Las excepciones
25.02.08 @ 10:36:32. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Teoría, Literatura, Salud Mental, Otros Autores, Prensa
Cuando Freud alude a Ricardo III, no trata sólo de eso que nos pasa a "cada uno" de nosotros: querer ser una excepción (lo cual deja en claro que no lo somos); se refiere a aquellos que, como Ricardo, sí se comportan como si fueran una excepción.
Ese daño sufrido tempranamente remite a una afrenta que, cuando ocurrió, no se estaba preparado para recibirla, lo cual presenta una cierta similitud con el trauma. Además, el hecho de que las excepciones manifiesten su rebeldía cuando descubren que ese daño es congénito, pone de manifiesto un rechazo a aceptar quedar ubicados dentro de determinada cadena generacional.
Esto que, en el relato del paciente, aparece en segunda instancia, puede estar en verdad en primer término y operar luego como un equivalente imaginario de la castración.
En los sueños infantiles encontramos una diferencia entre los conflictos producidos por el sentimiento de culpa inconsciente y aquello que es producto de algo real. Freud va a plantear dos "excepciones" a la tendencia de la realización del deseo del sueño: la aparente y la efectiva. La excepción aparente va a estar dada por los sueños punitorios, generados por el sentimiento de culpa inconsciente, mientras que la excepción efectiva va a ser producto de una neurosis traumática.
Estos sueños que reproducen el trauma generan un montón de angustia tal que llevan al despertar, y su objetivo no es el cumplimiento de deseo sino provocar esa angustia que faltó cuando el trauma se produjo.
Así, en las excepciones se hace referencia, tanto a la frustración, producto de un daño imaginario, como a un daño efectivo, equiparable a aquello que Freud interrogó en las neurosis de guerra. Un exceso de libido que el aparato psíquico no pudo asimilar, situado en esa etapa precoz, donde "aún no se estaba preparado".
En este sentido, deja de tener importancia comprobar si el hecho efectivamente ocurrió o no. De lo real sólo restará su huella mnémica, y no necesariamente un daño físico; de lo imaginario, quedarán las reivindicaciones.
A su vez, el sujeto intentará recuperar el dominio sobre ese estímulo cumpliendo una función que es independiente del principio del placer, más originaria, tratando de ligar esas impresiones a través de la compulsión de repetición. Resta indagar la llegada de la neurosis.
Freud entiende que el hecho de persistir en el reclamo de privilegios, la no aceptación de ser uno más entre todos, es lo que lleva al estallido de la neurosis. Es evidente que esta posición "privilegiada" de las excepciones es difícil de sostener, al tiempo que potencia su rebeldía y aislamiento.
Aislamiento que puede ser uno de los componentes que llevan a contraer la enfermedad, al conducirlo a la frustración duradera de la satisfacción, a un estancamiento e introversión de la libido cuyas fijaciones infantiles entrarían en conflicto con la realidad.
Estos casos de "frustración duradera de la satisfacción" conllevan un componente inhibitorio que termina por reproducir el hecho traumático en el punto de "nunca estar preparado".
Sin embargo, en Ricardo III no nos encontramos con una fijación de características negativas, sino, en todo caso, positivas, donde la escena que se repite compulsivamente presenta algunas modificaciones respecto de la original. En ella, el sujeto ya no está padeciendo sino que hace padecer a los otros, y no sufre algo injustamente sino que se siente justificado para alcanzar sus objetivos por cualquier medio.
Vemos que en esta repetición se produjo una inversión en los términos; sin embargo, esto no le posibilita al sujeto una salida del conflicto sino que, en cierto modo, lo reproduce. Ricardo, al eliminar no sólo a sus rivales sino también a su mujer, a aliados y colaboradores, termina por quedar tan aislado como al principio. Incluso, al imputar sistemáticamente la causa de sus padecimientos al daño sufrido tempranamente, queda en una posición que supone poseer "un saber" sobre la verdad que se contrapone con el "no saber" del inconsciente, lo cual lo condena, como veíamos, a reproducir lo padecido o a hacerlo padecer a los demás.
El hecho de que Freud, para hablar de las excepciones, proponga una obra literaria, avala la hipótesis de que se trata de algo primario. Al mismo tiempo, si decimos que Ricardo remeda el trauma y éste es previo al Edipo, no afirmamos que es exterior al mismo. Cuando Freud recurre a Shakespeare para dar sustento a su conjetura, utiliza la tragedia moderna en lugar de la antigua y pone en juego la Condena en vez del Destino.
Ricardo III da cuenta del Edipo de manera atípica; prepara el terreno, pero no tratará allí la deuda simbólica sino el daño imaginario. Sus demandas serán compulsivas, sus exigencias desenfrenadas, sin ley ni culpa, y la rivalidad lo transformará en el verdugo de sus hermanos.
Esta crisis de la ley, matanza entre hermanos, es precisamente lo que Shakespeare describe que ocurría en Inglaterra durante la Guerra de las Rosas.
Al finalizar el trabajo, Freud indica que la excepción atañe también a las mujeres y es una posición específicamente femenina. Sus pretensiones a ciertas prerrogativas descansan en el mismo fundamento "congénito": haberse sentido perjudicadas en su infancia por haber nacido niñas y no varones, es decir que, para Freud, la cuestión de la "excepción" se juega en el complejo de castración.
* El texto completo, titulado "Las excepciones", se publicó en Conjetural, revista Psicoanalítica, Nº 45.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-86876-2007-06-21.html
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Jorge Gómez Alcalá
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