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Máscaras de la sexualidad

Permalink 29.02.08 @ 12:05:07. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Psicología, Salud Mental, Sexualidad, Investigación

Estas situaciones hacen que se disuelvan o caigan todas las máscaras que mantenían precariamente el equilibrio. Como nos enseña Lacan en el seminario “La Psicosis”: “El hecho de ser llamado por el Otro a responder en primera persona, a tomar la palabra”. Hasta este crucial momento era sólo el soporte del equilibrio mental una mascarada imaginaria de forma de ser sin consistencia simbólica que ante esa llamada no es capaz ya de mantener su función.

Quisiera en este momento de la exposición compartir y reflexionar con ustedes mi inquietud ante una nueva clínica que se nos presenta en nuestra práctica cotidiana y a la que ya muchos se refieren como clínica del vacío y que algunos relacionan con lo que Lacan en “Una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” en Escritos, llamó “psicosis social”. Se refiere Lacan, como ustedes ya saben, a una situación del sujeto en la que no produce fenómenos psicóticos en sentido estrictos (delirios y alucinaciones), sino que dicho sujeto pasaba por una experiencia de vacío existencial, de “dispersión de identidad” y que los seguidores de Kernberg, olvidándose de los trabajos de Lacan, no dudaron en dar a estas situaciones el rango de una nueva estructura, o a-estructuración en el sentido de Jean Bergeret para incluirlos como entidades separadas del grupo de las neurosis-psicosis.

Con la tesis de la existencia de una clínica del vacío no pretendo compartir las ideas de Kernberg en sus estudios de los por él llamados enfermos “borderline” como entidades separadas estructuralmente sin más. Mi inquietud se posiciona en los denominados nuevos síntomas (anorexia-bulimia, toxicomanías, neosexualidades adictivas). No podríamos limitar y reducir estos síntomas a una clínica neurótica de la falta, tal como fue edificada por Freud.

Pero tampoco podemos limitarnos, y aquí querría compartir mis inquietudes con ustedes, a reducir el tema a una mera antinomia del binomio neurosis-psicosis. Y centrarnos en la perversión sería tal vez limitado en ciertas situaciones.

En cualquier caso, parece mas bien que nos encontramos en una problemática de la constitución narcisista del sujeto, un defecto fundamental en ese equilibrio narcisista. Surgen, de ese modo, unas prácticas del goce que no se insertan con el intercambio con el otro sexo. Es un estatuto del goce muy alejado del amor y del fantasma inconsciente, entendiendo como rasgos del amor el sentido que Lacan dio y que compromete el anudamiento de los tres registros, es decir, fascinación por la imagen, don de lo que no se posee y suplencia de ausencia de la relación sexual.

Es un goce autista por tanto. Es como una desconexión del sujeto y el Otro. Pensemos en las drogas, las cuales sirven de máscara al deseo inconsciente que queda mas desconocido que nunca, disfrazado como una exigencia del organismo. La droga carece de valor fálico y se emparienta mas con el autoerotismo.

Si la relación sexual no existe, si el amor no puede suplirla y cumplir con sus idealizadas promesas, si en la sociedad el trabajo esclaviza, ciertamente poco queda para algunos sino el vacío y la desesperación. Tal vez muchas de las depresiones clínicas que nos encontramos vayan en ese sentido, donde hay un rechazo de los valores fálicos y de las limitaciones que la existencia nos impone por pertenecer a un mundo humano regido por la ley del lenguaje y la cultura.

Ante esto, la salida, para algunos, está en gozar sin desear, salirse del juego del intercambio de palabras y buscar un “modelo de amor” cuyo paradigma sería el del alcohólico con su botella, modelo del amor que no conoce ni fallas ni traiciones y donde el control sobre ese objeto es absoluto.

Difícil dilema porque no es lo central el síntoma como formación de compromiso entre el deseo inconsciente y las exigencias del otro social. Lo que queda es prioritariamente el vacío y la angustia. Pero es un vacío disociado de la falta que se manifiesta en una fragmentación y dispersión del sujeto que puede dar lugar a lo que Bion llamó terror sin nombre.

Sabemos que una de las finalidades del comportamiento adictivo es liberarse de estados afectivos displacenteros. La falta de representaciones parentales cuidadoras hace al sujeto incapaz de protegerse desde dentro ante esas situaciones afectivas. Surgen, entonces, situaciones adictivas, una de ellas la sexualidad adictiva para paliar la falta de objetos parentales internos suficientemente buenos en el sentido de Winnicott.

