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Verguenza y culpa

Permalink 01.04.10 @ 11:57:07. Archivado en Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Filosofía, Psicología, Religión, Salud Mental, Otros Autores, Investigación

Por David Warjach * y Diego Zerba **

¿La vergüenza es lo mismo que la culpa? Plantearemos que la vergüenza y la culpa inciden decisivamente en el anudamiento de lazos sociales diferentes.

La vergüenza sorprende, irrumpe, muchas veces desorienta. Especialmente cuando no se hace posible ponerla en la cuenta de la culpa. Esto es lo que sucede cuando uno se detiene en el testimonio que da Primo Levi en su libro La tregua, al relatar la sensación de los prisioneros del campo de concentración nazi ante la llegada de los soldados soviéticos en la liberación: “Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien”. El mismo Primo Levi, en Los hundidos y los salvados, dedica un capítulo a analizar la vergüenza del prisionero del campo, y aun del sobreviviente: “Si hay vergüenza, es por culpa, al punto de hacerse ambas indiferenciables. Un pan no compartido, una mezquindad al momento de aprovechar el tenue hilo de agua que se había encontrado, el haber mantenido la vida mientras otros sucumbían, esto es: ‘vivir en lugar de otro’, todos estos podrían ser motivos de culpa y, por lo tanto, de vergüenza del sobreviviente”.

Giorgio Agamben se percata de que estas conclusiones velan una verdad a la que el mismo Primo Levi se había acercado: en Lo que queda de Auschwitz, se extiende en un análisis que se orienta hacia la explicación de la vergüenza sin referencia a culpa alguna. Sus argumentos son diversos, sólo expondremos aquí un hecho tomado del testimonio de Antelme. Se trata del rubor que había invadido el rostro de un joven italiano en el momento inmediatamente previo a ser fusilado por un oficial de las SS, durante la evacuación que los nazis realizaron del campo de Büchenwald, cuando la llegada de las tropas aliadas era inminente. Ese rubor se produjo cuando el joven se percató de que el elegido para ser asesinado era él y no otro. “Es difícil olvidar el rubor de este anónimo estudiante de Bolonia, muerto durante la marcha, solo, en el último momento, en el borde de la carretera junto a su asesino”, escribe Agamben.

Nada en particular ameritaba que hubiese sido él el elegido. Nada permitía discernir por qué moriría él y no otro. La vergüenza no podría entonces ser por vivir en lugar de otro. Aun oscura en su determinación, la vergüenza se revela aquí como dimensión constituyente del sujeto, y previa a cualquier involucramiento del peso de un valor moral que pudiera inducir la culpa. “Se aclara ahora en qué sentido la vergüenza es verdaderamente algo como la estructura oculta de toda subjetividad y de toda conciencia”, escribe Agamben. Al mismo tiempo, la vergüenza brinda indicio de un vínculo social, de una lógica de lo colectivo que, sin dejar de constituir la subjetividad en referencia al otro, no se confunde con la lógica constitutiva de la masa. Es más, puede plantearse que se recupera en el instante en que la masa cesa.

Freud, al introducir la estructura libidinal de la masa en sus elaboraciones, dejó planteado que toda masa genera su moral, y que toda moral es moral de una masa; de este modo la culpa, en tanto solidaria a la moral, quedó ligada al efecto de masa. Fue así que Freud comenzó a concebir la culpa como una pandemia que se extendía sobre la civilización, en contrapunto con el sujeto y la afirmación de su deseo. Sin embargo, la idea de que la estructura del sujeto del inconsciente es indiferenciable de la de la cultura –en los mismos textos de Freud–, puso sobre aviso que quizá debía concebirse otra lógica de lo colectivo.

En oposición a la extensión del efecto “masa-moral”, se desprenden otros efectos. Uno, que en nuestros días ha conseguido carta de ciudadanía entre los llamados “trastornos mentales”, es el pánico, acompañado por el ineludible carácter de advenimiento abrupto y avasallante denunciado por los términos que suelen precederlo: “ataque de”. Siguiendo los lineamientos de Freud sobre la estructura libidinal de la masa, el pánico es el afecto que invade a los miembros de la misma cuando se ven disueltos los lazos que los unen entre sí, por ruptura del lazo con su líder. Por esto, si bien el pánico se ubica en relación con la masa, lo hace en el punto exacto en el que ésta deja de ser.

