Lacán y su conferencia de prensa en Roma
17.07.09 @ 16:07:36. Archivado en Personajes, Psicoanálisis, Teoría, Entrevistas, Filosofía, Política, Educación, Religión, Prensa
CONFERENCIA DE PRENSA DEL DOCTOR LACAN
(El 29 de octubre de 1974 en el Centre Culturel Français de Roma)
J. LACAN: He tornado mis posiciones en el psicoanálisis, era en 1953 exactamente. Hubo un primer congreso en octubre, en Roma. Creo ‑yo no lo he pedido‑, imagino que han pensado para mí en algo así como un aniversario. No es poco veintiún años; son los veintiún años durante los cuales he enseñado de una manera que, podría decirse, fue decisiva en mis posiciones. Ya había comenzado mi enseñanza dos años antes de 1953. Tal vez hayan pensado en esto.
Por otra parte, yo no tenía ninguna razón para poner objeciones, tanto más cuanto que Roma, a pesar de todo, es un lugar que conserva una gran jerarquía, y muy especialmente en lo concerniente al psicoanálisis. En caso de que venga usted a oír lo poco que he preparado ‑nunca se sabe lo que puede ocurrir‑, porque algo he preparado para ellos; esperaban que yo hablaría; no quise que lo anunciaran, pero he preparado algo; incluso lo he preparado con mucho cuidado,‑debo decirlo, es cierto; entonces, en caso de que venga, oirá algo que se relaciona con las relaciones del psicoanálisis con la religión. No se trata de relaciones muy amistosas. En suma, es el uno o la otra. Si la religión triunfa, lo que es más probable ‑hablo de la verdadera religión, hay una sola verdadera‑; si la religión triunfa, será el signo de que el psicoanálisis ha fracasado. Lo más normal es que el psicoanálisis fracase, pues aquéllo de lo cual se ocupa, es algo muy, pero muy difícil. Pero en fin, como no tengo intenciones de dar la conferencia ahora, lo único que puedo decir es que el psicoanálisis es algo muy difícil.
‑¿De qué diario es usted periodista?
Sra. X ... : Agencia Central de Prensa de París.
J. LACAN: Es algo muy difícil el psicoanálisis. Ante todo, es muy difícil ser psicoanalista porque tenemos que colocarnos en una posición absolutamente insostenible. Freud ya lo había dicho. La del psicoanalista es una posición insostenible.
Sra. X... : ¿Cuántos alumnos del doctor Lacan habrá en este Congreso?
J. LACAN: ¿En este Congreso? No sé.
Sra. X... : ¿Y participantes?
J. LACAN: Los participantes en este Congreso, supongo, son muchos más que la gente de mi Escuela. Porque hay una especie de efecto de curiosidad en torno a mi persona. Es una chifladura, pero es así.
Sra. X... : ¿Está motivada esta chifladura?
J. LACAN: Motivada por la mía, probablemente. Pero de eso, naturalmente, no estoy enterado.
Sra. X... : Creo que mi Agencia rival quiere tomar la palabra.
Sr. Y...: (Inaudible.)
Sra. X...: Yo preguntaba simplemente al Profesor Lacan por qué decía que el psicoanalista estaba en una posición insostenible...
J. LACAN: Cuando dije eso hice notar que no era el primero en decirlo. Hay alguien en quien, a pesar de todo, se puede confiar respecto a lo que dijo de la posición del psicoanalista, muy pero muy precisamente, se trata de Freud. Y Freud entendía de esto; dijo que había cierto número de Posiciones insostenibles, entre las cuales colocaba el «gobernar» ‑ lo que, como usted puede ver, equivale a decir que una posición insostenible es aquéllo hacia lo cual todos se precipitan, puesto que para gobernar nunca faltan los candidatos‑; es como en el psicoanálisis, los candidatos no faltan.
Luego Freud añadía: educar. Allí los candidatos faltan menos aún. Es una posición reputada incluso como ventajosa; quiero decir que allí no sólo no faltan los candidatos, sino que tampoco faltan las personas que reciben el sello, es decir, que están autorizadas para educar. Lo que no quiere decir que tengan la más mínima idea acerca de qué es educar. No obstante, esto sugiere muchas meditaciones. La gente no se da cuenta muy bien de qué quiere hacer cuando educa. Con todo, se esfuerzan por tener alguna vaga idea. Raramente reflexionan sobre ello. Pero en fin, el signo de que hay una cosa que pueda inquietarlos, por lo menos de vez en cuando es que suelen ser victimas de algo muy particular que sólo los analistas conocen realmente bien: se apodera de ellos la angustia cuando piensan ellos la angustia en eso, en qué es educar. Pero contra la angustia hay montones de remedios. En particular, hay cierto número de cosas a las que llaman «concepciones del hombre», de lo que es el hombre. Es algo que varía mucho. Nadie se da cuenta, pero la concepción, que puede tenerse del hombre varía enormemente.