Cuando el drogadicto se siente como encadenado a su objeto de adicción, sea el trabajo, alcohol, narcóticos o los otros como objetos de necesidades narcisistas o sexuales, esta esclavitud esta lejos de ser la meta de la búsqueda adictiva. Ese objeto es experimentado como “bueno”, pero fuera de nosotros, como una promesa sin fallas ni esperas, que atempera la angustia y da sentido a la vida. Es un objeto idealizado y controlable que resuelve la sensación de muerte interna.

Es un hecho hoy en día la dimensión adictiva de la sexualidad humana, donde no hay una madre internalizada capaz de atemperar el sufrimiento psíquico y donde la búsqueda inmediata del sexo-droga por diversas vías anestesia la imagen castrada de sí mismo, la pérdida de fronteras del yo y la sensación de muerte libidinal. Permite la ilusión de mantener un control omnipotente sobre el otro a través de diversas vías que facilitan las nuevas tecnologías, sexo en Internet, cibersexo, prostitución a la carta. En cualquier caso es un control omnipotente sobre el otro.

En el trabajo analítico, en mi opinión, será necesario la salida a la luz de las fases emocionales arcaicas, pudiendo el adicto distinguir la angustia (terror al futuro) de la depresión (dolor por el pasado) en el contexto de la transferencia, evitando la compulsión de descargar la tensión con la acción inmediata, tomando contacto con la intolerancia a la tensión afectiva. Hay momentos en que el paciente necesita que se le diga que el derrumbe, el miedo, el vacío que destruye su vida, ya tuvo lugar. Es un hecho escondido en el inconsciente que se lleva de aquí para allá.

El paciente debe seguir persiguiendo ese detalle del pasado, que todavía no fue experimentado, que adquiere la forma de una búsqueda de ese detalle en el futuro. A menos que el analista pueda operar con éxito sobre la base de que ese detalle es ya un hecho, el paciente seguirá temiendo encontrar lo que busca compulsivamente en el futuro. El camino queda abierto para experimentar la agonía en la transferencia.

En esta clínica del vacío la importancia de la máscara no está, como en la histeria, en el juego de las identificaciones. Ya sabemos que la clínica de la histeria es una clínica de la falta porque elige su máscara como modalidad para que exista el deseo del otro. Sin embargo, en esta clínica del vacío, la máscara permite la supervivencia psíquica del individuo donde dicha máscara no es ni siquiera un recubrimiento fálico, sino la institución de un sujeto que no existiría de otro modo. Es la cobertura de un vacío de ser fundamental que protege de la muerte.

Si tratamos de introducirnos en las máscaras de la sexualidad tal como se nos aparecen en lo imaginario dentro del universo neurótico, donde aparece la relación con el Otro como barrado, debemos diferenciar con suma claridad el amor del deseo.

El amor es oblativo, lo da “todo”, es sacrificial.

El amor no está interesado por los objetos que el otro pueda dar.

El amor se abastece de nada.

Entonces los pacientes que escuchamos en el diván nos enseñan que hay una escisión entre la tendencia amorosa y la tendencia al deseo.

Los analistas debemos tener en cuenta que el amor en tanto dador, sacrificial, está preparado para todos los sacrificios. Para cualquier sacrificio.
Incluso para aquellos sacrificios que constituyeron el fondo de la neurosis misma del sujeto, es decir, los objetos del deseo que tuvieron que ser dejados atrás por la represión.

En el amor, si no puedo tener a quien quiero, a aquello que quiero, puedo aceptar no tenerlo.

No es que el deseo no se abastezca de objetos, sino que el deseo no contempla el sacrificio ni como posibilidad.

En el fondo del deseo lo que está planteado es el problema del goce con respecto al objeto.
Esto nos introduce en un nuevo problema: la impotencia.

Freud nos dice que la impotencia se puede explicar por la escisión entre estas dos tendencias, al amor, por una parte, el deseo, por otra.
Esto depende del tabú al incesto, que se produce a partir de la pubertad y que el sujeto instaura como norma social.

A partir de allí, los objetos que el sujeto podrá darse se los dará sobre el modelo de la madre.
La ley del incesto lo prohibe y las dos corrientes terminan por escindir el objeto Madre.
La madre queda como modelo de objeto sexual sobrevalorado, el correspondiente a la tendencia del amor.

Así, para acceder a los objetos del deseo, el sujeto deberá transgredir la ley de prohibición del incesto, es decir, juntar las dos tendencias.
Y lo que ocurre es que, en la medida que encuentre en los objetos sexuales algún estigma o recuerdo del objeto sobrevalorado, por esta ley, no puede tener acceso a ellos.

Todo hombre, en algún momento de su vida ha sido impotente, ha tenido el problema de que se junten las dos tendencias.

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