Tolstoi
27.08.08 @ 14:43:40. Archivado en Personajes, Literatura
Publicado en el blog, Ignoria.
Gustavo Morbello, de los grupos yahoo.
De todos los intelectuales que estamos examinando, León Tolstoi fue el más ambicioso. Su audacia infunde un temor reverente, a veces aterra. Llegó a creer que gracias a los recursos de su propio intelecto, y en virtud de la fuerza espiritual que sentía surgir dentro de él, podía llevar a cabo una transformación moral de la sociedad. Su propósito fue, tal como expresó, “Hacer del reino espiritual de Cristo un reino de esta tierra.”
Se vio a sí mismo como formando parte de una sucesión apostólica de intelectuales que incluía a Moisés, Isaías, Confucio, los primeros griegos, Buda, Sócrates, y así hasta Pascal, Spinoza, Feuerbach y todos aquellos que, a menudo inadvertidos y desconocidos, no aceptaron ninguna enseñanza a ojos cerrados, pensaron y hablaron con sinceridad sobre el sentido de la vida. Pero Tolstoi no tenía la menor intención de permanecer “inadvertido y desconocido”. Sus diarios revelan que, cuando era un joven de veinticinco años, ya tenía conciencia de un poder especial y un destino moral dominante. “Leí un libro sobre la caracterización literaria del genio en la actualidad, y esto hizo surgir en mí la convicción de ser un hombre notable tanto en lo que respecta a capacidad como en cuanto a afán de trabajar.” “Hasta ahora no he conocido a un solo hombre, que moralmente, fuera tan bueno como yo.”, y que creyera que, “norecuerdo un momento en mi vida en el que no me haya atraído lo que es bueno y en que no estuviera dispuesto a sacrificar cualquier cosa por ello”.
En su propia alma sentía “una grandeza inmensa. Le desconcertaba que otros hombres no pudieran reconocer sus cualidades.”¿Por qué no me ama nadie? No soy
tonto, ni deforme, no soy un mal hombre ni un ignorante. Es incomprensible.” Tolstoi siempre se sintió en cierto modo apartado de los otros hombres, por mucho que tratara de simpatizar e identificarse con ellos. De una manera curiosa se sentía con derecho a juzgar a los demás, a ejercer una jurisdicción moral. Cuando llegó a ser novelista, quizá el más grande de todos, asumió sin esfuerzo este poder divino. Le dijo a Máximo Gorka: “Cuando escribo, yo mismo de pronto siento compasión por algún personaje, y entonces le doto de alguna buena cualidad, o privo de una buena cualidad a otro, para que no aparezca tan negro en comparación con los demás.”Cuando se convirtió en reformador social, la identificación con Dios se hizo más fuerte, ya que el programa que se proponía era coincidente con la divinidad tal como él la definía: “El deseo del bienestar universal…. Es lo que llamamos Dios.” En verdad se sentía poseído por la divinidad, y anotó en su diario: “Socorro, Padre, ven a habita dentro de mí, ya habitas entro de mí. Ya eres “yo". Pero el problema de esta convivencia de Tolstoi y Dios habitando la misma alma era que Tolstoi recelaba mucho de su Creador, como observó Gorka. Le hacía acordarse, dijo, de “dos osos en la misma guarida”. En ocasiones Tolstoi parecía pensar de sí mismo como el hermano de Dios, en realidad su hermano mayor.
¿Cómo fue que Tolstoi llegara a colocarse en esta situación? Quizá el elemento
asilado más importante en su sentido de majestad fue su propio nacimiento. Como
Ibsen, nació en 1828, pero como miembro de la clase dirigente hereditaria que, durante los siguientes treinta años, conservaría la forma de esclavitud llamada servidumbre. Bajo ella, familias de siervos, hombres, mujeres y niños, estaban ligados por la ley de la tierra que trabajaban e incluidos en los títulos de posesión. Algunas familias nobles tenían hasta 200.000 siervos cuando en 1861 se abolió la institución. Los Tolstoi no eran ricos según estas pautas; el padre y el abuelo de Tolstoi habían sido gastadores, y el padre se salvó gracias a casarse con una hija nada agraciada del Príncipe Volkonski. Pero los Volkonski pertenecían a más alto rango, habían sido cofundadores del reino y estaban en el mismo nivel social de los Romanov cuando su dinastía emergió en 1613.
