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Máscaras de la sexualidad

Permalink 29.02.08 @ 12:05:07. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Psicología, Salud Mental, Sexualidad, Investigación

Así pues, el perverso trata de convencerse y de convencer a los demás que él posee el secreto del deseo sexual. Lo despliega a través de diversas máscaras en el espectáculo de su creación erótica.

¿Cuál es en realidad ese secreto?. El secreto, en su aspecto inconsciente es simple: No hay diferencia entre los sexos. Para la conciencia del sujeto, por supuesto hay diferencia de sexos, pero estas no tienen una función simbólica y no son ni la causa ni la condición del deseo sexual.

Querría detenerme en la puesta en escena perversa. Constituye por una parte, un desafío al padre, al mundo. Pero también es un intento de recuperar al padre negado, en tanto objeto interno perdido. Engañar y humillar al padre, es a pesar de todo, una manera de hacerlo existir. La finalidad de la actividad erótica perversa, bajo cualquier aspecto que se presente, es captar la mirada del espectador anónimo. La sombra de este tercero permite mantener la integridad psíquica y compensar el peligro de depresión, angustia persecutoria y vacío ante la madre todopoderosa e ilimitada.

Es un espectador que contempla un decorado, unos interpretes y unos objetos que pueden variar. No obstante, el tema es inmutable: La castración y el control de la angustia que le es propia. Que sea el sadomasoquista, centrado sobre su dolor; que se trate del fetichista que reduce el juego de castración a aun entretenimiento de nalgas azotadas o constricciones corporales, que se trate del travestí que hace desaparecer sus órganos genitales en la ropa de su madre para tomar su identidad, en cada caso la intriga es la misma: La castración no hace sufrir y es la condición del placer. El espectador solo cedería su lugar a la muerte.

La madre ocupa un lugar idealizado, a la que se atribuye complicidad y seducción. El padre un papel borroso en el mundo objetal interno. Lo bueno parece estar del lado de la madre, ideal fálico intachable y lo malo del lado del padre, objeto denigrado. Pero no nos engañemos, detrás, se encuentra otra madre mortalmente peligrosa para su hijo, orientando el perverso a otros objetos el odio y agresión vinculados a esta imagen.

Y la imagen del padre denigrado podemos pensar que no deja de ser una máscara que podría esconder un padre idealizado (el padre de la madre, un sacerdote o Dios mismo). En la escena sexual perversa se encuentra un intento de ganar, conservar o controlar el falo paterno idealizado. Solo de una manera defensiva es atribuido a la madre, investida en su función fálica primordial en tanto primer objeto de deseo.

El juego sexual frenético del perverso oculta un sentimiento depresivo. Algunos perversos son más aptos para recordar el momento inevitable de la desilusión, ya que el castillo de cartas de la promesa incestuosa se derrumba. Para llenar ese vacío brutal surge el juego sexual, que pone máscaras a los aspectos más angustiosos. El perverso narra su particular teatro en una suerte de diversión en tecnicolor donde podemos descubrir casi invariablemente en el fantasma inconsciente que el castrador es la madre.

La seductora que despierta el deseo es al tiempo el obstáculo para la realización. ¿Qué quiere la madre?: El hijo de la madre idealizada ha podido creer que también era un niño ideal, el centro de su universo, hasta el momento de la revelación fatal de que el no posee la respuesta al deseo de la madre. Pero en el derrumbamiento tardío de su ilusión ya no sabe quién es para ella. En alguna parte debe existir un falo ideal, capaz de colmar a la madre.

El padre seguramente no lo tiene (la madre rara vez lo reconoce como objeto de deseo sexual); el niño no desea volverse al padre ni identificarse con él. Pero este factor concuerda bien con el deseo del niño de creer en el mito de un padre castrado, no existente. La madre del futuro perverso es muy probable que denigre también la función fálica del padre.

La normalidad, diría el perverso, es el “Eros castrado”, erigiendo su sabiduría sobre el deseo sexual.

Me complacería compartir con ustedes algunos aspectos del travestismo ya que nos ofrece una experiencia privilegiada donde no se trata de mostrar lo que se tiene sino de mostrar lo que no se tiene. Es una escena donde se privilegia la mirada, una mirada de lo que está oculto, dado a ver tras la máscara de lo que se muestra. Es el valor de la máscara en el travestismo y la identificación del sujeto con lo que está detrás de la máscara en una posición simétrica y opuesta al fetichismo.

