Lo Real en el Sujeto y en la Sociedad
28.12.11 @ 19:39:44. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Teoría, Filosofía, Política, Salud Mental, Sexualidad, Investigación
Jorge Gómez Alcalá
La ciencia y el psicoanálisis frente a lo real
Es poco probable que haya en nuestro mundo algo que sea más preciso y objetivo que las ciencias, según el punto de vista que nos dan los propios científicos y que es aceptado sin ambigüedades por el llamado sentido común. Todas las teorías construidas hasta ahora se apoyan en tres características que me parecen importantes destacar: el hecho natural u objeto de la investigación, una cierta relajación y acomodamiento del pensamiento, y en la percepción sensorial.
Estos argumentos “científicos” se dan por hechos, tratando de convencernos de que el conocimiento que aporta la ciencia empírica es algo bastante parecido a una fotografía de la realidad o a una copia o reproducción de las particularidades propias de los diferentes fenómenos que ocurren en el mundo.
Esta concepción de la ciencia trata de introducir en nuestros conocimientos una imagen propia de cierta seriedad que nos oculta que la experimentación científica es en realidad una producción, una construcción que realizan los hombres y no una simple y llana constatación de algo establecido de antemano. La ciencia es, y a esta conclusión es fácil llegar estudiando a los clásicos ya sean pensadores o filósofos, un efecto y una consecuencia del pensamiento platónico.
Su exactitud, su supuesta certidumbre, no son otra cosa que la negación básica de ciertos principios, como la falibilidad, la imposibilidad de lograr una seguridad definitiva y arribar a la verdad, y de lo contingente que subyace a toda experiencia de conocimiento, pues ésta se encuentra comprometida por el deseo y el devenir nunca previsibles y menos aún mensurables. Como decimos en Psicoanálisis, debemos reconocer la “falta”, aquello que nos falta constitutivamente, inherente a nuestra natural imperfección, que es aquello que hace que sea imposible cualquier aproximación a la certidumbre muy a pesar de todos nuestros esfuerzos.
De esta manera caemos en la cuenta de que la ciencia es el resultado de una determinada manera de ver las cosas, que consiste en ordenar y organizar los objetos y fenómenos del mundo, de tratar de capturar sus leyes de funcionamiento y especialmente sus repeticiones, haciendo desaparecer de nuestra percepción todo aquello que se nos presenta caóticamente y que inevitablemente queda fuera del campo perceptivo y del conocimiento.
La ciencia no nos muestra como son los hechos, como suceden las cosas, solo nos marca el comportamiento ideal de leyes que en la realidad nunca se dan en forma separada sino en una combinatoria concreta y específica. Estas leyes científicas nunca surgen de una lectura directa e inmediata de las formas en que se comporta aquello que denominamos Real.
La ciencia no nos sirve en bandeja lo Real, sino que lo explica, o al menos eso intenta, por medio de construcciones, algunas de ellas complejas, que denominamos teorías. No surgen de la simple e ingenua observación sino que implica siempre la existencia de supuestos previos que son puestos a contrastar por vía de la experiencia y de la repetición. Pero lo fundamental es que la ciencia implica apela a la construcción de teorías. Estas son necesarias para sentar las bases y el avance del conocimiento.
La mera observación no es inocente y objetiva, capturamos “la realidad” de forma diferente de acuerdo a los supuestos que organizan la mirada de cada investigador. Directa o indirectamente interviene la subjetividad. Por lo tanto, a la presentación de paradigmas diferentes corresponden experiencias también diferentes que establecen por lo tanto categorías disímiles en relación a los mismos objetos del mundo, aquellos que hemos tomado de referencia. De aquí es fácil deducir que es imposible que exista un lenguaje neutro que pudiera remitirnos directamente a lo Real en forma inequívoca y así resolver diferencias que surjan o crear las condiciones para una comunicación fácil y sencilla que nos permita avanzar.
La consecuencia se nos hace evidente: dos teorías no pueden resolver con argumentos dialécticos sus diferencias porque sus protocolos de validez no son homologables. No son los mismos. Partimos de supuestos distintos. De esto se deduce claramente que no existe “el” método científico, pues éste depende de su objeto específico y varia en cada caso de acuerdo a los puntos de partida que utiliza cada investigador para trabajar sobre él.
