El ánfora de la vida
25.01.08 @ 11:12:04. Archivado en Cultura, Filosofía, Psicología, Salud Mental, Otros Autores, Prensa
EL ANFORA DE LA VIDA
Vamos arriba por nuestro propio esfuerzo, nadie puede hacerlo por nosotros.
VICTOR MANUEL GUZMAN VILLENA
El mundo está dispuesto como una gran ánfora, dentro de la cual los que lo habitamos nos
agitamos sin cesar. Cada colectividad; cada escuela, taller, oficina, fabrica; cada hogar, pueblo, ciudad, nación está en constante y eterno movimiento y transformación.
Este movimiento es símil como cuando agitamos una vasija que contenga objetos de una misma especie pero de diverso tamaño, veremos como la Ley de la Gravitación coloca a cada objeto en el puesto que le corresponde a su tamaño; los pequeños al fondo, los medianos al medio y los grandes arriba. La misma ley que precipita al fondo a los pequeños objetos y encumbra arriba a los grandes y cumple así consciente o inconscientemente con cada uno de nosotros el objetivo de la gran Anfora de la Vida.
Esta Ley de Gravitación Moral eleva y mantiene a unos seres arriba y a otros los precipita y conserva en lo bajo. Ella nos lleva a cada uno al puesto que toca a nuestro respectivo tamaño. Los objetos inertes una vez en el sitio que les cupo con el movimiento, allí se quedan. En cambio nosotros podemos mudar de tamaño y por consiguiente de lugar; de aquí poco importa el puesto que nos haya tocado al venir al mundo: si nos empequeñecemos, la ley de Gravitación os llevará abajo; si nos agrandamos, nos podrá arriba.
Es natural que el hombre tenga la tendencia a ascender. Todos quisieran subir, pero no todos están dispuestos a pagar el precio que ello cuesta; no todos quieren someterse al requisito previo de adquirir tamaño, desenvolviendo las facultades morales, intelectuales y físicas; capacitándose para merecer. Algunos, gracias a la fuerza ciega de un trastorno o también al favor logran encumbrarse a la mayor altura de la que les corresponde a su verdadero tamaño. Empero, el haber subido no impide el caer, y así tarde o temprano, vuelven abajo, con frecuencia en forma lastimosa. Nadie puede burlar al Anfora de la Vida, sus leyes son ciegas e implacables por ser leyes morales y por tanto no podemos alterarlas como las escritas en los estatutos humanos.
Adonde quiera que volvamos la mirada veremos el Ánfora de la Vida, agitándose y clasificando a los hombres de acuerdo a su estatura interior. Veremos seres que suben y seres que descienden. Pero ¿Quienes son esos que van paso a paso, escalón por escalón avanzando lenta pero seguramente? Acaso serán los futuros grandes del Ánfora. Seres que tienen una idea fija: crecer y engrandecerse, pero no con la grandeza del mal o el poder mal concebido, en el que se combinan sólo elementos materiales y en la cual no entra ningún elemento moral.
Ahora miremos a quienes descienden.
Distinguiremos entre ellos a los creyentes de cualquier poder menos el de sí mismos; a los cobardes, vanidosos, corruptos; a los que quieren tomarse todo por asalto o sorpresa; a los abúlicos y fatalistas, a los ególatras y a los farsantes. Entre ellos distinguiremos algunos aparentemente encumbrados, pero que por sus maromas han originado el sacudimiento del Ánfora, la Ley de Gravitación. El mundo deja caer y morir todo lo que es apariencia vana, todo lo que no representa para el género humano una virtud o una idea bien concebida y con sana intención.
Pero cualquiera que sea el puesto que ocupemos, si queremos mantenernos en él, tenemos que mantener nuestro tamaño. Si nos volvemos insuficientes para ocuparla, iremos abajo inexorablemente. ¿Hay algún ser viviente que pueda subsistir y desarrollar sin nutrirse? No para crecer, pero tan sólo para conservar la vida, tenemos que compensar las perdidas por desgaste. El desgaste es natural en los hombres como en las cosas. La vida rutinaria tenemos que abandonar para continuar adelante, haciendo cada día cosas diferentes, ya que si nos acomodamos a nuestro estado actual degeneramos. Si proseguimos alimentándonos con los mismos pensamientos, haciendo las cosas en forma idéntica, el jugo de nuestra vida se evapora. La verdadera rutina de la vida debe reverdecer con nueva savia cada día. El secreto del perpetuo atraso de muchos individuos es su conformidad con su estado. Todos estamos obligados a mejorar, porque todos podemos mejorar.
El maestro, el obrero, el empleado público, el ejecutivo, el gobernante, el soldado, el sacerdote, todos tenemos que aprender nuevas cosas y buscar nuevas posibilidades de adelanto, ya que de otra manera nos fosilizamos.
Adelantar en la vida significa algo más que obtener mayor renta o mejor posición, algo más que adquirir tierras y riquezas. Adquirir riquezas es sólo un signo de nuestro progreso?. El verdadero progreso no es traducible en cifras. Con conocimiento, habilidad, experiencia podemos adquirir riquezas materiales, pero con billetes de banco no podemos comprar la perfección moral. Un acontecimiento inesperado puede traernos repentinamente una fortuna, pero la riqueza moral jamás podemos adquirirla súbitamente; la obra de nuestro adelanto moral, es trabajo paciente de todos los días.
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Jorge Gómez Alcalá
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