El abuelo materno de Tolstoi había sido el comandante en jefe de Catalina la Grande. La dote de su madre incluyó la propiedad de Yasnaya Poliana cerca de Tula, y Tolstoi la heredó de ella, con sus mil seiscientas hectáreas y 330 siervos.
En su juventud Tolstoi no pensó mucho en sus responsabilidades como terrateniente, y de hecho vendió partes de sus tierras para pagar deudas se juego. Pero estaba orgulloso, en realidad se vanagloriaba, de su título y su linaje y de la posibilidad que le ofrecían de acceder a los salones de moda. Consternaba a sus amigos literarios con su pose y su esnobismo. “No puedo entender”, escribió Turgenev, “este afecto tan grande por un título de nobleza”. “Nos asqueaba a todos”, fue el comentario de Nekrasov. Les disgustaba que tratara de aprovechar los dos mundos, la alta sociedad y la bohemia.
¡Por qué vienes a estar con nosotros?” le preguntó Turgenev enojado. Este no es tu lugar; vete con tus príncipes.” Al madurar, Tolstoi abandonó los aspectos más falsos de su casta, pero desarrolló en cambio un hambre de tierras mucho más profunda; utilizó sus ganancias literarias para comprar tierra, y atesoró hectárea sobre hectárea con la codicia del fundador de una dinastía. Hasta que llegó el momento en que decidió deshacerse de todo, no solamente fue dueño de tierras, sino que las gobernaba. Su espíritu autoritario surgía directamente del título hereditario a tierras y almas. “El mundo se dividía en dos partes”, escribió su hijo ILSA, “una compuesta por nosotros y la otra por los demás. Nosotros éramos personas especiales y los demás no eran nuestros iguales….[Mi padre] fue responsable en alto grado de la arrogancia y autoestima sin fundamento que semejante crianza inculcó en nosotros, y de las que me resultó tan difícil deshacerme”.Hasta el final Tolstoi mantuvo la creencia de que había nacido para mandar, de una forma u otra. En la ancianidad, escribió Gorka, siguió siendo el amo, el barin, que esperaba que sus deseos fueran obedecidos al instante.
A este deseo fundamental de mandar se sumaba un feroz rechazo a ser gobernado por otros. Tolstoi tenía una voluntad diamantina que las circunstancias contribuyeron a fortalecer. Sus padres murieron cuando era joven. Sus tres hermanos mayores fueron débiles, desdichados, licenciosos. Le crió su tía Tatiana, una prima segunda pobre, que hizo todo lo que pudo para enseñarle sus deberes y generosidad, pero no tenía autoridad sobre él. El relato de sus primeros años, “Infancia”, y sus diarios despistan al lector, como los de Rousseau, con su sinceridad aparente, pero en realidad ocultan más de lo que revelan. Es así que describe haber sido castigado por un tutor feroz, Monsierur de Saint-Thomas, “un motivo para ese horror y aversión ante cualquier tipo de violencia que he sentido durante toda mi vida.” La verdad es que hubo muchos tipos de violencia, incluso la propia naturaleza violenta, que no consternaron a Tolstoi hasta muy tarde en su vida. En cuanto a Saint-Thomas, ya le había vencido a los nueve años, y a partir de entonces su vida fue tan indisciplinada como él quiso que fuera. En la escuela leía lo que quería y trabajaba cuando tenía ganas (a menudo muy duramente). A los doce años ya escribía poesía. A los dieciséis fue a la universidad Kazan en el Volga y durante un tiempo estudió lenguas orientales con vistas a una carrera diplomática. Más adelante intentó la abogacía. A los diecinueve abandonó la universidad y volvió a Yasnaya Polyana para estudiar solo. Leyó las novelas de moda: a de Pick, Dumas, Eugéne Sue. También leyó a Descartes y, sobre todo, a Rousseau. En muchos aspectos importantes fue un discípulo póstumo de Rousseau: al final de su vida dijo que Rousseau había influido en él más que ninguna otra persona, salvo el Jesucristo del Nuevo Testamento. Veía en Rousseau un espíritu afín, otro ego gigantesco, consciente de una verdad superlativa, ansioso de impartirla al mundo. Como Rosseau, fue esencialmente autodidacta, con todo el orgullo, inseguridad y susceptibilidad del autodidacta.
