¿La dama o el tigre?
25.08.08 @ 13:04:02. Archivado en Personajes, Literatura, Cultura, Psicología
Cristina de los grupos yahoo me envió el siguiente relato de Stocktom ya hace algún tiempo.
Frank R. Stockton, en 188 y tantos, escribe un relato titulado ¿La dama o el
tigre? y tanto por su título como por su argumento (aunque no, ciertamente, por su estilo)
podría haber sido escrito por Borges.
Se dice que en la remota antigüedad vivió un rey semi-bárbaro que administraba
justicia de un modo a la vez espectacular y caprichoso. Para castigar los delitos
especialmente graves había imaginado una singular ordalía. El acusado era conducido
cierto día señalado a la arena de un circo en cuyas gradas se apretaba todo el pueblo
reunido. Ante él había dos puertas. Tras una de ellas aguardaba un tigre hambriento, el más
fiero que se había podido conseguir para la ocasión; tras la otra estaba una hermosa
doncella, atractiva y virginal. Sólo el rey conocía al inquilino que aguardaba en
cada puerta. El reo debía elegir forzosa e inmediatamente una u otra de ellas: en ambos
casos, su suerte estaba echada. Si aparecía la fiera, moría destrozado en pocos segundos; si
salía la dama, debía desposarla sin dilación y con la mayor pompa, apadrinado por el
propio monarca, derogándose cualquier matrimonio o compromiso que pudiera antes
haber contraído. Queda a gusto de cada uno determinar cuál era el destino más cruel...
En cierta ocasión, el criminal estaba acusado de un delito especialmente grave. Siendo un
simple plebeyo, se había atrevido a cortejar en secreto a la hija única del rey y ésta había
correspondido apasionada y clandestinamente a su amor. Para su juicio en la arena fatídica,
el bárbaro rey se esmeró especialmente en la búsqueda del más voraz de los tigres pero
también seleccionó a la más deliciosa de las doncellas como alternativa. Convulsa, la
princesa amante se vio lacerada por una doble angustia: a un lado, ver el cuerpo tan querido
y acariciado despedazado a zarpazos; en el otro, contemplar a su enamorado unido
conyugalmente con una señorita preciosa, a cuyos encantos ella sabía bien que el joven
culpable no era precisamente indiferente. Con ardides de mujer y arrogancias de princesa,
logró enterarse de cuál era la puerta que en la arena correspondía a cada uno de ambos
indeseados destinos. El muchacho apareció sobrecogido en el circo, abrumado por la
expectación de la multitud. También él conocía el íntimo dilema de su amada y desde el
ruedo le lanzó una mirada de súplica: «¡Sólo tú puedes salvarme!» Con gesto discreto
pero inequívoco, la princesa señaló la puerta de la derecha. Y por ella optó sin vacilar el
condenado. Ahora transcribo cómo concluye su relato Stockton: «El problema de la
decisión de la princesa no puede considerarse con ligereza, y yo no pretenderé ser la única
persona capaz de resolverlo. Por lo tanto, dejo que respondan todos ustedes: ¿quién salió por
la puerta abierta... la dama o el tigre?»
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Jorge Gómez Alcalá
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