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EL TERRORISTA

Permalink 08.12.15 @ 18:03:17. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Cultura, Política, Psicología, Salud Mental, Investigación

Al perverso ni las fantasías ni las creencias le bastaron. Lo hubieran “sujetado” a una identidad de la cual el reniega. Una identidad que le hubiera permitido “fugarse” de su propia omnipotencia narcisista.
El montaje perverso “desmiente” todo, porque todo miente. Todo es mentira, para él. En todo caso el perverso quiere estar del lado de lo que “no miente”; del lado de la Verdad. Una verdad que para él es suprema. Es lo que cree; pues sí, no sale de ahí, nadie sale verdaderamente del lenguaje. Pero él ha decidido esta salida. Toma por salida el origen y ahí se mantiene. Ha partido del lenguaje y concluido en el Acto.

Pero el origen sólo forma parte de lo simbólico cuando es perdido. La perversión invalida esa pérdida (el no perdió nada, no hay duelo) y encarna en su montaje el origen no mermado.
Allí donde la neurosis se encarga de retraducir, a insistir sobre el origen perdido; allí donde la psicosis se atasca en el origen ausente, y la convierte en ausencia real; allí la perversión monta su espectáculo.
En cierto sentido el perverso quiere hacer manejable lo simbólico, el lenguaje, tomando a los cuerpos como garantes.
En un sentido más general y viéndolo desde una perspectiva globalmente social, la perversión es una genealogía del totalitarismo. Basta sustituir Madre por origen, sangre, tierra, verdad o moral. Esta es una de las claves.
Hace falta cierta confianza, y el perverso la tiene, en los recursos vivos del desorden para soportarlo. En la raíz de esta confianza el perverso ha sido alcanzado. De hecho, la perversión es una loca voluntad de dar un sentido a la vida, de tener ese sentido al alcance de la mano. Con fragmentos de códigos inertes el perverso compone su código de ley, su alfabeto sagrado.

La salida perversa es tentadora, sobre todo para determinados neuróticos, a menudo intentada; el perverso hace de ella un sistema. Lleva a su límite las fantasías; es un paso al acto potencial; el acto efectivo vendrá luego. Mientras más perdido está el neurótico ante el Otro necesitado, más se completa el perverso con las necesidades del Otro y con sus excesos, pues lo que completa y acaba no es a él, a si mismo, sino a la “ley verdadera”.

Muchas veces nos sentimos tentados de pensar el terrorismo como una decisión madurada, deliberada, ideologizada, producto de desafíos conscientes y de venganzas calculadas. Algo muy diferente al alcoholismo o a la droga, que son sufrimientos padecidos, enfermedades de las que los sujetos mismos se quejan “e intentan en vano curar”.
Es la confusión que surge del enfrentamiento entre lo voluntario y lo involuntario. De lo consciente y lo inconsciente. Es el sujeto el que trata de imponer estas diferencias.

En el nivel psicoanalítico esta diferencia es “vacilante”. Por ejemplo el dolor; el masoquista “lo quiere”.
El masoquista involuntariamente quiere lo involuntario. No puede hacer otra cosa. Es como una condena deseada. Pero hay puntos comunes que el terrorista comparte con el alcohólico, con el drogadicto, con el fetichista, incluso con el “héroe”. La oposición voluntario involuntario está para él, para el terrorista, como disuelta, no anulada, sino desplegada en una alternancia de si-no, voluntario-involuntario. Si se atrapa lo “voluntario” eso termina en lo “involuntario” y a la inversa.
El perverso a propósito, actúa a propósito, y no hace a propósito lo que hace a propósito.
El alcohólico se atiborra, se infla, revienta y deja su cuerpo vociferante o mudo, en manos de otros, o tirado frente a ellos; se erige en o se impone como una identidad perfecta bien delimitada en su ruina, contra la cual no pueden hacer nada. En cuanto al terrorista, hace estallar su bomba y deja un texto en el lugar, un llamado, un programa/proclama que establece su identidad, que también es perfecta, su credo que da “todo su sentido” a lo que él es, en sentido idéntico a lo que hace.

El alcohólico también está lleno de sentido, absorbe e irradia todo el sentido de su ruina. Es una de sus “verdades” ser un cuerpo que llora o que vocifera su “verdad” a los que lo rodean, aparentemente “sordos”, y sin tener que responder de ello pues está ebrio, limpio de toda simulación: idéntico a lo que parece. Es lo que es y hay lo que hay.
Ese nuevo “héroe” de nuestra época que es el terrorista, quiere inscribir mediante el acto lo que piensa que es la verdad; afirma con toda la verdad su relación con el Otro. Su acto funda su causa, la cual se encarga de causar el acto; lógica auto-referencial. Uno de los miembros de la Banda de Baader Meinhoff, en los años 70 proclamaba fríamente: “Si lo destruyo todo, esa es la prueba de que todo merece ser destruido y es la prueba de que la sociedad es la culpable y de que yo soy inocente.

La lógica de alguien es el “logos” que emana de él, de ahí donde está, de lo que pone en juego en el espacio ambiente; eso se filtra entre sus frases. Ahí está de lleno en la frase. El terrorista quiere ser fundador de su acto, de lo que lo justifica, de su ley. Las huellas que deja de su “verdad” la constituyen y la cierran sobre él. Además, allí su verdad no está fuera de él, está en él, es él.
Los terroristas son los drogadictos del acto. Llama a su nación a identificarse con él y toma la delantera, se identifica con Ella, eso le legitima. Funda así su ley con o sin su acuerdo. Ahí está el meollo del terrorismo, más allá de sus efectos materiales.

Si se sigue y se legitima a los terroristas después del golpe “habrán” sido héroes. En todo caso mientras no les siga y cante un pueblo, los terroristas no son ni guerreros ni héroes. Entre tanto, el reconocimiento de su acto por parte de “los medios” lamentablemente los legitima “ya un poco” e intentan canjearlo: representa en negativo el apoyo que no tienen, en espera de que adquiera un valor reconocido. En algún momento.

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