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Permalink 15.03.16 @ 12:27:10. Archivado en Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Psicología, Salud Mental, Investigación

El paciente obsesivo posee una florida, extensa y compleja sintomatología que deberíamos, al menos para comenzar a entendernos, describir.
Se trata de ideas, actos compulsivos, pensamientos y obsesiones repetitivas, que se presentan de pronto, a modo de ideas intrusas que el paciente no logra desalojar sin la realización de actos en forma de rituales y ceremonias que intentan apaciguar la angustia que ellos mismos producen.
Estos actos pueden consistir en lavados compulsivos de manos, largos, minuciosos, intensos y frecuentes o de la implementación de ciertas medidas que el paciente adopta por razones de “seguridad”, como comprobar una y mil veces el cierre de las llaves del gas, certificar el cierre de puertas o ventanas innumerables veces, y otras que escapan a toda lógica, como no pisar las rayas que separan las baldosas de un piso, golpear sistemáticamente paredes cada cierto tiempo, reasegurarse infinidad de veces de las cosas más disparatadas.
Todo parece responder a una lógica inconsciente que en el tratamiento habrá que poner a analizar, buscarles un sentido pre-determinado, tomando en cuenta la singularidad de cada sujeto que los padece.
El tema ha sido trabajado en la obra de Sigmund Freud y de otros psicoanalistas. Forma parte y objeto de sus estudios y de su práctica clínica y van desde síntomas leves, que no afectan marcadamente la vida del sujeto, hasta situaciones de gran complejidad que afectan el conjunto de su accionar vital
Se trata de uno de los puntos de la psicopatología analítica mejor descriptos por el fundador del psicoanálisis: la neurosis obsesiva.

Freud escribió dos de sus historiales clínicos más extensos y mejor realizados “El hombre de las ratas” y “El hombre de los lobos” tomando como piedra angular esta temática.
Creo que no me equivoco al decir que no hay en la obra freudiana un análisis más brillante que el que hace sobre la neurosis obsesiva, donde aplica sus descubrimientos en forma constante.
Pero aquí es donde los psicoanalistas debemos hacernos cargo de una parte de la responsabilidad que nos corresponde al no hacer lo suficiente frente al avance inexorable de la medicalización en los temas de salud mental.
Posiblemente confundidos por ciertos beneficios que algunos fármacos produjeron en las patologías más severas, hemos callado demasiado frente al abuso de las prácticas producidas por el discurso médico-psiquiátrico.
En alguna oportunidad, a Freud algunos de sus discípulos le sugirieron remplazar la palabra “sexualidad” por alguna otra que dijera más o menos lo mismo pero que no fuera tan controvertida a nivel social, como “erotismo”.
Freud se negó totalmente y pronunció una frase que hizo historia por el sentido y contundencia: “Uno empieza cediendo en las palabras y termina cediendo en la cosa misma”.
En el lugar en que los analistas hablamos de neurosis obsesiva apareció el “TOC”.(Trastorno Obsesivo Compulsivo).
El discurso psiquiátrico impuso el Toc, y ya que todo discurso impone sus prácticas concomitantes, el discurso del Toc se unió a la farmacología y para todo el mundo resultó obvio que a este “trastorno” le corresponde la medicación adecuada.
Pero no conforme con esto, el discurso médico-psiquiátrico sigue yendo a más. De la mano de las neurociencias y de sus estudios acude a buscar explicaciones al cerebro.
Basta de confrontar al obsesivo con su deseo, de analizar minuciosamente su discurso, acabemos con los “mitos” sobre la posición anal como supuesta fuente tanto de erotismo como de sufrimiento. Acabemos, dicen, con esas “supuestas defensas” como la represión, la anulación, la negación, la repetición reiterativa, etc.
No escucharlo más en su discursividad reiterativa de sufrimientos obsesivos, acabar con toda forma de interlocución que implique empatizar transferencialmente y por supuesto nada de “escuchar”, de interpretar, de señalar, de intervenir con la palabra.

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