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El profeta Ezequiel y los santos varones

Permalink 14.09.09 @ 10:56:10. Archivado en Cultura, Filosofía, Política, Religión, Salud Mental, Sexualidad, Prensa

ROZITCHNER, León

La Iglesia Católica romana muchas veces prohijó la muerte; instaló el terror mortal en el sexo, en lo más elemental y pujante de varones y mujeres. Esta tradición, por suerte, fue excluida de sus costumbres y sustituida por métodos más persuasivos. Monseñores, en cambio, actualizando esa estela, citan al profeta Ezequiel para traernos de nuevo la imagen de la muerte como castigo merecido para el pecado.

No es extraño que acudan a uno de los profetas judíos que esgrime las amenazas más sanguinarias y crueles para marcar con el terror humano la ley divina en el cuerpo. Pero menos extraño es aún que monseñores acudan al mismo texto bíblico, entre muchos otros, en el que se apoyó también explícitamente la Inquisición medieval para realizar durante cuatro siglos la caza de brujas. Desde 1484, en una Bula de Inocencio VIII, la Iglesia Católica santificó el extermino, sobre todo de mujeres; pusieron en los temidos cuerpos de hembras, las lujuriosas, el lugar del Demonio. Este terror se expandió a fines del siglo XV hasta mediados del Siglo XVIII, y condujo a las torturas y a la hoguera a millares y millares y brujas y brujos, acusados de copular con el diablo. Desaparecieron en el fuego, dicen, casi un millón de personas. Bello capítulo de los "derechos humanos" para la religión del amor inmaculado. Por eso hemos incluido, como epígrafe, las citas del profeta Ezequiel, en quien tanto los inquisidores como los monseñores apoyan textualmente sus sagradas pulsiones intolerantes. Amenazan con la muerte de los cuerpos sexuados para limitar el desborde de la pasión y el amor puesto en las mujeres y en los homosexuales.

"Si el justo se aparta de su justicia, comete el mal y muere, a causa del mal que ha cometido muerte. Y si el malvado se aparta del mal que ha cometido para practicar el derecho y la justicia, conservará la vida" (Ezequiel, 18) Citado por monseñor en su Misa para Varones como represalia a la querella presentada por Gays por los Derechos Civiles por cuanto ese personaje siniestro comentó que las lesbianas y los gays deberían ser encerrados en guetos.

"Yo los colocaré en las manos de los habitantes de Palestina, o sea los demonios, que habrán de avergonzarse de vuestras iniquidades, o sea de los pecados contra natura. Porque no hay pecado que dios no haya tantas veces castigado como ése, a través de la muerte vergonzosa por la mano de las multitudes" (Ezequiel, 19 citado en El martillo de las Brujas, Malleus Maleficarum), pág. 92 y 378, ed.en portugués). Código escrito en 1484 por los inquisidores dominicanos Krames y Sprenger. Precedida de una Bula de Inocencio VIII.

"La espada, la espada está afilada y aun acicalada/ para desgollar víctimas está afilada, acicalada está para que relumbre/ ... /para entregarla en manos del matador.//Esta es espada de gran matanza que los penetrará./Para que el corazón desmaye y los estragos se multipliquen; en todas las puertas de ellos he puesto espanto de espada. Ah, dispuesta está para que relumbre, y aderezada para degollar" (Ezequiel. 21;9 a 15) Monseñor cita el parágrafo 18 de Ezequiel, los inquisidores del siglo XV citan el 19 y el 21. Yo agrego otros trozos del 21, que prolongan los anteriores. Se comprende el aire de familia y tradición que une a monseñor con los inquisidores.

