Democracia ?
03.02.09 @ 09:28:08. Archivado en Violencia, Cultura, Filosofía, Política, Psicología, Salud Mental, Prensa
Aporto un pequeño artículo propio que viene al caso del tema del terror social y algunas de sus intrincadas consecuencias
Saludos
Angel Oliva (Publicado en Forotopía)
“Modalidades de micro-aterrorización en los espacios educativos universitarios, su vínculo con la noción de terror social”
“Parecería que el terror sólo está presente, cuando está presente la amenaza del poder represivo. Pero el terror tiene una vida subterránea mucho más honda y duradera. Permanece profundamente en la sociedad, aún muchos años después de ser ejercido, sólo que no se nota. El efecto fundamental del terror consiste en que no accede a la conciencia .La angustia que produce, al aterrarnos nos escinde, penetra en la profundidad del cuerpo y la conciencia queda anulada en su capacidad de crítica y de pensamiento" ( León Rozichner)
Si supusiéramos que la escena de terror es una escena que tiene la naturaleza de la situación extraordinaria, noción que está presente en la imagen hollywodense del terror, no podríamos explicar no sólo una trama imaginaria profunda en la subjetividad argentina, que ha producido en la población miles de derivas, sino tampoco ciertos comportamientos subjetivos de naturaleza inhibitoria que se actualizan en las instituciones. Y las instituciones educativas en general y las universitarias en particular, reactualizan, por razones muy complejas de su resistente identidad normativizadora, siempre algo de la escena del terror.
Entendemos como ‘escena de terror’, siguiendo al Freud de “Inhibición, síntoma y angustia” y para diferenciarlo de nociones con las que se lo confunde, como las de angustia y miedo, como aquella escena donde el sujeto puede reconocer a qué le teme pero se halla indefenso, sin posibilidad de precaverse, no hay preparación posible, no hay cómo defenderse ni posibilidad de huída. Esto ocurrió tanto en las colas hacia la cámara de gas de los campos de concentración nazis, como en las metodologías empleadas por las dictaduras latinoamericanas y en particular la última de nuestro país, de las que la desaparición constituye una matriz de persistente eficacia. Y es importante señalar como dato fundamental que la escena de terror supone justamente, siguiendo algunas ideas de Fernando Ulloa, que el sujeto no tiene un “tercero de apelación” a quien recurrir frente a la crueldad que lo aterroriza.
Ahora bien, lo que podríamos pensar como la proyección imaginaria de esta escena corresponde a la numerosidad social y no sólo a las víctimas del terrorismo de estado strictu sensu. La perpetuación de la posibilidad de esta escena en el imaginario social es uno de los efectos de largo plazo del terror efectivo. Si el terror se hizo estado, sus efectos no pueden sino proyectarse al conjunto social. Si por otro lado estas escenas se han trasladado a lo largo del tiempo como imágenes socialmente mentidas y renegadas, sus efectos alcanzan los ámbitos institucionales como cuerpos extraños, observables tanto en los diques que las instituciones ponen en cuanto a de lo que se puede y no se puede hablar, como así también a sus dispositivos funcionales.
Así, la institución en su función de apoyatura puede dar lugar a un sujeto creativo, lúdico, donde la institución y el sujeto son vasos comunicantes de una estructura que los excede y que a su vez ellos soportan o, puede dar lugar a un sujeto aprisionado, al estilo de la encerrona trágica de Ulloa, donde no hay allí “tercero de apelación”, quedando el sujeto a merced de la institución. Zonas de la trama institucional que, siguiendo a Laplanche, permanecen como “significantes enigmáticos” signando a todo aquello (frase, palabras, la expresión de un rostro, etc.) que circula a modo de representación cosa, es decir, cerrado a la circulación significante. Se trata de fragmentos de una historia real, vivida por los adultos, que sufrió el efecto de la represión por causar intenso dolor psíquico, y que es transmitida generacionalmente de este modo fragmentario.
Nuestra hipótesis es que la escena de terror no se volcó sobre cualquier contenido histórico sino sobre el universo imaginario de LA POLITICA y que esta circula en las instituciones universitarias a manera de estos significantes enigmáticos. Y por ultimo que ciertos dispositivos institucionales en la medida en que no se desmontan de su trama imaginaria funcionan como micro-aterrorizaciones que se engarzan con el imaginario en torno al terror en general.
LA POLITICA. QUE POLITICA?
