Máscaras de la sexualidad
29.02.08 @ 12:05:07. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Psicología, Salud Mental, Sexualidad, Investigación
Lacán, sin embargo, explica el nudo de la castración utilizando el registro simbólico al descubrir la función que cumple el significante “Nombre del Padre”.
Y cuando aborda las psicosis no lo hace por analogía con las neurosis, como Freud, sino por su diferencia.
En la psicosis lo que hay es “incomparecencia de la castración”, que es como debemos traducir para ser certeros el concepto de Forclusión del Nombre del Padre.
Las consecuencias de esta incomparecencia sobre la función fálica en el nivel de la relación erótica con el Otro es sumamente importante ya que determina el eje central sobre el que girará toda la estructura.
Existen consecuencias diversas, no solo sobre el registro imaginario, no solo sobre el lazo con el Otro, no solo sobre el lazo de los afectos en general, sino sobre el goce del cuerpo.
El afecto es la repercusión en el sujeto del hecho de que el cuerpo esté afectado en su goce por lo simbólico.
Y como sabemos desde Lacán, el cuerpo es el yo del sujeto.
Ahora bien, este lazo gozado con el Otro, se presenta a nivel de la psicosis y siguiendo la tradición psiquiátrica como erotomanía.
La erotomanía se presenta como un postulado sobre el otro y esto se da con un grado de certidumbre en el que no cabe duda ni pregunta alguna, la afirmación es contundente, “el otro me ama”.
Lo que se desconoce en la neurosis aparece en la psicosis en la superficie de los fenómenos, lo tenemos delante nuestro.
En la neurosis, el fantasma nunca es reconocido, siempre está presente pero escapa a la comprensión del sujeto. Y a la nuestra si no afinamos el oído.
En la psicosis el fantasma está presente en los fenómenos mismos. Casi podríamos decir que “salta a la vista”.
Lacán nos habla de una segunda forma de erotomanía en el caso “Aimée”, en este caso creo que más simple, donde la fórmula “el otro me ama” es sustituida por “amo al otro”.
La diferencia de esta segunda forma con la neurosis estribaría en la “cualidad” del objeto elegido.
Pero lo más complejo de distinguir es su diferencia con la Histeria, como dije antes, al hacer prevalecer ésta última estructura una especial relación con el Amo.
Porque lo que especifica al sujeto histérico es, entre otras cosas, su lazo con un significante amo que está encarnado en una persona, y en estos sujetos solemos encontrarnos incluso con esa convicción.
Convicción, que no certeza.
El problema está en hacer la distinción con la posición erotomaníaca.
El rasgo psicótico es la certidumbre. No siempre es fácil distinguir la certidumbre de la convicción neurótica.
Para el psicótico existe una certeza respecto del Otro. Es algo más fijo que un saber, algo más estable, porque un saber siempre puede ser recusado por otro saber.
Una certeza verdadera no se recusa. No tiene la posibilidad de entrar en una dialéctica que nos abriría las puertas a su cuestionamiento.
En el caso de la erotomanía, el rasgo clínico de la certidumbre es aquél del que el sujeto casi no habla. Lo da por supuesto. Eso es así.
La histérica si habla. Justifica sus convicciones.
El erotomaníaco es lógico, intenta explicar a partir de su certeza el porqué el objeto no viene en su dirección.
En la Histeria hay Otro barrado, tachado, en la psicosis un Otro entero.
En “Subversión del sujeto….” vemos que la posición del sujeto histérico en el fantasma es la de ponerse del lado del objeto.
El erotomaníaco no puede hacer esta operación. Está ligado como objeto al Otro no tachado.
La histérica se ubica como el psicótico, también en el fantasma con un Otro al que supone prestigioso, pero lo hace del lado del objeto y para sustraerse a él.
En el fantasma de seducción, propio de esta estructura, se ve muy bien el postulado “me ama” o, mejor aún, “me quiso”. Lo escuchamos casi a diario.
El histérico se hace esquivo en la realidad o en el fantasma. Seduce al Otro y se escapa, en lo Real o en lo Imaginario.
El histérico cree. La creencia es la traducción fenomenológica de la división del sujeto.
