La función del deseo
18.11.08 @ 09:57:58. Archivado en Psicoanálisis, Cultura, Filosofía, Salud Mental, Prensa
Luis Felip López-Espinosa escribió para Rebelión el siguiente artículo que me envía Cristina Adrover, de los Grupos de Salud Mental de Yahoo.
VIVIR SU TEORÍA,PENSAR EL DESEO
En “Vivre sa vie” (“Vivir su vida”, J.-L. Godard, 1962) hay una escena [1] en la cual la protagonista, Nana (una prostituta del tipo cinematográfico, es decir, irreal), se encuentra con un filósofo en un café y se sienta con él para conversar. “Parece aburrirse mucho”; “en absoluto, contesta él”.
Está leyendo. “Es mi trabajo”, responde cuando ella le pregunta la razón de por qué lee. Es una respuesta comprensible: cada cual vende lo suyo.El filósofo cuenta la historia de la muerte de Porthos, el mosquetero de Dumas. Porthos pone una bomba en un sótano, y tras encender la mecha sale corriendo. Sin embargo en ese momento, hace algo que nunca había hecho antes: se para a pensar. Literalmente: se pregunta cómo puede poner un pie delante de otro para caminar… y al hacerlo, se queda paralizado y es incapaz de dar un solo paso. La primera vez que se para a pensar, le cuesta la vida.“¿Por qué me cuenta historias como esa?”, pregunta Nana. “Es hablar por hablar”, responde el filósofo. “¿Y por qué hay que hablar siempre?” replica Naná. A veces deberíamos callar, vivir en silencio… “¿Está segura de eso? (…) Siempre me sorprendió el hecho de que no se pueda vivir sin hablar”. Nana responde que “sería agradable vivir sin decir nada”. Y aun así, como sostiene el filósofo, aunque “sería bello, como si nos amásemos más”… sin embargo no se puede.En definitiva, vivimos hablando y pensando (pensar y hablar, son lo mismo). Y eso mata la cosa tal como parece inducirnos la historia de Porthos.
“La palabra es la muerte de la cosa”, dijo Lacan, y eso viene a ser lo que afirma el filósofo frente a la posición digamos que “vitalista”, “ingenua” de Nana. “Las palabras deberían decir exactamente lo que queremos” protesta Nana; es decir que deberían ser expresión de lo “vital”.Sobra decir que la posición de Nana es la actualmente dominante. El “lenguaje corporal” viene a ser hoy la norma: hablar es sospechoso, pensar es sospechoso (aunque por supuesto no está bien visto hacer expresas las sospechas al respecto... y aun así se sospecha de ello). Apasionarse con el pensamiento, tal vez pudiera conducir incluso al “totalitarismo”.
Y sin embargo, es cierto que no se puede vivir sin hablar, es decir sin pensar. Más aún, desde ya-siempre el más silencioso gesto se encuentra estructurado por el sistema simbólico. Tenía razón Gramsci cuando decía que todo hombre es filósofo: pues en toda práctica social hay implícita una visión del mundo, y lo que es más, una “visión del mundo” o una “filosofía” no son sino formas de conciencia que surgen reflexivamente a partir de una serie de prácticas materiales que de por sí son ideológicas. Ilusoriamente, llegamos incluso a invertir el proceso y creemos que la conciencia es causa de aquellas prácticas.
Esto ya lo enunció Pascal (si quieres ser un creyente, arrodíllate y reza y la creencia vendrá por sí sola: es decir, creerás que te arrodillaste a causa de esa creencia); y lo retomó por supuesto Althusser en su célebre texto sobre los Aparatos Ideológicos de Estado.En otros términos, nuestro tiempo, en el cual nadie habla y nadie cree ya en nada, no es por eso menos ideológico: aunque la ideología hoy dominante sea como dice Sloterdijk una forma del cinismo (sabemos muy bien lo que estamos haciendo, y aun así lo hacemos), lo ideológico tiene que ver no con el saber, sino con las propias prácticas materiales en las que estamos participando. Como apunta žižek [2] la ilusión ideológica que encontramos por ejemplo en el fetichismo de la mercancía como lo estudia Marx, no se encuentra del lado del saber sino del propio actuar de los sujetos.Decíamos que el pensamiento es visto hoy como algo “totalitario”... sin embargo también lo es el amor del que acaba queriendo hablar Nana. Y es que actualmente, implicarse demasiado en algo, quema. Aproximarse, asfixia.
Y eso es verdad para el pensamiento como para el amor o en general el deseo (de lo que sea no importa, se trata aquí del deseo en cuanto tal). Cuando hablamos de este llevar las cosas al extremo (y siempre se piensa en los extremos, dijo Althusser) es cuando descubrimos un extraño punto de encuentro entre los dos personajes de este diálogo de Godard.
En cualquier caso, el intelectual de carácter siempre fue una figura marginal. Y al igual que a la prostituta, que durante milenios anduvo por las calles sin tener que resultar necesariamente ofensiva para nadie, actualmente parece que el intelectual tiene que ser barrido de las calles.
No es que se plantee su exterminio, es más bien el resultado sutil de una conjunción de fuerzas: de un lado las reestructuraciones del aparato cultural (sometido a los medios de comunicación) y de las instituciones públicas (véanse las reformas de la Universidad); de otro esa constante sospecha pseudonietzscheana contra el conocimiento, la constante sospecha de que pensar demasiado pueda ser malo y de que un exceso de pasión por algo pueda ser causante del Mal (hoy el Mal es la “intolerancia”, el “totalitarismo”, etcétera).Lo que de algún modo descubre este fragmento, es que hay un verdadero punto de encuentro entre el pensamiento y el deseo. Y es que la reivindicación hegeliana del “error”, de la muerte de la cosa (“yo creo, que sólo se llega a hablar bien si se renuncia a la vida un cierto tiempo. Es el precio que hay que pagar”) como algo necesario con la que concluye el filósofo, ¿no es una reivindicación del “trabajo de lo negativo”, hegelianamente hablando, que en su vaciamiento constante del objeto (el histérico “no es esto, no es esto”… y desde luego, las silenciosas certezas cotidianas no lo son) constituye el mecanismo del deseo?
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Jorge Gómez Alcalá
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