Las ciencias no comparten un método (aunque esto les duela y mucho a los investigadores positivistas), sino la rigurosidad metódica en sus empeños. Las teorías científicas no están comprobadas, no son la verdad, en tanto son imposibles de comprobar. Siempre nos podríamos encontrar en algún momento con un contraejemplo, que podría poner en cuestión aquello que creíamos era acertado. Se puede establecer categóricamente una teoría como falsa, y hay multitud de ejemplos de ello, pero es imposible demostrarla verdadera en forma definitiva.
Llevar las teorías que enunciemos a contrastarlas con la experiencia es indudablemente necesario y parte de nuestro empeño, pero no podemos validarla aunque pase la prueba. Incluso podría ocurrir que existieran varias teorías supuestamente verdaderas sobre el mismo objeto que se investiga. No seria excepcional. Y esto es así porque la ciencia no progresa firme y linealmente, sino por rupturas. Cuando surge una nueva teoría habitualmente plantea un corte, un salto, una discontinuidad con la anterior. Implica un progreso. Una teoría científica no se cae por un contra ejemplo. Si nos alejamos de la imaginería experimentalista podemos aceptar que una teoría resiste casos adversos hasta tanto exista otra mejor, superior, que sea capaz de resolver esos problemas planteados de forma más clara y precisa.
Ninguna teoría se derrumba hasta tanto exista otra que la sustituya, por lo cual una teoría se sostiene mientras sus contra ejemplos sean pocos y siga siendo útil para resolver los problemas que nos plantea esa concreta investigación. Además debemos tener en cuenta, y esto es muy importante, que los científicos son seres humanos individuales y subjetivos que se encuentran inmersos en la resolución de problemas específicos de investigación, y que suelen ser absolutamente inconcientes de los supuestos teóricos que orientan su actividad. No obstante, la mayoría de ellos creen enfrentarse directamente con la “realidad” y no asumen o no quieren asumir estar mediados por supuestos conceptuales específicos y subjetivos.
El científico no es simplemente un inocente buscador de verdades sino un sujeto con su propia singularidad que se encuentra múltiplemente condicionado, y lo primero que busca, es obtener un reconocimiento dentro de la comunidad a la que pertenece. Sé que esto pueda resultar polémico pero creo que se ajusta a la verdad. Las tomas de distintas posiciones en el campo del conocimiento se ven afectadas por situaciones de contexto ajenas a lo científico mismo, de lo cual el propio científico ni siquiera se percata.
La ciencia está fuertemente relacionada con la dominación y el poder, con intereses específicos que condicionan su tipo de perspectiva o con necesidades pragmáticas del aparato político y económico. No descubrimos nada con esto que digo pues hay multitud de autores que han trabajado profundamente el tema. Lo cierto es que la ruta positivista que habita la mentalidad de nuestros científicos está lejos y se desvía de la objetividad y neutralidad que tanto pregonan.
Ahora bien, en lo que a nosotros nos toca, ¿Qué hay de Real en la experiencia psicoanalítica? En nuestros trabajos teóricos e investigaciones comprobamos que el significante, la palabra, en tanto tal, empuja o presiona hacia una significación pero no nos la da en forma directa. Hay disyunción entre el significante y el significado. Una palabra puede remitirnos a diferentes significaciones. De allí que el corte, lo que denominamos escansión, forme parte muy importante del acto del analista.
El corte analítico consiste en no admitir que la significación que el significante no nos entrega directamente (que nos escamotea) venga a ser rellenada con otros significantes o significaciones que se proponen en sustitución de la significación que falta. Eso que falta, falta por algo. Y eso es del orden de lo Real, de lo inconsciente. No permitimos en nuestra práctica que se produzca un desvío de ese sentido que buscamos en el inconsciente y que permanece latente y oculto para nuestro conocimiento y el de nuestros pacientes.
Por este vericueto técnico el psicoanálisis aísla el significante del conjunto del discurso, lo empuja hacia lo Real, lo fuerza a mostrar que el efecto inconciente que ejerce sobre el sujeto es previo y no pertenece al campo de la significación supuesta que nos ha transmitido. En el registro de lo Real, opera sobre el sujeto precisamente porque éste no tiene el sentido. No lo posee directamente. Su relación con otros significantes u otras palabras distintas añade un sentido diferente que sirve para ocultar lo esencial: que él, el significante, opera en el más completo sin-sentido.
