La gripe A bajo la mirada freudiana
03.07.09 @ 09:40:18. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Psicología, Salud Mental, Sexualidad, Prensa, Salud
Por todas partes hay ciudadanos tapados. Pero hay quien, sólo en su carro o encerrado en su casa, lo utiliza. Se ha difundido que es para protección de quien lo usa. Que con ello puede protegerse. ¿De quién? De otro como potencial foco de infección. Todos sabemos que barbijo se usa mucho más para proteger al otro. Pero el signo se ha invertido. Es evidente que nadie podrá protegerse con un pañuelo médico si el virus se contagia por contacto o por exposición directa. El tapabocas ha devenido el signo de protección ante el otro. No sólo como cobertura: ay de aquel que salga a la calle sin él pues los demás ciudadanos le increparán su acción como un modo de ponerlos en peligro. El Otro usa un elemento significante para propagar una verdad a medias que acaba exponiendo a todos contra todos. Planeando o no, el tapabocas deviene la insignia protección ante la otredad. Incluido uno mismo como otro ya que, si un día se usa uno de ellos y al otro día se lo reutiliza ante su escasez en el mercado, uno mismo puede infectarse por ese acto.
El tapabocas se convierte en espejo: es el espejo donde se refleja una sociedad perseguida por ella misma ante la insistencia de los gobiernos, en tanto Otro, de la peligrosidad del otro. La consigna desde el Otro es clara: hay que protegerse de cualquier proximidad con el otro, humano demasiado humano. Todos sabemos que el barbijo no es la solución. Sabemos que este problema evidencia la pobreza de un pueblo, la torpe estrategia gubernamental que ha privilegiado una campaña mediática contra los narcos en vez de invertir parte de sus recursos en la salud pública y en la implementación de programas avanzados de investigación en el campo de la ciencia, la falta de confianza de la población en el decir y el hacer de sus gobernantes y, en fin, que esta epidemia no surge del ciudadano común. A cada quien de hacerse las hipótesis del origen y la expansión de este mal, pero a todos de responder desde otro lugar a la relación con ese otro que, a fin de cuentas, es aquel con quien cuentas.
La crisis es mundial, sus efectos particulares regionales pero, como psicoanalista, me convocan principalmente su singularidad en cada uno de los sujetos. Tal vez se hubiese esperado que hablara sobre aquel ingeniero que no viene a sesión porque tiene que tomar transporte público o del muchacho homosexual que ha hablado mil veces de su horror a contagiarse de SIDA y ahora tiene una crisis de angustia ante la infección que baila en el aire; o de aquel colega que supervisa conmigo y aterrado ve como su paciente que desde hace años asiste a su diván, por el hecho de que tiene un resfriado, se aleja de su consultorio ante la visión de su nariz congestionada. Sí, allí está mi práctica pero también está en el señalamiento que, desde el psicoanálisis, puedo hacer del peligro que implica para cada sujeto, para la población, para los pueblos, de que, en estos momentos terribles, la segregación con sus múltiple rostros puede devenir el síntoma de los tiempos modernos.
*Psicoanalista. Doctor en filosofía y ciencias sociales por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Participó del IV Congreso Internacional de Convergencia: "La experiencia del psicoanálisis. Lo sexual: inhibición, cuerpo, síntoma" en la Ciudad de Buenos Aires el 8, 9 Y 10 de mayo.
Fuente: Revista Ñ – Diario Clarín- 08-06-09
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Jorge Gómez Alcalá
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