Un aspecto fundamental de la idea de política de la sociedad está ligada a inhibiciones que provienen de estas escenas de terror “originarias”.
Entendemos la política con su raíz castoridiana, es decir, una pregunta que se despliega primeramente por el origen humano de las leyes de la ciudad, que se extiende a la pregunta sobre la justicia de esas leyes para ir dando forma a las preguntas en torno del hacer. Es esta base magmática de la política lo que constituye su propio malestar. Si ha sido la consecución lúcida y praxística de estas tres preguntas constitutivas de lo social aquello a lo que el Estado contestó con la escena de terror, sus efectos inhibitorios se difunden a cualquier escena en donde estas preguntas emerjan.
Es el carácter ontológicamente creativo y refundador de la política lo que ha sido inhibido. La significación social imaginaria ligada a la política, luego de la dictadura, fue moldeada por el mismo poder que ejerció el terror. Y tanto la actitud delegativa como la construcción de “zonas específicas de la política” – lo que Castoriadis llama ‘lo político’- se corresponden con un marco socio histórico que despliega una subjetividad “despolitizada”.
Queremos recortar aquí de todas las zonas posibles de la institución universitaria donde la tensión entre política y terror se traza y queda “no dicha”, un dispositivo fundamental del proceso normalizador en lo educativo: los exámenes. ¿Qué es un examen?
Foucault ha dado ciertas claves en torno a la específica modalidad en que en la instancia del exámen -noción que proviene del linaje médico-, se traman poder y saber:
En el examen, "(...) vienen a unirse la ceremonia del poder y la forma de la experiencia, el despliegue de la fuerza y el establecimiento de la verdad. En el corazón de los procedimientos de disciplina, manifiesta el sometimiento de aquéllos que se persiguen como objetos y la objetivación de aquéllos que están
sometidos. La superposición de las relaciones de poder y de las relaciones de saber adquiere en el examen toda su notoriedad visible." (Foucault, M. Obra citada. Pág. 189).
Efectivamente, ocurre en la instancia formal del examen un discurrir ambiguo, mientras que quien examina, necesariamente hace como que lo hace sobre el saber del examinado, el examinado se ve obligado a despejar de la mirada examinadora todo aquello que no “es su saber” y que pueda ser examinado.
Debemos suponer a esta altura que en un dispositivo que tiene la intención de ser datístico finalmente pero que contradictoriamente supone la mirada examinadora, sólo se evalúa un saber como si éste fuera posible de escindir del sujeto de la enunciación. O por el contrario, ¿no son múltiples las cosas que se examinan y que finalmente se evalúan, cosas que superan ampliamente ese saber que se supone uno y hablando mas allá del examinado? ¿No entran finalmente en esa relación elementos del orden de las identificaciones singulares, tanto del examinado como del examinador, así como la presencia de ideales, expuestos e inhibidos, que tienen raíz en la trama histórica del conjunto social?
En ultimo término, la pretensión de que sólo se examina lo que el evaluado “sabe” ¿no es justamente despojar esa instancia del elemento magmáticamente político de la relación y finalmente del dispositivo?
Ningún otro dispositivo escolar tiene màs el aspecto de una instancia donde justamente no hay un tercero de apelación a quien recurrir, y cuando esta instancia se produce sobre un escenario social de “malestar sobrante”, en términos de Silvia Bleichmar, es decir, una sociedad que reclama en exceso renuncias de lo pulsional sin otorgar ninguna configuración de trascendencia, la institución actúa como agente aterrorizador.
La experiencia con los estudiantes del tratamiento de estos temas ha mostrado, para terminar, dos actitudes que se repiten. El desmontaje del elemento político inhibido en la relación de examen tiende a producir una sorpresa que mezcla alegría y agresividad por lo que estaba vedado. Ahora, ante la perspectiva de lo que ese desmontaje habilita, es decir, que haya una instancia para elegir qué, cómo y quién los examina y finalmente los evalúa, en general la respuesta es el silencio, un silencio que tiene el aspecto de la pregunta “¿qué hago con esto que acabo de encontrar, cómo transformo ese desmontaje en el hacerme cargo de la parte ‘deseantemente’ política que esa relación conlleva?”
Este silencio, que ya no es el silencio del terror, es el efecto, sí, subterráneo, de un silencio social más basto y en tanto tal, el efecto de lo que aquí hemos llamado “micro-aterrorización”.
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Jorge Gómez Alcalá
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