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Laicismo y clericalismo

Permalink 27.02.08 @ 10:31:26. Archivado en Cultura, Psicología, Religión, Otros Autores, Investigación

Remedio, la palabra de Dios

18. Con el ánimo, pues, lleno de tristeza, pero enteramente confiados en Aquel que manda a los vientos y calma las tempestades, os escribimos Nos estas cosas, Venerables Hermanos, para que, armados con el escudo de la fe, peleéis valerosamente las batallas del Señor. A vosotros os toca el mostraros como fuertes murallas, contra toda opinión altanera que se levante contra la ciencia del Señor. Desenvainad la espada espiritual, la palabra de Dios; reciban de vosotros el pan, los que han hambre de justicia. Elegidos para ser cultivadores diligentes en la viña del Señor, trabajad con empeño, todos juntos, en arrancar las malas raíces del campo que os ha sido encomendado, para que, sofocado todo germen de vicio, florezca allí mismo abundante la mies de las virtudes. Abrazad especialmente con paternal afecto a los que se dedican a la ciencia sagrada y a la filosofía, exhortadles y guiadles, no sea que, fiándose imprudentemente de sus fuerzas, se aparten del camino de la verdad y sigan la senda de los impíos. Entiendan que Dios es guía de la sabiduría y reformador de los sabios, y que es imposible que conozcamos a Dios sino por Dios, que por medio del Verbo enseña a los hombres a conocer a Dios. Sólo los soberbios, o más bien los ignorantes, pretenden sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden a la capacidad humana, confiando solamente en la razón, que, por condición propia de la humana naturaleza, es débil y enfermiza.

Los gobernantes y la Iglesia

19. Que también los Príncipes, Nuestros muy amados hijos en Cristo, cooperen con su concurso y actividad para que se tornen realidad Nuestros deseos en pro de la Iglesia y del Estado. Piensen que se les ha dado la autoridad no sólo para el gobierno temporal, sino sobre todo para defender la Iglesia; y que todo cuanto por la Iglesia hagan, redundará en beneficio de su poder y de su tranquilidad; lleguen a persuadirse que han de estimar más la religión que su propio imperio, y que su mayor gloria será, digamos con San León, cuando a su propia corona la mano del Señor venga a añadirles la corona de la fe. Han sido constituidos como padres y tutores de los pueblos; y darán a éstos una paz y una tranquilidad tan verdadera y constante como rica en beneficios, si ponen especial cuidado en conservar la religión de aquel Señor, que tiene escrito en la orla de su vestido: Rey de los reyes y Señor de los que dominan.

20. Y para que todo ello se realice próspera y felizmente, elevemos suplicantes nuestros ojos y manos hacia la Santísimo Virgen María, única que destruyó todas las herejías, que es Nuestra mayor confianza, y hasta toda la razón de Nuestra esperanza. Que ella misma con su poderosa intercesión pida el éxito más feliz para Nuestros deseos, consejos y actuación en este peligro tan grave para el pueblo cristiano. Y con humildad supliquemos al Príncipe de los apóstoles Pedro y a su compañero de apostolado Pablo que todos estéis delante de la muralla, a fin de que no se ponga otro fundamento que el que ya se puso. Apoyados en tan dulce esperanza, confiamos que el autor y consumador de la fe, Cristo Jesús, a todos nos ha de consolar en estas tribulaciones tan grandes que han caído sobre nosotros; y en prenda del auxilio divino a vosotros, Venerables Hermanos, y a las ovejas que os están confiadas, de todo corazón, os damos la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, en Santa María la Mayor, en el día de la Asunción de la bienaventurada Virgen María, 15 de agosto de 1832, año segundo de Nuestro Pontificado.”

Hay que preguntar a los “modernistas católicos” que nos digan si el Papa actual, o el anterior, o el anterior del anterior, y así sucesivamente, han dicho algo que rectificara en una coma los dogmas y moral del pasado. Esperaremos otros 20 siglos, si es necesario. Y es que la Iglesia no puede modernizarse en coherencia con sus propios dogmas. Primero, porque es dogmática y, en consecuencia, sus dogmas son inmutables; en segundo lugar, porque toda modernización de valores y dogmas cuestionaría sus fundamentos desde dos perspectivas. Puesto que sus dirigentes hablan en nombre de dios o, en otras palabras, como dios se manifiesta en el tiempo a través de la su más alta autoridad, el Papa, si hoy cambiara la doctrina tradicional eso significaría que: o dios, su dios, se equivocó en el pasado o se equivoca en el presente o que su más alto representante en la Tierra, el Papa, se equivocó o se equivoca en el presente. En cualquier caso, tanto la doctrina como la autoridad divina y papal quedarían en cuestión. Es esta contradicción la que la mantiene coherentemente atada al pasado e inmóvil y reaccionaria frente a cualquier forma de progreso.