Como Rousseau, probó muchas cosas antes de ser escritor: la diplomacia, la abogacía, la reforma educativa, la agricultura, el ejército, la música.
Tolstoi encontró su métier casi por accidente, mientras servía en el ejército como aprendiz de oficial. En 1851, cuando tuvo veintidós años, fue al Cáucaso, donde su hermano mayor, Nicolai, prestaba servicio activo. No tuvo ningún motivo real para ir allí, más que el de hacer algo, llenar el tiempo, y ganar medallas que le vendrían bien en los salones. Pasó en el ejército casi cinco años, primero en la guerra de frontera en las montañas, luego en Crimen contra los británicos, franceses y turcos. Tenía los preconceptos y actitudes de un imperialista ruso. Cuando el ejército le aceptó y le destinó a una batería de cañones (los nativos no tenían artillería) escribió a su hermano Sergei:”Ayudaré con todas mis fuerzas con mis cañones a destruir a los asiáticos rapaces y turbulentos".En realidad, nunca repudió su imperialismo ruso ni el espíritu chauvinista, la convicción de que los rusos constituían una raza especial, con cualidades morales únicas (personificadas en el campesino) y un papel asignado por Dios para cumplir en el mundo.
Estas eran las simples creencias tácticas de sus camaradas oficiales. Tolstoi lasreflejó. Pero en otros sentidos se sentía diferente. “De una vez por todas”, escribió en su diario, “debo acostumbrarme a la idea de que soy una excepción, de que o me he adelantado a mi época o soy una de esas naturalezas incongruentes e inadaptables que jamás están satisfechas". En el ejército había opiniones encontradas sobre él. Algunos pensaban que era modesto. Otros le encontraban “un incomprensible aire de importanciay complacencia en sí mismo.”
Todos observaron su mirada feroz e implacable, sus ojos a veces terribles; podían hacerle bajar los ojos a cualquiera. Nadie discutía su coraje, dentro y fuera de la acción era una función de su enorme voluntad. De niño se había obligado a montar a caballo. Había superado la timidez. También se había obligado a cazar, incluso al peligroso deporte de azuzar a los osos con perros; a consecuencia de su arrogante indiferencia en su primera cacería de osos quedó muy magullado y case le matan. En el ejército demostró bravura bajo el fuego, y esto le valió la promoción a teniente. Pero sus esfuerzos por conseguir medallas no dieron resultado. Le recomendaron tres veces pero en algún nivel le bloquearon la recompensa. El afán por las condecoraciones se descubre fácilmente en el ejército y no es bien acogido. El hecho es que Tolstoi no fue un oficial satisfactorio; no sólo le faltaba humildad y voluntad para obedecer ya aprender, sino también solidaridad con sus camaradas. Era un solitario, dispuesto a salir adelante, y si no había nada que pudiese ayudarle en su carrera, sencillamente se alejaba del frente, a menudo sin permiso o sin decírselo a nadie. Su coronel anotó: “Tolstoi está ansioso por oler pólvora, pero sólo a intervalos” Tendía a “eludir las dificultades y penurias inherentes a la guerra. Viaja a distintos lugares como turista, pero en cuanto oye tiros, de inmediato aparece en el campo de batalla. Cuando termina se va otra vez adondequiera lo lleve su preferencia.”
