Antonin Artaud
06.06.08 @ 09:14:01. Archivado en Personajes, Violencia, Arte, Literatura, Filosofía, Otros Autores
Antonin Artaud
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Antonin Artaud, diminutivo de tradición familiar del poeta, dramaturgo y actor francés Antoine Marie Joseph Artaud (quien luego lo usaría definitivamente para distinguirse de su padre), nacido el 4 de septiembre de 1896 y fallecido el 4 de marzo de 1948.
Artaud es autor de una vasta obra que explora la mayoría de los géneros literarios, utilizándolos como caminos hacia un arte absoluto y "total".
Sus tempranos libros de poemas (luego abandonaría el preciosismo poético, decepcionado) L'ombilic des limbes (El ombligo de los limbos) de 1925 y Le Pèse-Nerfs (El pesanervios) anuncian ya el carácter explosivo de su obra posterior.
Es más conocido como el creador del teatro de la crueldad (cf. El teatro y su doble, 1938; Manifiesto del teatro de la crueldad, 1948), noción que ha ejercido una gran influencia en la historia del teatro mundial.
Trabajó en 22 películas, durante los años 20 y 30, entre las que destacan Napoléon de Abel Gance y La Pasión de Juana de Arco de Carl Theodor Dreyer.
No ha quedado demostrado, ni mucho menos, que el lenguaje de las palabras sea el mejor posible.
Antonin Artaud: Me Conozco 
(Artaud: Autorretrato)
«Me falta una concordancia entre las palabras y el momento de mis estados.'Pero es normal, a todo el mundo le faltan palabras, usted es muy difícil consigo mismo, al escucharle no lo parece, pero se expresa perfectamente en francés y le da demasiada importancia a las palabras'.
Ustedes son unos cretinos, desde el inteligente al mediocre, desde el hiriente al endurecido, ustedes son unos cretinos, quiero decir que son unos perros, quiero decir que ladran hacia afuera, que se empecinan en no comprender. Me conozco y eso me es suficiente, y eso debe ser suficiente, me conozco porque me socorro, ayudo a Antonin Artaud.- Tú te conoces, pero nosotros te vemos, vemos bien lo que tu haces.
Sí, pero no ven mi pensamiento.En cada uno de los peldaños de mi mecánica pensante hay agujeros, paradas, no quiero decir, entiéndanme bien, en el tiempo, quiero decir en una cierta forma de espacio (yo me comprendo); no hablo de un pensamiento longitudinal, un pensamiento en duración de pensamientos, hablo de UN pensamiento, uno sólo, y un pensamiento INTERIOR; pero no me refiero a un pensamiento de Pascal, un pensamiento de filósofo, me refiero a la fijación perfilada, la esclerosis de un cierto estado. ¡Y atrapa!
Me siento dentro de mi minucia. Pongo el dedo sobre el punto preciso de la falla, del deslizamiento inconfesado. Porque el espíritu es más rastreto que ustedes mismos, señores, se esconde como las serpientes, se esconde hasta el punto de atentar contra nuestra lengua, hasta dejarla en suspenso.
Soy aquel que mejor ha sentido el desarreglo estupefaciente de su lengua en sus relaciones con el pensamiento. Soy aquel que mejor ha descubierto el instante de sus más íntimos, de sus más insospechados deslizamientos.
Me pierdo en mi pensamiento como en un sueño, como entrando súbitamente en su pensamiento. Soy aquel que conoce los rincones de la pérdida».
Antonin Artaud: El Pesa-Nervios. Trad. M. R. Barnatán. Madrid: Visor. 2002.http://wwwlecturalia.com/libro/16876/el-pesa-nervios
La palabra ha sido robada, caída de mi cuerpo ella no es otra cosa que la repetición. Un fraude que se ha hecho posible en el momento en que Dios se ha interpuesto entre la imagen y la palabra.
Dios consiguió sustraerla. Dios es un mediador entre el pensamiento y la palabra. Dios es el doble al que está preparado a matar. Dios llegó antes que él al vientre de su madre, él se anticipó a su pensamiento y tiene la posibilidad de sustraerlo. No encontró nada mejor para ser que nacer al precio de mi asesinato.
A fuerza de morir he acabado ganando una inmortalidad real. Y esta es la historia verdadera y no como si fuera vista en la atmósfera legendaria de los mitos que escamotean la realidad.[1] Dios es un impostor que duplica su imagen, que ocupa sus lugares. El hombre está condenado a la escisión.
Para terminar con la mentira, Artaud propone la muerte de Dios. Sólo ella podrá despertar lo divino.
ARTAUD Y LA PALABRA
Por Marcos Rosenzvaig
La crítica especializada piensa que el teatro de Antonin Artaud es irrealizable. Naturalmente, creo que lo era hasta para él mismo, irrealizable. Pero allí mismo radica el primer desafío de todo artista, en el pánico que se siente ante la imposibilidad de explicar lo incomprensible del mundo que me circunda, del músculo que late, de la imagen y la palabra, el eidon y el eidolon.
Si Kantor destruye en su primera época el edificio teatral, el texto, la idea articulada de un teatro de autor-director-actor y público, Artaud hace estallar bajo su pensamiento toda la cultura occidental, su filosofía, desenmascarando a un Dios furtivo como el ladrón de la palabra.
La palabra ha sido robada, caída de mi cuerpo ella no es otra cosa que la repetición. Un fraude que se ha hecho posible en el momento en que Dios se ha interpuesto entre la imagen y la palabra. Dios consiguió sustraerla. Dios es un mediador entre el pensamiento y la palabra. Dios es el doble al que está preparado a matar. Dios llegó antes que él al vientre de su madre, él se anticipó a su pensamiento y tiene la posibilidad de sustraerlo. No encontró nada mejor para ser que nacer al precio de mi asesinato.
A fuerza de morir he acabado ganando una inmortalidad real. Y esta es la historia verdadera y no como si fuera vista en la atmósfera legendaria de los mitos que escamotean la realidad.[2] Dios es un impostor que duplica su imagen, que ocupa sus lugares. El hombre está condenado a la escisión. Para terminar con la mentira, Artaud propone la muerte de Dios. Sólo ella podrá despertar lo divino.
La muerte de Dios es también la muerte de una civilización basada en la palabra. La estructura del robo se aloja en la relación del habla con la lengua. Desde el mismo momento en que la palabra existe como tal, es escrita y a su vez leída, ella no es más que una incesante repetición.
“El habla es robada; robada a la lengua, robada, pues, al mismo tiempo, a ella misma, es decir, al ladrón que ha perdido ya desde siempre su propiedad y su iniciativa”.[3]Teatro orgánico y teatro inorgánicoEl hombre perdido en una multitud de máscaras y de palabras, al que Pirandello pretende en vano rescatar en la infructuosa búsqueda del ser en Seis personajes en busca de un autor; o llevando la falsedad a su máxima expresión que es la verdad como lo hace Jean Genet en Las criadas.
En esta obra las máscaras ya no son el símbolo de la falsedad y el parecer. El triángulo amoroso Clara-Solange-Señora se establece en un intercambio especular tan intenso que el ser y el parecer de los personajes deja de tener importancia en relación a su deseo de encarnarse en el otro.
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Jorge Gómez Alcalá
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