un olor este característico, viaje al pasado de todo niño que haya tenido niñez en una ciudad de provincias, o grande incluso. Si alguien lo quiere experimentar en Pamplona no tiene más que acercarse al puestito de las Navas de Tolosa, que a mí me parece de un tristísimo que tumba, por otra parte. Una vez empecé un intento de poema sobre la tristeza, y quedé en un solo verso, que decía así:
Triste como una carnicería un sábado por la tarde
Sí, el churro puede estar rico, pero el contexto tiene algo de triste, no sé.
A mí el churro me parece un elemento típicamente español, en esa senda de los excesos que tanto nos gusta y define. Es una palabra sin traducción, de esas que los franceses pronuncian con un punto ridículo, shugggo, y que consumen con el placer del pecado, de la glotonería, de las cosas que se permiten sólo debajo de los Pirineos, como los sanfermines, las manitas de cerdo y los menudicos con sangrecilla.
Últimamente he descubierto —o no me había fijado antes—, que el churro es también elemento de verano, como el tinto o los relatos. El helado desaparece en invierno (no así los hielos, presentes en tanto copuz desmedido de garrafón sabatino), pero los churros permanecen en verano, presentes en diversas txoznas de la geografías española. El otro día en Carboneras (Almería) montaron un gran dispositivo churrigueresco, y en las fiestas del San Lorenzo de Lavapiés lo mismo. A 40 grados. Es como esas patatas asadas barrocas de grasa, cebolla y salsámenes indigestos que también proliferan por las ferias del Sur, participando un poco más en esa tosquedad de espíritu que algunos se nos atraganta.
Esas prefiero ni proballas. Y los churros, como pasa con los porros, lo mejor es olerlos. Nostalgia con azúcar en el aire.
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13.08.08 @ 12:29:04. Archivado en Divagaciones
Me gustan mucho los periódicos finos de julio y agosto. Un país de un martes cualquiera de verano, de julio, de agosto, no tanto de septiembre. Septiembre sigue siendo un mes hóstil, por el trauma cimentado a base de años y años de odio visceral de retorno al colegio, la jodida rentrée, con sus convenciones coñazo y sus profesores estomacantes.
Por eso nos sigue gustando el verano, nos recuerda a la patria/paraíso que es la infancia y cuando nos hacemos mayores la evocamos desde los márgenes del periódico. El verano es un ejercicio de flashback a la infancia, una huida de las convenciones coñazo de nuestros jefes y sus tantas cosas estomacantes.
En ese verano, digo, hay periódicos, periódicos magros de ruido informativo, esbeltas construcciones de papel en las que sólo entra lo esencial, en una dosis asumible para el lector. Dicen los que han estado en NYC que el NYT del domingo debe ser para echarse a llorar, una torre de papel cargada de suplementos, complementos, palimpsestos, daguerrotipos, encartes, ofertones, bollos suizos, colecciones, amén de cómo 200 páginas de información local, internacional, supralocal, hiperinternacional, cósmica, universal, tetradimensional y duodenal. El tranquilo lector de domingo, que viene de hacer jogging y tomarse un café amplio y tres donuts, no sabe si pegarse un tiro o enfrentarse a ese magma de información llena de malos rollos: presos torturados en Guantánamo, ataques bacteriológicos amenazantes, incremento desmedido de la obesidad mórbida, sectas de nuevo cuño de pavorosa disciplina interna, etc. Por no hablar de la información económica, la salmón, que tiende a lo rojo por que es la encarnación del infierno en la Tierra.
Los periódicos, como tantas cosas en España (el aire acondicionado o el aceite), pecan por exceso. Está ese sempiterno complejo de inferioridad, que se traduce en un aluvión de páginas, imposibles de leer todas más allá del titular, que se nos acaban cayendo de las manos, añadiendo más frustración al individuo del siglo XXI. Justo lo contrario que Le Monde, maravilloso periódico fino todo el año.
