
Me encanta cuando una víbora ataca a otro reptil. Carmen Rigalt, bicho periodístico caracterizado por poner a parir a todo el mundo --incluso llegó a acusar al mismísimo Pedrojota de odiar a las mujeres llamándole "misógino" en una de sus columnas--, ha hincado esta semana sus afilados dientes como puñales sobre Jaime Peñafiel, otro espécimen del gremio enamorado de sí mismo.
Por su interés, reproducimos a continuación la columna de Rigalt dedicada a Peñafiel y, a continuación, la tribuna del aludido.
Jaime
CARMEN RIGALT
Querido Jaime (Peñafiel): al final vas a tener razón, la clave del éxito consiste en pillar una idea y luego, a mantenella y no enmendalla, que es lo que tú haces desde que descubriste que cargando contra Letizia vivías holgadamente y a tus caballos no les faltaba de nada.
He leído en el suplemento Crónica de ayer una carta tuya dirigida al duque de Lujo, otro Jaime que como tú, también mantiene mucho y enmienda poco, aunque en ese punto no pretendo dar lecciones y mucho menos, invocar la ecuanimidad, que lo mismo tiro las piedras sobre mi propio tejado y he de correr a resguardarme. Ultimamente te acoges al género epistolar para dar soporte a los artículos, lo cual te permite despachártelos en un plis plas, sin tomar apenas aire.
Empezaste con el Rey, seguiste con la Reina, y ahora vas saltando por toda la Familia Real, como si fueras de oca a oca y tiro porque me toca. Tienes tema para rato: anda que no sabes. Precisamente, hoy llevo yo un día muy torpe, y al leer la carta a don Jaime he pensado: «A ver si aprendes, tía». Dicho y hecho. Aquí me tienes pues, aprendiendo a hacer columnas por la vía de urgencia, que es tu especialidad desde que paseas por las teles cual Belén Esteban atacada de arrebato. Lo de la tele absorbe mucho, me consta. Necesitas tiempo para buscar temas de impacto, para elegir corbata nueva, echarte laca en el pelo y ensayar poses de galán decimonónico, como cuando llegas a un programa y, gafas en mano, inicias el ritual de saludos con una formalidad largamente elaborada.
¿No te han dicho en la tele que el tiempo es oro? Pues toma nota: menos rollo y más grano. No quisiera ofenderte, Jaime, pero seguro que te ofendo, porque a nadie nos gusta que saquen nuestra caricatura para hacer públicamente escarnio y risotada. Tú creaste tu personaje, pero lo has adornado tanto que has acabado convirtiéndolo en hipérbole. Ahora ya no sabemos si la caricatura te ha devorado a ti, o tú te has apoderado de ella.
«Valgo más por lo que callo que por lo que digo», sueles afirmar con solemnidad. La frase está bien pensada y no dudo de que, al menos en tu caso, es cierta. Callas, por ejemplo, los años sombríos del Pardo, las sucesivas onomásticas de las Cármenes, y el peloteo a una familia que exigía en todo momento el agasajo. Entonces no había reyes, pero el dictador tenía cortesanos para aburrir. Seguro que te acuerdas. En aquella época la adulación formaba parte del trabajo cotidiano. Algunos sobrevivían en silencio, pero callar era una maestría.
Querido Jaime: yo no sé callarme. Hay quien dice que si algún día me muerdo la lengua, moriré envenenada. No te lo discuto. Soy largona, impertinente, sincera y formo parte de la tribu de periodistas cortesanos que defienden a Letizia. En mi nombre y en el de ellos quiero decirte algo (y conste que te aprecio, etc., etc.): «que te den tila».
