Julio Cortazar: literatura y revolución.
07.03.08 @ 08:03:56. Archivado en Personajes, Literatura, Cultura, Política
En estos días hace 24 años fallecía Julio Cortazar.
Argentino por sus orígenes, cosmopolita por vocación y francés por adopción, su nombre estará ligado siempre a lo mejor que han dado las letras en el mundo.
En estos días en que Castro ha declinado definitivamente el poder en la isla caribeña, me pareció oportuno la presentación del siguiente artículo publicado por la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico.
La revolución más profunda: Julio Cortázar entre literatura y política revolucionaria
Prof. Christian Gundermann
Rutgers University
La revolución cubana influenció, polarizó e incluso transformó casi toda la vida intelectual de Occidente en los años sesenta. Tan fuerte fue el impacto ideológico de los acontecimientos en aquella pequeña isla caribeña que pocos pudieron escapar de un maniqueísmo que dividió los ambientes intelectuales progresistas en un implacable pro o contra, ni en Europa ni aun mucho menos en América Latina. O se era verdadero testigo de la Revolución, o uno se convertía en herramienta del imperialismo yanqui.
Lo que interesa elaborar en esta ponencia es un paradójico “sí y no” simultáneo en el escritor argentino Julio Cortázar. Esta tercera posición está basada sobre aspectos fundamentales de las vanguardias literarias: (1) el rechazo del concepto de testimonio como escritura verídica. Pienso en la “antinomia de la mentira” de Jean Genet quien desarrolla una noción de escritura que dice la verdad porque miente.[1] (2)
La segunda suposición es que la escritura no se puede despojar del cuerpo, de la “carne”, de un sujeto “encarnado”, y por ende, que la escritura objetiva es imposible. Me interesa el cuerpo como estorbo que impide el ajuste e impone una cierta intimidad privada, un lugar aparte de la colectividad política que el realismo socialista quiere asignarle al escritor como único tema válido.
Cortázar abrió una tercera posición antidogmática, aunque —dada su “tortuosa” inserción en la política cubana (Goloboff 156f)— le costara mucho formular su disentimiento. En Cortázar, el peso de la corporalidad y el deseo están en pugna con los principios revolucionarios. Por lo tanto, el inconformismo de Cortázar tomó formas sigilosas. No obstante, se puede entrever una cierta subversión del dogmatismo aún en los escritos que más parecen ajustarse al dogma revolucionario como el cuento “Reunión”.
La obra de Cortázar es un sitio de contienda. Pretendo escudriñar las tensas negociaciones en esta obra entre el llamado político de Cortázar y, por otro lado, su concepto y práctica de una revolución “total”. Este concepto está arraigado en una práctica lúdica y erótica que choca a veces violentamente contra la política del régimen de Castro (que Cortázar nunca deja de apoyar como otros intelectuales en la misma época). En cuanto a su contenido, “Reunión” (1964) es el cuento que más explícitamente intenta la reconciliación de su revolución más profunda con los discursos de la revolución cubana, pero esta aparente reconciliación produce ciertas fisuras en las cuales ya se vislumbra una concepción de la literatura comprometida que no encaja con las recetas cubanas (de un tal Fernández Retamar, por ejemplo).
A partir de este momento (1964), Cortázar expresa su descontento con los desarrollos cubanos sólo a través de ensayos y debates públicos. El cuento “Apocalipsis de Solentiname” —un texto que fue escrito en 1976— constituye el momento en que Cortázar logra dar una compleja expresión literaria al debate sobre el concepto de la literatura comprometida que entretuvo con varios representantes de la revolución cubana a lo largo de los años sesenta.
En una conversación con Saúl Yurkievich y Pierre Lartigue, Cortázar —el autor cuyo libro más conocido, Rayuela, tiene como título el nombre de un juego— afirma su afán por los juegos. Luego Cortázar liga su preferencia por los juegos con el humor y el erotismo:
…ellos [los compañeros militantes] opinan que el humor no tiene nada que ver con la revolución. Yo creo que sí tiene que ver. En América Latina, libro dos grandes batallas, una por la liberación humorística, otra por la liberación erótica, por un humorismo y erotismo integrales que nos liberen de todos los tabúes que nos llegan, sobre todo, de la tradición hispánica […] Contra los comisarios que no tienen sentido del humor y además son malos amantes (Yurkievich 99f)
Quisiera analizar la escritura “comprometida” de Cortázar —vale decir, su re-escritura del testimonio revolucionario del Che Guevara que desembocó en el cuento “Reunión”— sobre el trasfondo de esta predilección lúdica en Cortázar para luego volver a sus intervenciones más explícitamente políticas en la fase de creciente “estalinización” en Cuba entre 1968 y 1971 (fecha del notorio “caso Padilla”). Cortázar, a diferencia de muchos otros “jugadores”, supo desempeñar un asombroso jugueteo con los más serios de sus adversarios.
