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Impresiones del viaje 25 aniversario a USA

12.07.16 | 17:39. Archivado en Actualidad

Durante tres semanas hemos viajado por los Estados Unidos, de este a oeste, para celebrar nuestros 25 años de matrimonio. Esta es la primera parte del relato de este viaje único e inolvidable, que me permito compartir con todos mis queridos lectores.

Era la cuarta vez que viajaba a los Estados Unidos, la primera en 1991 en nuestro viaje de novios con Isabel donde visitamos el Triángulo del Este: Nueva York, Niágara, Washington, Filadelfia y luego una semana inolvidable en Playa Bávaro en Santo Domingo.

Celebramos este año nuestro 25 aniversario de matrimonio. Isabel, que es muy buena organizadora y en todo, había planificado, ahorrando durante años, un viaje extraordinario que comenzó el 12 de junio en Madrid, después de terminar un nuevo evento. Volamos con Air Canadá, haciendo escala en Toronto, donde nos hicieron un amplio registro incluida una maleta,. Nuestro primer destino fue Orlando, en cuyo aeropuerto hay un gran hotel y todo el suelo está moquetado, a pesar de la calor exterior., las maletas salen en una zona con entrada directa desde la calle, sin ningún control. Allí nos esperaban Eliana y Richard.

Cenamos en el restaurante de Gloria Stefan con nuestros dos anfitriones, que amablemente nos acogieron durante una semana en su casa, en las afueras de Tampa, una ciudad donde nadie pasea por la calle y todo el mundo va en carro (coche), bueno casi todo el mundo, porque la calor es muy axfisiante. Richard, el esposo americano de la colombiana Eliana, nos preparó cada día un breakfast distinto, delicioso y abundante, al típico estilo americano, muy diferente al escaso desayuno español, al que estamos tan acostumbrados. Hacia las doce vuelven a comer frugalmente y por la tarde a las 6pm, toman el dinner, una cena no muy abundante, ni pesada, por tanto la comida mayor es la primera del día, al menos en la bonita casa del coronel Richard, que pilotó helicópteros y fue destinado a Colombia. Su casa está en medio del campo, con un espacioso jardín, con césped muy verde bien cortado, árboles, un gran garaje, y una buena refrigeración que no apagan nunca, cosa que me sorprendió acostumbrado al ahorro energético español.

Tuve el honor de conocer en una lujosa residencia de la tercera edad al profesor español Dr. Ramón Díaz Solis, con el que mantuve dos conversaciones extraordinarias. Un hombre humilde, sabio, que me regaló, sin conocerme, dos de sus libros. Se formó con el profesor Valverde en la Universidad de Barcelona, nació en Oviedo, dio clases en Jerusalén, Oxford, y en varias universidades de Estados Unidos, donde sigue viviendo, tiene dos hijos, guarda en su habitación muy pocos recuerdos de su vida, unos pocos libros, muebles, cuadros. Me impresionó cuando me dijo que había regalado los miles de libros acumulados en su carrera, antes de ingresas en esta residencia de lujo. Conserva la silla donde se sentaba su mujer, a la que sigue teniendo presente en cada instante. Una bonita historia de amor.
Me tenían una sorpresa muy bien preparada. El 15 de junio renovamos nuestro matrimonio en una iglesia norteamericana de Tampa, ofició un sacerdote colombiano. Inolvidable tarde, me emocioné con este detalle tan bonito de Isabel, a la que leí una poesía, según ella una de las más bonitas que le he dedicado. Cenamos en el Gran Hotel Hyatt, el mejor de la ciudad, con una vista impresionante desde su alta terraza exterior.

Al día siguiente, visitamos, en el barco de Richard, una playa desierta donde pudimos dar de comer a unas aves similares a las gaviotas, parecían casi domesticadas porque nada más abrir los bocadillos inmensos que habíamos comprado antes en un Subway, volaban sobre nuestras cabezas esperando el ansiado alimento. Es una curiosa evolución porque en lugar de comer peces, difíciles de pescar, tan solo deben esperar el alimento que un humano generoso les facilita. Al regresar a la barca centenares de mosquitos nos acribillaron. Isabel se llevó 40 picadas al menos.

La ciudad de Sant Pete, está diseñada para las vacaciones de los norteamericanos, con numerosos hoteles, apartamentos y casas de todo tipo acoge cada año a miles de personas en busca de sol. En un bar típico, vimos la sunset, puesta de sol, y degustamos unas gambas a la plancha (ellos las llaman camarones) con un cóctel nada ligero. Isabel se hizo una foto con uno de los caimanes que adornan la tienda de ese restaurante, frente al mar Pacífico.

Hicimos durante la primera semana de nuestro viaje, vida norteamericana, no muy diferente a la nuestra. Cuando viajas te das cuenta que todos somos iguales, cada uno con su cultura, creencias, costumbres. El ser humano esencialmente es igual en todas partes. Con buena voluntad te entiendes fácilmente y compartes otros saberes, formas de ver la vida y vivirla que te enriquecen siempre, es una de las grandes ventajas de viajar, quizá la más importante para mí. Le damos más importancia a conocer personas, conversar…que no a ver monumentos, lugares, que los tienes muy bien descritos y situados en cualquier web de Internet, pero hablar con personas que conoces durante un viaje, eso no está registrado en ninguna web.

Después de esos días tranquilos, tomamos el sábado, 18 de junio, un avión de Tampa a Phoenix, unas cinco horas de vuelo, su aeropuerto –igual que otros- con moqueta, no sé muy bien porque usan tanta moqueta en los aeropuertos y en las casas. Dormimos en un hotel cercano al aeropuerto y al día siguiente en un coche alquilado viajamos a Sedona, una ciudad en medio del desierto, donde hay una iglesia esculpida en la roca. Allí sentí un vértigo que me hizo dar vueltas sobre mi mismo, nunca había sentido algo igual antes. Todavía no sé por qué. La calor seguía siendo muy alta, no obstante, como ejercicio, a la mañana siguiente caminamos por un río seco, pero no llegamos al final del camino por la enorme calor, quizá llegamos a los 45º C, 120ºF, como no teníamos agua, decidimos regresar a la piscina del pequeño hotel donde en un agua calentada por el fuerte sol intentamos refrescarnos.

El viaje hacia el Gran Cañón, fue rápido. Nos alojamos en un Hotel, cenamos y al día siguiente fuimos a ver una de las maravillas del mundo. Recorrimos toda la parte izquierda del Cañón, por un camino muy transitado donde había piedras de millones de años. Nos atrevimos a bajar por un camino que conduce al fondo de esa enorme depresión, pero la gran calor y no disponer de agua, hizo que no termináramos el recorrido, tuvimos que regresar hacia el punto de partida. En el hotel el jacuzzi nos ayudó a recuperarnos del gran esfuerzo. Durante otros dos días recorrimos el Cañón y también lo volamos con una avioneta. Un viaje muy bonito, casi de película. Pudimos ver una película de National Geographic y comprar algunos recuerdos.

Continuará...

1ª parte, Sant Cugat, 12 de julio 2016
(c) José Lozano Galera


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