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Quién y de quién soy

Permalink 13.02.08 @ 10:45:56. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Colaboraciones, Salud Mental

Janet volvió de sus vacaciones nerviosa y tensa. Miró a la terapeuta directo a los ojos para decir: “He tenido un shock, y sabía que tenía que esperar a que usted regresara”; luego comenzó su relato con mucha dificultad: ella y su marido habían ido al pueblo donde vivía su hermana y donde ella había crecido.

En una conversación le preguntó a su hermana por qué a veces la llamaba por su segundo nombre. La hermana contestó: “Bueno, ése es tu nombre –ése es el que aparece en tu partida de nacimiento”. Janet dijo que nunca había visto su verdadera partida de nacimiento –se había extraviado- y la única que tenía era la que los niños ilegítimos tenían. Su hermana dijo: “¡Bueno, eso es lo que eres!”.

En ese momento su hermana se levantó enfadada, salió de la habitación y volvió con la partida de nacimiento de Janet diciéndole: “ Aquí está, léela!”, Janet miró la partida y vio que los nombres de sus padres no eran los de las personas que la habían criado. La terapeuta describe la escena de una Janet conmocionada e incrédula. La hermana de Janet creía que ésta ya sabría acerca de la historia de su nacimiento, dado que antes de irse Janet a la comunidad terapéutica había planeado ir en busca su árbol genealógico y que entonces en ese momento se habría enterado de la verdad.

La hermana contó a Janet que había sido adoptada a las siete semanas: la persona que había conocido como su padre había resultado ser su tío, el hermano de su padre natural. Su madre biológica era una mujer que Janet conocía como tía Margaret.

Dice la terapeuta: Traumatizada como estaba cuando contaba esto, Janet dijo que cuando vio la partida de nacimiento, entendió algo y de repente descubrió quien era.

Entonces, los sucesos en la vida de Janet comenzaron a tener sentido para ella. Hasta ese momento cuando Janet no entendía algo pensaba que “estaba loca”, sus recuerdos desde las salidas semanales con la tía Margaret (no así sus hermanas), las alusiones de ésta acerca de cosas que Janet no entendía y que, ahora, veía como mensajes en que la tía Margaret quería decirle que era su madre, amenazas de su madre de enviarla al orfanato si se comportaba mal, la sumían en una fuerte confusión y entonces siempre se enrollaba en posición fetal en una silla de la cocina y se ponía a dormir.

Recordaba reconfortarse con el pensamiento de que si ya no podía soportarlo y no podía continuar así, siempre tenía la posibilidad de suicidarse.

En este punto del relato, la terapeuta toma la siguiente cita de Winnicott en “Niños adoptados en la adolescencia”: “El adolescente necesita averiguar acerca del mundo real, y sobre esa importante parte del mundo real que gira en torno al enriquecimiento general de las relaciones por instinto.

Los niños adoptados necesitan esto especialmente porque se sienten inseguros sobre su propio origen... Casi todo es valioso si es verdadero, y para cuando un niño está cerca de una crisis la necesidad es tan urgente que aún los hechos desagradables pueden constituir un alivio. El problema es el misterio, y la consecuente combinación de fantasía y realidad, y la carga del niño con la emoción potencial del amor, el enfado, el terror, el disgusto, que es de esperar que nunca pueda experimentarse.

Si la emoción no se experimenta, nunca se puede dejar atrás”. (Winnicott, 1955, p.141-142). “Los niños tienen un modo misterioso de llegar a conocer los hechos al final, y si descubren que la persona en que ellos han confiado les ha engañado, eso les importa mucho más que lo que hayan descubierto.” (Winnicott, 1955 p.146).

Dice la terapeuta que en esa época Janet se sentía furiosa, rechazada, confusa y asustada, y en terapia hizo una fuerte regresión. El marido la llevaba y recogía de las sesiones y la terapeuta sentía que Janet había depositado su “función cuidadora” en ambos. La frecuencia de las sesiones se aumentó primero a cuatro y luego a cinco sesiones semanales.

Tomando de Winnicott, conceptos como “territorio neutral” (Winnicott, 1950, p.143), “área neutral de experiencia” (Winnicott, l952, p. 239), y “zona neutral” (Winnicott 1971, p.64), sintió la terapeuta que ésa era la zona que ambas ocuparon durante un largo tiempo, y que el pedido de Janet en ésa época era el de fuera proveedora de un espacio en el que trazar nuevamente el camino de su vida y no el de “una terapeuta interpretadora”.

