Psiquiatria peruana
16.10.09 @ 10:49:16. Archivado en Personajes, Psicología, Salud Mental, Investigación
Dr. Alfonso Mendoza Fernández
El tres de marzo de 1985, fallecía el Dr. Humberto Rotondo, una de las figuras más destacadas de la psiquiatría peruana, cuya vida y obra están indisolublemente ligadas al Hospital Hermilio Valdizán, del cual fue su principal animador y a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en cuyo seno realizó una fecunda tarea como formador de médicos y de especialistas en psiquiatría y en otras áreas de la salud mental.
Pero, la obra de Rotondo es mucho más rica y compleja de lo que sugieren las líneas antedichas. Su incesante proceso de reflexión y creación lo llevó a descollar en otros ámbitos del quehacer intelectual. Como auténtico hombre de ciencia fue un agudo observador de la realidad, de la que intentaba aprehender su esencia sin caer jamás en posturas reduccionistas, consciente de que las hipótesis que construimos deben ser sometidas a una constante verificación y que los datos que nos informan de un hecho cualquiera son susceptibles de lecturas a veces contradictorias, expresión de la singularidad y creatividad del espíritu humano.
Rotondo dio pruebas de su capacidad como investigador al realizar, junto a un selecto grupo de profesionales, una investigación epidemiológica en una zona en desorganización social, la desaparecida barriada de Mendocita, obra que rebasa los límites de la psiquiatría para erigirse en un modelo de la investigación psicosocial en el Perú. Puede decirse que este trabajo anticipa muchos de los problemas que luego se hicieron acuciantes y motivaron estudios complementarios o ampliatorios -desde diferentes perspectivas- en los dominios de la psicología, la psiquiatría y las ciencias sociales, tales como la interrogación acerca de la naturaleza de las relaciones entre la organización social y la enfermedad mental, o sobre el perfil organizacional y el modo de funcionamiento de las familias de los sectores populares, o en torno al impacto de la pobreza sobre la configuración de la personalidad, o el efecto de los procesos migratorios sobre el tejido social, la familia y el individuo, o sobre la magnitud y las manifestaciones de la violencia doméstica, o en cuanto al papel psicoprotector de las redes sociales de soporte, etc, problemas todos ellos que nos remiten inevitablemente a su obra magna, punto de partida de la moderna psiquiatría social en el Perú.
Fiel a una concepción biopsicosocial de la psiquiatría que su paso por Johns Hopkins sellara definitivamente, entrelazada a una sólida formación humanista, Rotondo se resistió siempre a los cantos de sirena de las posiciones reduccionistas. Ávido de conocimiento, bebió en las más diversas fuentes, recogiendo lo que consideraba valioso, buscando permanentemente una integración siempre posible, aunque siempre precaria. Fervoroso cultor de la psiquiatría social no era, por su propia formación ajeno a otros temas. Fino psicopatólogo, insuperable maestro de la entrevista, seguía atentamente los avances de la psiquiatría biológica y miraba con simpatía los desarrollos de la concepción sistémica tanto como los aportes de la psicología del aprendizaje, del cognitivismo y la terapia comportamental, al mismo tiempo que no era extraño a la reflexión filosófica sobre las vicisitudes de la existencia humana en un mundo cada vez más incierto y violento.
Formado en la escuela psicobiológica de Adolf Meyer, nutrido de las enseñanzas y el espíritu científico e innovador de un investigador como Gutiérrez Noriega, y con una clara comprensión del rol de los sistemas psicosociales y culturales en la patogenia de la enfermedad mental, Rotondo asume, en 1961, la tarea de transformar la primigeniamente proyectada Colonia agrícola del Asesor, que debía albergar a una parte de los pacientes crónicos del Larco Herrera, en un hospital de corte moderno, en un centro de puertas abiertas, en la que los pacientes viviesen en un clima de relaciones interpersonales genuinas, restaurador del equilibrio personal y capaz de movilizar las potencialidades y recursos de los mismos con miras a su readaptación. Llevar a la práctica tales concepciones, en un medio como el nuestro, suponía abrir una trocha con la audacia y tenacidad del pionero. Tal es el mérito histórico de Rotondo.
En el nuevo hospital se hace realidad el sueño de una comunidad terapéutica adaptada a nuestro medio y, bajo la dirección de Rotondo, psiquiatras que luego tomarían las más diversas orientaciones, sientan las bases de desarrollos que habrían de enriquecer los dominios de la psiquiatría social en el Perú. Rotondo impulsó muchos programas y servicios con el fin de darle al hospital una orientación acorde con la dignidad del hombre. Fue su preocupación el reforzamiento de la consulta externa y la humanización del tratamiento psiquiátrico. Propició una política de estancias cortas para evitar la institucionalización del paciente y el síndrome de exclusión familiar. Para él, el internamiento, cuando no podía evitarse, era solo un eslabón de una cadena de servicios integrados y la meta del tratamiento era la reinserción del paciente en el seno de su familia y su comunidad. Sólo así puede entenderse el verdadero sentido de la comunidad terapéutica y la necesidad tanto del diagnóstico precoz y del tratamiento oportuno cuanto la de impulsar programas de rehabilitación con el propósito de que el paciente vuelva a ser una persona integrada y productiva o, por lo menos, alcance el máximo nivel de adaptación posible y pueda vivir en un ambiente protegido y estimulante, lejos de la estigmatización y la marginación de la vida social. Todo esto debía complementarse con el “seguimiento” del paciente y una amplia comunicación con la familia, a fin de asegurar el cuidado extra hospitalario y disminuir la frecuencia de recaídas y readmisiones.
Como se comprenderá, esta política preventivo asistencial, abierta, flexible, integrada y humanista, requería establecer también programas educativos destinados a contrarrestar las expectativas de los familiares, de los propios pacientes y de figuras claves de la comunidad, en quienes prevalece todavía una actitud custodial, que privilegia la hospitalización prolongada y con escasos contactos con el mundo extramural. Como fruto de esta tesonera labor el Hospital Hermilio Valdizán cuenta hoy con servicios y programas de alta calidad profesional, que mucho deben a las incitaciones y consejos del Dr. Rotondo. Tal el caso de los Departamentos de Psiquiatría Infantil y del Adolescente, de Análisis y Modificación de la conducta, de la Familia y Sistemas Humanos, de las Unidades de Rehabilitación, de Seguimiento, de Alcoholismo, de Farmacodependencia, del Programa de Psiquiatría Comunitaria, así como del Centro de Rehabilitación para Farmacodependientes de Ñaña, para citar algunos ejemplos.
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Jorge Gómez Alcalá
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