El sentido común
08.06.09 @ 22:15:41. Archivado en Psicoanálisis, Arte, Cultura, Filosofía, Política, Prensa
Liberar a los objetos
“Hay que liberar a los objetos de la obligación de la semejanza”, dijo Pablo Picasso. En 1907, Picasso produce un fuerte viraje en su obra –y en todo el campo del arte, inventando un nuevo modo de representar– cuando pinta Las señoritas de la calle Avinyó (conocido como Les demoiselles d’Avignon). Con este cuadro rompe con el culto a la belleza femenina. Si bien está basado en el recuerdo de Picasso de un prostíbulo de la calle Avinyó, en Barcelona, no intenta dar una visión icónica de él. La representación que Picasso hizo de este recuerdo es uno de los momentos más revulsivos del arte moderno, en tanto la figuración que logra destruye la tradición grecolatina del arte, sobre la que se apoyaba la concepción occidental de la belleza.
A la izquierda de la composición, varias figuras comprometen el espacio en un ritmo tenso, ligado. A la derecha, la composición se turba; los rostros de las dos últimas mujeres son máscaras horribles. Se ha puesto en juego el interés de Picasso por la escultura negra, y no se trata de un encuentro ocasional, sino de cómo la representación plástica puede excluir la distinción entre forma y espacio: los grandes planos oblicuos que deforman los dos rostros pertenecen tanto a la figura como al espacio.
Con Las señoritas de Avinyó, Picasso –por primera vez la pintura– logra representar no sólo la apariencia de la realidad y, dentro de la realidad, los sentimientos, sino también los contenidos intelectuales relativos a la percepción de la realidad misma: de esta forma, la representación se hace relato. La pintura es ya el intento de manifestar la idea y la emoción que un artista tiene de una cosa, de un hecho; el parecido entre la realidad visible y las imágenes pintadas no tiene ya valor. La realidad representada resulta de una experiencia individual: las intervenciones afectivas, morales, o sociales –tanto conscientes como inconscientes–, que la deforman bajo el impulso de deseos de posesión o de furiosos resentimientos, a través de impulsos de piedad o de amor, de angustia o de miedo, de justicia o de rebeldía, tal es la misión que Picasso confía a la pintura.
La vanguardia fracasa
Eric Hobsbawm, en un pequeño libro llamado A la zaga. Decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX (Crítica, Barcelona, 1999), discute el papel de las artes visuales, durante el siglo XX, en el modo de pensar de la humanidad. Su línea de pensamiento sigue las trazas que había marcado Walter Benjamin, al contraponer la obra única con la que se puede reproducir mecánicamente.
Muchos de los argumentos de Hobsbawm ya los había expuesto en su Historia del siglo XX. Hobsbawm recuerda que, para las vanguardias, los viejos modos de mirar el mundo eran inadecuados y el arte tendría un papel primordial en la producción de modos que permitieran aprehenderlo de nuevas maneras. Hobsbawm opina que el sueño de las vanguardias fracasó y que su insuficiencia residía en que la obra plástica era una obra única, en una época en la que cuenta la repetición, la producción en serie. Esta dificultad no la tuvieron, a su juicio, ni la literatura ni las artes escénicas, que sí cuentan con la posibilidad de reproducirse.
Hobsbawm afirma que “la verdadera revolución en el arte del siglo XX no la llevaron a cabo las vanguardias del modernismo, sino que se dio fuera del ámbito de lo que se reconoce como arte”. Esa revolución fue obra “de la lógica combinada de la tecnología y el mercado de masas”, y escribe Hobsbawm: “El Guernica de Picasso es, como obra de arte, incomparablemente más impresionante que Lo que el viento se llevó, de Selznuck, pero desde un punto de vista técnico esta obra es más revolucionaria; los dibujos de Disney, bien que inferiores a la austera belleza de Mondrian, fueron más revolucionarios que la pintura al óleo y más eficaces para transmitir el mensaje que querían. Una cámara sobre raíles puede comunicar mejor la sensación de velocidad que un lienzo futurista de Balla”.
Pensamos que lo que postula Hobsbawm toca un punto de verdad; los niveles de sofisticación que han alcanzado las vanguardias no se han visto acompañados por modificaciones masivas en los puntos de vista del público, ya que la noción de singularidad, implícita en ideas como las de inconsciente, siempre está bajo amenaza de perderse, y los humanos quedan atrapados por las imágenes simplificadoras del sentido común.
* Texto extractado de Crítica de la razón natural. La mentalidad moderna, el sentido común y lo inconsciente, de Rodolfo Moguillansky y Jaime Szpilka, de reciente aparición (ed. Biebel).
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http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/psicologia/9-125265-2009-05-21.html
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Jorge Gómez Alcalá
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