Quién y de quién soy
13.02.08 @ 10:45:56. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Colaboraciones, Salud Mental
Un sueño
En una época en que Janet decidió construirse una pequeña habitación en una zona soleada de su jardín, tuvo el siguiente sueño:
“Estaban haciendo construir la habitación cuando apareció una habitación pre-fabricada y fue colocada directamente en la casa. Fue muy rápido. La habitación era de ladrillos. Luego ella pensó que era piedra de York o algo así; no le gustaba. Luego cuando la miró nuevamente, era de cristal.”
Janet relacionó este sueño con el hecho de haber sido un bebé pre-fabricado para su mamá. A su vez, quería que su habitación evolucionara con el tiempo, como ella con su tratamiento. La asociación con las paredes de cristal tenía que ver con un punto de separación de Janet con su madre relacionado con una bandeja de cristal que gustaba a su madre y a ella no. “Podía ver que eran dos personas distintas con diferentes gustos”.
Dice la terapeuta que comprendió lo de la habitación como una expresión simbólica del verdadero yo de Janet así como una habitación de reemplazo de su consulta que ella estaba creándose anticipándose a la separación con ella.
En otra oportunidad Janet llegó a su sesión y preguntó en broma: “¿Quién soy hoy?” Decía sentirse sana por primera vez en su vida, y que eso la hacía enfadarse ya que se enfrentaba a la idea de terminar su terapia y dejar a la terapeuta. En este contexto la terapeuta incluye un suceso reciente que entiende como un apartamiento temporal de la posición de neutralidad analítica. Suceso que tenía que ver con la muerte de su propia madre.
En el momento del fallecimiento de su madre, la terapeuta debió cancelar u ofrecer un cambio de horario de dos sesiones. El momento coincidió con la vuelta de Janet de unas vacaciones. Janet se sintió bastante desorientada, y se preguntó por qué la terapeuta habría tenido problemas con sus horarios. Frente al pedido de la terapeuta de asociar a este respecto, respondió que lo único que podía pensar era que o bien que se las había dado a otra persona en su ausencia o que era su manera de quitársela de encima y que la estaba rechazando. En este punto la terapeuta sintió que mantener el enigma podía ser abrumador para Janet.
Le dijo entonces: “Otra vez tiene dificultades en separarnos y vernos como dos personas diferentes”. Janet entendió que algo malo pudo pasarle a la terapeuta. Ésta, con algún recelo (“no sé cuanto puedo decirle sin cargarla”), decidió contestar las preguntas de Janet. Así, le confirmó la muerte de su madre y el deterioro de su salud de los dos últimos años. “Esto era extremadamente doloroso para ambas”, y agrega: “En esas circunstancias parecía la única manera natural y honesta para mí de hacerlo”. Comenta que Janet agradeció esta actitud diciendo que era la primera vez que alguien había sido honesta con ella, que era la primera vez que había sido tratada como una adulta.
La siguiente sesión, que tuvo lugar después del funeral, Janet se presentó con una planta para ella. Hablaron del funeral pero luego Janet volvió a hablar de sus propias dificultades. La terapeuta entendió que Janet se sentía agradecida y a su vez preocupada por ella: “...¿no ve qué siempre me han ocultado la verdad? ¿no ve lo que usted me ha dado?....” Al irse dijo: “Todavía no se le ve bien”.
Llegado a este punto la terapeuta reflexiona acerca del sentido de haber involucrado a Janet en detalles sobre su vida personal cuando la práctica ortodoxa demanda lo contrario para la protección del paciente. Justifica su actitud en base al diagnóstico, la evidencia de las condiciones que produjeron un falso self, la descripción de Janet como un bebé casi muerto como consecuencia de carecer de una madre suficientemente buena, la máscara que se colocó al morir su madre, el ansia de cumplir por miedo a ser rechazada en la transferencia, la muerte de su madre que le hace “revivir su trauma original de haber sido abandonada. su verdadero y vulnerable yo se reveló, exhibiendo así su falso yo...”. Agrega, además, que la interrupción luego de las primeras seis semanas de tratamiento, reactivaron en Janet el abandono y que durante esa interrupción Janet encontró un modo de descubrir sus verdaderos orígenes.
