Neutralidad y abstinencia en Psicoanálisis
29.10.08 @ 10:07:15. Archivado en Psicoanálisis, Teoría, Prensa
Con respecto al tema de la neutralidad y abstinencia trabajamos el tema en el Suplemento Topia en la Clinica del mes de Abril (Nro 52 de la Revista). Aqui envio la introduccion que escribio Alejandro Vainer donde realiza un recorrido sobre los usos y diversas conceptualizaciones de estos conceptos en "los" psicoanalisis. Tambien escribieron sobre el tema (en el mismo nro) Alfredo Caeiro, Mirta Zelcer y Hector Fenoglio. Envio este escrito de Alejandro, ya que me parece que permite profundizar el debate sobre el tema aqui en el foro.
Carlos Barzani
Neutralidad y Abstinencia. Una introducción.
Alejandro Vainer
Psicoanalista
Si yo pongo en el consultorio un retrato de Gardel, cosa que siempre he pensado, entonces no puedo analizar a un tipo al que le gusta Mozart, pues ya le estaría dando un mensaje que no es pertinente para su análisis.
La neutralidad y la abstinencia son dos cuestiones a repensar para los analistas del siglo XXI. Este par tiene casi un siglo de existencia y la concepción que de ellos se tenga marca la propia práctica clínica. Por eso, para comenzar, es necesaria una revisión histórica crítica de estos conceptos. “El giro del psicoanálisis”, tal como fue designado por Enrique Carpintero, implica un estudio de distintos aspectos teórico-clínicos para estar a la altura de las exigencias de nuestra época, que nos marca considerar “nuevos dispositivos psicoanalíticos”. Y siempre el primer paso de toda investigación es la historia.
La neutralidad y la abstinencia tienen un parto conjunto en la obra de Freud. El año es 1915 y el texto es “Observaciones sobre el amor de transferencia”. Allí Freud dice:
“Nuestro dominio sobre nosotros mismos no es tan grande que descarte la posibilidad de encontrarnos de pronto con que hemos ido más allá de lo que nos habíamos propuesto. Así, pues, mi opinión es que no debemos apartarnos un punto de la neutralidad que nos procura el vencimiento de la transferencia recíproca. Ya antes he dejado adivinar que la técnica analítica impone al médico el precepto de negar a la paciente la satisfacción amorosa por ella demandada. La cura debe desarrollarse en la abstinencia. Pero al afirmarlo así, no aludimos tan sólo a la abstinencia física ni tampoco a la abstinencia de todo lo que el paciente puede desear, pues esto no lo soportaría quizá ningún enfermo. Queremos más bien sentar el principio de que debemos dejar subsistir en los enfermos la necesidad y el deseo como fuerzas que han de impulsarle hacia la labor analítica y hacia la modificación de su estado, y guardarnos muy bien de querer amansar con subrogados las exigencias de tales fuerzas. Y, en realidad, lo único que podríamos ofrecer a la enferma serían subrogados, pues mientras no queden vencidas sus represiones, su estado la incapacita para toda satisfacción real.”[2]
De aquí pueden extraerse varias hipótesis. Por un lado, no es casual que la neutralidad y la abstinencia surjan del trabajo sobre el amor de transferencia. Es que el “huracán” transferencial y su contraparte contratransferencial lo lleva a Freud a formular ciertas reglas que le posibiliten continuar con la tarea analítica y no favorecer actuaciones.
