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Pensar lo impensable o desear lo imposible La Noción de Trauma y los Campos de Concentración Nazis

Permalink 05.01.16 @ 17:50:58. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Literatura, Cultura, Filosofía, Política, Psicología, Religión, Otros Autores

Eduardo Botero

ENVÍO

Comenzaré por el final: envío este texto, especialmente, a aquellos personajes que suelen tomar una posición particular durante los debates políticos e ideológicos y que consiste en recomendar prudencia a quien se atreve a disentir de verdades oficiales.

Su acto resuena ostensiblemente con el de silencio practicado por algunos regímenes democráticos y religiosos (sea el caso de la Iglesia Católica con el régimen nazi) y contrasta notablemente con aquellos “justos de las naciones” que han sido capaces de salvar vidas sin importarles poner en riesgo las suyas.

Cuando la humanidad toda se encuentra concernida por la supervivencia esos llamados a la prudencia no son más que favores gratuitamente prestados a la causa de los exterminadores que, antes de poner en acción sus dispositivos de sometimiento y de exterminio, promueven la desubjetivación por la vía de confundir el acto de pensar independiente con el peligro de muerte inminente. Con este ensayo no presumo de valentía ni de corajes diferentes de los que cualquier ser humano, preocupado por la situación de la especie a la que pertenece, debe tener.

Probablemente la cobardía sea el gesto por excelencia de aquel débil que ha perdido toda posibilidad de defensa, sometido como ha quedado a las circunstancias que el otro impuso y que él no pudo impedir: sin embargo, hago propias las palabras que un militar alemán degradado y encarcelado por el régimen nazi, comunicó a Primo Levi durante su estancia en Auschwitz: “Que somos esclavos sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una suerte segura, pero que nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro vigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento”1.

Este el es único sentido del ensayo que entrego, una manera de dejar constancia de que por mi parte no me parece digno vivir si no hago uso de la facultad que tengo, la de negar mi consentimiento a lo que sucede.

LA EXPERIENCIA DE LO REAL INEFABLE

“… en Auschwitz la razón planificó la masacre, la ciencia la volvió posible, el marco de una cierta democracia no supo impedirla e incluso la facilitó, y todo fue hecho en nombre de Occidente en un discurso del bien y con una voluntad de emancipación”2

El campo concentracionario nazi fue la última expresión de algo que ya habían probado los españoles en la guerra contra los Estados Unidos por el dominio de Cuba y los ingleses en la llamada guerra de los Boer. La contribución nazi es específica porque ella significó la creación de todo un dispositivo que servía a la realización de un ideal de superioridad de la raza aria y que fabricó una noción de adversario que encontró en el “judío”3, un estatuto de significante ligado al Mal y a la Impureza, que “justificaba” su exterminio.

Ese ideal de raza superior requería de unos instrumentos que sirvieran a su realización y el campo de concentración (el Lager) se convertía en el escenario del dispositivo de exterminio por dos vías: la rápida, a través del horno crematorio; la más lenta, a través de un régimen de trabajo forzado, “facilitado” por un aporte exiguo de calorías (no más de 500 al día) y absolutamente carente de proteínas.

Se trataba, ante todo, de propiciar la muerte pero también, dicho propósito, incluía el establecimiento de saberes acerca del máximo de resistencia que un ser humano puede tolerar cuando es sometido a las condiciones del Lager. La muerte y el exterminio, porque, quienes eran cremados, conservaban la pérdida del nombre propio que ya les había sido confiscado a su llegada al campo de concentración. Aun después de muertos, se excluían del derecho a gozar de su entierro en una tumba que fuera significada por su propio nombre con las fechas de nacimiento y de muerte correspondientes*.

El acontecimiento que aquí se produce tiene que ver con este hecho fundamental: un grupo de hombres deciden quién merece vivir y quién no, validos de una concepción que los coloca a ellos en el lugar de los jueces y a otros en el lugar de los acusados, con la idea de que la pertenencia a una raza determina cuál de los dos lugares es el que a cada individuo le corresponde ocupar.

Con todo y lo execrable que fue el dispositivo en sí, me parece que la alusión metafórica a la relación juez/acusado, hace caso omiso de una realidad que le es fundamental a todo proceso judicial: que el delito por el cual se acusa al sospechoso, derive de su responsabilidad en el hecho. Ser responsable del delito del que se acusa, provee a la defensa del sospechoso de la oportunidad de demostrar su no responsabilidad (condiciones en las que se cometió el delito, inimputabilidad por enfermedad mental, etc.). Pero aquí, de lo que se trataba era ni más ni menos de la pertenencia a una raza determinada, hecho sobre el cual nadie tiene responsabilidad alguna, en tanto que nadie está en condiciones de elegir dónde y de quién nace. En el régimen nazi se era culpable de ser aquello que no se podía elegir. Si se excluyen los homosexuales y los comunistas, quedan la raza (judíos, gitanos, negros…) y la enfermedad mental, como “delitos”.

El nacimiento, pues, y como señala Giorgio Agamben, pasó a convertirse en el rasero a partir del cual se juzgaría quién merecía morir y quién no, o sobre quién se justificaría cometer todo tipo de excesos.

Su definición de “nuda vida” queda expresamente correlacionada con la experiencia de las víctimas en los campos de concentración, en tanto que por nuda vida se entiende aquella

“a la que cualquiera puede dar muerte impunemente y, al mismo tiempo, la de no poder ser sacrificada de acuerdo con los rituales establecidos, es decir, la vida ‘uccidible y sacrificable’ del homo sacer y de las figuras análogas a él.”4

Siendo así, la reglamentación del campo de concentración no podía estar sometida a una legislación que exigiera la responsabilidad del sospechoso con el delito del que se le acusa. Entonces el campo de concentración pasará a gozar de una verdadera lógica moebessiana, cuyo estatuto procede de una legislación de excepción, el estado de excepción, de tal modo que el campo

“…es una porción de territorio que se sitúa fuera del orden jurídico normal, pero que no por eso es simplemente un espacio exterior. Lo que en él se excluye, es, según el significado etimológico del término excepción, sacado fuera, incluido por medio de su propia exclusión”.5

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