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Carta a Jaime de Marichalar, el gran perdedor
JAIME PEÑAFIEL
Estimado tocayo:
El «cese temporal de convivencia» con la infanta Elena te ha convertido en el gran perdedor aunque, en toda separación, pierden los dos. Pero, la prensa, tan canallesca, no sólo te ha escarnecido sino que te ha hecho blanco de sus más aceradas y crueles críticas.Posiblemente, piensan que ya no estás protegido por el paraguas real mientras la infanta, sí. Y ya sabes lo cortesanos y cobardes que son los periodistas en nuestro país cuando se trata de los Reyes y familia. Pero esta misma prensa, que hoy intenta denigrarte, se olvida que, cuando aparecieron tus primeras fotografías, se preguntaban quién era aquel apuesto acompañante de la infanta.Con más de 1,90 de estatura que tienes, a todos les pareciste el hombre adecuado a su talla de buena moza. Por tu timidez, por tus modelos refinados y por tu rebuscada exquisitez, un poco antigua, muchos llegaron a la conclusión, al compararte con el Rey, de que mientras tu real suegro aparecía siempre como una jarra de cerveza, tú te asemejabas a una delicada copa de champán. La Reina, tan exigente entonces, aunque ya empezaba a tirar la toalla, vio en ti un buen candidato a la mano de su hija. Ella deseaba casar, cuanto antes, a Elena, la más rebelde de la familia y fuente de permanente preocupación. La infanta es de esa raza liberal y popular, como su antecesora Isabelona, la Chata. Simpaticona pero con un carácter endiablado.
La primera bronca
Al pueblo llano y sencillo no le pareciste ni bien ni mal. Se limitó a decir: «Si la hace feliz, ¡que más nos da quien sea!».Entonces no se sabía que más bien iba a ser que no. Hasta la prensa se reservó, prudentemente, la opinión sobre aquel joven a quien no conocía ni de referencia. A la Casa Real debió parecerle poco que fueras, tan solo, un oscuro empleado de banca en París porque, en la primera biografía que La Zarzuela ofreció, aparecías como el economista que no eras. En una segunda versión rectificaron para dejarlo «con conocimientos de economía». Algo así como mantenello aunque enmendallo a medias. Peor lo tuvo Monpezat, el consorte danés. El día que se hizo público, oficialmente, el compromiso, apareció un anuncio en la prensa de Copenhague con el siguiente texto: «Se tiene consorte, se le busca trabajo». ¡Qué lejos estabas, estimado Jaime, de experimentar lo crueles que podemos ser algunos periodistas españoles! También cierta sociedad. Como eras huérfano de padre, éste no pudo advertirte: «Cuando te conviertas en consorte, serás desollado el resto de tu vida». Tal hizo el padre de Henri.Pero tú, estimado Jaime, no posees la piel de rinoceronte que reconoció tener el hoy esposo de la reina Margarita de Dinamarca, por lo que las críticas de la prensa comenzaron a llegar fácilmente al tuétano de tus sentimientos. A diferencia de Henri que, el día de su boda, la novia le dirigió una intensa mirada, embelesadamente amorosa, a ti la infanta te echó la primera bronca: «¡Levántame el velo!».
La huida hacia ninguna parte
Han pasado los años y la prensa no ha dejado de ocuparse de ti permanentemente. Cierto es que a veces parecía como si pidieras a gritos que lo hicieran. Unas, por tus trajes atrevidamente extravagantes. Como el atuendo con el que te paseaste por las calles de un sofisticado Capri, tapizado como un sofá. Otras, por tus paseos en patinete electrónico por la madrileña calle de Ortega y Gasset, comprando compulsivamente en los establecimientos más lujosos. Pero, sobre todo, por aquel infarto cerebral que sufriste en la tarde del 22 de diciembre del 2001, dos días después de haber celebrado, en familia, el 38 cumpleaños de la infanta.Fue un drama terrible para ti. También para ella. Mientras todos se reunían casi al completo para la cena de Navidad en La Zarzuela, tu esposa, quien entonces parecía amarte tanto, permanecía a solas con un medio ser, con el medio ser que eras en aquellos momentos. Desgraciadamente, tú, al igual que Claus de Holanda, otro consorte, dejaste de ser quien habías sido. Para no hundirte, comenzaste a desarrollar una actividad frenética, tendrás que reconocer no siempre adecuada a tu rango. Como una especie de huida hacia . ninguna parte. Intentar demostrar que no eras un inútil se convirtió para ti en una obsesión no siempre bien entendida.Ni por tu esposa ni por la Familia Real, sobre todo, por tu suegro, quien no parece sentir por ti mucha simpatía. A lo peor pensaba, como la reina Beatriz de Holanda cuando Claus enfermó, que cada cual lleve su cruz. Así de egoístas y crueles suelen ser las familias reales.