Podríamos hacernos este razonamiento en otros términos. Si, como afirma Díaz Salazar y que otros afirmaron con la misma ilusión en los siglos XV, XVI, XVII, XVIII, XIX y XX, dentro de la Iglesia existen diferentes iglesias o corrientes de opinión habría que preguntarle que nos explique en qué momento de la Historia esta institución clerical fue conquistada por lo “modernos” y cuáles fueron los cambios que introdujeron en dogmática (lo que sería una contradicción) y moral. Esperemos expectantes la respuesta. Mientras tanto, lo que sí estamos en condiciones científicas de afirmar es que cuando dentro de la institución clerical católica ha habido corrientes de opinión enfrentadas a su máxima y única autoridad: el Papa, o acabaron claudicando o encarcelados o no les quedó más remedio que la escisión. Que no otra cosa fue lo ocurrido en tiempos de la Reforma. Y siglos antes con los ortodoxos. Dentro de la Iglesia católica sólo puede existir un Poder, el del Papa. Y ese poder se fundamenta en el dogma. Y esto no es opinable porque es doctrina.

A Díaz Salazar y a la corriente socialista de derechas y tradicionalista, encabezada por Bono, no les quedará más alternativa que o claudicar ante el clero, pues este constituye la osamenta en torno al cual se petrifica la Iglesia, o escindirse que será la única posibilidad que les quede. Pero entonces ya no serán Iglesia Católica serán otra cosa. Como los del Palmar de Troya. O esto o la reintegración del hijo pródigo. Claro que, también les queda la posibilidad de ser socialistas, ateos y progresistas, pero esto es pedirle peras al olmo. Y sería un milagro. Y los ateos no creemos en milagros.

Para terminar voy a citar a dos autores que nos describen con precisión los caminos de la razón humana opuestos a la dependencia divina, al clero. En el primero, Paul Hazard nos dice hablando del”siglo de las Luces”:

“Se trataba de saber si se creería o si no se creería ya; si se obedecería a la tradición, o si se rebelaría uno contra ella; si la humanidad continuaría su camino fiándose de los mismos guías o si sus nuevos jefes le harían dar la vuelta para conducirla hacia otras tierras prometidas...

Los asaltantes triunfaban poco a poco. La herejía no era ya solitaria y oculta; ganaba discípulos, se volvía insolente y jactanciosa. La negación no se disfrazaba ya; se ostentaba. La razón no era ya una cordura equilibrada, sino una audacia crítica. Las nociones más comúnmente aceptadas, la del consentimiento universal que probaba a Dios, la de los milagros, se ponían en duda. Se relegaba a lo divino a cielos desconocidos e impenetrables; el hombre y sólo el hombre, se convertía en la medida de todas las cosas; era por sí mismo su razón de ser y su fin. Bastante tiempo habían tenido en sus manos el poder los pastores de los pueblos; habían prometido hacer reinar en la tierra la bondad, la justicia, el amor fraternal; pero no habían cumplido su promesa; en la gran partida en que se jugaba la verdad y la felicidad, habían perdido; y, por tanto, no tenían que hacer sino marcharse. Era menester echarlos si no querían irse de buen grado. Había que destruir, se pensaba, el edificio antiguo, que había abrigado mal a la gran familia humana; y la primera tarea era un trabajo de demolición. La segunda era reconstruir y preparar los cimientos de la ciudad futura.

No menos impresionante, y para evitar la caída en un escepticismo precursor de la muerte, era menester construir una filosofía que renunciara a los sueños metafísicos, siempre engañosos, para estudiar las apariencias que nuestras débiles manos pueden alcanzar y que deben bastar para contentarnos; había que edificar una política sin derecho divino, una religión sin misterio, una moral sin dogmas. Había que obligar a la ciencia a no ser más un simple juego del espíritu, sino decididamente un poder capaz de dominar la naturaleza; por la ciencia, se conquistaría sin duda la felicidad. Reconquistando así el mundo, el hombre se organizaría para su bienestar, para su gloria y para la felicidad del porvenir...

A una civilización fundada sobre la idea de deber, los deberes para con Dios, los deberes para con el príncipe, los “nuevos filósofos” han intentado sustituirla con una civilización fundada en la idea de derecho: los derechos de la conciencia individual, los derechos de la crítica, los derechos de la razón, los derechos del hombre y del ciudadano”.

(Paul Hazard, en “La crisis de la conciencia europea”, A.U. Madrid, 1988, pp. 10 y 11)

A lo que añade Hannah Arendt

"Como los Derechos del Hombre eran proclamados "inalienables", irreducibles e indeducibles de otros derechos o leyes, no se invocaba autoridad alguna para su establecimiento: el Hombre en sí mismo era su fuente tanto como su objetivo último. Además, no se estimaba necesaria ninguna ley especial para protegerlos, porque se suponía que todas las leyes se basaban en ellos. El Hombre aparecía como el único soberano en cuestiones de ley de la misma manera que el pueblo era proclamado como el único soberano en cuestiones de Gobierno. La soberanía del pueblo (diferente de la del príncipe) no era proclamada por la gracia de Dios, sino en nombre del Hombre; así es que parecía natural que los derechos "inalienables" del hombre hallaran su garantía y se convirtieran en parte inalienable del derecho del pueblo al autogobierno soberano."

(Hannah Arendt: "Los orígenes del totalitarismo", Alianza Universidad, Madrid,1982 p. 369)

Y remato yo preguntándome si no sería más necesario que todos hiciéramos un esfuerzo de madurez psicológica, política y moral abandonando la oscuridad de la fe iluminados por la luz de la ciencia, la libertad política y el principio del placer.

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