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Pensar lo impensable o desear lo imposible La Noción de Trauma y los Campos de Concentración Nazis

Permalink 05.01.16 @ 17:50:58. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Literatura, Cultura, Filosofía, Política, Psicología, Religión, Otros Autores

“Su majestad el bebé”, podríamos repetir con Freud. Se trata de un ideal de omnipotencia que supone la castración solamente posible a través de otro representado enfermo, castrado, débil. Rémora que estorba en el ascenso imparable del progreso, pícaro que roba al buen ciudadano, campeón de la falacia y de la mentira, trashumante que no conoce apego a terruño alguno, todas estas maneras de significar al Otro no son más que reversos de una condición que se desea recusar hasta volverla ajena.

Como si se tratara de reformar todo sometimiento a la Ley, el régimen nazi tenía que empezar por reformar las virtudes que la civilización le había atribuido a la Ley misma. Según Legendre:

“…el tránsito al acto hitleriano operó un regreso al punto crítico del sistema jurídico occidental, desarticulando toda su construcción mediante una puesta en escena de la filiación como pura corporalidad. Se dio un salto: el que va del cuerpo como vía de acceso a la interpretación (la circuncisión) al cuerpo como argumento de supresión del intérprete (biologismo racial)”.8

Mitologizar la ciencia se reveló posible, también, con la ideología nazi, así la corporalidad quedó reducida a la sola biología, a la nuda vida de Giorgio Agamben. Otro mito del laicismo, expresado en la obra Tótem y Tabú de Freud, establecería una referencia que servirá para señalar una hipótesis que me parece sustentable en este punto: el régimen nazi, al despojar a la Ley de su apego al orden de la subjetividad atravesada por la palabra y el imposible de la misma, forcluyó el padre heredero del asesinato del padre de la horda primitiva, intentando restablecer a aquel mismo bajo los atributos propios del régimen nazi.

Resaltando el derecho a decretar la excepción, el III Reich apura para sí atributos del protopadre, poder absoluto sobre todos los bienes. No se somete a la Ley, él es la Ley misma: el “concepto científico de raza” daría sustento a la consideración de la raza aria como raza superior y, por ende, a la consideración de las “otras” razas, como inferiores, merecedoras apenas de un no lugar que el campo de concentración revelaba posible. A esta se sumaba otra concepción, la de proceso natural o destino natural, que las otras razas obstaculizaban. El “judío” representaba un cierto objeto-fetiche al respecto. Como bien expresa Zizek:

“… los judíos funcionan como un especie de amo oculto que aspira a la dominación del mundo: son la imagen contraria de los arios, una especie de doble negativo, perverso: por eso han de ser exterminados, en tanto que a otras razas únicamente se les ha de obligar a ocupar su propio lugar.”9

Un desconocimiento deliberado de la relación entre los hombres, una recusación radical de la realidad que vincula el conflicto y la armonía en la dialéctica de las relaciones humanas, la negativa a asumir, desde el pensamiento, el conflicto real que acontece en todas las relaciones, queda reemplazado por la fetichización del adversario, constituido a su vez como representante supremo de todo el mal, a la par que obstáculo para la consecución de los grandes ideales de aquella gesta que empezó con la supremacía de la raza aria, pasó por la defensa de la patria y se entronizó como ideal supremo a través de la eugenesia y un cierto darwinismo social.

Querer no saber nada acerca de la complejidad de la vida si bien se puede postular como un ideal de comportamiento, también ignora el destino que ese III Reich habría de tener viéndose forzado a aceptar un trueque entre el imperio de los mil años por uno de doce. Esto quiere decir que la fetichización del adversario no siempre es garantía suficiente de triunfo toda vez que el mundo suele poner límites a todo aquel que suponga que la suya es la concepción que apura los anhelos universales. Siempre habrá un tope y desconocerlo más que signo de equivocación en el cálculo, será síntoma de estupidez, por más ilustrada que esta emulación con los antecesores quiera mostrarse.

Proyectada la castración en el otro, la omnipotencia del Amo supone garantizada la eternidad de su dominio. La racionalidad suprema concebirá el exterminio como proyecto necesario, pero contará necesariamente con el odio que representa la proyección de la amenaza en el otro. “El me amenaza”, bien podría ser la fórmula que encubriría aquella otra que, de ser admitida, no conduciría sino a la fusión amorosa (“Yo lo amo”). Volviendo con Zizek, la figura del judío era fetiche en tanto que condensaba fuertes antagonismos heterogéneos:

“… económicos (el judío como usurero), políticos (el judío como maquinador, dispositivo de un poder secreto), religioso-morales (el judío como un corrupto anticristiano), sexuales (el judío como seductor de nuestras inocentes muchachas)…10

Podemos establecer, en este punto de nuestra reflexión, que un elemento característico en la decisión de exterminar a otros era el proveniente de los propios prejuicios acerca de ellos mismos. Se producía una ruptura radical con el ideal de un saber construido al tenor de una relación con el otro y reemplazado por una constatación de que el otro era lo que los prejuicios dictaban acerca de él. Aquí también nos encontramos con una dimensión del trauma bastante elocuente en la medida en que tampoco al objeto le correspondía posibilidades de injerencia en la constitución de su condición de fetiche, que es otra manera de señalar, la nula responsabilidad de su actuación con respecto de las expectativas que el régimen tenía puestas en él.

Otra forma de la desubjetivación que anuda la experiencia de la víctima a la imposibilidad de su defensa en términos de argumentación. Decidida como esa ofrenda que se quemará ante los dioses oscuros del nazismo, su puesto no podrá ser otro que el de chivo expiatorio, cordero ofrecido a la divinidad.

Esta es una dimensión poco estimada de las características de un traumatismo como el que aquí se ha revelado: convertido en fetiche, el objeto ofrecido en sacrificio, hace las veces de pharmacon con el que el oferente intenta recusar su propia castración y proyecta toda la falta que lo constituye en quien, digámoslo ahora, no puede acceder a la condición de adversario, reducido como está a la de desvalido absoluto.

La descripción obliga una pregunta: ¿Es posible, y de qué modo, construir una subjetividad capaz de conducir al afectado más allá de las marcas que, como tatuaje quedaron adheridas a su memoria? En otras palabras: la superación del traumatismo ¿acaso no pasa por la des-fechitización del objeto y su conversión en adversario legítimo que lucha contra una afrenta?

Por el momento dejaremos planteadas estas dos preguntas. Es fácil inferir que ellas obligan a replantear la noción de trauma y llevar a quién lo sufre a un estatuto diferente al de mero enfermo o afectado: alguien que sea capaz de resignificar el acontecimiento, teniendo la ética por el establecimiento de la verdad del mismo (lo real) y sabiendo colocarse a distancia crítica de la sola marca determinista de la memoria. Esto implica reconocer como imposible una superación de la experiencia que no apele a la vinculación del afectado con proyectos encaminados a restaurar todo aquello que la experiencia nazi quiso eliminar por siempre.

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