Revolución en la literatura versus literatura en la revolución
El “romance” de Cortázar con la revolución cubana empezó con un viaje turístico a la isla caribeña en 1961 y oficialmente en 1963 con una invitación de la Casa de las Américas para integrar el jurado del Premio Casa de las Américas. La relación de Cortázar con Cuba siempre “[t]uvo mucho de contradictoria, de mutuamente incomprendida; inclusive […] bastante de tortuosa” (Goloboff 157). De hecho, el grado de contradicción que los cubanos estuvieron dispuestos a aceptar en Cortázar (y no en otros) no me deja de asombrar.
Desde su primera visita oficial en 1963, por ejemplo, Cortázar nunca escondió su interés por aquellos fenómenos marginales de la sociedad cubana que en aquel momento ya fueron considerados como “no tan gratos”, más notablemente el ardiente interés del argentino por la prostitución (véase Goloboff 156) y su inequívoca pasión por la obra y persona de Lezama Lima[2].
Es cierto que Cortázar a menudo demostraba una actitud reverencial, “casi de voluntaria subordinación” (Goloboff 164), hacia los líderes cubanos en cuanto a asuntos explícitamente políticos[3]. Dado ese servilismo, resulta extraña la valentía con la que no sólo publicase libros tan obviamente en desacuerdo con la estética revolucionaria como 62: modelos para armar; aun más extraño resulta que públicamente afirmase —en 1970, por ejemplo, en el apogeo de enconados debates en torno a la función de la literatura— una posición que está plenamente en contra del realismo socialista. Refiriéndose al “compromiso entre las pulsiones que llevan a escribir y las que nos exigen, hoy, a participar cada vez más activamente en la lucha revolucionaria”, plantea que
[e]ste problema […] ha sido y me temo que seguirá siendo uno de los escollos mayores con que tropieza el socialismo a lo largo de su edificación, y a mí me parece que la mayoría de los barcos teóricos o pragmáticos se van a seguir estrellando en ese escollo mientras no se alcance una consciencia mucho más revolucionaria de la que suelen tener los revolucionarios del mecanismo intelectual y vivencial que desemboca en la creación literaria (Collazos, Cortázar y Vargas Llosa 51)
En una conversación con Omar Prego que data del año 1982, Cortázar resume el disentimiento con los cubanos hacia fines de los años 60s, afirmando que él le declaró a Fernández Retamar, sin ninguna oposición de la parte de éste, que el realismo social fue “un gran fracaso” y que la literatura no pudo ser revolucionaria “como ellos lo entienden” (Prego 229).
Ya en 1962 Fernández Retamar comenzó a desarrollar una nueva teoría literaria que desembocó en el libro Para una teoría de la literatura hispanoamericana, publicado por primera vez en 1975. Retamar sostiene que la forma adecuada para dar expresión a la realidad revolucionaria es un “nuevo realismo” (Retamar 157). Retamar afirma la prioridad de la realidad histórica y la posición dependiente, o sea ancilar, de la literatura con respecto a la historia (Retamar 165). La escritura del Che desempeña un papel sobresaliente en este desarrollo, pues “[h]ay allí una nueva literatura, caracterizada por su despreocupación de toda moda literaria, y su apego escueto, y por lo mismo conmovedor, al hecho real” (Retamar 169). Para Retamar, el Che es un “maestro […] de quien provienen la temática y el fuego” (Retamar 168).
En 1969, en el apogeo del debate sobre la función de la literatura en la revolución (y que, curiosamente, es el período del más firme apoyo político del escritor argentino a la revolución), Cortázar publicó un breve ensayo sobre la estética del cuento breve. En este ya famoso ensayo, “Del cuento breve y sus alrededores”, Cortázar despliega un concepto de escritura y lectura que rotundamente contradice las ideas de Retamar. En vez de “representar” y “mostrar” la revolución como parte de la realidad exterior, en vez de apegarse al hecho real, Cortázar afirma que un cuento logrado nos hace “perder contacto con la desvaída realidad que [nos] rodea” porque “nace de un estado de trance” (Cortázar, Último round 67f). El cuento “no indaga ni transmite un conocimiento o un ‘mensaje’” (75).
Curioso también resulta que Cortázar cite como ejemplo de cuán fuerte debe ser el arrastre inconsciente que ejerce el cuento sobre el lector (tanto como sobre el escritor) el hecho de que él “deja de ser él” hasta tal punto que el tema del “analfabetismo en Tanzanía […] puede irse al demonio” (72). El cuento exitoso, en otras palabras, arrebata al lector y al escritor de sus preocupaciones políticas, de sus compromisos. Con tal hechicería resurge también el tema del erotismo, pues de “un cuento así se sale como de un acto de amor, agotado y fuera del mundo circundante” (67f).
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Jorge Gómez Alcalá
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