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El diván de Freud

Permalink 16.07.08 @ 12:01:10. Archivado en Personajes, Psicoanálisis, Prensa

Tres aproximaciones al diván

David Dorenbaum

David Dorenbaum nos invita a no dejarnos engañar “por la neutralidad de una silla o por la aparente simpleza de una mesa” y hace que lo acompañemos en estas tres aproximaciones al diván, acaso uno de los muebles más simbólicos que se puedan imaginar. Hay en estas tres piezas mucho más que la almohadilla para la cabeza, el forro protector para los zapatos, la extensión donde el paciente se reclina... Pleno de significados, el diván parece tener tantas cosas por decir como cualquiera de quienes alguna vez han yacido en él. El doctor Dorenbaum refiere aquí tres momentos de su polivalente relación con un objeto extenso como un mundo.

Mi primer encuentro con el diván ocurrió en la casa de Sigmund Freud en el número 30 de la calle Marsfield Gardens. Sabía que Freud había dejado Viena en los últimos años de su vida y sospechaba que su diván se encontraba en alguna parte de Londres, donde yo estaba a punto de completar mis estudios. Pero, ¿cómo localizar el diván? Mi necesidad de verlo era imperiosa. "Busca Anna Freud en la guía telefónica", me sugirió el doctor Otto Wolf, mi jefe, un profesor vienés especialista en enfermedades raras de la infancia, que de alguna manera había conocido a la familia Freud. "Llámala y dile que yo te mando."

Desde una cabina telefónica inglesa: "¿Bueno? ¿Sería posible hablar con la doctora Freud?" "Ella habla", me contestó una voz en tono grave. ¿Qué decir? ¿Que estaba de visita de estudios en Londres, que un día quería ser psicoanalista, que había leído La interpretación de los sueños en la escuela preparatoria? Todas parecían razones superfluas. De una manera misteriosa mi deseo estaba ligado al diván.

El té con la doctora Freud podría ser motivo de otro escrito. Cuando la doctora Freud abrió la puerta, me impresionó cuánto había envejecido. Ya no se trataba de aquella mujer joven que había visto en las fotografías de familia. Lo que vi fue un rostro lleno de arrugas, como una ciruela pasa.

El golpe repentino entre dos mundos me tomó por sorpresa; el mundo de la calle, de donde yo venía, y el mundo que yacía detrás de la puerta. ¿Había sufrido también el diván el mismo proceso de deterioro que la doctora Freud?.

Anna Freud se presentó. Tuve la tentación de pedirle que me presentara a la otra Anna Freud, la hija de Freud, para quien el tiempo no había transcurrido. Me invitó a pasar. Al cruzar el umbral de la puerta de la casa en el barrio londinense de Hampstead me di cuenta de que había entrado en un lugar en el que el tiempo ya no tenía importancia. La casa se había mantenido casi de la misma manera que cuando Sigmund Freud la habitó en 1938. Me parecía que en cualquier momento él descendería por la escalera. ¿Cómo pude cruzar Londres en Metro esa tarde y de repente encontrarme ahí? Sentí la ansiedad de un viajero del tiempo.

Hablamos. Le llevé unas flores. Recuerdo haber pensado en lo curiosas que son las flores. Por un lado son significantes de lo esencialmente efímero y, por el otro, intemporales. Ella sugirió que nos dirigiésemos a su estudio en el segundo piso de la casa. Más tarde fuimos a la cocina donde sirvió el té. Y yo todo el tiempo a la espera de la pregunta tan ansiada: "¿Quieres visitar el estudio de mi padre?" "¿Es posible?" "¡Por supuesto!" Al entrar, o mejor dicho, al haber sido "teletransportado" al estudio de Sigmund Freud, para mí el tiempo se detuvo. Repentinamente dejé de ser ese viajero perdido en el túnel del tiempo, ese anacrónico visitante del futuro. ¿Cuánto tiempo permanecí ahí, en la íntima compañía de mesas, sillas, armarios, estantes de libros, un escritorio, sus objetos más personales, piezas arqueológicas, todo cargado de un inmenso contenido simbólico? Algunos de esos objetos los conocía a través de mis lecturas, pero ahora estaba rodeado de ellos, bajo el escrutinio de esos dioses y diosas griegos tan adorados por Freud, todos ellos mirándome intensamente, como diciendo: "¿Qué diablos haces aquí?" .

Mi mirada se dirigió al diván, el diván de Freud pegado a la pared, cubierto de alfombras persas. Recuerdo que pensé que quizá por esa razón la mayoría de los psicoanalistas también colocan su diván pegado a la pared. En ese momento, bajo el encanto del diván el espacio se transformo en otra cosa. Experimenté una especie de "transfiguración del lugar común", término acuñado por Arthur Danto para describir cómo ciertos artistas como Marcel Duchamp dieron a los objetos ordinarios el aura de obra de arte.

Ahí yacía el diván, como una obra maestra, revelándome esa increíble capacidad que tienen los muebles de transmitir un sentido profundo, un sentido oculto que emerge mas allá de su estructura, de su función o localización en el espacio. Como los sueños, ciertos muebles son construcciones que resultan de sistemas muy complejos de condensaciones y desplazamientos de significado. Jean Baudrillard hace referencia a estas propiedades en su libro El sistema de los objetos. En el campo del psicoanálisis, la condensación y el desplazamiento de sentido son principios fundamentales para entender el inconsciente.

Tal vez por esta razón los muebles nos pueden dar acceso a un espacio simbólico. Donald Winnicott, el psicoanalista inglés, definió este proceso como un "espacio potencial", el espacio en el que ocurren el juego y la ilusión; esa zona de transición entre el yo y el no-yo. Desde ese punto de vista el diván es un objeto de significación. El lugar desde el cual el sujeto puede hablar. El lugar de la articulación del discurso del inconsciente. El inmóvil apoyo de un viaje fantástico.

De pie frente al diván, apenas separado de él por una brecha similar a la que hay entre la plataforma de la estación y el tren, sentí la tentación de tocarlo, de reclinarme en él; pero también sentí la amenaza de su proximidad, el poder de su presencia. Entonces, sorpresivamente, una voz interrumpió el silencio de mi ensoñación. El diván me habló. Lo mismo debió sentir Alicia en el País de las Maravillas cuando escuchó la voz del conejo.

Al diván, mi interlocutor, lo habían precedido en la historia otros divanes. En su estudio La mecanización toma el mando, Sigfried Giedion señala que el diván procede de una categoría muy amplia de muebles. Históricamente, su objetivo era facilitar una postura pasiva del cuerpo sujeto a manipulaciones por parte del barbero o del cirujano. Este autor identifica los orígenes del diván ajustable con el de los asientos ajustables del tren. El nexo histórico entre el tren y el diván se aproxima a la idea de Freud acerca de lo que él llamó "la regla de oro del psicoanálisis": al paciente reclinado en el diván hemos de pedirle que nos hable de cualquier cosa que le venga a la mente, como las ideas sin censura que emergen al mirar por la ventana ¡durante un viaje en tren!

En ese sistema de objetos en el que me encontraba yo, cada objeto era parte de un conglomerado y, paradójicamente, a la vez un objeto muy particular. Estaba ante el diván que representa todos los divanes, el prototipo del diván, un icono, el diván de Sigmund Freud. Mi encuentro con un mueble capaz de tener ese efecto tan poderoso fue para mí una verdadera revelación.

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Comentarios:
fantasticamente afortunado,conocer un divan con cientos o miles de sueños..
Enlace permanente Comentario por mujer x. 06.10.08 @ 00:17

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