Otra cosa pasa con la prensa veraniega, insisto, de cuya lectura uno incluso puede acordarse en el futuro. Me acuerdo, por ej., de la muerte del poeta Claudio Rodríguez, que leí en un cafetería de un barrio anodino de París, en julio del 99, o de las exóticas predicciones del fin del mundo de Paco Rabanne, para ese mismo verano. Según él, la estación MIR se desplomaría sobre la Tierra el 11 de agosto de 1999.
“Los periódicos inflados son el símil del ritmo de vida del siglo XXI, de las pretensiones del siglo XXI, del vacío reinante y de las postergación sine die del compromiso”, dijo el sociólogo alemán Tobías Bradswürst Slip. Un afán por deslumbrar, por exceder, por querer abarcar todo y no llegar a nada. Decía Manolo Escobar en una entrevista realizada por Violeta Jiménez para El Mundo de Almería que no le gustan las grandes ciudades: “Las grandes ciudades no tienen nada. Mucho bullicio, mucho coche y mucho jaleo, pero en el fondo, nada”.
Pasa lo mismo con los inabarcables periódicos de invierno, que tienen todo pero no tienen nada.
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31.07.08 @ 02:14:17. Archivado en Divagaciones
Decía el escritor en periódicos César González Ruano que el otoño es una etapa propicia para la creación literaria, un periodo de asociación tras la disociación del verano. Pues bien, hoy me encuentro especialmente disociado, como una sociedad anónima en suspensión de pagos, o que ha presentado concurso voluntario de acreedores, como se dice ahora, y en la que ya nada es como era hasta entonces. Los trabajadores de esta sociedad disociada vuelven a casa tras conocerse la noticia del fin de la actividad, y el mismo camino rutinario de todos los días es una rutina nueva, que da miedo, frío, que abre todo un mundo de incertidumbre sin apoyos.
El escritor es un ser disociado, que se mueve entre esa bipolaridad de asociación y disociación, entre abrir y cerrar el objetivo de su percepción. Abre y recoge y, en algún momento, se supone que recompone. Me pregunto ahora —en plena noche disociada pero con extrañas ganas de poner algo por escrito— qué pasaría si alguien, un escritor, abriera sus puertas de la percepción ad infinitum. Un tipo con vocación de escritor con unas tragaderas vitales descomunales, que fuera acumulando, en una equivocada actitud escribiente, sensaciones, olores, colores, matices, barnices, anécdotas, expresiones, jergas locales, juegos de palabras, muecas peripatéticas, cargados ambientes familiares, densísimas reuniones laborales, paradigmáticos retratos sociales del siglo XXI. Así en un eterno bucle, en una insaciable necesidad de consumir vida.
“Un escritor que no escribe es un monstruo merodeando la locura”. Lo dijo Kafka. Supongamos que ese escritor que todavía no ha escrito, por miedo a lanzarse a la piscina, vive en perpetua disociación, desdoblando su alma hasta los más altos parnasos de la inspiración, de la creatividad, de la hiperestesia, de la observación más atenta. Le llegaría un día la saturación más atosigante, y asociación y disociación se enzarzarían entre sí, dejando el cerebelo de este sujeto en cuestión hecho unos zorros, como uno de esos garabatos de crío lleno de rayajos negruzcos y terroríficos.
Quizá necesitara huir al monte, como el protagonista de El perfume, y pegarse siete años chuperreteando una roca húmeda, evocando y poniendo en orden cada uno de las sensaciones almacenadas en su cerebro alborotado de estímulos.

¿A dónde quiero llegar con este paseíto semántico? A algún tipo de asociación; la necesito en esta noche de julio, tan lejos del mar andaluz. Es verano, es mucho pedir, pero la busco como Bill Murray cuando cazaba fantasmas o Santa Teresa de Ávila buscaba éxtasis y orgasmos trascendentales.
Hay escritores que dejan de escribir, Salinger, Rulfo, Rimbaud, o el propio Robert Walser, que cuando le ingresaron en el manicomio de Herisau dijo: “No he venido aquí a escribir, sino a enloquecer”, y no escribió una línea más. Murió locuelo, un día de Navidad, sobre la fresca nieve suiza. Perdió la batalla contra la asociación, y la disociación se multiplicó sin límite, generando una locura de mil pares. Salinger, los otros, quizá prefirieron no alimentar más al lobo que todo combate disociación-asociación genera.
