Quién y de quién soy
13.02.08 @ 10:45:56. Archivado en Violencia, Psicoanálisis, Clínica, Teoría, Colaboraciones, Salud Mental
Marcela es una amiga y colega argentina radicada en Madrid desde hace muchos años.
Estudió en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y desde entonces se ha ido formando en psicoanálisis.
Estudió con algunos analistas expertos, se acercó a la Asociación Madrileña de Psicoanálisis, (APM) donde predomina la escuela inglesa, y comprobó en directo lo que ya todos los profesionales conocemos de dicha agrupación.
Dinámica y entusiasta además del trabajo en su consulta privada participa como asesora del Consejo para la especialidad de Psicología Clínica del Ministerio de Educación en España.
Allí nos conocimos y desde entonces trabamos una gran amistad, jalonada de tanto en tanto por mi pesadez de inocularle el "virus" lacaniano que estoy seguro le dará nuevas perspectivas y horizontes a la hora de escuchar en una clínica cada vez más compleja y amplia.
Marcela hace unos años escribió esta reseña de un trabajo para una publicación psicoanalítica
(Aperturas Psicoanalíticas Nº 6 )influida por su lectura de varios autores, sobretodo de Donald W. Winnicott.
Revista de Psicoanálisis
Noviembre 2000 - No.6
Trabajo: “Quién y de quién soy: la emergencia del verdadero self”. (Who and whose I am: The emergence of the true self). (Publicado en: Johnson, S., Ruszczynski, S. (1999). Psychoanalytic Psychotherapy in the independent tradition. Karnac Books: Londres. p. 9-26)
Autora de la reseña: Marcela Isgut Schapiro
La autora de este trabajo propone una reflexión acerca del concepto de neutralidad analítica a la luz del trabajo clínico realizado durante casi una década con una paciente diagnosticada de un grave trastorno de falso self. En este contexto, intenta una revisión de sus alcances y su uso en la técnica, en especial en pacientes cuyo problema consiste en una “ falsa variedad de su yo”. El título, “quién y de quién soy”, es la expresión del interrogante que la autora/terapeuta siente que se plantea, sin ser consciente de ello, su paciente Janet y que fue el “eje” del trabajo analítico.
La autora trabajaba en una institución con adolescentes y sus familias donde se le pedía que tuviera un tratamiento en el que se implicara auténticamente con sus pacientes, pero ella prefería trabajar “ de forma más analítica”.
En este contexto, el contacto con Janet, promueve el análisis de su propia búsqueda de un “ verdadero self como analista” Dice la autora que su intento de mantener una posición de neutralidad analítica fue sentido por ella como la actuación de un “ falso self de su parte” y cómo sus cambios transitorios fuera de esta posición facilitaron el surgimiento del verdadero yo de su paciente.
Antes de presentar a la paciente, hace un pequeño recorrido del concepto de neutralidad. Toma esta definición de un diccionario (Brown, 1993, p. 1911) ”Neutralidad: ausencia de opiniones decididas, sentimiento o expresión, indiferencia; imparcialidad, falta de apasionamiento”. Cita también la siguiente afirmación de Freud: “El terapeuta debería ser opaco con sus pacientes y, como un espejo, no debería mostrarles otra cosa que lo que se le muestra a él”. (Freud, 1912, p.118).
Su interpretación fue que debía entonces abstenerse de comentar o mostrar cualquier aspecto personal sobre ella misma con sus pacientes. Dejar “ su propio yo fuera de la consulta como modo de no inmiscuirse en el espacio analítico que ofrecía a sus pacientes”.
En una mirada retrospectiva, cree que esta concepción hizo que lo que creía que era su verdadero self analítico neutral, en realidad constituía, en alguna medida, un falso self analítico. Cita a Symigton, quien escribió cómo su narcisismo como psicoterapeuta principiante contribuyó a cierta “autoaniquilación” en su labor terapéutica, (Symigton,1996).
Terapeuta y paciente tuvieron como punto de encuentro la búsqueda del verdadero yo.