Es un dar a ver donde podemos localizar un señuelo que velado por los maquillajes y vestidos emerge triunfante en el clímax de la escena erótica, poniendo de relieve el falo de la madre fálica con la que el sujeto está identificado. El travestí no padece de un cuerpo erróneo como el transexual. Él, a través de su máscara compone una escena en la que encarna a una mujer para luego triunfante, desmentir que lo es o en todo caso proponerse como mujer fálica.

Caen las máscaras y será un hombre ordinario. Por tanto ambigüedad relacionada con lo que se muestra y lo que se da a ver. Pienso también que el travestí explora el goce femenino a través de estas máscaras, es decir, cómo sentiría su propia madre, qué se siente siendo mujer. La exhibición del vestido femenino intenta mostrar lo que no es, pero hay un momento donde en el cenit de la escena erótica, a veces delante de un espejo, desenvaina lo que tampoco se es ni se tiene. Aparece el pene del sujeto, y me pregunto si ese pene no será también la máscara del falo de la madre fálica con la que el sujeto está intentando identificarse.

La salida del proceso suele ser con una identidad aparentemente masculina. ¿Un cortocircuito de identificaciones, me pregunto? ¿Un retorno a la identificación con el supuesto padre idealizado en algún lugar del discurso de la madre? La escena puede ser frente a un espectador, un testigo que confirmara que el falo está en poder de alguno de los dos, ¿o de ambos?. ¿Quién es ese otro espectador en la puesta en escena erótica? . En cualquier caso un otro cómplice que sería por el contrario denunciador en el neurótico y el "normal”.

De ese modo el perverso moviliza su desafío como modo de acceso al goce. Es también una manera de descarriar al otro que se convierte en su aliado. Pienso en el mito de Tiresias. Se transforma en mujer, luego en hombre. Zeus y Hera le preguntan cuál sexo gozaba más en el amor. La respuesta de Tiresias : ¡ La mujer nueve veces más que el hombre!. ¡Y Hera lo cegó!.

¿Es el travestí un Tiresias que siempre llega tarde para desvelar la enigmática pregunta del goce de la mujer?.

¿Y el perverso en análisis?. ¿Por qué habría el perverso de instaurar a otro en el lugar del sujeto supuesto saber?. ¿Qué lugar puede quedar para el amor de transferencia?. Parece que hay una inversión de papeles y es más el psicoanalista el atraído por el discurso de la perversión, acechando a través de la literatura (Mishima, por ejemplo) y contentándose con los ensueños perversos del neurótico.

He aquí una nueva mascarada: Y es la de dirigirse al analista como depositario del saber del inconsciente, de la ley de la sexualidad o árbitro de la salud mental. Pero no nos engañemos: Espera el momento del desafío de estos ideales a través de la frase: “¿Y por qué no?”. Difícil dilema para el analista, donde no cabe la vacilación como sí cabría ante la histeria.

Pero también puede haber un difícil momento de caídas de las máscaras. Surge ante esta reflexión: “ Si no soy el objeto privilegiado de mi madre, ¿quién soy entonces?”. En adelante para sobrevivir, el juego debe disfrazar la verdad sexual, la rabia y los impulsos homicidas.

El perverso mantiene su mitología sexual privada comprometida en un combate con la verdad, calculando según reglas personales nuevas y creando neo-sexualidades para llenar el vacío de su renegación.

Del lado del obsesivo la cosa funciona de manera un tanto diferente. Sabemos de la relación del obsesivo con la Ley del Padre, conocemos ese tironeo que, en cierta forma, responde a una necesidad de medirse con el ideal que representa pero guardándose muy bien(o muy mal en el caso del obsesivo) de no llegar a igualarse a él, so pena de destruir aquello que le sostiene. Preservar el ideal, proteger el espacio sagrado del deseo que se le impone, salvaguardar el honor al precio de la muerte, tener a la muerte como ese imposible que el imaginario vincula con el goce- todo.

Esa máscaras estereotípicas que el obsesivo se esfuerza es representar son tanto más evidentes por cuanto lo que esconden es precisamente lo contrario de lo que aparentan. El deseo no puede ser reconocido como tal, como algo sucio, embarrado, cagado, si me lo permiten, en esa obstinación del obsesivo en mantenerse a toda costa fuera del registro de la castración. La manera de vincularse a los ideales más nobles, a las causas más justas( la justicia unilateral del obsesivo, claro está), el sometimiento a un orden inquebrantable; todas esas apariencias en las que se hace representar por máscaras que anticipan la apariencia de dominio del saber, del saber sobre el objeto causa del deseo que lo atormenta porque no logra dominarlo, mantenerlo a distancia suficiente, aunque se esfuerce en ese propósito. Que el objeto no condescienda al registro del deseo, que todo este “muerto”, que nada falte allí donde el sujeto habla por voz del Otro.

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