Pasiones amorosas y estragos en la pareja
28.03.07 @ 12:31:17. Archivado en Psicoanálisis, Teoría, Colaboraciones, Salud Mental, Sexualidad, Investigación
b) En el registro del deseo
Pasemos ahora, más explícitamente, al registro del deseo, que hay que distinguir al del amor, incluso si, en nuestra cultura de hoy, la intrincación (la re-intrincación) del amor y del deseo es lo ideal (fait idéal). En este registro, la pasión no es menos peligrosa. Porque, si bien los optimistas creen que una conjugación armoniosa de dos escenarios fantasmáticos es posible o que el intercambio de los trozos de cuerpos que satisfacen el fantasma y la pulsión es posible, la clínica nos señala que nunca es así. Ella indica, por el contrario, que la conjugación de esos dos fantasmas en un escenario de pareja sólo puede ser el resultado de una negociación más o menos agria, algunos dirán de un brazo de hierro o de una confrontación, otros dirán de un debate o todavía de una negociación.
Y si el poeta que canta «No hay amor feliz» es tal vez demasiado pesimista, la clínica nos da a pensar que la satisfacción fantasmática es siempre parcial y precaria. Es más, que la satisfacción de uno se hace a menudo en detrimento de la satisfacción del otro, la tendencia general del ser de deseo, del «deseo ser» (désir être), es imponerle al otro la realización del fantasma que le anima.
Te deseo significando algo como «¿Quieres representar el papel de uno de los personajes de mi fantasma?» ¿o todavía, lacanianamente, podría decirse: «Quieres prestarme (o más autoritariamente: ¡préstame!) el trozo de tu cuerpo que causa mi deseo?». Lacan llega a decir incluso: «Porque te quiero, te mutilo», lo que él un día había ilustrado por el final del Imperio de los Sentidos. Recordamos que la sirvienta, amante (ama) (maîtresse), mutila el sexo de su dueño (maìtre) y amante.
Hace más de 15 años, había titulado una comunicación sobre el sujeto: Felino para el otro (Félin pour l’autre), el juego de palabras que todavía me recuerdan hoy algunos de mis colegas. Yo subrayaba que los enamorados, que se decían «hechos uno para el otro», no escuchaban generalmente lo que había de felino (félin) en esta expresión, como en muchos otros por otra parte del vocabulario amoroso. ¿Acaso no decimos “Estás para comerte”, “Él me devoraba con los ojos”, “es una devora hombres”, o una verdadera «mantis religiosa», o todavía «Tengo miedo de que me coma»?
Al principio del siglo XIX, el fantasma de devoración apasionado fue puesto en escena de la manera más radicalmente trágica en Pentesilea, la tragedia de Heinrich von Kleist. Algunos recordarán que esta tragedia se acaba con la devoración de Aquiles, el Héroe griego, por los perros de Pentesilea, la reina de las Amazonas, a la vez su enemiga y su enamorada. La amazona victoriosa acaba por unirse a sus perros y participa en la devoración de los despojos sangrantes de su amante antes de suicidarse.
Y hoy Carla Bruni, ¿acaso no canta en “El tú del mí”, menos trágicamente es verdad: «Soy la espiga, tú la paja. Tú el agua que viene y yo la boca»?
En el registro del fantasma, la pasión representa un triple peligro para el sujeto: la aniquilación de su propio fantasma en provecho de la satisfacción del fantasma del otro, la realización más o menos disfrazada del fantasma de devoración amoroso y, en tercer lugar, la reducción fantasmática al objeto imaginario que supuestamente colmará el vacío dejado por la pérdida del objeto a real.
Jorge Gómez Alcalá
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