Así, apunta que el trabajo con Janet hizo que se cuestionase la viabilidad de mantener una posición de neutralidad analítica con pacientes cuyo problema consiste en un falso self.
Para finalizar, agrega que el trabajo con Janet, fue en un 99,9% “un trabajo psicoterapéutico corriente”, pero que sin ese 99,9%, por supuesto, no podría existir el 1%, y que lo que ha pasado en ese 1% ha sido fundamental, “ha sido en esos momentos en los que hemos tenido contacto directo como dos seres humanos corrientes, y esos momentos, creo, han permitido a Janet encontrar su propio yo. En esos momentos se me ha pedido que fuera yo misma –mi verdadero yo- y no una terapeuta enigmática”.
En este interesante trabajo la autora nos invita a reflexionar sobre un aspecto importantísimo de nuestra práctica clínica como es la revisión particular de cada caso, y como nuestra posición teórico-técnica influye de modo decisivo sobre el proceso terapéutico de cada paciente.
Sue Johnson toma el concepto de neutralidad analítica como modo de revisar ciertos prejuicios teóricos que condicionaban su práctica en los momentos casi iniciales de su trabajo como analista. Nos dice que en ese momento ella buscaba su “verdadero self como analista”.
Mi reflexión es que de alguna manera esa es la búsqueda que cada uno de nosotros hacemos alrededor de nuestra tarea cotidiana como analistas, del cuestionamiento permanente de nuestros principios teóricos y de nuestra practica clínica, de proponernos a cada paciente en su singularidad como una exigencia de trabajo especifico que nos lleve desde la teoría a la búsqueda de la técnica como “una forma de intervención particularizada para cada paciente en función de la estructura de personalidad y cuadro psicopatológico y en cada momento diferenciado del proceso, analizando cuidadosamente qué intervenciones son terapéuticas y cuáles refuerzan la patología” (H. Bleichmar, Avances en Psicoterapia Psicoanalítica, 1997).
Entiendo que, frecuentemente, y más aún al comienzo de nuestra actividad como analistas, padecemos de un conflicto que deviene de un fuerte investimiento del ideal analítico, de la búsqueda del autentico psicoanálisis que hace que cualquier cuestionamiento se nos presente como supuestas desviaciones del campo de “la verdad” y del “oro puro del psicoanálisis ”.
A mi modo de ver este trabajo nos muestra la riqueza y vitalidad que surge del intercambio paciente/terapeuta y de los verdaderos puntos de inflexión que marcan los supuestos abandonos de la neutralidad analítica por parte de la terapeuta. En este sentido, si pensamos en la definición que Sue Johnson toma sobre neutralidad donde se alude a indiferencia, falta de apasionamiento, y la propia definición de Freud, es evidente que con relación al cuadro de esta paciente el concepto de neutralidad analítica debe ser reformulado.
Especialmente cuando Janet descubre su origen y se vuelve muy curiosa con la analista, y en el episodio en que Janet llega temprano y la terapeuta no la saluda. Resulta importante la revisión que hace aquí la terapeuta que le permite reflexionar acerca de cómo su ideal teórico y sus sentimientos contratransferenciales, dados por la excesiva necesidad de dependencia de Janet, le hicieron actuar de un modo “forzado y grosero”, que hizo que una paciente con estas características, en un estado de regresión tan importante se sintiese herida, confusa y volviera a revivir en la transferencia la desconfianza y temor al engaño que caracterizaba su sentir hacia la madre.
Por otro lado, Janet necesitaba una relación de dependencia con ella y creaba así una atmósfera de exigencia enorme para la analista y, a su vez, de grandes expectativas respecto a ella misma.
Jorge Gómez Alcalá
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