La abstinencia había aparecido desde el inicio en la obra de Freud. Pero en todos los casos está asociada a la abstinencia sexual y sus efectos. La neutralidad no había surgido previamente. Pero unos años antes podemos rastrear un antecedente en una de sus metáforas cientificistas para entender la función del analista. En 1912 aconsejaba tomar como modelo la conducta del cirujano, “que impone silencio a todos sus afectos e incluso a su compasión humana y concentra todas sus energías psíquicas en su único fin: practicar la operación conforme a todas las reglas del arte.” O bien, un espejo: un analista que debe “permanecer impenetrable para el enfermo y no mostrar, como un espejo, más que aquello que le es mostrado.” [3]
No debemos olvidar que esta aspiración de ser como un espejo o como un cirujano estaba moldeadas con la aspiración cientificista que atravesará la obra de Freud. Es importante recalcar que él mismo no trabaja de ese modo con sus pacientes, tal como lo describe el Emilio Rodrigué en su magistral biografía de Freud.[4]
En 1918 profundiza el concepto, como “principio de abstinencia”. La cuestión surge en función de una defensa de la “técnica activa” de Ferenczi, a la cual supone un horizonte promisorio que luego desestimaría. En ese contexto, postula que “en la medida de lo posible, la cura analítica debe ejecutarse en un estado de privación -de abstinencia-. Quedará librado a un examen de detalle averiguar la medida en que sea posible respetar esto. Ahora bien, por abstinencia no debe entenderse la privación de una necesidad cualquiera -esto sería desde luego irrealizable-, ni tampoco lo que se entiende por ella en el sentido popular, a saber, la abstención del comercio sexual; se trata de algo diverso, que se relaciona más con la dinámica de la contracción de la enfermedad y el restablecimiento.”[5] Pero en el texto, la abstinencia también es una imposición al paciente en relación a satisfacciones sustitutivas que podrían alejarlo del éxito de su análisis, ante las cuales el analista debe oponerse “enérgicamente”.
En la década del 20 Freud conceptualiza la pulsión de muerte. Sin embargo, no hubo reformulaciones sobre la práctica a partir de este giro que le da a la teoría. Esto implicaba una revisión de la práctica psicoanalítica, cuestión que quedó sin realizarse.[6]
A esta altura se puede notar que Freud proponía la abstinencia, pero la misma siempre está puesta en función de cada paciente, su patología y el contexto. Sin embargo, hubo un factor que generalizó su aplicación: la institucionalización creciente del psicoanálisis que se llevó durante las décadas del 20 y del 30. Entonces se creó la Comisión Didáctica Internacional que fue presidida por Max Eitingon, quien formalizó los métodos que consideraba eficaces y los transformó en reglas que deben ser cumplidas por todos los miembros. Se exoneró a Ferenczi a raíz de sus investigaciones sobre la “técnica activa”, tal como a otros analistas como Wilhelm Reich. Por muchos años la Internacional Psicoanalítica decidió qué era psicoanálisis y qué no. Esto llevó a que la abstinencia y la neutralidad fueran más una regla superyoica a obedecer que una regla necesaria para mantener el juego del análisis, variable, insisto, a diversas situaciones y psicopatologías.
Poco tiempo después, se institucionalizó el psicoanálisis en la Argentina. Emilio Rodrigué, psicoanalista de la segunda generación, relata como la abstinencia se transmitía entre los primeros analistas en su autobiografía. Su primer paciente era una paciente terminal: “trataba a la paciente en el Hospital Francés, ella era piel y huesos y estaba tan consumida que no toleraba el peso de las sábanas sobre las piernas. Día tras día la veía envuelta en un silencio de marasmo. Cierta vez, poco antes de morir, ella me tendió su mano huesuda y yo no le tendí la mía, lo que hasta hoy no me perdono. La técnica de la abstinencia no me lo permitía.[7] Esto es un buen ejemplo de la forma indiscriminada en la cual se transmitieron las reglas psicoanalíticas. Abundan ejemplos a lo largo de la historia de ese tipo.
Sin embargo, el avance del psicoanálisis en el trabajo con otras situaciones y pacientes llevaba a la propia Anna Freud –la “ortodoxia” absoluta para cualquier psicoanalista argentina-, en 1954 a preguntarse si la “técnica corriente” la equipaba para encarar “el análisis del carácter en forma tan adecuada como nos ha equipado para el análisis de las diversas formas de histeria y de neurosis obsesiva”. Y además, si “sigue siendo todavía válida la vieja regla que aconseja que, en general, el análisis deberá llevarse a cabo en una atmósfera de frustración de la realización de deseos”. Esto la llevaba a varias cuestiones: la modificación de la “técnica” en psicosis y perversiones y a considerar que en las situaciones de emergencia “nuestras reglas de procedimiento dejan de aplicarse, en forma total o parcial.”[8]
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Jorge Gómez Alcalá
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