Silvia Bleichmar y el dolor de un país
14.04.08 @ 09:57:49. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Cultura, Política, Salud Mental, Prensa
El 15 de Agosto pasado falleció en la ciudad de Buenos Aires esta excelente psicoanalista.
En los años 60, Silvia partió de su Bahía Blanca natal hacia Buenos Aires para estudiar sociología y psicología en la UBA.Militó en los movimientos estudiantiles hasta que la dictadura militar la llevó al exilio mexicano. Continuó luego hacia París donde estudió con Jean Laplanche.Volvió a la Argentina en 1986.
Según relatan quienes más la conocieron y fueron sus colegas y alumnos fue una psiconalista que sacó el consultorio del espacio cerrado y subjetivo y lo vinculó con los problemas sociales de la época. Trabajó para la UNICEF dirigiendo el programa de asistencia psicológica a las víctimas infantiles del terremoto de 1985 de México; formó parte del proyecto de ayuda psicológica a los afectados por la bomba que destruyó la mutual judía AMIA en 1994.
Pero donde confluyeron sus capacidades de psicoanalista comprometida con lo social y lo político y su particular estilo fue en Dolor país (Libros del Zorzal), donde analizó la crisis del 2001 y de los meses siguientes en Argentina y donde subrayó la necesidad de anteponer las subjetividades personales a los crudos y macabros números del riesgo país.
El libro fue publicado en Francia, junto al resto de sus libros de psicoanálisis.
Hasta sus últimos días dio clases en la Facultad de Psicología de la UBA y en la de Córdoba; también enseñó en otras universidades nacionales y extranjeras. En los últimos meses recibió dos menciones que coronaron su carrera en lo profesional y en lo personal; en 2006 recibió el Premio Konex en Psicología y el 10 de mayo de este año fue distinguida como Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.
En el año 2006 visitó Bahía Blanca por última vez. Se le escuchó explicar: Los argentinos amamos al ser que surge de la adversidad. Ese rasgo lo amamos en Diego Maradona, en Gardel, en Gatica. Además, en un país que ha sido tan derrotado y que constantemente vuelve a resurgir, lo que nos conmueve,como en “el Diego”, es la caída del héroe y su recuperación, su capacidad para no dejarse vencer. Lo que nos impacta de él es que no se mimetiza con lo que no es. Maradona es de una autenticidad aplastante. Nunca se ha dejado ganar por la tentación de presentarse como lo que no es. Eso hace que alguna gente lo odie y que otros lo amemos, aunque a veces se nos haga difícil.
Creo que en Diego amamos la posibilidad de remontar este país de sus raíces oscuras, lo que él representa como lucha contra el destino. Si volviera a caer, seguiríamos amándolo, porque no lo necesitamos exitoso. Lo amamos en el éxito y nos enternece en la derrota, porque él es una parte de nosotros. Amamos lo que Diego tiene de reparador y, a su vez, lo que tiene de inacabado. Diego no es Pelé. No es un triunfador, no es un winner .
Es un hombre que cae y se levanta, que vuelve a caer y se vuelve a levantar. Se parece a nosotros y a nuestra historia. Los argentinos somos Diego: podemos hacer cosas sublimes y cosas espantosas, nos derrotamos y nos volvemos a levantar, luchamos creativamente contra todos nuestros traumatismos. Es increíble la capacidad creativa que conserva la sociedad argentina y la puesta en acto que es capaz de realizar. En medio de la crisis de 2001, la gente ponía poemas y armaba talleres de pintura en las calles. La sociedad argentina busca en forma permanente la recuperación: eso tiene que ver con Maradona. Somos una extraña mezcla de talento, brillantez y derrota, y eso nos identifica con él.
Dolor país
¿Cómo se mide el "dolor país"?
Artículo publicado en el Diario Clarín, 25 de julio de 2001, Sección Opinión
Cómo se mide, en índices aceptables, la suba inexorable del "dolor país"? Si la sensación térmica es una ecuación entre temperatura, vientos, humedad y presión atmosférica ¿por qué no emplear combinadamente las nuevas estadísticas de suicidio, accidente, infarto, muerte súbita, formas de violencia desgarrantes y desgarradas, venta de antidepresivos, incremento del alcoholismo, abandono de niños recién nacidos en basurales —metáfora magistral de la convicción que tienen los miserables irredentos de que su prole no tiene ni tendrá otro destino—, deserción escolar, éxodo hacia lugares insospechados... para medir el sufrimiento a que somos condenados cotidianamente por la insolvencia no ya económica del país sino moral de sus clases dirigentes?