Cita también el siguiente párrafo de Winnicott: “La búsqueda puede provenir sólo de un vago funcionamiento amorfo, o quizás de un juego rudimentario, como si estuviera en una zona neutral. Sólo aquí en este estado desintegrado de la personalidad, es que aquello que describimos como creativo, que puede aparecer. Si esto se revela, pero sólo si esto se revela, llega a formar parte de la personalidad organizada individual, y finalmente es lo que hace que el individuo sea, que se encuentre; y finalmente le permite a él/ella mismo/a postular la existencia de su yo. (“Winnicott, Juego, actividad creativa y la búsqueda del yo”, 1971, p. 64).

Janet comenzó a realizar una búsqueda de los detalles de su vida temprana. Sus cuatro padres habían fallecido. A través de sus hermanas se enteró que su madre había perdido una pequeña niña antes que ella naciera. Janet entró en su familia a las siete semanas y la habían descripto como “casi muerta”. Se enteró también que su padre natural había aportado regulares contribuciones económicas a sus padres para su manutención y que había terminado sus días en una institución mental.

Paralelamente a la búsqueda para averiguar sus raíces, Janet estaba inconscientemente motivada en enterarse de detalles sobre la vida de la terapeuta, que era un ser humano vivo – no muerto, como sus padres -. Este exceso de curiosidad de Janet fue vivido por la terapeuta como un comportamiento excesivamente intrusivo. Janet, por ejemplo, escudriñaba el correo que a veces estaba sobre el felpudo al salir de sus sesiones; así descubrió que la terapeuta recibía cartas desde el extranjero de su madre, por la semejanza del segundo apellido.

En otra ocasión, cuando apareció otro segundo nombre en una carta, ella se enfureció y pidió saber cuantos nombres tenía. Situación que le permitió enfadarse en el presente en asociación al enfado que ella no pudo expresar por la connotación de su propio segundo nombre.

En una oportunidad, la terapeuta volvía de su paseo matinal con su esposo, y aunque era aún temprano, Janet y su marido estaban esperando fuera. Dice la terapeuta: “Reconocí el coche a la distancia mientras nos íbamos acercando y me sentí muy incómoda y avergonzada de ser vista fuera de mi casa con ropa descuidada (lo contrario a mi ropa de trabajo) y decidí simplemente pasar por delante del coche sin reconocer a Janet.

Esta acción tuvo que ver con mi idea teórica de mantener una frontera alrededor de la sesión pero, en términos humanos comunes, fue forzado y grosero, y Janet se sintió confundida y profundamente herida de que no hubiera reconocido su presencia y la hubiera saludado”. Agrega la terapeuta que el haber pasado como si no hubiese visto a Janet había sido “un comportamiento falso” que seguramente transmitió a Janet. Dice: “Cuando entró a la sesión enfadada porque yo no la había reconocido, interpreté que estaba enfadada conmigo por aparecer fuera a una hora en que ella no esperaba verme.

Bastante acertadamente ella se negó a aceptar esa interpretación dócilmente y me presionó a que le dijera por qué no la había saludado. Fue sólo cuando finalmente admití verdaderamente que la había visto y me había sentido incómoda y avergonzada que ella fue capaz de calmarse”.

Para la terapeuta éste es considerado como un punto crítico en el tratamiento de Janet ya que ésta había captado su “inautenticidad” y fue capaz de enfadarse y pedir explicaciones. También piensa que esta confrontación produjo un cambio en la transferencia: pasar de un estado de fusión y por lo tanto de control omnipotente a ser considerada “como una persona con propio derecho, propia incomodidad y vergüenza”. Dice: “En términos de Winnicott, me había transformado en un objeto que podía ser usado”.

Cita a continuación la autora el siguiente párrafo de Balint sobre el trabajo con el paciente en regresión: “Es verdad, el analista debe estar preparado para algunas épocas de prueba, especialmente con respecto a su sinceridad. Lo que estos pacientes no pueden tolerar es el no recibir la verdad, la pura verdad y nada más que la verdad de su analista. Como regla son hipersensibles en cualquier caso; pueden reaccionar con dolor y separación a cualquier muestra de no sinceridad, aún a la que se encuentra bajo el título general de formas convencionales de buenos modales”. (M. Balint, 1968, p.187).

La terapeuta sintió que en la transferencia ella se había transformado en la madre mentirosa y en un personaje poco confiable en la realidad y creía que Janet le temía. En esa época Janet parecía convencida de que así como su madre se había quedado con ella por el dinero que pasaba su padre natural, la terapeuta sólo la atendía por dinero.

Otro episodio que relata la terapeuta es cuando una mañana Janet se despedía al final de su sesión y comentó que la veía cansada. Dice que respondió espontáneamente que había estado despierta mirando una final deportiva. Esta información pareció agradarle, “ me había sorprendido de mí misma responder algo de mi propia realidad”. Además, enfatiza que las preguntas de Janet y averiguaciones intrusivas decrecieron a medida que ella estuvo más preparada para darle información ocasional.

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