La irrupción traumática de la sexualidad en la infancia
18.02.08 @ 10:20:16. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Literatura, Filosofía, Religión, Salud Mental, Sexualidad, Prensa
Nominar la persistencia de esos daños nos impulsa a otra índole de registro, de percepción, reconocer que pudo haberse impedido, o sea, que pudo no haber sucedido aquello horroroso. Premisa que posiciona el ataque adulto en el ámbito de la contingencia, circunstancia que fundamenta la justicia que se reclama para la víctima. Esa contingencia define nuestra impotencia ante quienes deciden victimizar al niño o a la niña, en tanto no cuentan con protección que permita prever el delito, exceptuando aquellos niños y niñas que han sido advertidos y pueden zafar del ataque. De lo contrario, lo contingente y por ende impredecible de las violaciones, incestos y abusos (que son categorías diferentes), constituye el soporte de la irrupción de la sexualidad adulta en la vida de la niñez.
Interesa apreciar esta variable para superar las habituales clasificaciones que apuntan a reproducir la escena del delito, ya que cada vez que enunciamos los efectos –insomnios y pesadillas, lenguaje sexualizado y otros síntomas– nos incluimos, necesariamente, en la escena del delito: "El niño tiene esta respuesta porque le hicieron tal cosa". Explicitación necesaria para la realización de un psicodiagnóstico, pero insuficiente para reflexionar acerca de otros niveles de análisis. Así como precisamos incluir, en las variables de los efectos, la tesis del encarnizamiento, palabra cuyo significado es: "Crueldad con que alguien se ceba en la desgracia de otro".
Es un vocablo que actualmente se prioriza en bioética para referirse al encarnizamiento terapéutico, prolongando la vida de determinados enfermos, al costo de la sacralidad del derecho a una muerte propia y natural, digna, sin postergaciones artificialmente sostenidas.
La utilizo en su indudable asociación con la carne, palabra con doble origen griego y latino (sarx en griego, caro-carnis en latín), una de cuyas acepciones remite a los apetitos sensuales, a cargo del victimario, y su tercera acepción se refiere a la pulpa, la parte tierna o blanda del interior de los árboles o de los frutos, que sin duda es la que aporta la víctima. Ya sea mediante su cuerpo arrasado tanto en sus genitales vírgenes de contactos sexuales ajenos, es decir, tiernos, cuanto en sus miradas y sensaciones alejadas del espectáculo que la genitalización brutal protagoniza.
Al utilizar la palabra encarnizamiento, distingo carne (en su acompañante latino caro) del vocablo cuerpo (corpus), dado que carne es vocablo utilizado tradicionalmente –desde tiempos medievales– en asociación con aquello que se opone al espíritu.
Los efectos de estas irrupciones de las sexualidades adultas en sus víctimas generan deterioro en la carne corporalmente registrada, en tanto lesión, y tambien desencadenan temblor psíquico –metafóricamente hablando– en su funcionamiento como reproducción postraumática de lo padecido, y aun en los casos en los que ha sido posible lograr un orgasmo reflejo en la criatura, produce daño como asombro sorprendido en relación con las respuestas del propio cuerpo.
Preciso es incluir el efecto de iniciación apelando a la deformación del sentido de lo iniciático vinculado con lo espiritual. Se trata de una iniciación mediante la vulneración del derecho a consentir en el ejercicio de la propia sexualidad a partir del raciocinio; raciocinio que en este tema podemos inferir ausente en el niño o la niña y aun en las adolescentes, cualquiera de ell@s captad@s, inclusive, por los efectos de la fascinación, de la seducción y tal vez de la imitación.
O sea, en tanto corpus y en tanto caro, en tanto cuerpo y en tanto su alternativa de lesionar la espiritualidad de la víctima, el daño es de tal índole que reclama, en cada situación, diagnóstico diferencial, con clara vigencia de lo psíquico, de lo corporal y de lo sacral como categoría reconocible en el sujeto, es decir, con perspectiva de una unidad inmanente, inseparable de él.
Lo vivencial
Vivencias implica mente, emociones y cuerpo respecto de la propia sexualidad. Sin necesidad de la aparición del trauma, el sujeto puede procesar de manera traumática sus vivencias acerca de la sexualidad, particularmente de las representaciones de su sexualidad reprimida. El resultado de esa represión es que el efecto irrumpe, no ante el recuerdo y/o representación de sus vivencias sexuales, sino como lo que ha sido vivido, sin lograr ser significado, es decir hablado, tramitado y de ese modo aquellas vivencias continúan produciendo efectos.
(Los lacanianos dirían que lo que se fija es un goce que irrumpe como lo vivido y no ante el recuerdo, que no ha sido significado y eso sigue generando efectos.)
Cuando la víctima puede comenzar a hablar, inicia un proceso significante que, paradójicamente, a medida que se desarrolla, incluye una sensación de "lo imposible", un vacío en su comprensión que al mismo tiempo se anuda en la características simbólica de su narración. En éste se introduce un particular fenómeno de fantasma: habla de lo que le parece imposible haber vivido, imposibilidad que resulta asociada, anudada con el significante que la palabra le aporta.
Jorge Gómez Alcalá
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