Analizarse nos lleva a entender que la palabra no es el instrumento más idóneo para hacerse entender, sino que es útil solamente para expresar el síntoma, ya que éste responde a la estructura misma del lenguaje, sustituyendo la emergencia de la significación. Es por eso que Lacan sostuvo que el síntoma es lo único que conserva y da un sentido en el orden de lo Real. Viene a ocupar el lugar del sentido. Es la expresión de lo conflictivo Inconsciente.
Lo cual nos lleva a pensar que de lo que se trata no es de lograr que lo escuchen y entiendan otros, (tarea imposible), sino de expresar que no se entiende, que no se escucha su goce del significante que está en lo Real y que éste síntoma está allí porque no cumple su función de significación. Por eso el síntoma se convierte en nuestra referencia clínica fundamental, el elemento central, que nos autoriza a situar la dirección personal que cada sujeto o persona encontró para su vida. Esta manifestación sintomática es la orientación de lo Real, la expresión del significante que ha sido excluido, tanto del campo de la significación como del sentido.
Como nos dice Lacan, lo Real es lo que no tiene sentido y a pesar de ello encuentra en el síntoma un representante en el campo del sentido. Y vaya si se hace oír. El síntoma es lo que proviene de lo Real y se hace carne. Se manifiesta.
Lacan no creía en el progreso. En ningún tipo de progreso. Por eso siempre vuelve sobre sus pasos cada vez que va avanzando. Tal vez también por eso disolvió su escuela. En uno de sus trabajos más complejos, “La tercera”, vuelve sus pasos hacia lo dicho en el año 53 en su primera conferencia de Roma, (Función y campo de la palabra....), donde introdujo la teoría de los tres registros. Lo cual no evita que al regresar, lo repetido, difiera. Es una de sus versiones de la repetición (tiene cuatro). Es el principio del acto, es decir de una verdadera repetición. Agregar retroactivamente sobre la primera ocurrencia, sobre la primer idea, una diferente, modificándola.
En esta ocasión Lacan reseña tres definiciones de lo Real. Ninguna es descartada. Ninguna es mejor. Las tres son buenas aunque incompletas. La tercera, como dije, hace referencia al síntoma que viene de lo Real. En la primera Lacan dice que lo Real es lo que retorna siempre al mismo lugar. Es lo que insiste permanentemente. Esto nos permite distinguir Real de realidad. La realidad es visualizada por nosotros como un mero acontecer.
En su seminario sobre “La Psicosis” nos dice que el sujeto debería reencontrar su objeto (el objeto que le falta para ser completo: la madre) y no lo reencuentra jamás. Y en esto consiste el principio de realidad. Lo que retorna no lo hace a la realidad, sino que vuelve adonde el sujeto no percibe lo que no obstante le es propio. Lo Real alterado por el significante es lo inconciente.
La segunda definición es la que intenta aprehenderlo mediante lo que él llama “lo imposible” como modalidad lógica. Allí aparece el “síntoma neurótico” como “la única solución de lo imposible”. Lo imposible de lograr es volver a ser el falo de la madre, lograr ese estado de satisfacción plena que añorará el sujeto permanentemente.
El campo de la realidad, que es el campo de manifestación del fantasma, y que es aquello que interponemos entre nosotros mismos y el objeto para que éste se vuelva deseable, es el territorio donde “todo es posible”, porque no sucede. Es producto de nuestro pensamiento deseante. Por eso la raíz Real del síntoma, que se depura y define con claridad en psicoanálisis, a partir de sus múltiples manifestaciones, el síntoma de lo Real, suele despertarnos sorpresivamente. Aquí pasa “algo”. Por lo tanto el análisis no es un retorno a un estado anterior como sueñan las psicoterapias y sus epígonos. Apunta a consumar una verdadera repetición, en la certeza de que lo mismo, repetido, difiere. Por eso Lacan no utiliza la dialéctica como método fundamental en psicoanálisis sino a la repetición.
Pero no solo eso. Lacan en su última versión sobre la repetición nos dice que la repetición es una conmemoración. Y lo que se conmemora, como podéis adivinar, es ese primer momento traumático de encuentro con lo Real. Con lo Real del síntoma inconsciente. Y allí aparece la angustia.
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