Tolerancia y discriminación
16.05.10 @ 00:46:40. Archivado en Violencia, Cultura, Política, Educación, Salud Mental, Prensa
Entre la desigualdad y la diferencia
Cuestión de vida o muerte: la tolerancia, esa fórmula inventada por los liberales del siglo XVIII para contener las prácticas discriminatorias, deberá en este siglo ceder paso a la promoción de la diversidad, la igualdad y la discriminación a través de políticas concretas.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-1359-2010-04-30.html
Por Flavio Rapisardi
En el siglo XXI, las prácticas discriminatorias constituyen una realidad insoslayable. Si bien en todas las sociedades y culturas, y en distintas épocas históricas, el fenómeno de la discriminación adquiere distintas configuraciones (racismo, xenofobia, persecución política, racismo ambiental, discriminación hacia la diversidad sexo genérica, violencia de género y otras formas de marcaje, exclusión y/o represión), la construcción de otro/a diferente sobre los/as que las distintas sociedades proyectan y regulan su funcionamiento en modos que llegan hasta el aniquilamiento (Shoá, genocidio armenio, la matanza de los pueblos indígenas y afros, entre otros), permanece como una práctica social y cultural que desde las organizaciones sociales y formaciones políticas democráticas, nacionales, populares y progresistas venimos enfrentando.
Haciendo un poco de historia, el siglo XVIII encontró en la “tolerancia” una fórmula para combatir las prácticas discriminatorias. Sin embargo, a más de dos siglos de aquella propuesta liberal que permitió la convivencia social y cierta productividad cultural, no podemos seguir pensando en los mismos términos, en tanto una política antidiscriminatoria tiene que superar la jerarquización implícita en dicha propuesta. Por esto hoy hablamos de “diversidad, igualdad y no discriminación” como una propuesta superadora de la anticuada tolerancia que propusieron nuestros antepasados libertarios/as en un marco de enfrentamientos religiosos.
Desde los años ’70, los debates sobre discriminación abandonaron el terreno político-teológico delineado por la tolerancia y han intentado ser encorsetados por cierto progresismo académico y por sectores de la izquierda criolla bajo la denominación de “meramente culturales”, lo que no sólo pone de manifiesto la pobre noción de cultura con la que discuten, sino también que esta operación constituye un grito de “macho herido” frente a la pérdida de privilegios epistemológicos por parte de la sacrosanta academia y sus lugartenientes a manos de movimientos como el feminista, los de carácter étnico o de diversidad sexual, entre otros. Las carcajadas de la antropología post-estructuralista son algo más que un ejercicio frívolo: les puso el punto a los intentos de hablar por otros/as.
Sin embargo, esta caída en desgracia del tercero en cuestión fue acompañada por dos movimientos culturales (y entiéndase por “cultura” algo tan concreto como el proceso material de producción de estilos del vida, de acuerdo con Raymond Williams): un multiculturalismo acrítico que festejó las diferencias como valores en sí mismos y sin ningún anclaje ideológico de fondo, y distintas perspectivas políticas (la queer entre ellas) que se interrogaron sobre el carácter crítico de la diferencia en su relación con los modos de exploración de la desigualdad. Por esto, la discriminación no puede ser considerada simplemente un modo de ignorancia, o un problema de tipo moral-cognitivo, sino como un modo de regulación en el que se pone en juego el conjunto de las relaciones sociales: así, el machismo funcionó en los orígenes de la Revolución Industrial como una manera de ampliar la extracción de plusvalía de los varones laburantes con mucamas gratuitas bajo el nombre de “esposas” (la familia célula básica de la sociedad), lo que se reforzó, en el mismo momento histórico, con la aparición de la “homosexualidad” como especie a ser borrada por su improductividad, junto con las personas con discapacidad y la explotación de afros e indígenas.
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Jorge Gómez Alcalá
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