Homosexualidad y Psicoanálisis
18.09.09 @ 13:03:48. Archivado en Psicoanálisis, Cultura, Psicología, Salud Mental, Sexualidad, Prensa
Aunque Sigmund Freud jamás consideró a la homosexualidad como enfermedad o como perversión, muchos de sus herederos no sólo negaron el derecho de las personas homosexuales a ejercer el psicoanálisis, sino que también las señalaron como carne obligada de diván y de posible “cura”. A pesar de que han transcurrido casi 40 años desde que la Asociación Psiquiátrica Americana quitó a la homosexualidad de la lista de las enfermedades mentales, aún hoy ronda el fantasma de la desviación en algunos consultorios. Y, sin dudas, el tema de las familias “homoparentales” vuelve a dividir las aguas y a poner en jaque la concepción de la normalidad, del modelo moral y correcto del que esta disciplina suele colocarse como fiel guardián.
Por Patricio Lennard
”La homosexualidad no es, desde luego, una ventaja, pero no hay nada en ella de lo cual avergonzarse: no es un vicio, ni un envilecimiento y no podría calificársela de enfermedad; nosotros la consideramos como una variación de la función sexual provocada por una interrupción del desarrollo sexual. Muchos individuos sumamente respetables, de los tiempos antiguos y modernos, fueron homosexuales, y entre ellos encontramos a algunos de los más grandes hombres (Platón, Miguel Angel, Leonardo da Vinci, etcétera). Perseguir la homosexualidad como un crimen es una gran injusticia, y también una crueldad.”
Con estas palabras, Sigmund Freud trataba de tranquilizar a una mujer norteamericana que le había enviado una carta en 1935, angustiada por la homosexualidad de su hijo, y a quien lejos de ilusionarla con la posibilidad de “desarrollar los marchitados gérmenes de heterosexualidad presentes en todo homosexual”, le dejaba en claro que si algo podía hacer el psicoanálisis por él era disipar las inhibiciones que pudiera tener en su vida social, pero no revertir una situación en la que no había nada que fuera de por sí patológico. La respuesta, publicada en 1951 junto con la correspondencia de Freud y citada en la biografía escrita por Ernest Jones, se ha vuelto famosa por la elocuencia con que el padre del psicoanálisis expone allí su punto de vista sobre un tema del que no se ocuparía demasiado en su obra. Algo que nada tiene que ver con el descuido o la omisión sino con su idea de que ningún homosexual era forzosamente objeto de diván, salvo que fuera también un neurótico.
De hecho, como clínico, Freud se excusó varias veces de tratar a pacientes homosexuales, quienes muchas veces acudían a él a instancias de un psiquiatra, un médico de familia o un pariente como la madre norteamericana. No en vano son casi inexistentes los casos protagonizados por homosexuales en su obra. Con la sola excepción de una joven homosexual que trató hacia 1920 y cuyo análisis quedó trunco luego de que ella tuviera un intento de suicidio y Freud decidiera derivarla. Pero lo cierto es que para él los homosexuales no constituían “casos”, por lo que no había razón alguna para ponerlos por escrito. Y esa manera abierta y desprejuiciada de entender la homosexualidad, que en parte se debía a su creencia de que todo sujeto es susceptible de hacer esa elección sexual en función de la bisexualidad que está en la base del psiquismo, también se ve en cómo Freud sostuvo hasta su muerte –a contrapelo de la opinión de la mayoría de sus colegas– que no había motivos para que se les negara a los homosexuales la solicitud como aspirantes a psicoanalistas.
Fue esa controversia la que dividió, en diciembre de 1921, a los miembros del Comité Directivo de la IPA, la internacional freudiana, luego de que los analistas berlineses se negaran a otorgar ese derecho a los homosexuales, desoyendo al propio Freud y a Otto Rank, quienes bregaban porque la homosexualidad fuera considerada un factor neutral en la evaluación de los candidatos, o directamente no fuera tenida en cuenta.
En nombre del padre
Así quedaban al desnudo las diferencias sobre el estatuto de la homosexualidad que existían –y continuarían existiendo– entre Freud y muchos de sus continuadores. Un debate en el que Anna Freud desempeñaría un papel central, tergiversando las tesis de su padre. “Ella misma, de quien los medios psicoanalíticos sospechaban que mantenía una relación ‘culpable’ con su amiga Dorothy Burlingham –apunta Elizabeth Roudinesco en su libro La familia en desorden–, militó contra el acceso de los homosexuales a la jerarquía de analistas didácticos y, al mismo tiempo, promovió la idea, contraria a toda realidad clínica, de que una cura exitosa debe encauzar a un homosexual por el camino de la heterosexualidad.” Concepciones que junto con la creciente influencia que por aquellos años tenía la sociedad psicoanalítica norteamericana y la nosografía psiquiátrica (recién en 1974 la American Psychiatric Association, presionada por los movimientos gay-lésbicos, retiraría a la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales) contribuyeron a que se siguiera considerando la homosexualidad como una patología hasta bien entrado el siglo XX.
