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EL TERRORISTA

Permalink 08.12.15 @ 18:03:17. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Cultura, Política, Psicología, Salud Mental, Investigación

Aceptémoslo, el terrorista toma a terceros por testigos y mata a algunos, provoca muertes en calidad de recuerdo, recuerdos petrificados de aquello de lo que son testigos. Pues se sienten además testigos del acto que producen.
El terrorista no llama a un compromiso, sino que es la encarnación de una ley de la que él se convierte en órgano, órgano vivo y mortífero; y paga con la piel de los demás, en un arranque vengador una derrota inicial que en él es “histórica”. Su propia historia.

Los normales y los neuróticos intentan existir a base de síntomas, de deudas ilusorias, de deberes precarios. El drogadicto lo intenta gracias al producto que lo ata, que lo sujeta; otros gracias al fetiche o a los artilugios; pero él terrorista toma cuerpo con el cuerpo de su víctima, se inscribe con la huella del asesinato realizado en ella. Mientras más neutra parece, más nueva, más nutricia es la energía que produce su muerte, siempre que una pequeña huella la relacione con el enemigo. Siempre vale todo lo que llame la atención. Esto es esencial.

En efecto, los terroristas sospechan que no lograrán liquidar al Enemigo. Si no puede reducir al Enemigo a la nada, el terrorista se alza al nivel del Ser en estado puro. Su acto lo inscribe en los registros de la comunicación masiva de la Existencia, de una existencia que se repite hasta la saciedad, que es puesta una y otra vez en escena, grabada, agravada.
El terrorista lo que tiene que impedir es obtener un “reconocimiento” situacional, una identidad. Impedir quedar “fijado” a un lugar concreto, a un espacio claro, porque sus adversarios sabrían entonces como y a quién golpear.
La identidad que ellos pretenden debe permanecer pura, exenta de cualquier simulación o compromiso. Ellos no pueden crear un espacio que permita el diálogo o la negociación. Es una identidad ebria de sí misma.

Los terroristas negarán que están sedientos de sangre al mismo nivel que un alcohólico negará su necesidad y deseo de alcohol. No podemos convencer a alguien de que acepte convenios cuando su convicción absoluta es que a causa de ello todo su ser se vio comprometido y su vida destinada al fracaso. Además el terrorista está orgulloso de lo que hace, incluso matar. Para él es todo o Nada.
Los grupos terroristas, que son muy variados, tienen un rasgo en común: estar más allá del lenguaje actual; ser el instrumento mediante el cual la simulación se desenmascara en el Enemigo. Se lanza una bomba en una escuela o en un Centro comercial: esos objetivos “parecen” inocentes vistos desde el exterior pero en realidad son “máscaras” para el enemigo, la prueba es que se los ataca! Y si hay que exterminar al Enemigo, es que es “ilegítimo”. La destrucción del Otro, que en otra parte puede ser un objetivo confuso, es patente en el terrorista. Transforma una fantasía en “organización”, a la organización en acto, acto original, útil para fundar una nueva realidad, una verdadera “legitimidad”, inmaculada.

Los que la dirigen creen no parecerse a nada, no tener semejantes, ser únicos. Son miles los que se creen únicos. Es seductora la promesa de ser único. Ello supone un odio fundamental por el semejante.
Lo que sorprende en el acto terrorista es que está cargado de sentido, cargado de muerte, idéntico al sentido que se da. Y descarga el sentido a quemarropa. Un sentido que a menudo va a buscar en el “enemigo”, en el Otro, para ganárselo, para atraparlo, para atraerlo hacia él y llevarlo a su terreno. Ese sería su triunfo.
¿No es esto una perversión del sentido?
El quiere que la realidad lo castigue, no por lo que ha hecho sino sin importar lo que haya hecho. Es más que un desafío a las leyes, es una inversión. Imagínense esta variante en la que el terrorista “castiga” al otro, no por lo que ha hecho, sino sin importar lo que ha hecho. Y lo dice claramente: los asesinatos que provoca son legítimos.
Es como si lo mórbido fuese en aumento.

Le importa menos liberar a la Madre Patria de sus “violadores” (pienso en el caso Palestino, o en el País Vasco), que deshacer el abrazo horrible que tuvo lugar, el contacto, invalidar la falla imperdonable por la muerte. Y él es la respuesta a las fallas de su identidad. Pero sucede que su identidad pasa por el otro, así que deberá acabar con el Otro.
Pero el motivo es la existencia. Rusia es un verdadero amigo de los árabes pero también tiene sus intereses: por eso reconoce la existencia del sistema sionista en Palestina. Lo que el terrorista no reconoce es esa existencia; por tanto ese sistema no “existe”; y como él trabaja en el plano ideal y por lo ideal, se dedica a deshacer esta existencia; es una batalla en la realidad con el lenguaje. Arrancar al explosivo la palabra existencia.

La palabra misma es explosiva; lo traumático de la existencia; explotar sobre la existencia del otro. No existen las provincias vascongadas, existe Euskadi. Eso se impone para ellos como una verdad incuestionable.
Los nazis “saltaron” sobre la palabra judío; fue una mina para ellos, inagotable y mortífera. E intentaron extraerla del lenguaje matando a aquellos que respondían por ella, lo cual les hace tomar por fetiche a todo un pueblo.
Este ideal de pureza, de raza en este caso, se realizaba por vías físicas, corporales, cuerpos desnudos, gas, trenes.
En todo caso, el terrorista está en el terreno de lo ideal. Cualquiera que traicione a “su nación”, “su sangre”, “su origen”, “su Idea”, debe ser muerto: ha “simulado” servirla. Porque “su servicio” es en realidad una simulación.
La perversión no impide ni ser neurótico ni siquiera un poco paranoico. Pero deberíamos demostrar que cosa es un perverso. Si la Paranoia “es la personalidad” (Lacan), ¿por qué no?. Aquí sentimos los lindes entre paranoia y perversión.

Se identifica con el instrumento de la “madre patria” y cualquier medio es válido para que la “verdadera” ley se instaure; pues es la propia ley el objetivo, lo que se anhela.
Desde su punto de vista tiene razón: una solución es un “reparto” que en si mismo implica la existencia del Otro, el reconocimiento del Otro. Hasta nuestros síntomas son un medio para contemporizar con el Otro, una forma entre otras. La solución para él, la “exterminación” del enemigo, es el aniquilamiento del Otro.
Eso supone una desesperación inaudita, hay que haber estado totalmente harto para no tener como “Otro” sino a una entidad por destruir. De pronto, de golpe, el comprende que llega a ser uno mismo el autor de su destino, de su nombre, de su ley, de sí. Se le da otro nombre a las cosas para invalidar los nombres corrientes. ¿Se imaginan la omnipotencia que esto implica?.

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