Esa es otra opción, sí, cerrar la disociación para no tener que asociar ya más nada. O entregarse, rendirse, a la más completa disociación, sin voluntad de domeñarla, como hizo ya un cansado Walser. Cierro el post, resignado a no encontrar ninguna asociación, ninguna idea concluyente, ningún cierre, ningún broche final. “No he venido aquí a asociar, sino a escribir”, diremos por salir del paso, en este ejemplo de escritura plenamente disociada, perfectamente prescindible más allá de su valor como prosa carente de la otra mitad necesaria para la literatura: la asociación.
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24.07.08 @ 13:07:01. Archivado en Divagaciones
Hace poco, quizá ayer, con los calores madrileños del verano, me dio por evocar aquellos viajes tan felices al paraíso de la infancia, que tenía por entonces cinco letras: S-a-l-o-u. Hoy es tan fuerte el poder de la memoria, su vehículo hacia Cacaolats que actúan como magdalenas proustianas, que ese pandemonium del turismo más cutre me sigue pareciendo lo más cercano al edén salvaje. Hace años ya que no voy, pero al menos en mi memoria así se mantiene.
Salíamos por la tarde, sin prisas, por aquella autopista sureña navarra que ya en sus primeros kilómetros, nos activaba, como al perro baboso de Pavlov, nuestros glándulas de la felicidad. El acueducto de Noáin, las canteras de ¿Alaiz?, el puente de Castejón, del que se decía, no sé si en leyenda urbana, que hubo un tiempo que tenía luz y todo, pero que bichos y mosquitos se pegaban a él con tal fruición que el invento resultó pifia.
Íbamos en aquel Alfa Romeo deportivo rojo de mi padre, dos puertas, dos ventanas, estreches mil en la parte de atrás. Pocos coches tan poco familiares para irse de vacas de verano; hace poco vi una foto de Umbral y María España saliendo de vacaciones y cargando maletas en el mismo coche, sólo que en negro, y sentí una interesante comunión estética, una bonita auto-emoción. Olía a tabacazo además que tumbaba, y su tapicería negra rezumaba a Winston que mareaba literalmente. Pero cómo molaba aquel coche: recuerdo algunas mañanas en que mi padre nos llevaba en él al cole, era la hostia, qué gran sensación la de fardar de pequeñito. Esas cosas hay que vivirlas de niño, claro, que es cuando se disfrutan y se paladean que da gusto. Luego lo cambió, año 89, por un Alfa 164, más convencional, cómodo y modernamente equipado.
Pero volvamos a aquella autopista hacia la felicidad. Mi ilusión era tal que todo lo que giraba a mi alrededor parecía compartir conmigo esa euforia veraniega. Los arboluchos tiesos de las medianas parecía que me sonreían, y se sentían dichosos en su condición de árbol, alegres de estar en verano, de ser parte de la vida. Incluso aquella ruina castillosa de Los Monegros parecía el Taj Mahal cuando la veíamos pasar, como otros años, antes del famoso toro, el de Osborne, otro de los momentos álgidos del viaje.
Es peligrosa, por falsa, esa empatía. La repetimos a menudo, sin darnos cuenta, y pensamos que el tío que nos acomoda en el cine está contento y feliz porque nosotros sentimos la excitación moderada de ver una peli que igual nos guste. Pensamos, como yo hacía con los árboles de la carretera, que el camarero paciente que nos atiende en la terraza un miércoles de julio a las 1.39 de la mañana también tiene esa suave euforia vidriosa y estilizada del alcohol. No pensamos, tampoco, en el frutero hindú de la calle Zurita, cuando vamos recién duchados a tomarnos esas cañas por Las Vistillas, hasta que descubrimos que lleva ahí desde que lo vimos por primera vez esta mañana, como desde las diez.