A Tolstoi le gustaba el drama, entonces y siempre. Estaba dispuesto a sacrificar comodidades, placeres, hasta su vida, siempre que pudiera hacerlo con un gesto grandioso y teatral que todo el mundo viera. Cuando era estudiante, para acentuar su actitud rusa, se hizo un poncho y bolsa de dormir combinado; fue un gesto que provocó comentarios. En el ejército esta listo para actuar, pero no, por decirlo así, a servir. Las incomodidades penurias de rutina, los aspectos de la vida militar que no tienen valor potencial de celebridad y pasan desapercibidos no le interesaban. Así sería siempre. Su heroísmo, su virtud, su santidad eran para el escenario público, no para la tediosa e ignorada rutina de la vida diaria.
Pero en un aspecto su carrera militar fue verdaderamente heroica. Fue entonces cuando se convirtió en un escritor de fuerza prodigiosa. Mirando retrospectivamente es obvio que Tolstoi fue un escritor nato. También es obvio, de acuerdo a sus descripciones posteriores, que desde una edad muy temprana observó a la naturaleza y a la gente con una exactitud de detalle que nunca ha sido superada. Pero los escritores natos no siempre se revelan como tales. El momento en que las dos dotes más notables de Tolstoi se reunieron fue cuando vio por primera vez las montañas del Cáucaso camino a incorporarse al ejército. El esplendor casi sobrenatural de la vista no sólo estimuló su intenso apetito visual y despertó el ANSI todavía dormida de ponerlo en palabras, sino que evocó su tercera dote notable: su sentido de la majestad de Dios y su deseo de mezclarse con él de algún modo. Muy pronto se puso a escribir Infancia, y luego historias y esbozos de la vida militar:”El ataque”, “Los cosacos”, “La tala”, “Notas de un marcador de billar”, tres “Esbozos de Sebastopol”, “Niñez” (parte de Juventud), “Una mañana de propietario”, “Nochebuena”. Infancia lo envió en julio de 1852 y se publicó con un éxito considerable. “Los cosacos” lo terminó sólo diez años después, “Nochebuena” nunca, y parte del material, la campaña contra Shamy, el jefe chechen, Tolstoi lo reservó para “Hadji Murad” su última y brillante historia, que escribió ya anciano. Pero lo notable es que toda esta obra importante la produjo en breves intervalos de su actividad militar y hasta en el frente, y en un momento en el que Tolstoi, según su propio relato, también perseguía a las cosacas, jugaba y bebía. La urgencia de escribir debió de ser irresistible, el trabajo y la voluntad que requirió satisfacerla, imponente.
Sin embargo, esta necesidad de escribir fue intermitente, y ahí radica la tragedia de Tolstoi. A veces escribía con regocijo. Orgullosamente consciente de su poder. Así, en octubre de 1858: “Voy a narrare una aventura que no tendrá ni pies ni cabeza.” A principios de 1860: “Estoy trabajando en algo que me llega con tanta naturalidad como respirar y, confieso con orgullo culpable, me permite mirar de arriba abajo todo lo que los demás estáis haciendo". No es que escribir le resultara fácil alguna vez. Se imponía a sí mismo un nivel muy alto y el trabajo fue exigente y arduo. La mayor parte de la voluminosa Guerra y paz pasó por lo menos por siete borradores. Anna Karenina tuvo aún más borradores y revisiones, y los cambios fueron de fundamental importancia: en estas revisiones sucesivas vemos la metamorfosis de Anna de una cortesanadesagradable en la heroína trágica que conocemos.
