La razón vital
24.06.09 @ 01:29:23. Archivado en Personajes, Literatura, Cultura, Filosofía, Colaboraciones
JUAN CARLOS GÓMEZ GOMBROWICZIDAS
WITOLD GOMBROWICZ Y JOSÉ ORTEGA Y GASSET
“Tartamudear y gemir, eso sí sabes, yo no sé por qué aflojo, debo estar loco. ¡La última vez que te di dinero no tuviste mejor idea que comprarte un paraguas y un librito de Ortega y Gasset!... Me parece que la esclerosis me está poniendo algo chocho, pero vos me contagiás la taradez. Tomá estos nacionales antes de que me arrepienta... Dime, Flor, ¿por qué no le pides a tu tío millonario Marcolín, que vive en Italia, dinero para financiar tu carrera universitaria... por no decir vagancia, o, de lo contrario, pídeselo a tu papá y mamá...?”
Este diálogo que mantiene Gombrowicz con Flor de Quilombo denota la poca importancia que le daba a Ortega, una desconsideración llamativa pues el filósofo español tenía sobre la Argentina una mirada muy aguda, a más de que debieron cruzarse por Buenos Aires entre los años 1939 y 1942.
“En una ocasión, alguien, ya no recuerdo si Sabato o Mastronardi, me contaba que en una recepción a un escritor famoso se le acercó un estanciero, por lo demás una persona bien educada, y le dijo: –Usted es un imbécil. Cuando le preguntaron qué era lo que le parecía tan desagradable en la obra de ese escritor contestó: –Nunca he leído nada suyo, lo agredí por las dudas, por si acaso, para que no tenga demasiados humos (...) el argentino a la defensiva a veces se vuelve en verdad impertinente, cosa rara en este país tan cortés”
De la defensiva argentina se había ocupado exhaustivamente Ortega y Gasset pero Gombrowicz seguía pasándolo por alto, muy posiblemente porque no lo consideraba un pensador importante..
Gombrowicz ignoraba a Ortega cuando ya era conocido en el panorama de la filosofía occidental y hacía peregrinaciones para asistir a las conferencias magistrales que Heidegger daba en la Universidad de Friburgo deslumbrado por el giro lingüístico que el herr doctor profesor alemán le estaba dando a la exposición de sus pensamientos fundamentales, intrincados y profundos.
Ortega se muere en el mismo año en que Gombrowicz renuncia al empleo del Banco Polaco. La razón vital es la razón que desarrolla en sustitución de la razón pura cartesiana de la tradición filosófica. Esta razón integra todas las exigencias de la vida, nos enseña la primacía de ésta y sus categorías fundamentales. No prescinde de las peculiaridades de cada cultura o sujeto, sino que hace compatible la racionalidad con la vida.
Con la frase “Yo soy yo y mi circunstancia”, Ortega insiste en lo que está en torno al hombre, todo lo que le rodea, no sólo lo inmediato, sino lo remoto; no sólo lo físico, sino lo histórico, lo espiritual.
El hombre, según Ortega, es el problema de la vida, y entiende por vida algo concreto, incomparable, único: “la vida es lo individual”; es decir, yo en el mundo; y ese mundo no es propiamente una cosa o una suma de ellas, sino un escenario, porque la vida es tragedia o drama, algo que el hombre hace y le pasa con las cosas.
Vivir es tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él.. En otros términos, la realidad circundante “forma la otra mitad de mi persona”. Y la reimpresión de lo circundante es el destino radical y concreto de la persona humana.
Mientras Ortega se convirtió con el tiempo en el profeta de la decadencia argentina podríamos decir en cambio que Gombrowicz nos dejó en el limbo. Pero ésta es harina de otro costal, vamos a decir algo sobre cuánto de vital tenía la razón de Gombrowicz.
Gombrowicz se ocupa, en no pocas páginas del “Diario”, de enjuiciar a la razón, pero no todas las razones son iguales. Hay una razón razón, una razón crítica, otra dialéctica, otra vital...
La intensidad de los estragos que causan estas razones varía, se podría decir que hasta Descartes la razón se había comportado con una relativa calma porque no se había metido demasiado con la vida. Pero el imperialismo de la razón es terrible, poco a poco los filósofos empezaron a marcar terrenos que antes le habían resultado inaccesibles y a descubrir que la vida se burla de la razón.
Los pensadores, progresivamente, a medida que se sucedían, se iban aproximando a la ridiculez cuando se adentraban en el territorio de la vida. Nietzsche, por ejemplo, es más ridículo que Kant, pero todavía no llegaba a provocar risa pues su pensamiento seguía siendo abstracto. Pero el problema teórico se convirtió en el ‘misterio’ de Gabriel Marcel (“un viejo boludo”), y el misterio se reveló como una sustancia que nos da risa. Al sentido común le produce risa contrastar la realidad corriente con la realidad decisiva de los existencialistas, pero a esta risa se le agrega otra más terrible y convulsiva, una risa que no depende ya de nosotros.
“Cuando vosotros, los existencialistas, me habláis de la conciencia, de la angustia y de la nada, estallo en carcajadas, no porque no esté de acuerdo con vosotros, sino porque tengo que daros la razón (...)”
“Os doy la razón y no pasa nada. Os doy la razón, pero en mí no ha cambiado nada, absolutamente nada.. La conciencia, que habéis inyectado en mi vida, se ha mezclado con mi sangre convirtiéndose inmediatamente en mi vida; y ahora el antiguo triunfo de los elementos me sacude con sus risotadas (...)”
“¿Por qué estoy obligado a reírme? Simplemente porque en la conciencia también me desahogo. Me río porque me deleito con el miedo, me divierto con la nada y juego con la responsabilidad; por lo demás, la muerte no existe”
Hay que encontrar esa espina que Gombrowicz tiene clavada en la garganta y el porqué de esa risa dolorosa frente a la nada, el compromiso y la responsabilidad de los existencialistas.
Gombrowicz tiene una conversación con François Bondy unos meses antes de morir que nos pude dar una pista: –Usted parece interesarse más por los filósofos que por los escritores, ¿no es cierto?; –Sin embargo, la filosofía me sigue siendo tan extraña como la ciencia. Bondy dice que se interesa más por la filosofía teniendo en cuenta el contenido del “Diario” y de las entrevistas, y Gombrowicz le responde que le resulta extraña porque estaba pensando seguramente en su obra creativa.
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Jorge Gómez Alcalá
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