Curioso mecanismo este falseador de la realidad, como un muro de la vergüenza hacia nuestra felicidad, una alambrada de Ceuta y Melilla que lucha por mantener intacto nuestro bienestar. Pero, como fardar con el coche, por desgracia, son cosas que sólo podemos permitirnos de pequeños. Por eso somos tan felices entonces, hasta que descubrimos que el árbolito de la mediada se quiere pegar un tiro.
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El diario El Mundo, o lo que es lo mismo, Pedrojota Ramírez, tiene como marca de la casa creer que los lectores, que los españoles en general, somos imbéciles y que, además, no tenemos memoria. Esta técnica puede servir para vender periódicos, una de las funciones de un medio de comunicación privado y comercial, pero deja, la verdad, bastante que desear.
El domingo pasado, 20 de julio de 2008, inmerso en la fiebre del FIB de Benicassim, esperando al místico y humano Leonard Cohen, aún tuve tiempo para ojear un periódico que cayó en mis manos, El Mundo. Leo para mi sorpresa un titular clavado al de El País de hacía pocos días y me alegro de que mi capacidad para indignarme siga ahí, viva, encendiéndome la sangre:
“Carpetazo a 4 años de falsedades sobre “El Egipcio”, Al Qaeda y el 11-M”.
El “diario gubernamental”, como llaman con su estilo sucio los de Pedrojota a El País decía creo que el viernes esto:
“Carpetazo judicial a 4 años de falsedades”.
Artículo que firmaba, por cierto, José Yoldi. En El Mundo, atacan y esconden la mano, porque en las cuatro páginas del domingo no había firma por ningún lado. Detalle revelador de un estilo y forma de hacer periodismo.
Los de El País no se andan con ambigüedades el viernes:
“La sentencia del Supremo sobre el 11-M aniquila las falsedades y fabulaciones durante cuatro años por los promotores de la teoría conspirativa, con El Mundo a la cabeza”.
Se olvida aquí de la COPE de Losantos, la Libertad Digital de Losantos, y de ciertas asociaciones de víctimas inconformistas.
Dos días después, El Mundo tiene la poca vergüenza de contraatacar con un titular idéntico, pero a la inversa, diciendo, básicamente, “no, el que te lo inventaste todo fuiste tú, el conspirador eres tú, tú conspiras más y eres más malo”. Jamás había visto tan innoble e infantil ejercicio caraduresco de alterar la realidad de las cosas, de darles cutremente la vuelta y, de paso, intentar salir indemne de un ejercicio de intoxicación informativa sostenido durante cuatro años que, por desgracia, olvidaremos pronto, en esta tónica nuestra de los carpetazos.
Es tal el grado de desfachatez editorial que no dudan en colocar un cintillo que reza: “La teoría de la conspiración de El País”. Pegotean, en un ejemplo de manipulación informativa agresiva sin parangón, titulares de El País concernientes a la atribución de la autoría intelectual de “El Egipcio” que este periódico presupuso, pero sin dar nada por sentado. Una autoría intelectual que no se ha podido probar, pero que entraba en terrenos de lo posible y que, a día de hoy, puede ser perfectamente real, otra cosa es que no haya pruebas inculpatorias. Lo de vincular ácido bórico, musulmanes y etarras en el mismo saco yo lo llamo directamente delirio.
Se quedan tan campantes quitándose ese muerto de encima, el muerto de haber generado una crispación apabullante sobre el delicado y sensible tema de la muerte de 192 conciudadanos, en el mayor atentado terrorista de España. Su deseo de encontrar la verdad que más les convenía (la vinculación de ETA en la masacre) les llevó a poner en tela de juicio un proceso judicial que los expertos califican de ejemplar. Desprestigiaron con portadas la vía judicial, y vieron resquicios a la verdad oficial en mochilas, casettes de la orquesta Mondragón, furgonetas Kangoo, polvos para matar ratas, y etarras que tuvieron que testificar sin que nadie les hubiera dado vela en tan triste entierro. Llegaron incluso, a darle cera a Emilio Suárez Trashorras, un descerebrado trapicheador de explosivos a quien elevaron a la categoría de confidente y dador de relevaciones. El País les cazó en su intento de animarle para el cante y, claro, eso escuece.
