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Máscaras de la sexualidad

Permalink 29.02.08 @ 12:05:07. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Psicología, Salud Mental, Sexualidad, Investigación

Que el objeto no condescienda al registro del deseo, que todo este “muerto”, que nada falte allí donde el sujeto habla por voz del Otro. Vemos la dificultad del obsesivo en separarse de la necesidad para articular su deseo en el registro de la demanda, lo que del Otro viene por hacerle falta es lo que el obsesivo pretende eludir.

Esta recusación de la Ley es, paradójicamente, disimulada por el ideal de justicia, de “ley” que el obsesivo exige para sí mismo y para los demás, evidenciando claramente que esta exigencia es un movimiento de contrabalanceo, de equilibrio para no llegar hasta el final, para no gozar fuera de la ley.

Los actos compulsivos figurados en las ritualizaciones, gestos profilácticos, conjuraciones, anulaciones del pensamiento o de la acción, escrupulosidad desmedida frente a lo que amenaza la pureza del sujeto “que la mierda no llegue al cuello” diría el obsesivo, enmascaran el impulso irrefrenable, la coerción de una voluntad de goce que penetra por la fuerza a pesar de todas las precauciones; esas máscaras para las que el obsesivo se entrega a una servidumbre voluntaria intentando que nada pase, penetre allí donde él cree saber sobre su dominio .

Pese a la certeza con que el obsesivo muestra la verdad de estas máscaras, pese a esa apariencia de certidumbre, lo dijimos al principio, sobre el saber, la duda le atormenta, no le deja descansar. Esa duda que le empuja a reasegurarse compulsivamente de que allí no falta nada, de que el es el Falo que es necesario que haya, aunque haga falta que no para poder tomarlo, claro está, del Padre.

De hecho porque la duda insiste de esa forma tan beligerante, es que la certeza sobre la castración, por esa insuficiencia de lo simbólico; la muerte del padre muerto; el muerto que está, de hecho, vivo, como diría Melman, aparece en el Real como amenaza reiterada de lo que ya se ha producido, aunque de manera deficitaria, para amenazar de nuevo con un corte limpio, si me lo permiten, que, sabemos, le falta al obsesivo.

De ahí la insistencia, no bien la imago paterna es reactivada, del obsesivo en medirse en todos los desafíos y luchas de prestigio, en todas las afrentas que lo convoquen a demostrar que él posee lo que del Amo codicia, sin saberlo: la verdad sobre el goce de ser el objeto del deseo del Otro omnipotente.

Este desafío, sin embargo, es puesto en escena para asegurar la imposibilidad de la conquista, su fracaso. Así por una lado, el obsesivo se somete a la Ley que lo mantiene a distancia del goce mortífero y por el otro la Ley es trasgredida para gozar al precio de ser culpable. Compulsión que manifiesta en el obsesivo el valor de máscara del goce en la estructura significante del sujeto.

En palabras de Deleuze: “El verdadero sujeto de la repetición es la máscara. Porque la repetición difiere de la representación, lo repetido no puede ser representado, sino que debe ser siempre significado, enmascarado por lo que significa, enmascarando, a su vez, lo que significa.”

Dentro del conjunto de estructuras que definen a cada persona en relación a la palabra encontramos a uno de ellos que merece especial atención en relación a la sexualidad.
por cuanto la verdad de lo que allí se inscribe es siempre del orden de lo que falta, de lo que falla al objeto que se le presume y sin el cual, la realidad apenas si logra sostenerse. . “La verdad está en reabsorción constante en lo que tiene de perturbador, no siendo en sí misma sino lo que falta para la realización del saber(…)La verdad no es otra cosa sino aquello de lo cual el saber no puede enterarse de que lo sabe sino haciendo actuar su ignorancia. Crisis real en la que lo imaginario se resuelve engendrando una nueva forma simbólica. ¿Qué es esto sino un sujeto acabado en su identidad consigo mismo”. (Lacan. Escritos.)

Para entender, entonces, de qué les hablo cuando les hablo de la verdad del sujeto, es preciso señalar que si algo puede decirse en este asunto, es en la medida en que el falo no es para ninguno de los dos, hombre y mujer, sino lo que precariamente sostiene la disimetría del amor del Otro, de lo sexual del otro en la mascarada que suponen las identificaciones en torno a la cuestión de lo que de él viene. ¿Y qué es lo que viene del Otro?, bueno esencialmente un enigma, un enigma que tiene al amor por acertijo.

