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EL TERRORISTA

Permalink 08.12.15 @ 18:03:17. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Cultura, Política, Psicología, Salud Mental, Investigación

Hay en esto algo de “heroico” pero también de loco.
Si las masas lo siguen podrá llegar a ser un héroe, pero no antes. Mientras tanto construyen “Mártires” de su propia “religión”. Esconden su propia vileza falseando la realidad (la simulación de las que les he hablado), y el odio hacia el Otro.
Pero no todos son tan viles. Excepto los mercenarios sin convicción, los terroristas son como chivos expiatorios voluntarios: auto-elegidos para cumplir esperanzas lejanas; han asumido la responsabilidad de las infracciones a la ley y al mundo. Aquellos a los que matan no son siempre enemigos sino carburante para desplazar y mover a la opinión, a la información, de donde sacan con que romper el “status quo” y alcanzar el escándalo y el horror. (El 11 S, las torres gemelas, NY)

Esta ascensión sacrificial del auto-chivo expiatorio puede ser en algunos casos conmovedora y hasta aterradora. Algunos terroristas “piden” la muerte, señal de su efusión con el Otro, de su auto-realización, su apertura a la vida, la verdadera, puesto que esta otra para ellos está “verdaderamente falseada”. Los nuevos terroristas, los comandos suicidas dicen la verdad del terrorismo; la ascensión hacia el martirio, hacia el testimonio puro sobre la “podredumbre” del mundo. Y los astutos hombres de estado claman: es tiempo de que el miedo cambie de campo, que se atemorice a los terroristas; en realidad es tonto; los terroristas están ya en el grado máximo de miedo, lo viven, es el efecto de su droga y su recarga. Si acaso puede tratarse de atemorizar a los ideólogos neuróticos que los apoyan o viven con ellos. Pero los terroristas están saturados de miedo, son el miedo encarnado, son el miedo al desnudo.
Lo que está en juego es existir. Yo pienso que hay un modo perverso de existir que pasa por la necesidad de acabar con el Otro; en acto.

El terrorismo es una variante atípica de ese modo; fija al Otro, lo fascina; y funciona. Hace existir plenamente a aquél sujeto que es capaz de producir tanto horror.
Muchos terroristas son reclutados en la adolescencia, muy jóvenes, en el momento de entrar en “la vida”; en el momento en que en otros países se incorporan a la delincuencia, la droga, la mediocridad, el vacio. Esos jóvenes terroristas abrazan una determinada religión, una exacerbada ideología, algo que pueda funcionar en el lugar de la “causa”. Es curioso, la causa (que es lo de menos) pasa a ser lo definitivo (lo de más).
Los terroristas como tales son drogadictos, no a la heroína o al heroísmo, sino al explosivo, a las sacudidas donde en la vibración del mundo se creen rehechos, redimidos, probados y con un alto nivel de adrenalina. Es como un acto suicida donde en el último momento el disparo es desviado y alcanza a un tercero, ese desconocido.
Lo dije antes, el terrorista asume la responsabilidad del plus valor simbólico de la explosión. Él, su causa, su padre ideal, su madre patria, han salido a flote. Hay un goce mortífero y pleno en ello.

¿Sería el drogadicto un terrorista que ejerce la acción sobre sí mismo, con el goce además de ver su entorno angustiado, perdido, desamparado?
Imagínense sobre el altar maternal al drogadicto que se auto-consume en su viaje psicodélico, al alcohólico que se inmola también y que devuelve todas las tripas pero que “existe” en el vómito, al terrorista que alimenta el altar sagrado de su Causa con sangre virgen “extranjera”. Si él es el instrumento de su madre patria, que sangra otras “matrias”, entonces es una historia de Madre a Madre, un encuentro de matrices armadas.

Sus ideales de transparencia creen poder prescindir del Otro; se quiere la perversión y ésta quiere barrer al Otro.
La prueba ordálica, la de atravesar el juicio de Dios, es poder darse la vida, asignarse una vida, haciéndola pasar por el vacio del Otro, por el azar, el azar al que después se carga de pensamientos y de ideas. Algunas perversiones son ordalías compulsivas; como “poner las manos en el fuego”, de ahí el aspecto “suicida”; el “cualquier cosa” está encargado de volver a dar vida. Pero en cierto sentido el instante ordálico, tan definitivo y terminal no es raro; en el accidente, la enfermedad, el “mal” ocasional, todos tenemos ocasión para hacer de ellos una pequeña ordalía. El suicidio sería la ordalía radical. Y al darse muerte se elimina cualquier efecto de muerte. Es como darse la vida y salirse del infierno. Se absorbe al Otro en y a si en el mismo golpe mortal. Uno se cura con el mal. El suicidio es una droga del instante, como la droga es un suicidio diluido. Pero siempre la perversión intenta una solución solitaria al problema de la vida, dándosela a través del Otro que captura. En ese sentido, el suicidio, o la ordalía “mortal”, es un regalo narcisista de la vida; incluso bajo la forma de la muerte.

Es curioso que los jóvenes se pregunten para qué vivir, para quién, porqué causa. Como si hubiera que estar seguros de tener primero la vida bien comprometida y para siempre antes de comenzar a vivirla; es una manera de darse la vida, aunque primero haya que hipotecarla para volver a comprarla, uno se da razones como si éstas no surgieran del mero hecho de vivir.
Esto me hace reflexionar sobre los orígenes del terrorismo y llego a pensar que es darse, inscribirse en la vida mediante la de los otros, aquellos a los que se fascina o a los que se mata. Hay un cierto “vampirismo” en ello.
Intentar chupar la vida de donde pueden. Esto tiene un cierto acento paranoico. Si habiendo rozado la muerte he sobrevivido, entonces es que estoy hecho para vivir. Si hasta la muerte me permite vivir, con más razón me lo permitirá la vida.
Para el perverso lo más sólido de la vida es la muerte. Eso conduce a vivir su muerte, y no vivir al margen o más allá de ella.
El terrorismo y otras formas de perversión son una extraña enfermedad del deseo que consiste en su curación total: el deseo se vuelve órgano, sus fallas son anuladas y los suspensos de la realidad son resueltos.

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