Porque en la histeria hay división del sujeto.
Hay un lugar para la creencia, cuando uno está dividido.
Podemos ligar la creencia con muchos fenómenos, como la mitomanía, tomando un ejemplo, o con la capacidad de inventar, que es tan propia del sujeto neurótico y no lo es del psicótico.
El verdadero psicótico no inventa nada, es extremadamente lógico, deduce, intenta esbozar una explicación, pero lo suyo es teorizar sobre lo que se le impone como certeza.
Pero al borde del desencadenamiento de la psicosis y ante el vacío dejado por la no-inscripción del significante Nombre-del-Padre, algunos psicóticos, sobre todo esquizofrénicos, les queda el recurso de recurrir a la interpretación y la función de máscara donde esta defiende del goce del Otro vivido como amenaza de fragmentación del propio cuerpo tan frecuente en los esquizofrénicos. No es una máscara que pueda falicizar el cuerpo. Sólo aporta una identidad de sostén. Permite que el cuerpo no se fragmente. Permite existir como cuerpo.
Pero es una máscara vinculada a una identidad artificiosa. Son mas bien máscaras sociales que permiten a un sujeto, sin los soportes de la identificación simbólica, un modo de sobrevivir sin llegar al delirio. Se correspondería con el falso self de Winnicott en el que los otros creerían reconocer el núcleo de la persona, cuando en realidad sólo conocen una máscara. Pero ese falso self produce una sensación subjetiva de vacío e irrealidad en ciertas ocasiones. ¿Y qué hay debajo de esta máscara? Como ustedes ya adivinan una ausencia de significación fálica debido a la forclusión del Nombre-del-Padre.
Pocas improvisaciones quedan, sino la sujeción defensiva a una identidad rígida en la imagen de la máscara.
Es un baluarte narcisista para el sujeto con una estructura psicótica desde el que poder defenderse del exceso de goce no sujeto a la castración. Esto permite una provisional y rudimentaria forma imaginaria de identidad. Es decir, lo imaginario continúa predominando en la psicosis, y lo simbólico en el grado en que es asimilado, queda imaginarizado: es asimilado no como un orden radicalmente diferente que reestructura el primero, sino simplemente por imitación de otras personas.
La ausencia de ideal del yo por una falla de internalización del estadío del espejo deja al sujeto con un precario sentimiento de sí, una imagen que se desvanecería en momentos críticos.
Deben distinguirse, por supuesto, de las máscaras histéricas que operan como maniobras de falicización del cuerpo para convertirlo en el significante del deseo del Otro. Pero la histérica huye de la fijeza identificatoria, hay menos rigideces en sus máscaras y pueden surgir múltiples identificaciones. No se trata en la histérica, de dar soporte al ser mismo del sujeto. Es, como ustedes saben, una búsqueda del valor fálico.
En el psicótico, por el contrario, las máscaras se construyen sobre las arenas movedizas de la no simbolización de la metáfora paterna. Aparecen en muchas ocasiones como máscaras de complacencia con los otros aparentando identidades miméticas. Son actores que no son capaces de dar una vida original al personaje que interpretan, moviéndose con libretos y guiones estereotipados.
Pero les acecha el desencadenamiento de la psicosis sobre la base de su estructura. Lacan nos enseña, como bien conocen ustedes, que para que esa psicosis se desencadenara, era necesario que “el Nombre-del-Padre forcluido fuera llamado allí en oposición simbólica al sujeto”, es decir, no sólo basta una estructura, es necesario también una causa contingente.
Son encuentros dramáticos, como nos dice Lacan en los Escritos con este un-Padre “para la mujer que acaba de dar a luz en la figura de su esposo, para la penitente que confiesa su falta en la persona del confesor, para la muchacha enamorada en el encuentro con el padre del muchacho”. Son también situaciones en las que un hombre se entera que será padre, o como en el caso de Schreber cuando se le convoca a desempeñar un roll social que evoca una figura paterna, en su caso ser nombrado presidente de la corte de apelaciones en Dresde donde rodeado de cinco jueces que le superaban en edad se encuentra en una situación de competitividad viril.
Jorge Gómez Alcalá
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