El caso clínico
Janet era una mujer de 57 años; había sido paciente de una comunidad terapéutica durante más de tres años, después de sufrir una crisis siete años antes. El consejero de dicha comunidad, que fue el que derivó la paciente, y a quien Janet consultó frente a la emergencia de esta nueva crisis, le recomendó que hiciera una psicoterapia intensiva de no menos de tres veces a la semana.
Janet provenía de una provincia y había crecido en una familia muy unida. Sus padres y su hermana mayor habían fallecido hacía algunos años. Tenía dos hermanas mayores. Ella y su marido se habían jubilado. Ella había sido docente y él hombre de negocios. Tenía dos hijos mayores.
Janet poseía una memoria brillante, incluso acerca de sucesos ocurridos mucho tiempo atrás.
La terapeuta describe a Janet como una mujer atractiva, bien vestida, inmaculadamente aseada y con pelo rubio platinado pero que denotaba su edad pese a su rostro joven. Su voz era la de “una pequeña niña dulce”. El recuerdo de la primer entrevista es básicamente el de un clima emocional de urgencia por parte de Janet . Hablaba rápidamente y le preocupaba no ser aceptada por la terapeuta. Habló de sus tres crisis, la primera después de la muerte de su madre, veinte años antes.
Describió los sucesos relacionados con este hecho como si el tiempo no hubiera pasado, diciendo que ella continuaba profundamente apenada. Janet recordó estar en su habitación llorando después del funeral cuando su marido le mencionó que tenía dos niños pequeños que la necesitaban. En ese momento dijo haberse colocado “una máscara y continuar su vida por el bien de su familia.” Desde el año siguiente a la muerte de su madre intentó varios tratamientos para tratar su depresión, incluyendo hospitalización, medicación, terapia de electroshock y tres años en una comunidad terapéutica de orientación psicoanalítica.
En la primer entrevista Janet manifestó de modo muy enérgico que cuando llegara el momento, habría que empujarla a irse ya que ella no sería capaz. Janet estudiaba la cara de la terapeuta para encontrar algo. La terapeuta percibía su aspecto melancólico y, a la vez, escrutador, que era vivido por ella como intrusivo y generador de un clima donde ninguna de las dos podía pensar.
La autora cita a D. Stern, quien en “Diario de un bebé” se refiere a Joey, de cuatro meses y medio: “después de todo, es principalmente en la cara donde sentimos que podemos leer los sentimientos e intenciones del otro. Y empezamos a hacernos expertos al comienzo de nuestras vidas" (Stern, 1990, p.48).
Agrega que Janet parecía querer algo que ella se sentía incapaz de dar, sintiéndose controlada por la mirada y el discurso desbordante, algo que era sentido como el pedido de un modo de relación más auténtico, lo cual, de algún modo, le impedía ocupar su espacio terapéutico. La reflexión que hace aquí la terapeuta es que en ese clima, su propia necesidad de distancia, de cierto “territorio neutral” (Winnicott, 1950), dictó la necesidad de pedirle a Janet que usara el diván.
Refiere la terapeuta que hubo un primer período de trabajo de seis semanas antes de las vacaciones de verano. Pese a que ella ofreció a Janet atenderla una vez a la semana hasta las vacaciones y comenzar así el tratamiento intensivo luego de ellas, y aunque en un primer momento Janet aceptó la propuesta, a la segunda semana pidió ser atendida con más frecuencia aludiendo a que en octubre debía festejar la boda de su hijo. La terapeuta sintió que era un pedido desesperado y accedió a él. Su recuerdo de esas primeras seis semanas de tratamiento es débil : Janet hablaba muy rápido, llenando el espacio ansiosamente y siendo incapaz de realizar una pausa para pensar.
Lo que sí recuerda con nitidez la terapeuta, era su sensación de perplejidad e irritación cuando Janet, que hablaba con detalle de las personas con las que había crecido, a veces se refería a la persona como “un bastardo”, momento en el que se sentaba, se daba la vuelta y la miraba directamente para volver luego a su posición acostada. La terapeuta, que trataba de parecer tan indiferente como fuera posible, se mantenía en su actitud neutral. Sentía a la paciente como buscando defensivamente el modo de no pensar.
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Jorge Gómez Alcalá
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