La mirada psicoanalítica
27.10.08 @ 10:33:39. Archivado en Psicoanálisis, Psicología, Colaboraciones, Salud Mental, Otros Autores
LA CONSTITUCION DE LA SUBJETIVIDAD Y LA DEUDA ENTRE LAS GENERACIONES
“No lo haré por ti, padre, pero sí por mis hijos”
Una historia con pájaros parlantes narra el hecho de que los seres humanos “contraen una deuda, no tanto con los amorosos brazos que los hayan trasladado, sino con la palabra que los arranca de ellos para que vuelen”.
Por Alicia Le Fur *
El apólogo es conocido: Había una vez un pájaro que en medio de una tormenta trasladaba a sus pichones a través de la tormenta para brindarles seguro refugio. Ya concluyendo el viaje, pregunta a cada uno: “¿Cuándo esté viejo, enfermo y cansado de volar, ¿harás por mí lo que estoy haciendo por ti?”. Ante cada respuesta afirmativa, el pájaro padre abre el pico y abandona al hijo en la tormenta. Por fin, uno se pronuncia: “No sé si lo haré por ti, pero estoy seguro de hacerlo por mis hijos”. Este último llega a tierra firme.
Los seres parlantes no pueden recorrer por sus medios los primeros pasos en la vida, por lo cual contraen una deuda, no tanto con los amorosos brazos que los hayan trasladado, sino con la palabra que los arranca de ellos para que vuelen. Esa deuda es simbólica porque incluye el mandato de pagarla a la próxima generación, que a su vez la pagará a la siguiente.
En el apólogo de los pájaros, como en la vida, los lugares paterno, materno y filial no siempre coinciden con quienes los ocupan. El personaje del pájaro se desdobla en la protección materna (cuya carencia resulta incompatible con la vida) y en la palabra paterna que arranca de esa protección (cuya carencia es incompatible con la constitución de un sujeto parlante capaz de amar y trabajar). Se ven acá los tiempos del Edipo: el primero deja la impronta imaginaria del yo ideal que no goza del valor de uso de un bien, sino de privar al otro de él; el segundo, del padre terrible capaz de abandonar al hijo en la tormenta, deja la marca del Ideal del Yo que convoca un Amo que dispense el bien. El tercero es el del padre simbólico que inscribe al sujeto en un orden de postas generacionales.
La metáfora de los pájaros que hablan revela que la palabra permite algún saber sobre la condición mortal impuesta por la reproducción sexuada, saber que debe ser transmitido por la función paterna porque el recorrido inicial en los acogedores brazos maternos deja la impronta imaginaria de una omnipotencia que niega el carácter finito de la existencia.
Dicho de otro modo, el lenguaje y el trabajo no vienen de entrada, pero ambos preceden y suceden al sujeto. Por lo demás, ya en Karl Marx el trabajo es lenguaje, cuando sostiene que las delicadas operaciones de una araña pueden ser envidiadas por un maestro tejedor pero que el más chambón de los tejedores aventaja a la más hábil de las arañas porque, antes de hacer la tela, “la tiene en la cabeza”. El enunciado (así expresado antes de los desarrollos de la lingüística contemporánea) da cuenta de un orden simbólico, ya que sólo la palabra da cuenta de la anticipación de lo creado al acto mismo de creación.
Aunque el momento de ingreso a la producción varíe históricamente, el infans tiene que ser sostenido hasta su edad productiva, pero no es ese sostén sino su interrupción lo que genera una deuda que se paga a los hijos. Se genera así una cadena donde cada generación se apropia de lo que deja la que la precede para entregarlo enriquecido a la que la sucede.
En todos los mitos inaugurales de la humanidad, desde el paraíso perdido hasta la edad de oro del mito prometeico, pasando por la ilusión de completud del pichón prematuro y la novela familiar del neurótico, los hijos y los frutos brotan de la tierra sin requerir de los hombres más esfuerzo que el de tomarlos. Ahora bien, esa edad de oro o paraíso sólo se constituyen una vez perdidos: en aquella etapa –aunque recorrida en los acogedores brazos de los dioses-padres–, el bebé no obtiene lo que quiera o necesita sino lo que el Otro materno considera que es lo mejor para él.
Al infans le basta llorar para obtener un don que sólo puede aceptar o rechazar según la lógica del modelo oral: lo trago-lo escupo. Por ende, ser ese niño maravilloso resulta terrorífico porque, si bien exime de recorrer por los propios medios el primer tramo de la vida, deja a merced del deseo materno en cuyos brazos se transita. Ciertas marcas causadas por esa contradicción (articuladas con la interdicción paterna de ser el falo materno) llevan a que el sujeto abandone la pretensión de ser criatura de los dioses-padres de quienes se separa, para hacer: devenir sujeto responsable de su deseo.
Esta renuncia al ser abre una herida, suturada a su vez con los sentidos que el hombre encuentra para lo que hace. Una vez instaurados esos sentidos (orden imaginario del psiquismo), el sujeto pretende ser reconocido por el Otro de la cultura como el niño maravilloso que cree haber sido para el deseo materno, cuando es imposible obtener este tipo de reconocimiento del alter ego porque éste pretende lo mismo.
El trabajo otorga ese reconocimiento pero no lo brinda al ser, como pretende el narcisismo, sino a un producto, que el productor debe perder para que circule en la cultura como valor. El consumo también brinda reconocimiento, pero no lo proporciona sobre un producto, sino sobre una imagen efímera que debe ser renovada constantemente.
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Jorge Gómez Alcalá
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