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Pensar lo impensable o desear lo imposible La Noción de Trauma y los Campos de Concentración Nazis

Permalink 05.01.16 @ 17:50:58. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Literatura, Cultura, Filosofía, Política, Psicología, Religión, Otros Autores

EL NOMBRE PROPIO Y SU DESAPARICIÓN EN VIDA Y EN LA MUERTE

Traza fundamental de la experiencia concentración-aria fue la desaparición del nombre propio de los prisioneros y su cambio por un número que les era tatuado a todos en la piel.

En el campo de concentración se hizo evidente una forma de goce que comenzaba por la separación entre el cuerpo y la subjetividad11. La novela de Elie Wiesel describe de modo magnífica y trágicamente exacto como esa desubjetivación comenzaba desde la conducción de los prisioneros en trenes “como animales al matadero” (Milmaniene); luego eran recibidos en el Lager, se les desnudaba completamente, se les expropiaba toda pertenencia, se les rasuraba, se les desinfectaba y luego se les tatuaba el número en la cara anterior de su antebrazo el cual pasaba a significar el despojo de todo nombre humano.

Antes de toda eliminación los cuerpos resultaban útiles para toda clase de experimentaciones estrafalarias por parte de los científicos del régimen. Como lo narra César Vidal, citado por Milmaniene:

“Los experimentos a los que se vieron sometidos los reclusos en la mayoría de los casos ni siquiera contaban con una aplicación práctica de tipo bélico, algo que no hubiera justificado su realización pero, al menos, quizá la habría convertido en explicable desde una óptica militar. En algunas ocasiones, surgieron de una curiosidad médica por cuestiones absurdas, ahora satisfecha en la persona de indefensos inocentes. Ejemplo de esto fueron los delirantes experimentos con gemelos realizados por Mengele o el hecho de que se obligara a reclusos a tomar agua de mar, para comprobar el tiempo que podían resistir vivos consumiendo sólo la misma. En otros casos, se pretendía examinar la posibilidad de esterilizar o castrar en masa a los judíos. Por último, buen número derivó del deseo de demostrar la veracidad de las teorías raciales nazis. Ejemplo de este último grupo fueron los experimentos con cráneos de judíos realizados por Hirt. Los mismos exigían el previo asesinato de los reclusos y la separación de la cabeza de su cuerpo.”12

Cuando el cuerpo era llevado al horno crematorio, era sometido a toda clase de nuevas expropiaciones: por ejemplo, la piel con el fin de encuadernar libros. Tomás Eloy Martínez, recientemente fallecido, cuenta lo acontecido a la actriz Norma Aleandro:

“…un día, los viejos mostraron a Norma Aleandro (la actriz se hallaba en mayo de 1965 de vacaciones en las sierras de Córdoba) su tesoro más venerado: cierta rara edición del Fausto de Goethe, publicada en Munich hacia 1850, y encuadernada en cuero lustroso, tierno, que la actriz no supo identificar. Preguntó a la pareja qué clase de encuadernación era aquella. La esposa, que tenía una dulce mirada azul, bajó los párpados y murmuró: ‘Es de piel de judío. Mi marido era oficial de un campo de prisioneros, en Polonia’”13

Podríamos preguntarnos: ¿de la piel de quién se habla? El nombre propio se perdía desde el ingreso al campo de concentración y jamás volvía a recuperarse, porque también se expropiaba al reo sacrificado del derecho a tener una tumba en la cual contar con la inscripción de su nombre.

Con esto nos encontramos con otra dimensión de la experiencia traumática difícilmente contenido en los manuales de clasificación psiquiátrica existentes y que introduce una cierta singularidad de la experiencia traumática que la coloca en otro lugar diferente al de otras.

Nombrar es un acto de creación de lo verdadero mediante el cual el nombre pasa a convertirse en lo real del sujeto: en cierto sentido quien posee un nombre posee una forma de sublimación que permite responder algo a la pregunta de “¿Quién eres tú?” Seguida del conocido diálogo: “Fulano”, responde el preguntado. “¿Y quién es ‘fulano?’”, podría insistir el primero…

Escogido por el otro casi siempre antes del nacimiento, el nombre está allí antes de corresponderse con un cuerpo y esta anticipación procura borrar la condición de desvalimiento inaugural en la medida en que un nombre se parece a otro nombre pero, a la vez, significa este en particular y lo diferencia del otro que porta uno parecido. A la espera de la constitución del inconsciente mismo, la letra del nombre hace posible, por así decirlo, la humanización de la concepción y del nacimiento.

Pero, además, el nombre remite a la leyenda sobre la cuál reposa su escogencia: la sonoridad del mismo, la evocación de tal o cual familiar del padre o de la madre, el homenaje a otro sujeto, la reafirmación de la paternidad siempre interrogada, siempre bajo sospecha, etc.

En tercer término el nombre está ligado siempre a un porvenir, a una esperanza de que haya un porvenir. Y justamente era eso lo que desaparecía durante la experiencia concentracionaria: la esperanza por el porvenir, que muchos consideran característica propia del judaísmo, aunque no necesariamente exclusiva.14 La esperanza por el porvenir provee al sujeto de una representación de un futuro abierto a múltiples posibilidades, incluidas las relacionadas con el fracaso. Precisamente la instauración de un tiempo “homogéneo y vacío” (la expresión es tomada de Allouch) colocaba a la muerte en el horizonte inmediato de la experiencia.

Es tal vez Robert Antelme quien sabe dar cuenta precisa de este asunto en su única novela “La Especie Humana”:

“Militar aquí es luchar razonablemente contra la muerte.”15

Despojado de todo, incluso del nombre propio, las posibilidades sublimatorias de la experiencia adversa prácticamente son reducidas a cero. Visible a perpetuidad, la marca del número que reemplaza el nombre, hace prácticamente imposible el olvido y fuerza a una variedad de reacciones que pasarán a constituirse en verdaderas trazas singulares de esta experiencia traumática.

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