Anatomía del alma
15.09.08 @ 09:55:44. Archivado en Psicoanálisis, Teoría, Filosofía, Salud Mental, Prensa, Salud
De la revista Topía extraigo el editorial escrito por Enrique Carpintero.
EDITORIAL del Nª 53
La curiosa anatomía del alma
Enrique Carpintero
Psicoanalista
enrique.carpintero@topia.com.ar
El alma y el cuerpo son un solo y mismo individuo, al que se concibe ya bajo el atributo del Pensamiento ya bajo el atributo de la Extensión.
Baruch Spinoza, Ética
El cuerpo es el organizador de la complejidad que constituye al sujeto. De allí la importancia que tiene su conceptualización al trabajar con el padecimiento subjetivo.
Tratar de dar cuenta de las condiciones metapsicológicas del cuerpo implica hacerlo en el límite del adentro y del afuera, de la percepción y de la experiencia del mundo del sujeto en los niveles consciente, preconsciente e inconsciente. Es decir una subjetividad construida en la relación con un otro humano en el interior de una cultura.
El cuerpo propio cobra así una función de síntesis que marca los momentos esenciales del sujeto. De esta manera un brazo, una pierna, el hígado, una idea, un sueño, un lapsus, un movimiento, una casa, un puente representan manifestaciones de un cuerpo que dan cuenta de la capacidad simbólica del sujeto.
Veamos algunos momentos de su desarrollo. Para ello vamos a actualizar algunas ideas expuestas en otros artículos editoriales y, en especial en el libro Registros de lo negativo. El cuerpo como lugar del inconsciente, el paciente límite y los nuevos dispositivos psicoanalíticos.
(Creemos necesario establecer que definimos la simbólica desde Freud. Desde allí conceptualizamos “el cuerpo como lugar del inconsciente”. Fue E. Jones quien planteó algunas precisiones freudianas acerca del concepto de simbolismo en un sentido amplio y en un sentido estricto: “Toda experiencia psicoanalítica va a mostrar que las ideas primarias de la vida, las únicas que pueden ser simbolizadas -aquéllas, a saber, concernientes al propio cuerpo, las relacionadas con la familia, nacimiento, amor, muerte- mantienen en el inconsciente a lo largo de toda la vida su importancia original y que de ellas derivan la mayor parte de los intereses secundarios de la mente consciente. Como la energía fluye de ellas y jamás hacia ellas y como constituyen la parte más reprimida de la mente, es comprensible que el simbolismo tenga lugar solamente en una dirección. Sólo lo reprimido está simbolizado; sólo lo que está reprimido necesita ser simbolizado. Esta conclusión es la piedra de toque de la teoría psicoanalítica del simbolismo”.
Entre la simbólica freudiana y lo simbólico en Lacan existe una diferencia manifiesta. Para Freud el símbolo es producto de un mecanismo psíquico donde aparece una relación que une al símbolo con lo que lo representa por más complejas que puedan ser esas conexiones. Para Lacan el sistema simbólico es una estructura de lenguaje que se incorpora el sujeto al nacer. La relación con lo simbolizado es secundaria y está impregnada de lo imaginario.
Laplanche y Pontalis definen de esta manera el simbolismo: “A) En un sentido amplio, modo de representación indirecta y figurada de una idea, de un conflicto, de un deseo inconsciente; en este sentido, puede considerarse en psicoanálisis como simbólica toda formación sustitutiva. B) Modo de representación caracterizado principalmente por la constancia de la relación entre el símbolo y lo simbolizado inconsciente, comprobándose dicha constancia no solamente en el mismo individuo y de un individuo a otro, sino también en los más diversos terrenos (mito, religión, folklore, lenguaje, etc.) y en las áreas culturales más alejadas entre sí”.
El espacio soporte
De todos los animales superiores, el ser humano es aquél cuyo nacimiento es más prematuro. Las consecuencias de este hecho marcan una estrecha relación entre el nacimiento y la muerte.
Las condiciones de inadaptación entre el organismo y el medio generan una dependencia absoluta entre el niño y sus progenitores. Toda ulterior autonomía debe ser conquistada gradualmente, ya que toda separación cobrará la forma del desamparo y el abandono. En este período hay una relación fusional entre el niño y la madre. El poder soportar la angustia de muerte que padece el niño va a permitir que la madre genere su capacidad de amor. De esta manera crea lo que denominamos el espacio-soporte de la muerte como pulsión que va a posibilitar el necesario proceso de catectización libidinal ligándolo a la vida.
El nacimiento implica que el niño va a tener un cuerpo separado del cuerpo de la madre. Es a partir de esta separación donde el interjuego de las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte va conformando las zonas erógenas desde el lugar que ese niño ocupa en el deseo de los padres. Lugar que marca ese diálogo tónico-emocional entre el niño y los padres que en la kinestesia va a ir dibujando esa superficie cambiante del cuerpo erógeno.
De esta manera se va a constituir una "representación inconsciente primaria" a la que llamamos imago corporal y que representa los deseos y mandatos de los padres, en suma, su propio narcisismo. La imago corporal es diferente de la imagen corporal, en tanto es un "esquema imaginario adquirido" a partir de las primeras relaciones intersubjetivas reales y fantasmáticas del niño con sus padres, es decir, de su ambiente familiar y social. Esta imago corporal inconsciente va a determinar la forma en que el sujeto se enfrenta a otro, manifestándose en sentimientos, comportamiento e imágenes.
Toda imago se define como una “representación inconsciente”. Ella es más que una imagen. A partir de ella el sujeto se enfrenta a otro objetivándose tanto en sentimientos y conductas como en imágenes. En este sentido el concepto que planteamos de imago corporal es un esquema adquirido estructurante del espacio soporte de la pulsión de muerte. Esta va a ser reprimida primero al aparecer la pulsión escópica (la mirada) y, por lo tanto, la posibilidad de identificarse con una imagen completa en lo que se denomina la fase del espejo. Por último, a partir de la castración edípica esta represión va a determinar que sólo se puedan conocer las representaciones inconscientes que derivan de esta imago corporal.
Es en esta superficie donde la fantasía deja su sello, su marca. Y va conformando los "accidentes" particulares de esta geografía que es significada por el lenguaje. Es que si la palabra, como expresión de los deseos y mandatos paternos, significa la experiencia corporal, es porque se identifica proyectivamente con un código de lenguaje que permite unificar esa experiencia fragmentada propia del cuerpo erógeno.
De esta manera, si la pulsión es "uno de los conceptos del deslinde de lo anímico respecto de lo corporal", el cuerpo pulsional aparece en ese límite para indicar esa superficie definida por las zonas erógenas. Donde se forma esa imago corporal inconsciente como un esquema imaginario en el que van a encontrarse palabras y estímulos de sensibilidad profunda a partir del lugar que ese niño halla en las primeras relaciones intersubjetivas con sus padres.
Esta superficie aparece con diferentes características en la fantasía de cada sujeto y, para utilizar una frase de Freud en relación a la conformación del aparato psíquico, va construyendo "una curiosa anatomía del alma, que no hallaríamos en el investigador de la naturaleza".
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Jorge Gómez Alcalá
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