Sería una interesante labor recopilar el serial conspirador de El Mundo, para utópicas asignatura de ética periodística, desde el mismo 12 de marzo de 2004 hasta el 20 de julio de 2008. Quedaría bien claro quién conspiró primero, quién emplea la crispación como herramienta para vender periódicos y quién, por si fuera poco, se autoconcede el privilegio de tener la razón. El Manifiesto por la defensa del español es otra argucia, otra genialidad para dividir, crispar y seguir vendiendo papel, ahora que la teta del 11M se ha secado. No se trata defender o no a El País, sino defender una mínima decencia y respeto por la dignidad. Una cosa es ser crítico, otra un amoral, por no decir cosas peores.
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07.07.08 @ 03:35:45. Archivado en Misceláneo
Ayer le vi, en el metro de Noviciado. Su aspecto era el de siempre, barba de pocos días, pelo entre grasiento y engominado, pero limpio, a lo Ray Loriga, podría ser, con sus gafas tupidas de pasta. Rebuscaba entre las papeleras del metro, una a una, sin resultados. Bueno, encontró un folleto de MediaMarkt, una página rota, que se la empapuzó enterita hasta que llegó el metro.
Vi cómo se subía -yo estaba dentro- y se zampaba de una tacada uno de esos carteles literarios pegados a la pared, en esta ocasión un ameno texto de Juan Benet sobre un periodista que va a visitar, entusiasmado, a Pío Baroja, y sólo saca de éste avinagrados comentarios sobre su triste destino, de viejo escritor aún necesitado de escribir para ganarse el sustento. Eructó después y se sacó una pelotilla de la nariz.
Se acercó a mí, que leía un cuento titulado El camino, de una vieja promesa que se llama Antonio Ferres, en su libro El caballo y el hombre y otros relatos. Husmeó mis páginas sin disimulo, provocándome ese incomodidad habitual cuando me lo cruzo, a él, o otros como él, enganchados también a la cultura. Le rechacé y giré el libro en su cara, cosa que le sintió como un tiro y le hizo perder los papeles. Empezó a suplicar entonces a la gente, “por favor, aunque sea unos malos versos de Antonio Burgos, un microrrelato de Iwasaki, un artículo endomingado de Juan Manuel de Prada, una columna antitaurina, antimachista o antianoréxica de Espido Freire o Lucía Etxebarría, o de Juan José Millás metiéndose con Rouco, Zaplana, Acebes para variar, algo, lo que sea, la solapa de El juego del ángel de Zafón, por favor, que aún no he leído nada, ayúdenme, por favor”.
El personal del vagón ya estaba cansado, de él y de los parásitos de la cultura como él. Una ecuatoriana le pasó uno de esos gratuitos para el mercado latino, y lo devoró en pocos segundos, anuncios clasificados incluidos. Después perdió ya el control y le arrebató a una señora una edición de bolsillo de “La aventura del tocador de señoras”, poco antes de bajarse en la estación de Sol, dando gritos como un loco, como si corriera desnudo por los pasillos de un hotel, antes de birlarle a un jubilado Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena y a una estudiante de periodismo La insoportable levedad del ser, de Kundera.
El Ayuntamiento debería hacer algo. Esto es ya una vergüenza, un descontrol, un despropósito y así no hay que quien salga tranquilo a la calle.
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19.06.08 @ 13:20:18. Archivado en Misceláneo
Escribo este post, en el día de mi cumpleaños, bajo la enajenación transitoria de la ira que provocan las grandes empresas de telecomunicaciones incompetentes y sacacuartos. Resulta que hoy es el día señalado de mi intro-historia, ese particular día en rojo de la vida de cada uno, y que te llaman por tfno, y que llamas, porque soy del antiguo protocolo de agradecer, aunque sea con un somero, sms, el detalle felicitatorio.
