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La vejez, en el psicoanálisis y en la post-modernidad

Permalink 05.02.08 @ 10:27:52. Archivado en Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Psicología, Salud Mental, Otros Autores, Salud, Investigación

En lo que concierne a las reacciones del analista frente a la posibilidad de analizar a un viejo... indudablemente habría que cuestionarse si dichas reacciones son provocadas por el viejo, ante el que se abre (o se cierra) la posibilidad del análisis, o quizás por la vejez que ha llegado a presentarse ante el analista de una manera casi intrusiva y amenazante.
Reacciones contratransferenciales ante el paciente viejo

La intensidad y riqueza de la vida enmarcada rígida y exclusivamente en un número de años; el recuento obsesivo del tiempo; el pensar que la sola edad cronológica determina la calidad y potencialidad del ser humano; todo eso consideramos es un absurdo...

En 1982 la Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento fijó la edad de 60 años para marcar el inicio de la vejez. ¿Pero de qué clase de vejez hablamos? El envejecimiento es un proceso y con el primer minuto de vida empezamos a envejecer.

Esta vejez cronológica de los 60 años, camina de la mano de otras “vejeces”. La vejez biológica, la vejez psicológica, la vejez social. Todas ellas van de la mano, todas ellas caminan juntas. En ocasiones una se adelanta a la otra, en ocasiones una es más evidente que la otra y en ocasiones una oculta a la otra. Pero están ahí todas.

Cuando un paciente viejo llega a nuestro consultorio, ¿qué es lo que vemos? ¿qué espejo nos devela? ¿a qué vejez nos confrontamos?

Recuerdo ahora a Josefina; una paciente que desde la primera llamada telefónica despertó en mí fantasías contratransferenciales nunca antes experimentadas. Todo comenzó con una llamada que podría haber sido como muchas otras: una ex-paciente que me refería a una persona conocida. Recuerdo esa llamada de hace ya más de 8 meses: “Dra. Casamadrid, me dijo, quería ver la posibilidad de que viera usted a mi abuelita, creemos que está muy deprimida, está bien de salud pero no quiere salir de su casa…, tiene 87 años…” Al oír la edad de 87 años, mi escucha se tornó diferente. Nunca he tenido una paciente de edad tan avanzada, pensé.

¿El problema será de ella o será de la familia quien no puede con la vejez de la abuela…? Como un torrente llegaron asociaciones a mi mente: Mi madre tiene ya 82 años, pensé, y mi abuela va a cumplir 100 en unos meses más, ¿llegará con vida a esa fecha? De repente, como nunca antes me había sucedido, mi mente estaba llena de interrogantes, llena de dudas, llena de expectativas nuevas hacia el tratamiento de una paciente muy vieja… ¿qué me esperaría en el transcurso de un tratamiento de una paciente de 87 años, si todo eso lo había generado tan sólo una llamada telefónica? Yo me cuestionaba.

Las tardanzas, las cancelaciones, las ausencias, que generalmente son resistencias de nuestros pacientes al tratamiento analítico; en el trabajo psicoterapéutico del viejo se tornan mucho más complejas y difíciles de analizar. Generalmente los viejos y debido principalmente a sus limitaciones físicas, no son autónomos ni independientes, en esta etapa de su vida se convierten en hijos de sus hijos, o como en el caso de Josefina, hija de su nieta…

A Josefina la veo los martes, los martes a las 18:45; siempre llega unos minutos antes acompañada y apoyada de su nieta, digna y amorosa sustituta del bastón de Josefina. Pero un martes, al despedir al paciente anterior, me doy cuenta de que Josefina no había llegado, espero y me imagino que su tardanza se debería a que había llovido mucho esa tarde y el tráfico debería de estar insoportable, consulto mi reloj: 18:50, no debe de tardar en llegar, pienso, ella siempre es muy puntual… 18:55, la semana pasada le empezaba un catarro, dicen que una simple gripe puede degenerar en neumonía en los viejos… 19:00 ¿qué pasa, por qué no llega? ¿por qué no me habrá hablado para cancelar…?