El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo evaluó en algún momento "índices de sufrimiento humano", construidos a partir de diferentes variables: inseguridad, expectativa de vida, tasa de suicidios, mortalidad infantil... Estos datos objetivos no dan cuenta sin embargo, tal vez porque es imposible hacerlo, de los múltiples dolores cotidianos, del desgarramiento interior de quienes los padecen: habría que sumergirse hasta el fondo de los seres humanos, tolerar el horror que números y planillas no reflejan, para encontrar allí las imágenes de la devastación sorda a la cual han sido sometidos.
Perder hasta la identidad
Durante la ocupación alemana se solicitaba a la dirección judía de los guetos una cuota diaria de nombres que ellos mismos debían entregar, suponiendo que la decisión tomada era hecha en función de enviar a algunos a la muerte para salvar a otros. En definitiva, esa cuota no fue sino un engaño, el modo con el cual se logró la colaboración silenciosa de quienes debían elegir, día a día, quién se salvaba y quién moría; y aquellos que lo hicieron supieron que las pobres justificaciones que los alentaban a realizar la bajeza de ese trabajo no era sino el encubrimiento de su propio terror, la degradación cotidiana hacia la desidentidad absoluta.
Hoy nuestras clases dirigentes deciden si le quitan los antibióticos a una maestra o la medicación antihipertensiva a un jubilado, y la llamada reingeniería empresarial obliga a sus próximas víctimas a un diseño cuidadoso de la cuota diaria que deben entregar quienes aún deciden sobre los otros, sabiendo que ese lugar puede alternarse y en cualquier momento se producirá respecto a ellos mismos la expulsión definitiva de la vida.
Hay en la infancia un sentimiento de desvalimiento que da lugar a la más profunda de las angustias: se trata de la sensación de "des-auxilio", de "des-ayuda", de sentir que el otro del cual dependen los cuidados básicos no responde al llamado, deja al ser sometido no sólo al terror sino también a la desolación profunda de no ser oído. A tal punto es así, que puede devenir "marasmo", un dejarse morir por desesperanza, por abandono de toda perspectiva de reencuentro con el objeto de auxilio.
Y de eso se trata con la desaparición de las funciones mínimas del Estado, porque como decía un cartel de los piqueteros: "Tenemos tres problemas: no tenemos trabajo, no nos jubilan, no nos morimos..." en un país en el cual la desocupación no sólo arrastra la lesión moral de no sentirse necesitado por nadie, de ser sobrante inútil de la masa humana que construye riquezas, sino que implica una agonía deteriorante y paulatina para quien se ve sometido a ello dado que la orfandad a la cual el Estado lo condena se extiende a su mundo entorno, a todo lo que ama.
Porque no alcanza con la crisis para sumirnos en este "sobremalestar", en esta sensación de dolor profundo que consume hoy a la mayoría de los argentinos, y que nos embarga hasta la cursilería —como cuando se nos hace un nudo en la garganta al recordar un viejo comercial en el cual un avión despega mientras una voz dice "Aerolíneas Argentinas, la Argentina que levanta vuelo", o se nos seca la boca escuchando una canción patria que fue motivo de chistes infantiles: "Alta en el cieeeeloooo, un águila guerrera..."
El "dolor país" se mide también por una ecuación: la relación entre la cuota diaria de sufrimiento que se les demanda a sus habitantes y la insensibilidad profunda de quienes son responsables de buscar una salida menos cruenta. El suplemento de modas de un diario de esta ciudad traía el jueves, en el marco de una semana de quitas y levas, de protestas y enfrentamientos, un titular extraordinario en su banalidad irresponsable: "Las colecciones de París. El mundo es un lujo". Y en páginas interiores, el casamiento de la hija del ministro que se quedó sin lágrimas de tanto tomar medidas que lo desgarran, con el mismo vestido de encaje que debió ser salvado del vandalismo resentido de quienes esperaban en la puerta.
Se puede, por supuesto, cuestionar el derecho a inmiscuir lo público en lo privado, a llevar hasta la boda de una joven la hostilidad reinante en esta ciudad devastada, a arruinar "el día más feliz de la vida de una mujer" trasladando la guerra al salón de fiestas elegido, situado en la "reserva ecológica" de la ciudad, una de las zonas en la cual aún se salvan algunas especies naturales del país.
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Jorge Gómez Alcalá
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