Cuando en 1964 fundó la Escuela Freudiana de París (EFP), Jacques Lacan, contrariamente a sus colegas de la IPA, brindó a los homosexuales la posibilidad de ser psicoanalistas. Y si bien la decisión de prohibirles el acceso a la profesión nunca llegó a ser una regla escrita en los estatutos de la IPA (lo cual permitió que algunos de sus partidarios dijeran que no existía y, por ende, que no era necesario derogarla), la posición de Lacan explica “por qué hay más psicoanalistas homosexuales ‘visibles’ en las actuales sociedades psicoanalíticas salidas de la antigua EFP que en las filas pertenecientes a la IPA” (la cita, otra vez, es de Roudinesco). No extraña, entonces, que en 2002 Daniel Widlöcher, presidente de la IPA, se comprometiera públicamente a poner en práctica una política de no discriminación hacia los homosexuales dentro de la institución, lo que equivalía a decir que antes se los discriminaba... Un síntoma de cómo la asociación psicoanalítica más importante a nivel mundial no puede, hasta el día de hoy, terminar de erradicar sus prejuicios sobre el tema.
La Argentina, por supuesto, no está al margen de ello. “Yo quisiera separar la posición del psicoanálisis de la posición de los psicoanalistas, porque los psicoanalistas no son un todo homogéneo. Hay tantas maneras de leer a Freud como de leer a Faulkner. Y lo que hace tal o cual grupo psicoanalítico puede estar más ligado a qué tipo de clientela consigue y a cuáles son las demandas de esa clientela. Si no, no existirían los líos que existen: Lacan por un lado, Freud por el otro, Melanie Klein, etcétera, etcétera”, opina Germán García, director de la Fundación Descartes y uno de los psicoanalistas más prestigiosos de la Argentina. “Más que hablar de los psicoanalistas, habría que atender un poco al origen social que compone un colectivo profesional. Dentro del psicoanálisis, hay personas de clase media alta que cuando se divorcian lo ocultan porque es como en el ejército: queda mal, no está bien visto. Un psicoanalista tiene que estar casado, tener hijos. Y si bien entre los psicoanalistas argentinos de clase media hay una actitud menos prejuiciosa, no veo que haya psicoanalistas gays y lesbianas que construyan un discurso desde su sexualidad. No se animan o tratan de ser discretos. Y en algunos casos hasta optan directamente por no hacer clínica, evitando tener su consultorio y sus pacientes. Pero más allá de que la comunidad psicoanalítica tenga, de manera silenciosa, prejuicios sobre el tema, parte del error reside en que todavía haya analistas gays y lesbianas que transigen ante esos prejuicios.”
Pequeña aclaración
Se sabe que la categoría de perversión jugó un papel no menor en el asunto. “No es que el psicoanálisis haya considerado la homosexualidad como una perversión durante mucho tiempo sino que hay que ver qué significa en psicoanálisis el concepto de perversión”, dice García. “La idea de que hay una identidad homosexual es posterior a Freud, y para él el psicoanálisis mismo consiste en cuestionar que alguien tenga identidad. Mi identidad es producto de múltiples identificaciones, incluso contradictorias entre sí. Freud decía que ‘el niño es perverso polimorfo’, y ahí ya queda claro que la palabra perversión no tiene el mismo sentido que podía tener, por ejemplo, en el discurso psiquiátrico o en el código policial.” En efecto, Freud no clasificaba la homosexualidad como tal en la categoría de las prácticas sexuales perversas (zoofilia, fetichismo, coprofilia, exhibicionismo, etcétera) y distinguía la perversión de los actos sexuales perversos que tanto hombres como mujeres podían realizar, fueran homosexuales o no.
“Para el psicoanálisis existen tres estructuras clínicas: neurosis, psicosis y perversión”, explica la psicoanalista Anabel Salafia, quien en 1974 formaba parte del grupo encabezado por Oscar Masotta que fundó la Escuela Freudiana de la Argentina. “La homosexualidad es, en todo caso, una conducta sexual, una elección de objeto, una posición diferente respecto del goce. En psicoanálisis se habla de elección sexual, pero no se trata de una elección de la conciencia. Es algo que se le impone al sujeto y que lo vive como una tendencia, como algo incoercible. La elección sexual se produce en los primeros años de la infancia, y el sujeto que realiza una elección homosexual en la mayoría de los casos lo puede verificar en sus recuerdos perfectamente. Vale aclarar que el análisis no está destinado, de ninguna manera, a cambiar esa posición, ya que la homosexualidad no es un síntoma. Salvo que alguien consulte porque quiere cambiar esa conducta sexual que lo perturba, lo cual es muy poco frecuente.”
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Jorge Gómez Alcalá
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