A través el trabajo que Tolstoi se tomó con su obra en sus puntos culminantes, comprendemos que tenía conciencia de su alta vocación como artista. ¿Cómo podía no tenerla? A veces escribe mejor que nadie y es indudable que nadie ha pintado a la naturaleza con una verdad y profundidad tan uniformes. “La tormenta de nieve”, escrita en 1856, en la que relata el episodio en el que casi muere en una ventisca mientras volvía del Cáucaso a Yasnaya, un ejemplo temprano de su técnica madura, es de una fuerza casi hipnótica. Esto lo logra directamente, por medio de la selección y la exactitud del detalle. No hace uso de la insinuación o el matiz, ni de la poesía o la sugerencia. Tal como señaló Edgard Crankshaw, es un pintor que desdeña las sombras y el claroscuro y emplea sólo la claridad y la visibilidad perfecta.Otro crítico lo ha comprado a un pintor prerrafaelista: formas, texturas, tonos y colores, sonido, olores, sensaciones, todo es transmitido con transparencia cristalina y directamente.Siguen dos ejemplos, los dos pasajes que evolucionaron a través de muchas revisiones: Primero, el extrovertido Vronski: ¡Bien, espléndido!” se dijo a sí mismo, cruzó las piernas y, tomando una con la mano, palpó el músculo elástico de la pantorrilla, donde se lo había magullado el día anterior al caerse…Gozó con el suave dolor en la pierna fuerte, gozó la sensación muscular del movimiento de su pecho al respirar. El día brillante y frío de agosto que había hecho sentir tan desesperanzada a Anna, a él le parecía vivificante…Todo lo que veía a través de la ventanilla del coche estaba tan fresco, alegre y vigoroso como él mismo: los techos de las casas que brillaban al sol poniente, los netos perfiles de las cercas y ángulos de los edificios, hasta los campos de patatas: todo era hermoso, como un paisaje delicioso recién salido del pincel del artista y acabado de barnizar. Y aquí está Levin cazando agachadizas con su perro Laska:
“La luna había perdido todo su brillo y era como una nube blanca en el cielo. No se veía ni una sola estrella. Los juncos, antes plateados, ahora brillaban como oro. Los charcos estancados parecían todos de ámbar. El azul de la hierba se había tornado verde amarillento…Un halcón se despertó y se instaló en un pajar, girando la cabeza de un lado a otro y mirando descontento el pantano. Los cuervos sobrevolaban el campo, y un chico con las piernas desnudas le llevaba los caballos a un viejo que se había levantado de debajo de su chaqueta y se estaba peinando. El humo del fusil era blanco como leche sobre el verde la hierba".
Es obvio que la capacidad de escribir de Tolstoi surgía directamente de su veneración de la naturaleza, y que conservó tanto la capacidad como la emoción, si bien con intermitencias, hasta el final. En su diario anota el 19 de julio de 1896 haber visto, aún vivo, un diminuto retoño de bardana en un campo arado, “negro de polvo pero todavía vivo y rojo en el centro… Me da ganas de escribir. Afirma la vida hasta el final, y solo en medio del campo, de alguno u otra manera la había afirmado”.Cuando Tolstoi miraba la naturaleza con ese frió ojo suyo, terrible y exacto, y poniéndola en palabras con su pluma precisa y muy bien calibrada, estaba tan cerca de la felicidad, o por lo menos de la paz espiritual, como su carácter le permitía.
Desdichadamente no se contentaba con sólo escribir. Tenía voluntad de poder. La autoridad que ejercía sobre sus personajes no era bastante. No se sentía parte de ellos. Eran una raza diferente, casi una especie diferente. Sólo en ocasiones, sobre todo con el personaje de Anna, y gracias a esfuerzos prodigiosos, logra meterse en la mente de la persona que está describiendo, y el hecho de que lo haga con tanto éxito en este caso nos recuerda los peligros de generalizar acerca de este hombre extraordinario. Pero por regla general mira desde afuera, desde lejos, sobre todo desde arriba. Sus siervos, sus soldados, sus campesinos son animales presentados brillantemente; describe a los caballos (Tolstoi tenía un gran conocimiento y comprensión de los caballos) igualmente bien y de la misma manera. Mira por nosotros mientras nos conduce durante el curso de una gran batalla, casi como si la observara desde otro planeta. No siente por nosotros. Nosotros sí sentimos, como resultado de la observación selectiva que hace por nosotros, y por lo tanto controla nuestros sentimientos: estamos atrapados por un gran novelista. Pero él mismo no siente. Permanece desligado, apartado, olímpico. En comparación con Dickens, un contemporáneo mayor, y con Flaubert, un casi contemporáneo (los dos novelistas se movieron en un mismo plano superior de creación), Tolstoi invirtió comparativamente poco de su capital emocional en su ficción. Tenía, o creyó tener, cosas mejores que hacer con él.
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Jorge Gómez Alcalá
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