Se ha publicado un libro muy bueno que se relaciona con esto, con la educación. Es un libro dirigido por Jean Chateau. Jean Chateau era alumno de Alain. Hablo de esto porque es un libro en el que me interesé hace muy poco. Aún no lo terminé de leer. Es un libro sensacional desde todo punto de vista. Comienza con Platón y continúa a través de cierto número de pedagogos. Y nos damos cuenta de que el fondo, lo que yo llamo el fondo de la educación, es decir, cierta idea de lo que hace falta para hacer hombres (como si fuera la educación lo que los hiciera; en verdad, es muy cierto que al hombre no se le fuerza a ser educado, él realiza su educación solo; de todas maneras él se educa, puesto que es necesario que aprenda algo, que pase un poco las de Caín) pero después de todo, los educadores, hablando en propiedad, son personas que piensan que pueden ayudarlos y que incluso habría verdaderamente un mínimo para dar a fin de que los hombres sean hombres, y que eso pasa por la educación.
En realidad, no están equivocados. En efecto, hace falta que haya cierta educación para que los hombres lleguen a soportarse mutuamente.
Con esto se relaciona el analista. Las personas que gobiernan, las personas que educan, tienen una diferencia considerable con respecto al analista su tarea es algo que se hace desde siempre. Y repito que es algo que prolifera, quiero decir que nunca se cesa de gobernar y nunca se cesa de educar. El analista, por su parte, no tiene ninguna tradición. Es un recién llegado. Quiero decir que entre las posiciones imposibles, el analista halló una nueva. Entonces no resulta particularmente cómodo sostener una posición en la cual, para la mayoría de los analistas, no se tiene más que un breve siglo tras de sí como referencia. Es algo verdadederamente muy nuevo, lo cual refuerza el carácter imposible de la cosa. Quiero decir que realmente tenernos que descubrirla.
Por eso, fue entre los analistas, es decir, a partir del primero de ellos, que al descubrir su posición y reconocer muy bien su carácter imposible, la reflejaron sobre la posición de gobernar y de educar. Igual que los gobernantes y educadores, se encuentran en el estadio del despertar; eso les permitió darse cuenta de que después de todo, las personas que gobiernan y las personas que educan no tienen idea de lo que hacen. Lo cual no les impide hacerlo, e incluso hacerlo no demasiado mal, porque a fin de cuentas, los gobernantes hacen falta, y los gobernantes gobiernan, es un hecho; no solamente gobiernan sino que eso satisface a todos.
Sra. X...: Volvemos a Platón.
J. LACAN: Sí, volvernos a Platón. No es difícil volver a Platón. Platón ha dicho una cantidad de trivialidades, y naturalmente, volvernos a ellas.
Pero es cierto que la llegada del analista a su propia función arrojó una suerte de luz indirecta sobre la naturaleza de las otras funciones. He consagrado precisamente a este punto todo un año, todo un seminario, para explicar la relación que surge de la existencia de esa función totalmente nueva que es la "función analítica", y cómo tal función aclara las otras. Eso me llevó, por supuesto, a mostrar articulaciones que no son comunes ‑porque si fueran comunes, no diferirían‑ y a mostrar cómo puede manipularse todo ello, hasta cierto punto de una manera muy, muy simple. Hay cuatro pequeños elementos que giran. Y naturalmente, los cuatro pequeños elementos cambian de lugar, y terminan por producir cosas muy interesantes.
Hay algo de lo que Freud no había hablado, porque para él era algo tabú, -la posición del científico, la posición de la ciencia. La ciencia tiene una probabilidad; también su posición es totalmente imposible, pero ocurre que ella no tiene la más mínima idea al respecto. Sólo ahora los científicos comienzan a tener crisis de angustia. Comienzan a preguntarse ‑es una crisis de angustia que no tiene más importancia que cualquier otra crisis de angustia; la angustia es algo absolutamente fútil, absolutamente cagueta‑pero es divertido ver cómo los científicos, los científicos que trabajan en laboratorios muy serios, muchos de ellos de golpe, se han alarmado, han tenido «les foies» como se dice ‑¿habla usted francés? ¿Sabe lo que es avoir les foies? Avoir les foies es tener caguetas‑ esos sabios se dijeron: «¿y si todas estas pequeñas bacterias con las que hacemos cosas tan maravillosas, un buen día, después de haberlas convertido en un instrumento absolutamente sublime de destrucción de la vida, viene un tipo y las saca del laboratorio?».
