Las nuevas patologías en la clínica psicoanalítica
11.02.08 @ 10:00:05. Archivado en Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Psicología, Colaboraciones, Salud Mental, Sexualidad
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Difícil dilema porque no es lo central el síntoma como formación de compromiso entre el deseo inconsciente y las exigencias del otro social. Lo que queda es prioritariamente el vacío y la angustia. Pero es un vacío disociado de la falta que se manifiesta en una fragmentación y dispersión del sujeto que puede dar lugar a lo que Bion llamó terror sin nombre.
Sabemos que una de las finalidades del comportamiento adictivo es liberarse de estados afectivos displacenteros. La falta de representaciones parentales cuidadoras hace al sujeto incapaz de protegerse desde dentro ante esas situaciones afectivas. Surgen, entonces, situaciones adictivas, una de ellas la sexualidad adictiva, de la cual hablé en otro artículo, para paliar la falta de objetos parentales internos suficientemente buenos en el sentido de Winnicott.
Cuando el drogadicto se siente como encadenado a su objeto de adicción, sea el trabajo, alcohol, narcóticos o los otros como objetos de necesidades narcisistas o sexuales, esta esclavitud está lejos de ser la meta de la búsqueda adictiva. Ese objeto es experimentado como “bueno”, pero fuera de nosotros, como una promesa sin fallas ni esperas, que atempera la angustia y da sentido a la vida. Es un objeto idealizado y controlable que resuelve la sensación de muerte interna.
Es un hecho hoy en día la dimensión adictiva de la sexualidad humana, donde no hay una madre internalizada capaz de atemperar el sufrimiento psíquico y donde la búsqueda inmediata del sexo-droga por diversas vías anestesia la imagen castrada de sí mismo, la pérdida de fronteras del yo y la sensación de muerte libidinal. Permite la ilusión de mantener un control omnipotente sobre el otro a través de diversas vías que facilitan las nuevas tecnologías, sexo en Internet, cibersexo, prostitución a la carta. En cualquier caso es un control omnipotente sobre el otro.
En el trabajo analítico, en mi opinión, será necesario la salida a la luz de las fases emocionales arcaicas, pudiendo el adicto distinguir la angustia (terror al futuro) de la depresión (dolor por el pasado) en el contexto de un trabajo psicoanalítico donde pueda desarrollarse una fuerte transferencia con la persona del analista, evitando la compulsión de descargar la tensión con la acción inmediata, tomando contacto con la intolerancia a la tensión afectiva.
Hay momentos en que el paciente necesita que se le diga que el derrumbe, el miedo, el vacío que destruye su vida, ya tuvo lugar. Es un hecho escondido en el inconsciente que se lleva de aquí para allá. El paciente debe seguir persiguiendo ese detalle del pasado, que todavía no fue experienciado, que adquiere la forma de una búsqueda de ese detalle en el futuro.
A menos que el analista pueda operar con éxito sobre la base de que ese detalle es ya un hecho, el paciente seguirá temiendo encontrar lo que busca compulsivamente en el futuro. El camino queda abierto para experienciar la agonía en la transferencia.
En esta clínica del vacío la importancia de la máscara no está, como en la histeria, en el juego de las identificaciones. Ya sabemos que la clínica de la histeria es una clínica de la falta porque elige su máscara como modalidad para que exista el deseo del otro. Sin embargo, en esta clínica del vacío, la máscara permite la supervivencia psíquica del individuo donde dicha máscara no es ni siquiera un recubrimiento fálico, sino la institución de un sujeto que no existiría de otro modo. Es la cobertura de un vacío de ser fundamental que protege de la muerte.
Alfonso A. Gómez Prieto
Director del Arco de Estudios Psicoanalíticos de AEP
e-mail: algozpri@teleline.es
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Jorge Gómez Alcalá
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