Pero a lo que iba, que ya me ha ocurrido dos veces, en los meses que llevo de contrato con la naranja compañía. Pues bien, si uno supera el límite que teoricamente contrató (no recuerdo haberlo hecho), en vez de darte las gracias y enviarte una caja de bombones, te cortan la línea y te mandan un sms estresante imperando a que uno se ponga en contacto con ellos de manera URGENTE. Entonces sólo te queda la opción de pagar vía tarjeta, con la consecuente duda existencial sobre la posibilidad de ser víctima de un "phising" telefónico, y que con tus números de cuenta están pagando una conexion vitalicia a Adultsexfriend.com.
Total que pago y callo, como es habitual en el consumidor español, y me quedo tranquilo porque al menos mi móvil vuelve a moverse. Pero al día siguienete, el de las celebraciones, me encuentro que vuelve a joderse el móvil de los cullons. Entro entonces en una desesperante espiral de departamentos de cobro, servicios de post-venta, gabinetes técnicos e hilos musicales en bucle, capaces de inspirar guiones tan grandes como el de Un día de furia.
Entonces mi tono se vuelve agresivoide con el inocente personal de Orange, mientras me van pasando de terminal, previa repetición, eso sí, de mi DNI, dirección, edad, número de teléfono y por poco filiación política y sexual.
Entonces sólo hay lugar para el desahogo y, ya que tampoco es plan de cebarse con los pobres teleoperadores -aunque algo ya les ha caído-, siempre queda este islote bloguil para soltar un poco ira tamizada en palabras. Lo decía ayer una colega periodista, demasiado afín a la queja: "No hay que guardarse las cosas malas dentro". Para todo lo demás, Mastercard.
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06.06.08 @ 19:38:10. Archivado en Geografías
De mis andanzas periodísticas imparciales siempre pienso que puedo sacar algo en claro, aunque no siempre es fácil. El otro viernes, en yendo a entrevistar a Betty Missiego y Paco Valladares, en un restaurante portugués de bacalaos al ojodelacara, experimenté cuán inhóspitos pueden ser ciertos desiertos desiertos, y ciertas ciudades de la periferia. Aquello era por el norte de Madrid, Monte Carmelo, que me recordó a otro Monte Karmelo, el de Bilbao, con casuchas levantadas por los propios inmigrantes castellano-austuriano-galaicos en los cincuenta. No, este barrio no tenía nada de improvisado, su grisura estaba perfectamente estudiada, delineada, trazada. Pero los arquitectos habían querido crear "espacio idóneos para la vida familiar", "un complejo residencial acogedor, a pocos minutos del centro urbano, con las mejores condiciones y la mejor calidad de vida". Y una mierda.
Este tipo de barrios periféricos, sobrios, perfectos, armónicamente estudiados, con todas las necesidades cubiertas, que si su farmacia, su Carrefour, su bar con pretensiones de diseño, su parque infantil, su guardería, su pista de tenis, aspiran a tener todo, pero no tienen nada. Como Madrid, que decía don RAMÓN: "Es tener todo y no tener nada". Pues en un barrio de estos de atomalpolculo ni te cuento.
Uno camina por esos andurriales en plan barojiano por los desmontes y se fija, por ejemplo, en que el descampado de turno es casi un monumento al pecado, una rebelión ante los planos perfectamente fabricados en serie por el AutoCad, y siente como una soledad abisal. Pasa que el escenario ahonda en esa solitud de las cuatro de la tarde, agudizándola. Piensa entonces que cualquiera de los 8.000 pueblos de España, por pequeños que sean, tienen más alma, más chicha, más bouquet, que todo ese plan urbanístico residencial alienante. Aquí no hay iglesias, no hay columnas jónicas, no hay fuentes Wallaces, no hay árboles del cuco, no hay callejones salsipuedes, no hay carrico de la Virola, no hay, por haber, una estatua al cronista de la villa al que mangar las gafas, porque ni siquiera hay villa de la que cronificar. Bueno, quicir, quizá en adelante un avezado aprendiz de Galdós se meta a narrar las apasionantes timbas de mus a ocho reyes del bar Payme, o la llegada del cableado óptico al barrio, o las luchas intestinas en la comunidad de vecinos por no instalar ese contenedor ese de basuras que transformaba el vidrio en gas natural.