Ante todo, todavía no lo han conseguido, todavía no se logró, pero no obstante, comienzan a tener una pequeña idea de que podrían crearse bacterias terriblemente resistentes a todo, y que a partir de ese momento ya no se las pudiera detener y que tal vez limpiaran de la superficie de la tierra todas esas porquerías, en particular las humanas, que la habitan. Y entonces se sintieron de golpe sumidos en una crisis de responsabilidad. Afirmaron lo que se llama un embargo en cierto número de investigaciones ‑tal vez hayan tenido una idea, después de todo no tan errada, de lo que hacen, quiero decir que es cierto que eso podría llegar a ser muy peligroso; yo no lo creo; la animalidad es indestructible; ¡no serán las bacterias las que nos liberarán de todo eso! Pero los científicos han tenido una crisis de angustia, una típica crisis de angustia. Y entonces aplicaron una especie de interdicción, provisoria por lo menos, se dijeron que era necesario pensar dos veces antes de llevar demasiado lejos ciertos trabajos sobre las bacterias. Sería un alivio sublime si de golpe estuviéramos frente a un verdadero flagelo, un flagelo salido de las manos de los biólogos, sería verdaderamente un triunfo, querría decir realmente que la humanidad habría llegado a algo, a su propia destrucción, por ejemplo, ese es verdaderamente el signo de la superioridad de un ser sobre todos los demás, no solamente su propia destrucción, ¡sino la destrucción de todo el mundo viviente! Sería verdaderamente el signo de que el hombre es capaz de algo. Pero con todo nos da un poco de angustia. Todavía no hemos llegado a ello.
Como la ciencia no tiene la más mínima idea de lo que hace, salvo el tener un brotecito de angustia como ése, va a continuar pese a todo por un cierto tiempo y, probablemente a causa de Freud, nadie siquiera pensó en decir que resultaba tan imposible tener una ciencia, una ciencia que diera resultados, como gobernar y como educar. Pero si tenemos una pequeña sospecha de ello, es a causa del análisis, porque el análisis está realmente allí. El análisis, no sé si usted está al corriente, el análisis se ocupa muy especialmente de lo que no anda bien; es una función aún más imposible que las otras, pero gracias al hecho de que se ocupa de lo que no anda bien, se ocupa de esa cosa que es necesario llamar por su nombre, y debo decir que hasta ahora soy el único, que la ha llamado así, me refiero lo real.
La diferencia entre lo que anda y lo que no anda, es que lo primero es el mundo, el mundo va, gira en redondo, es su función de mundo; para darnos cuenta de que no hay mundo, es decir, de que hay cosas que solamente los imbéciles creen que están en el mundo, basta con observar que existen cosas que hacen que el mundo sea inmundo, si me permiten expresarme así; de eso se ocupan los analistas; de manera que, contrariamente a lo que se cree, enfrentan lo real, mucho más que los científicos; no se ocupan más que de eso. Y como lo real es lo que no anda, además están obligados a soportarlo,es decir, obligados continuamente a poner el hombro. Para ello, es necesario que estén terriblemente acorazados contra la angustia.
Ya es algo que por lo menos puedan hablar de la angustia. En cierto momento yo dije algunas cosas al respecto. Produjo un cierto efecto, produjo un cierto remolino. Después de mis charlas un tipo vino a verme, uno de mis alumnos, alguien que había seguido el seminario sobre la angustia durante todo un año; estaba absolutamente entusiasmado, era precisamente el año en que en el psicoanálisis francés (bueno, eso que llaman así) se había producido la segunda escisión; estaba tan entusiasmado que pensó que tenían que meterme en una bolsa y ahogarme; me amaba tanto que era la única conclusión que le parecía posible.
Le grité; incluso lo eché con palabras injuriosas. Lo cual no le impidió sobrevivir, e incluso adherirse finalmente a mi Escuela.
Ya ve cómo son las cosas. Las cosas están hechas de payasadas. Sólo así tal vez se pueda confiar en un porvenir del psicoanálisis; si se consagra suficientemente a la payasada.
Pues bien, pienso que le he dado una cierta respuesta.
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Jorge Gómez Alcalá
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