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Pensar lo impensable o desear lo imposible La Noción de Trauma y los Campos de Concentración Nazis

Permalink 05.01.16 @ 17:50:58. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Literatura, Cultura, Filosofía, Política, Psicología, Religión, Otros Autores

Y agrega Agamben:

“Quien entraba en el campo se movía en una zona de indistinción entre exterior e interior, excepción y regla, lícito e ilícito, en que los propios conceptos de derecho subjetivo y de protección jurídica ya no tenían sentido alguno (…) El campo, al haber sido despojados sus moradores de cualquier condición política y reducidos íntegramente a nuda vida, es también el más absoluto espacio biopolítico que se haya realizado nunca, en el que el poder no tiene frente a él más que la pura vida sin mediación alguna”.6

A mi parecer, es esto lo que constituye la principal característica que dio vida a la construcción y operación de los campos de concentración: el acto fundacional de los mismos, procedente de una decisión política o, más exactamente, biopolítica, que combinó la nuda vida con el estado de excepción y articuló ambas cosas a un ideal de raza superior que requirió la creación de un contra-ideal, el del adversario, sobre el cual recayó todo el peso de esa manera de posicionarse frente a la ley.

Lo real siempre tiene la marca de lo inefable, pero en este caso lo real del acontecimiento exige ser puesto en palabras aproximadas a su intelegibilidad, de tal manera que lo que deseemos esclarecer acerca de lo traumático de la experiencia vaya más allá del modo en como este real afectó a quienes capturó en su siniestralidad.

Porque la primera y fundamental captura inicial fue la de la razón con la que se planificó la masacre, de la ciencia que la hizo posible y de las democracias que no supieron impedirla cuando no la facilitaron, parafraseando a Benasayag y a Charlton. Porque esta captura inicial fue la que realmente hizo posible todas las humillaciones y excesos que fácilmente se confundieron con actos de locura todo por reducir la noción de trauma a la simple provisión de enfermos, que es lo que hace precisamente una concepción psiquiátrica contemporánea la cual escamotea la consideración de las contribuciones de la razón, de la ciencia y de la democracia a la producción del acontecimiento traumático.

Significar un acontecimiento de esta magnitud como traumático va más allá de su reducción al estatuto de enfermedad y revela su siniestralidad mucho más allá del número de enfermos que haya podido producir. Habiendo demostrado que era posible lo inimaginable, siguiendo las palabras de Paul Valery, dicha demostración fue posible porque lo que estaba aquí en juego no era la imaginación sino la razón.

Una razón que, puesta en acto a través de todos sus instrumentos, produciría la marca que daría registro a que, ahora, los restos que quedaban activos del medioevo, tendrían motivos para denunciar este acontecimiento como revelador de que la ignominia y la arbitrariedad no eran de su dominio exclusivo, que también la razón, hija de la Ilustración, sería capaz de cometer acciones equiparables a la Inquisición y a la conquista de América.

RAZONES DE EXCEPCIÓN, LEYES CORRESPONDIENTES

Dentro de ese orden de lo real del acontecimiento, hay que situar el apotegma hitleriano:

“Lo repito: para mi la palabra ‘imposible’ no existe”7.

Director General del “Imperio de los Mil Años”, Adolfo Hitler, supo canalizar el miedo del pequeño burgués alemán que, asustado con la confluencia de la derrota de su país y el triunfo de la revolución bolchevique, pedía a gritos un régimen que restituyera el orgullo patrio y se convirtiera en el adalid de la lucha anticomunista.

La conversión de un ideal en posibilidad real hizo que en el lugar de una promesa se instaurara una representación de sí que corroborara las extrañas tesis acerca de la superioridad de la raza. Podemos considerar este apego a la noción de raza como uno de los núcleos sobre los cuales es posible levantar una política que más tarde que nunca considerará sus acciones como propias de una gesta heroica.

Asimilado el concepto de raza al de patria y al de supremo bien, el asunto de la pureza (tan importante en el campo de la cría de animales domésticos y tan notoriamente ausente en el caso de los animales salvajes y de los insectos), pasa a un primer plano. La razón, puesta al servicio de esta conversión de sí en ideal supremo, se traduce en legislaciones favorables para el cumplimiento del ideal tanto por la preservación de los matrimonios entre miembros de una misma raza como por la determinación a tomar con respecto de los que contradicen dicha pureza.

Como parte del real del acontecimiento que estamos tratando, la “ley contra los delincuentes peligrosos para la sociedad”, promulgada el 24 de noviembre de 1933, ordenaba la castración de todos aquellos considerados débiles o enfermos tales como los que sufrían de debilidad mental congénita, los esquizofrénicos, los epilépticos, los ciegos de nacimiento y los alcohólicos. Todo en nombre de la preservación de la pureza de la raza, en tanto que la ley se aplicaba a los ciudadanos alemanes porque para los judíos, el solo hecho de serlo, se constituía en motivo suficiente para su encierro y exterminio.

Producir la castración del débil era un modo de significar una valoración especial de los atributos del fuerte. Lo excluido volvía a quedar significando el valor de lo incluido. Durante la existencia de los campos de concentración era notorio el contraste que ofrecía una educación de los alemanes que concedía la mayor importancia a la llamada presentación personal y a la postura corporal y las condiciones de higiene a que eran obligados los prisioneros de los campos de concentración.*

La observancia de unos ciertos hábitos de vida saludables, posible para unos cuantos, prácticamente quedaba excluida de posibilidades reales para los prisioneros de los campos de concentración, lo cual era un modo de forzarlos a enfermar y por esa vía asumir la forma suprema de la castración, la muerte lenta o a través de la condena a la cremación en los hornos.

El poder político hizo de su apoyo en la eugenesia y en la salud, la forma de extenderse de manera expedita en la mentalidad de muchos que practicaron el silencio cómplice con respecto de lo que estaba sucediendo en Alemania quizás deseosos de pensar que tales acciones estaban encaminadas a protegerlos también a ellos de las amenazas que conspiraban contra el capital.

Las condiciones que hicieron posible esa expansión en las poblaciones no se reducen solamente al interés por cuidar el propio bolsillo. La emergencia de una relación con la muerte, significada por Philippe Aries como “muerte seca”*, creo que se corresponde con otra emergencia, la del ideal de salud. La confluencia de ambas se expresa en el prestigio que se le concede a la información acerca del número de cadáveres al tiempo que se despoja a la muerte de todo intento de sacralización, que, no olvidemos, implicaba una forma de simbolizar como hecho trascendente este acontecimiento inevitable. Des-sacralizada la muerte, el lugar queda ocupado por el cadáver, esto es, la castración y, a manera de reacción especular, la lozanía de la juventud pasa a ocupar el primer plano del ideal.

Lo real del acontecimiento de la política eugenésica y sanitaria nazi, puede considerarse la primera configuración de una tríada que conforma el ideal: raza superior-salud-inmortalidad. El imperio de los mil años del régimen ario procuraba exudar salud por todos los poros.

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