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Ese "loco" irreverente.

Permalink 24.07.08 @ 10:02:33. Archivado en Personajes, Literatura, Cultura, Filosofía, Colaboraciones, Salud Mental

tJuan Carlos Gómez me ha enviado desde Argentina varios artículos todos muy interesantes y de buen nivel literario.Giran sobre la vida y obra de W. Gombrowicz, ese escritor y/o pensador irreverente al que ya he dedicado un post.Sin embargo, estos "frescos" nos ubican también frente a una forma muy original de ver el mundo y la vida y reconocer nuestra insignificancia, enfrentada,eso si, a otras cosmovisiones de signos diversos.
Gracias Juan Carlos por tus aportes. 

GOMBROWICZIDAS

SINCERAMENTE ARTIFICIAL Los caminos que hay que seguir para llegar a ser un escritor connotado son misteriosos. A los ocho años, Gombrowicz, para escabullirse del hermano mayor que le quería pegar, usaba la táctica del cucú. Se escondía detrás de un arbusto y salía gritando: –¡Chiflade do! Cuando el hermano empezaba a correr en esa dirección, Gombrowicz, que ya se había escondido detrás de otro arbusto, salía y le gritaba: –¡Bestia!A estas aventuras infantiles le siguieron las del liceo en el que, por una cosa o por la otra, también era corrido y zurrado, y así llegó el tiempo de la Universidad.

“¿Qué iba a estudiar en la Universidad? A decir verdad no me atraía nada, tal vez algo la filosofía, aunque ya en aquella época me daba cuenta que para saber un poco de filosofía bastaba con ir a una librería, comprar unos cuantos libros y leer en lugar de perder el tiempo escuchando conferencias y asistiendo a seminarios. Finalmente escogí la Facultad más cómoda y atrayente para los holgazanes: la de Derecho.Pero pronto dejé de asomarme por la Universidad.

El derecho resultó ser un aburrimiento insufrible y mis compañeros de curso tampoco se mostraban demasiado interesantes” Era un hijo mimado de mamá en comparación con otros jóvenes de su edad que a esa altura de la vida ya habían destrozado unos cuantos corazones, pero él, de igual manera, se sentía más maduro que esos otros.“Mi madurez se manifestaba en la convicción de que ‘la vida es la vida’, como solían decir mis tíos del campo, y que ninguna reforma, acción, levantamiento, lucha, daría una pizca más de razón a mis colegas y no transformarían el mundo en un paraíso.

Era realista hasta la médula y sentía aversión por toda clase de ilusiones, trivialidades y teorías escritas. Odiaba el entusiasmo” Pensaba en los roles que podía desempeñar y que no le resultaban inaccesibles: abogado, juez, comerciante, profesor, filósofo, artista, lugareño..., pero ninguno le gustaba demasiado.A pesar de la confusión que tenía en la cabeza y de que la actividad de escribir no estaba bien vista entre los miembros de su familia, poco a poco se fue convirtiendo en un escritor, apuntando siempre al mismo norte de sus tíos: “la vida es la vida”Había una paradoja, sin embargo, en esa convicción de sus tíos del campo, que despertaba la perplejidad de Gombrowicz. Si sus acciones iban a influir en el futuro, era responsable, por lo menos en parte, de lo que ocurría en el mundo. En cambio, si su propia vida estaba regida por circunstancias que escapaban a su control, entonces no era responsable de sus acciones.

Y esta paradoja ya nos lleva de la mano, porque una cosa que siempre le anduvo dando vueltas en la cabeza a Gombrowicz era saber cuánto de loco estaba. En la vida corriente no era tan extravagante ni tan loco como en la literatura, pero él quería experimentar en su gran laboratorio, sacar consecuencias formales extremas de las ligeras alteraciones que sufría su imaginación. El propósito de Gombrowicz es muy lógico, yo creo que igual que el doctor Frankestein y el doctor Jekyll hacía experimentos no para que los demás controlaran sus demonios sino para controlar los suyos propios.La responsabilidad es una idea que ejercía una enorme fascinación en Sartre y en Gombrowicz pero en el sentido contrario. 

En un estudio realizado por una famosa psiquiatra ginebrina se cuenta como la doctora escuchó de la boca de una de sus pacientes relatos en los que sus experiencias mentales coincidían en muchos aspectos con las que describen los existencialistas y, especialmente, con las vividas por ciertos héroes de las novelas de Sartre.“El menor gesto se extiende a todo el universo. La piedra que arrojé al agua hace un momento en este río rebotó en la superficie y dejó atrás una estela de ondas; siento que puede ser la causa remota de un naufragio en el océano. En consecuencia, yo seré la causa de ese naufragio, y tendré que asumir la responsabilidad total... ¡Soy culpable de todo, absolutamente de todo!... Por mi mera existencia soy culpable y complico al mundo entero en mi ignominia... ¡Qué terrible es esta carga eterna sobre nuestros hombros humanos! No estar segura de nada, no poder confiar en nada, y no obstante verse obligada a comprometerse siempre de manera total...” La paciente, que verdadera y sinceramente intentó vivir según los rigurosos principios existencialistas del compromiso y la responsabilidad, finalmente, perdió por completo la razón.

Imaginemos por un momento que en el mismo instituto psiquiátrico en el que se encontraba internada la paciente, hubiera estado también internado Gombrowicz, asunto nada improbable pues durante buena parte de su vida le anduvo dando vueltas por la cabeza la idea de que estaba loco. ¿Qué hubiera estado haciendo Gombrowicz?, tirando piedras al agua seguramente.

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