Independientemente de cuál sea la realidad que se le adjudique al denominado “ataque de pánico”, debe reconocerse, por lo que revelan los pacientes que dicen padecerlo, que –salvo excepciones– no lo exhiben públicamente o, por lo menos, hacen esfuerzos denodados por no exhibirlo. Generalmente dichos esfuerzos incrementan el malestar clínico, constituyendo, curiosamente, parte del cuadro descrito por los manuales de psiquiatría. Invariablemente el motivo por el cual se intenta ocultar queda en las sombras, apenas entrevisto como una difusa vergüenza. Difusa, imprecisa, a veces titubeante, pero no por eso menos eficaz. Decía una paciente: “Yo no sabía qué me pasaba, sufrí durante muchos años esos problemas. Hasta que un médico me dijo de qué se trataba. Eran ataques de pánico. Claro, antes todavía no se había descubierto”. Sin embargo, que hubiera conseguido darle entidad reconocida a lo que padecía no había evitado que, “por vergüenza”, hiciese lo posible para ocultar todo indicio de su padecimiento.

La vergüenza es indisociable de la mirada. Para pensar su anterioridad lógica respecto del tándem moral-culpa, es necesario tener en cuenta esta primera relación. Lacan, en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, la plantea en estos términos: “La preexistencia a lo visto de un dado a ver”. Un dado a ver puede ser tomado desde distintas posiciones por el otro. Una puede ser: avasallándolo con la mirada.

Pongamos el siguiente ejemplo extraído de la observación de un niño pequeño: “Para la misma época en que cumple un año, su mamá comenta que Manuel está intentando caminar sin ayuda. En principio, se mantiene quieto en brazos de alguien, hasta que se lo coloca en el suelo. Puesto en el piso, no manifiesta más interés por estar allí que por quedarse en brazos. Se aferra con las manos a la silla y mira a su alrededor. Amerita la conjetura de que encuentra un puerto seguro, para proveerse él mismo lo que el ambiente no da. La actitud de la mamá cambia bastante en cuanto se le acerca un niño tres meses menor que él: se pone seria, no parece disfrutar de que su hijo interactúe con otro niño. Su atención se desliza a este otro niño que, a sus nueve meses, camina sin mayores dificultades y es bastante simpático y sociable. Finalmente, no tolera más la situación, lo toma nuevamente en brazos y se sienta (Gabriela Carrasco Bax y Diego Zerba: Prevención temprana de un fracaso ambiental; inédito). Al volver su atención a Manuel, su mirada lo borró del lugar en el que estaba para aferrarlo a sus brazos.

Otra puede ser, como plantea Donald Winnicott, la posición de espejo que le permite al niño la experiencia de existir: “El hecho de yo existo es visto o comprendido por alguien [...] Me es devuelta (como la imagen de un rostro reflejado en el espejo) la evidencia necesaria para saber que he sido reconocido como ser” (El proceso de maduración en el niño). Por esta vertiente, la vergüenza se hace presente cuando el niño es sorprendido por la mirada en el preciso momento en que se encuentra a solas.

Winnicott plantea la paradoja de “estar a solas cuando otra persona se halla presente”. Su comienzo es temprano y se hace posible, en primer término, por la función de la madre, que despierta confianza en el niño a partir del apoyo que le brinda al yo. “La etapa siguiente consiste en encontrarse solo en presencia de alguien. El niño juega entonces sobre la base del supuesto de que la persona a quien ama y que por lo tanto es digna de confianza se encuentra cerca, y que sigue estándolo cuando se la recuerda, después de haberla olvidado.” La confianza que posibilita estar solo en compañía de alguien, como condición del juego, deviene “de la experiencia de estar solo en presencia de la madre”. Esta es la condición inicial para que –entre otras cosas– haya estructura libidinal de la masa.

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