La amenaza mortal en la cita que monseñor hace del profeta Ezequiel nos deja helados: nos quiere seguir curando, pero de espanto. No se preocupa por la significación humana y amorosa de los cuerpos, que es el legado cristiano: queda atrapado, la cruel mirada fija, en la mera materialidad de los órganos sexuales. Y si los inquisidores creían realmente que las brujas volaban como pájaros negros, los monseñores siguen creyendo que los homosexuales tienen "realmente" al demonio en sus cuerpos. No es una figura retórica ni una imagen literaria. Monseñores siguen pensando con los mismos textos y con las mismas categorías mentales de los inquisidores medievales. Lo cual es un peligro enorme para la ciudadanía, pues monseñor es el cardenal primado de la Iglesia Católica en la Argentina. Como es ya sabido, los sacerdotes que están en la iglesia hacen lo que sienten: han renunciado a la sexualidad como la expresión más acabada del espíritu. ¿Quién podría negarles su coraje? Pero desde la libre elección que han hecho sobre el uso de sus propios cuerpos, que nadie discute, algunos de ellos, irritados, están muy preocupados por lo que nosotros, los que vivimos nuestra espiritualidad en la carne misma, hacemos libremente con los nuestros. Y nos bajan línea tenebrosamente por interpósito profeta: nos vienen a decir, justamente a nosotros, bajo amenaza de muerte divina, cómo debemos vivir, y con qué afecto, nuestro propio cuerpo histórico y sexuado.

En el fondo de nuestra carne enamorada, por amor de padre y madre, todos llevamos también profundamente a un hombre y a una mujer, entrelazados por el amor, en nuestro cuerpo de hombre o de mujer históricos. En cada uno se vive esa cifra del amor tal como en su corazón, secretamente y por caminos inexplicables, se ha resuelto. El sacerdote católico, por conversión total, excluyó de su cuerpo la sexualidad inferiorizada, y renunció a ella. Con la misma libertad también debería pensarse que todo cuerpo elige desde sí, histórica e involuntariamente, la forma humana (hombre y mujer) que despierta su amor más entrañado, desde la más profunda marca jugada de su ser sensible y hasta místico; el objeto y la forma de su amor carnal privilegiado. Monseñor está muy preocupado con lo que cada uno hace, privadamente, con su propio cuerpo. Pero no le preocupa lo que con nuestro cuerpo hacen los otros, los que tienen el poder económico, militar y político. De todo el horror contemporáneo de todos los entrelazamientos contra natura y contra el hombre, monseñor descubre ante los fieles al enemigo principal, al lugar de residencia del demonio: en el modo como vivimos nuestro sexo.

Santos varones hubo que se macularon de sangre hasta el alma con la guerra sucia, donde se realizaron delitos atroces y aberrantes, pero les piden a los demás que tengan el cuerpo sexual puro y limpio. Monseñor no declama contra el escándalo de la pobreza, la expropiación de la vida, el hambre, la enfermedad y la desespiritualización convertida en rapiña. No, sólo quiere saber una sola cosa: qué destrucción de la forma canónica del amor detecta en la reivindicación valerosa de un cuerpo que dice la verdad de su carne enamorada. Y allí se ensañan, con todo el viril y santo ardor estos varones, con la mirada inquisidora fija en las entrepiernas. Santa preocupación, en verdad, frente a la muerte histórica que estamos viviendo, mientras los mercaderes, que siguen yendo al templo, no ven al inocente Jesús que se quedó sólo en un rincón, crucificado con su amor, indefenso. Necesitan separar al espíritu de los orines y las heces, entre los que nacemos como dios manda. Soportan los hedores de la expropiación de la vida cotidiana, como antes consagraron la "purificación por la sangre" ajena en los asesinatos y los crímenes atroces que algunos estimularon en los genocidas. Apoyan ahora con fervor la "modernización" capitalista, aniquiladora de millones de personas, avalando la lógica cuantitativa y monetarista de neoliberalismo. Privilegian como dogma de fe al "materialismo" de la economía de mercado: se rinden, espirituales, a la crueldad inmisericorde de las leyes de hierro sin sujeto humano. Allí se olvidan de los cuerpos dolorosos, de los millones de inocentes crucificados; no son cuerpos sexuados los cuerpos destruidos, los angelitos tiernos que se van de la vida, los viejos explotados a los que les ofrece el suicidio como único viático, los pechos vaciados de las mater dolorosas de los barrios de lata. La opción por los pobres es como siempre, simbólica: cumplen con lavarle los pies a uno de ellos humildemente, una vez al año. Y no hay escándalo en este horror de la miseria y el hambre, en el país de la abundancia, de las mieses y el ganado: esos cuerpos sufrientes de varones y mujeres, en su realidad carnal, son cuerpos simplemente despreciados. Sólo buscan en el cuerpo individual, en el centro de su forma sexuada, la marca mortal del pecado.

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