Nunca había faltado. ¿Se habrá enfermado de repente? ¿Será algo grave? ¿Estará hospitalizada? ¿Podrá continuar con el tratamiento?, íbamos tan bien… ¿Cómo estará Josefina…? De repente oigo el interfono… Los fantasmas desaparecen: era ella. Abro la puerta, espero unos minutos, que es lo que le lleva a Josefina caminar de la puerta de entrada hasta la de mi consultorio…

La veo llegar, igual que desde hace 8 meses: con una sonrisa, con su caminar lento, apoyada en su nieta… “Perdón doctora, se apresura a decir la nieta, pero no pude salir a tiempo de mi trabajo y se me hizo tarde para pasar por mi abuelita”.

No podemos poner en duda que la confrontación con las arrugas y la decrepitud del otro nos impacta de alguna manera. Enfrentarnos a la posibilidad de que sea la muerte la que ponga punto final a un tratamiento psicoterapéutico, elaborar el duelo de dicha pérdida; tener a la muerte tan cerca, convivir con ella, saber que siempre se pierde la lucha de la vida; nos confronta con nuestra debilidad, nuestra finitud y despierta las fantasías de nuestro propio envejecimiento y muerte, y las fantasías de los envejecimientos y muertes de los Otros de nuestra historia.

Moreigne (1992) reflexiona acerca de los orígenes de la ansiedad que se despierta en el analista ante la petición de análisis de una persona mayor, ansiedad que determina su reticencia habitual a aceptarlo en el trabajo analítico y se refiere a lo que significa en estos casos el carácter interminable de la cura, ya que es probable que sea la muerte quien termine con ella, y ante esta situación nos enfrentamos al problema de cómo plantearnos el duelo de dicha cura cuando algo inevitable nos arrebata al paciente.

El análisis del viejo requiere que el analista tenga la capacidad de contener las ansiedades que le producen al viejo su soledad y su necesidad de trascendencia. El campo afectivo del viejo se ve importantemente reducido debido a sus limitaciones físicas y en ocasiones emocionales, y principalmente al aislamiento al que lo confina la gente que lo rodea debido a las resistencias que en ellos provoca la vejez del Otro.

Bajo esta perspectiva, la relación analítica cobra en el viejo un significado muy importante, la función de las sesiones psicoterapéuticas tienen otra más allá de la estrictamente analítica, trascienden a eso. Son una manera de estar en el mundo y el psicoanalista, se convierte en el Otro que los escucha, convirtiéndose así en el heredero de su historia, con toda la carga contratransferencial que esto significa.

El registro contratransferencial en la situación clínica con el paciente viejo, está matizado por la fantasía inconsciente del analista en lo referente a las personas –pacientes o no– de esta edad.

El paciente viejo ha sido visto como rígido, inmotivado e incapaz de cambio, sin embargo, los conflictos inconscientes carecen de caducidad y las representaciones transferenciales, así como las reconstrucciones genéticas son perfectamente abordables por la técnica clásica en el paciente viejo, si no existe de por medio en el analista una parálisis derivada del impacto contratransferencial que lo anterior le puede producir.

Una de las posibles causas de esta parálisis, si se da, es el ser ajeno al hecho de que el paciente en esta edad, si bien conserva una estructura básica determinada por las neurosis infantil y adolescente, está todavía, aunque en una primera aproximación sea cuestionable, inmerso en un proceso de cambio dinámico, al menos de naturaleza potencial. Cambio que incluye por supuesto la calidad de las neurosis infantil y adolescente como etapas normativas del desarrollo, pero que no termina con ellas.

Otra posible causa de este conflicto contratransferencial lo constituye el hecho de que al aceptar en tratamiento a un paciente, la correspondiente valoración clínica nos llevará indefectiblemente a la percepción de que tenemos enfrente a una persona que no sólo está en un proceso de cambio, sino que además del cúmulo de aspectos clínicos emergentes en una sesión, este proceso se dirige hacia el final de la vida; es un proceso de cambio en el que si bien el paciente puede “crecer” todavía mucho, resolver conflictos, tener una conducta mucho más adaptativa, etc., es un proceso ya cargado al momento actual de pérdidas, duelos acabados o no, por capacidades ya no más disfrutadas pero que pueden ser paliadas por los posibles logros de un trabajo psicoterapéutico o psicoanalítico todavía potencialmente fructífero y gratificante.

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