Predestinado
Para tu tranquilidad y a pesar de todo lo que se ha dicho y dicen, debes saber que, aunque no eres admirado tampoco detestado. Simple y sencillamente, curioseado. Pienso que tu vida en la Familia Real ha sido, a lo largo de estos 12 años, un permanente equilibrio.Parecías estar predestinado a entroncar con los Reyes por aquello de que Alfonso XIII pernoctó, un 18 de septiembre de 1919, en la casa solariega de los Marichalar en Soria. Cuentan que tú, desde niño, te quedabas siempre, con respeto, a la puerta de la estancia donde durmió el soberano. Quién iba a pensar que aquel muchacho que eras acabaría convirtiéndose en miembro de la Familia Real española al casarse con la biznieta de aquel hombre que durmió en tu casa. Esa biznieta, tu todavía esposa, que te ha dado con la puerta en las narices, diciéndote, «ahí te quedas». Hay que reconocer que para ti ser consorte no ha sido ninguna suerte.
Ay como me ha encantado todo lo que le has dicho a Jaime Peñafiel!
Qu le den tila
Estoy de acuerdo con carmen, primeramente por que es mujer, soy antimisógeno, y segundo por que ese peñafiel me parece un oportunista y vividor. tiene gracia su época de El Pardo y ahora la Zarzuela. Pero él no es el único, hay tantos ....
Son tal para caul.
Lo peor ? que no están en periodo de extinción, cada día hay más víboras como estas .
Querida carmen, quiza creas, por vanidosa en eso que dices te acusan, de que si te muerdes la lengua, te envenenas, y que pecas de sincera, no sé...creo que andas en el mismo saco, que te paseas por los mismos programas y que encima pecas de creerte mejor. es muy fácil atacar cuando lo hace todo el mundo, con el tema tan manido de Peñafiel y Letizia, en fin...
Pues no me parece a mí , despues de leer su carta, que Peñafiel ande descaminado o demasiado inexacto en sus opiniones ¿a tí te parece algo de eso mentira, Carmen?. Y ya que entras a enjuiciarlo personalmente (qué poco profesional, qué feo), segurísimo que tienes razón, debe tener muchos defectos, parece engolado y presuntuoso, pero criticar que aparece mucho en la tele sabiendo los exquisitos programas nocturnos en los que tú apareces ultimamente, y con esa cara cada vez mas antinatural...
Vamos,vamos,Rigalt,no veas solo lo que te interesa.Tú eres una lame... de la tal Leticia ( y no pongo con Z porque es una letra última y muy manida)No teneis nada que echaros en cara.En lo que a la objetividad se refiere, de eso es precisamente algo de lo que tú no puedes presumir.Así que a llevaros bien que formais parte , para vuestra verguenza del circo nacional.Apuntatelo en la moleskine,por favor.
Al redactor: espécimen no especímen, a ver si esdrujuleamos bien. Por otra parte un diez para eso de "me encanta cuando una víbora ataca a otro reptil", aunque pobres reptiles, eso de comparlos con los periodistas no está nada bien.
NOTA REDACCIÓN: Gracias por advertirnos de la errata (ya está corregida).
Hombre, acusar a Pedro J. de misógino, después del famoso vídeo con Exuperancia (¿o como se llamaba aquella gorda?, porque uno no se puede acordar de todo) es que me parece, por lo poco, inadecuado. Él mismo se va a sentir ofendido porque se olviden de lo del braguero aquel que se hizo famoso. Faltaría más.
Domingo, 23 de noviembre
JunglaDeAsfalto.com
Ángel Sáez García
Alicia Antolín de la Hoz
José Donís Català
Mariasun Miquel
Luis Antonio González Pérez
Juan Carrasco de las Heras
Padre Fortea
Julián Moreno Mestre
Antonio García Fuentes
Carlos Gómez Cabana