El amor es lo que del Otro sostenemos en la apariencia de certidumbre que es el saber. Amamos lo que somos en lo que desconocemos. Si les cuento todo esto, es para decirles que lo que se pone en juego en la mascarada sexual es precisamente la apariencia, la apariencia del Ser en tanto ser sexuado. Con todo, hay que señalar que esta apariencia, esta máscara de lo que se es entra en juego por lo que se tiene, que no es más que la enunciación de la dialéctica que va del ser al tener y con la cual se organiza el intercambio simbólico del falo en el acto sexual.

La palabra, entonces, se articula tanto menos por el significado que por el significante que evoca, en la medida en que éste hace de soporte para ese Otro significante(el falo) que lo precipita por el camino de la significación, significando aquello que, de hecho, no existe: la relación sexual.

La palabra verdadera, la verdad de la palabra, es aquella que se aproxima a lo que lucha por hacerse oír, por hacerse reconocer en el movimiento mismo de la demanda. Demanda que hace del falo, justamente, eso por lo que ha de ser puesto en entre-dicho lo que que no se tiene sino imaginariamente y de lo que el sujeto por virtud de lo reprimido ignora.

Ateniéndonos a esta función del falo podemos distinguir las diversas estructuras que conformarán la mascarada imaginaria en torno a la relación sexual y al goce inherente. No olvidemos que lo que determina la forma emergente del deseo en el fantasma se manifiesta en esa disyunción del ser respecto al tener que es la solución neurótica de la salida del complejo de Edipo. “Los hechos clínicos demuestran una relación del sujeto con el falo que se establece independientemente de la diferencia anatómica de los sexos”.

Podemos tomar al perverso como ejemplo de lo que supone la escenificación de un fantasma en cuya máscara encontramos la coagulación de un saber sobre el goce. El perverso es el que, desde luego, sabe-gozar y hacer gozar al precio de una desmentida. Desmentida que recae sobre la castración y que hace del sujeto perverso el falo que enmascara la realidad de la falta. La máscara de la impostura que supone esta renegación reside en el hecho de que lo que el perverso se obstina en desconocer es precisamente la diferencia sexual, ya que esto lo confrontaría con la pérdida del falo que él supone encarnar para el Otro materno.

Así, nos encontramos ante la filiación imaginaria de un sujeto que sostiene su virilidad, del lado masculino, en la medida en que, identificándose a una madre todopoderosa, ésta se hace portadora del falo que él representa. El equivoco suspendido en la dinámica del deseo recae sobre la condición de ser- para el falo con lo que la cuestión acerca de lo que supone tenerlo queda obturada.

Este mecanismo defensivo que Freud definió como Verleugnun evidencia la salida imaginaria por la que, y paradójicamente, es negado aquello que se afirma es decir: la castración. El perverso se imagina ser el Otro para asegurarse el goce, lo que desconoce es que de esta manera él mismo es preso de la voluntad imperativa de ese goce que lo captura como un instrumento a su servicio. La máscara perversa presenta la apariencia inquebrantable del Amo-Verdugo y del saber hacer con el Otro, con el goce del otro, con la falta recusada e insoportable del Otro en la castración.

Es por la Ley del Padre que el perverso existe, como todo sujeto neurótico, ya que no hay sujeto que no lo sea de la ley. En la medida en que en el perverso presenta como desafío trasgresor su mascarada respecto a la posibilidad de gozar ilimitadamente, es que reconoce a la Ley como aquello de lo que se debe renegar; es decir, el hecho de estar castrado.

Paradójicamente a lo que la máscara perversa nos muestra; la trasgresión ofrecida a la mirada del Otro sólo es posible si él mismo es tomado como víctima del Otro sometida a una ejecución inminente. La angustia por la castración puede entonces ser escenificada de manera tal que el paso a un acto suicida como el llevado a cabo por el escritor japonés Yukio Mishima represente el golpe mortífero de la ley del Padre en el límite con el goce.

Recordaré brevemente aquellas palabras de Sade cuando al conocer su condena a muerte por sodomía respondió: “Me cago en Dios” A eso quería yo llegar, ya estoy cubierto de oprobio.” Con lo que finalmente recibía de la Ley su propio advenimiento como sujeto fuera de la Ley.

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