No hay ni siquiera en estos desolados poblados del futuro un esfuerzo creativo en la elección del callejero. En este Monte Carmelo son todo monasterios: Monasterio de Yuste, Monasterio de El Escorial, Monasterio de Silos. Pasa como en Japón, where the street have no name, pero también en ciudades como Pamplona, donde hay una misma ristra de monasterios que, eso sí, son de utilidad al taxismo. También pintores, Pintor Crispín, y ríos, Río Ega. Las ciudades se van quedando sin alma. Y nosotros dentro. Llamadme antiguo: estoy en contra.
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La vida la determinan cosas pequeñas. Nos lo recuerdan las mujeres, con su extraña sabiduría: “La importancia está en los detalles”. Basta unos pocos mililitros de veneno, de cicuta socrática, para pasar del estado vivo al estado muerto. Basta una lágrima de LSD mojada en un cartoncito para ver dinosaurios por el pasillo. Basta un brevísimo escape pedorrero en una primera cita para estropear una tierna y dulce historia de amor almibarado por siempre jamás.
Reivindico desde hace tiempo la creación del PPC, el Partido de las Pequeñas Cosas, pero para ello debería erigirme en líder, encontrar un color, como el magenta de la Díez, y ponerme a hacer campaña. Serían mítines pequeños, con micro-micrófonos, y en salas de actos mínimas, como aquella capillita del colegio del Huerto en que nos hacinaban graciosamente de pequeños. Al menos estaba Jesús, o brillaba la lucecilla aquella, en el cirio rojo como el caramelo de las manzanas caramelizadas.
Basta una piedrita en el riñón, insisto, para ver las estrellas y cada uno de los anillos de Saturno. Me dice cierta futura redactora talibana que su padre tuvo uno de esos accesos directos al dolor, conocido también como “el parto masculino”. Y que le dio un chungazo que casi se quedó tieso, y que perdió el conocimiento, y que hasta se hizo pis como un niño de trapo muerto.
Yo mismo, que atravieso una extraña dolencia precisamente en lo tocante al mear, me acabo de tomar un sobrecito de no muy halagüeñas indicaciones. Monurol, se llama, 3 gramos, y dice en el prospecto que su ingesta, en no sé qué condiciones, “podría comprometer la vida”. Ya en Google, donde se andan con menos miramientos, dicen que puede provocar la muerte. Y yo lo he tomado, en plan cicuta, hace unos veinte minutos. Y sin receta médica. Ponte tú en Madrid a que te hagan las pruebas de la tolerancia esa, pasa por Urgencias, ambulatorios varios, rellena formularios mientras la dolencia sigue su curso, al margen de trámites sanitarios. No. He vertido los polvos blancos, he removido con agua fría, y he engullido ese sobre maniqueo: o cura o mata. Engordar no creo.
Y ayer, sí, me tome una copa, una puta copa, en un bar que paso a citar a continuación por si existiera esa Policía del Garrafón, cuya creación incluiré en mi programa si es que algún día me meto a líder de grandes cosas pequeñas. Sol & sombra, calle Echegaray, 18. Es de esos con matones a la puerta, así que esto puede ser incluso más peligroso que el Monurol, 3 gr. Pues bien, esa miserable combinación de Johnny Walker con naranja me ha hecho estar jodido todo el día, como con serrín descendiendo por mis sienes, blandenguería de garganta, desazón generalizada, tensión mandibular, escozor de dientes y pesadez cefaléica aguda.
Acabemos con el garrafón, no sé cómo, pero acabemos con él, de una fakin vez. Prometió algo el ministro Bernat Soria, ahora solo falta ponerlo en práctica. Que se pase por el Sol & Sombra. Quizá yo no viva ya para entonces, ay*.
*De todas formas, se valorarán firmas de adhesión a una hipotética y futurible redacción de un esquema de bosquejo de proyecto de declaración de intenciones el Partido de las Pequeñas Cosas, el PPC.
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