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Pensar lo impensable o desear lo imposible La Noción de Trauma y los Campos de Concentración Nazis

Permalink 05.01.16 @ 17:50:58. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Literatura, Cultura, Filosofía, Política, Psicología, Religión, Otros Autores

TRAZAS DEL TRAUMA

J. E. Milmaniene describe lo que para él son dos maniobras defensivas características de lo que considera, fundamentalmente, experiencia masiva imposible de ser asimilada por el psiquismo constituyéndose en un verdadero desquicio simbólico.16 Es frente a este desquicio simbólico que se conocen las siguientes maniobras defensivas por parte de los sobrevivientes de la experiencia:

La recusación total y absoluta de los acontecimientos traumáticos.
La disociación de la personalidad
La culpa insoportable por haber sobrevivido.

La recusación total

Amnesias, lagunas en la memoria acerca de lo vivido a veces acompañadas por la idea de que fue a otro a quien le sucedió. La opción es la más socorrida de todas: al sujeto se le impone la orden de guardar silencio con el fin de precaverse contra los efectos emocionales propiciados por el recuerdo y el hablar de ello. El efecto nocivo de esa orden se traduce en toda clase de sintomatología psicológica y física que no se restringe exclusivamente al afectado sino que alcanza a extender una, dos generaciones más. Llegan incluso a producirse verdaderas identificaciones con el agresor por la vía de justificar su acto validos de las consideraciones sobre las cuales se sustentaba por parte de los victimarios.

Disociación de la personalidad

Se postula que dicha defensa permitió en buena parte hacer soportable la experiencia de una vida reducida a nuda vida durante la permanencia forzada en el campo de concentración.

“La escisión de la personalidad, con una parte adaptada –que continúa anclada en la realidad luchando por la vida-, y la otra parte silenciada y reprimida –llena de dolor y de vergüenza- fue la única alternativa de sobrevivir psíquicamente para muchas víctimas de la Shoah”.17

La culpa por la sobrevivencia

A veces de tal magnitud que resultaba incompatible con la existencia misma. Es como muchos se explican el suicidio de un Primo Levi o de un Bruno Bettelheim. Como lo expresa Maud Mannoni:

“…el sobreviviente tiene gran dificultad para no sentirse culpable de todas las muertes de los campos: como si debiera su vida precisamente a esas muertes”.18

Sin embargo, cabe mencionar la experiencia de un Wiesel confinado junto con su padre en el campo de concentración y de la que da testimonio en su novela “La Noche”.

Escrito en otro lugar, me parece necesario repetirlo dado que se corresponde con la hipótesis acerca de la forclusión del nombre del padre de la Ley por parte de un régimen que se constituyó en émulo del protopadre.

Wiesel interroga a Dios desde la convicción cotidiana en la que permanece al lado de su padre. Pero no comprende las respuestas no porque estas vengan desde el fondo del alma sino porque Dios, terriblemente, calla. En el fondo del alma nace, valga decirlo así, la muerte de Dios. Para declararlas incomprensibles Dios tendría que haberlas formulado. Silencio absoluto.

Simultáneamente el eslabón de la cadena generacional, el padre de Wiesel, sufre su propia transformación. El hombre que despreocupado por los sucesos familiares, “culto, poco sentimental… más ocupado de los demás que de los suyos” (p. 17), desaparece y, en su lugar, emerge el hombre que acompaña todas las horas de todos los días a uno de los suyos el que, a su vez, declara objeto preciado de su defensa, sostener este acompañamiento a cómo de lugar y hasta que sea posible.

La pobreza de su herencia en un momento próximo a sucumbir definitivamente (una cuchara y una navaja) no podemos declararla mas que desde la soberbia que nos concede la distancia temporal y geográfica. Ambos instrumentos recuerdan la relación de la humanidad con la transformación de la naturaleza, sí, pero además, resistencia del valor de uso de esos objetos en virtud de su pertenencia a quien sabe manipularlos, un hombre, instrumentos al servicio de dificultarle al cuerpo las consecuencias de su finitud.

Porque ese es el legado: conservar la humanidad en medio de la decisión por eliminarla a como de lugar. La paternidad, podemos decir, se desliga de su conexión con la divinidad, emerge en bruto como referente único de posibilidades expresada en el padre acompañante. La orfandad con respecto a la divinidad queda subsanada por la exaltación de una filiación que igualmente, se basa en la creencia, pero que esta sí, mitiga el sufrimiento, alivia, auxilia. La humanidad del padre de Wiesel revela su costado salvador ausente en la divinidad.

Ya no el legado después de muerto, sino aquel que se gesta en vida: con su padre, ambos compartiendo la experiencia, es con el único ser que Wiesel puede seguir obteniendo todas las bondades que provienen del derecho a interpelar al otro sin temor a consecuencias negativas sobre el propio cuerpo. Con el kapo, con los SS, mucho menos con Mengele, ningún prisionero tiene la esperanza de obtener provecho con el uso de la interpelación, todo lo contrario. Inclusive entre los prisioneros mismos, la interpelación puede acarrear consecuencias negativas. Prevaleciendo el miedo como único afecto autorizado –y propiciado- por los carceleros, no falta quien encuentre en la singularidad de ser soplón lo que no encontraría manteniéndose fiel al grupo.

El padre de Wiesel puede ser interpelado por él. Una fabulosa excepción a aceptar la reducción a la pura condición de instrumento.

Después de esta experiencia al yo de la enunciación “no le queda más remedio” que encontrar una narración que sustituya lo trágico anclado con lo inefable por lo dramático desplegado en el hallazgo de una escritura propia, en cierta forma, la comprensión de aquel legado ya no del padre sino de Moshe-Shames según el cual “las verdaderas respuestas (…) sólo las encontrarás en ti mismo”.

Debemos destacar que esta relación entre un padre y un hijo es narrada por el hijo que sobrevive al padre y al campo. Ambos han dejado de ser lo mismo que era cada uno antes del acontecimiento: el padre ya no puede sino preocuparse por uno de los suyos, en Wiesel ha muerto Dios. Para el que sobrevive la otra vida, la mejor vida, será, en vida, la libertad, incluso para que esta pase a hipotecarse mejor en las exigencias de la escritura, de una escritura propia, la del hijo que nace cuando el padre pronuncia su nombre como último estertor.

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