Homofobia
20.05.07 @ 17:37:42. Archivado en Violencia, Política, Psicología, Educación, Salud Mental, Sexualidad, Prensa
El rostro múltiple de la homofobia

El término homofobia poco a poco se integra al lenguaje común, aunque los terrenos que abarca suelen tener fronteras poco definidas. La intolerancia y el desprecio hacia las y los que tienen preferencias e identidades sexuales distintas de la heterosexualidad tienen muchas maneras de expresarse, a veces sin que exista conciencia.
En este texto se exploran los aspectos múltiples de los fantasmas que muchas veces el mundo heterosexual se elabora a propósito de la homosexualidad. Por Louis-Georges Tin De acuerdo con una opinión muy extendida, la homosexualidad sería hoy más libre que nunca: presente y visible en todas partes, en la calle, en los diarios, en la televisión, en el cine. Estaría incluso muy aceptada, pues así lo revelan los recientes avances legislativos en Norteamérica y en Europa en materia de reconocimiento de parejas del mismo sexo.
Ciertamente se necesitan todavía algunos ajustes más para erradicar las últimas discriminaciones, pero con la evolución de las mentalidades esto sería una simple cuestión de tiempo. Tal vez. Pero tal vez no, pues para un observador un poco más atento, la situación es muy distinta. A decir verdad, el siglo XX, en su conjunto, ha sido el periodo más violentamente homófobo de la historia: deportación a los campos de concentración en la época nazi, gulag en la Unión Soviética, chantajes y persecuciones en Estados Unidos en tiempos de McCarthy, todo eso parece ya lejano. Pero muy a menudo las condiciones de existencia en el mundo actual siguen siendo difíciles.
La homosexualidad parece ser discriminada en todos lados; al menos en 80 naciones la ley condena los actos homosexuales, en ocasiones con cárcel perpetua, y en unos diez países con la pena de muerte.
La homofobia se expresa aun en naciones donde la homosexualidad no figura en el código penal, como Brasil, donde en los últimos veinte años han sido contabilizados alrededor de dos mil crímenes por homofobia. En estas condiciones es difícil pensar que la “tolerancia” gana terreno. La homofobia constituye un problema humano, grave y complejo, con resonancias múltiples, que requiere de una reacción concertada y de una reflexión previa.
¿Pero qué es en realidad la homofobia? Al parecer el término circulaba ya en los años sesenta, pero el primer registro escrito es responsabilidad de K.T. Smith, autor, en 1971, de un artículo titulado “Homofobia: un perfil tentativo de la personalidad”.
Se trata de un vocablo muy reciente, cuya historia es sin embargo relativamente rica. A lo largo de los años el espectro semántico del término no ha dejado de evolucionar por ampliaciones sucesivas. En 1972, Weinberg definía la homofobia como “el miedo a estar con un homosexual en un espacio cerrado”, definición muy restrictiva que quedó rápidamente rebasada en el lenguaje común, como testifica la definición del Pequeño Larousse: “Rechazo de la homosexualidad, hostilidad sistemática hacia los homosexuales”.
Ampliando el análisis, Daniel Welzer-Lang ha sugerido una nueva definición. Para él, la homofobia “es, de modo más extenso, la denigración en los hombres de cualidades consideradas femeninas y, en cierta medida, de las cualidades consideradas masculinas en las mujeres”. De esta manera, intenta ligar entre ambas formas “la homofobia particular, ejercida contra gays y lesbianas, y la homofobia general, que toma forma a partir de la construcción y jerarquización de los géneros masculino y femenino”, un fenómeno que puede afectar a todos los individuos, cualquiera que sea su orientación sexual, lo que explicaría que el insulto “puto” se pueda también aplicar a personas claramente heterosexuales en la medida en que, más allá de las preferencias, denuncia sobre todo una infracción a esa “virilidad perfecta” que supone la construcción social de lo masculino.
Amenaza a lo establecido Es evidente que la noción de homofobia se extendió progresivamente en la medida en que las investigaciones emprendidas permitían comprender que los actos, palabras o actitudes percibidas claramente como homófobicas sólo eran el epifenómeno de una construcción cultural más general, cuyos efectos comunes constituyen una violencia que atraviesa a la sociedad en su conjunto.
El origen profundo de la homofobia debe, sin duda, buscarse en el heterosexismo, que tiende a hacer de la heterosexualidad la única experiencia sexual legítima, posible e, incluso, pensable, lo que explica que muchas personas vivan su vida sin haber jamás pensado en esta realidad homosexual, presente sin embargo en todas partes y mucho menos oculta de lo que en un principio pudiera creerse.
Más que una norma, que supondría todavía algo explícito, la heterosexualidad se convierte, para quienes así condiciona, en lo impensado de su construcción psíquica particular y en el a priori de toda sexualidad humana en general. De hecho, si no se contempla todo el horror que representa la homosexualidad para ciertas personas, se corre el riesgo de no entender la homofobia en lo que tiene de más radical.
Para las personas más condicionadas por el heterosexismo, la simple existencia de los homosexuales, quienes no los amenazan en lo más mínimo, constituye subjetivamente una amenaza para el edificio psíquico que han construido larga y pacientemente a partir de esa exclusión, y esto permite explicar por qué el miedo, y más aún el odio que de todo ello resulta, puede llegar a las violencias más brutales.
Por supuesto, este miedo no podría erigirse en circunstancia atenuante y mucho menos en justificación para los crímenes por homofobia. Este miedo es a menudo materia de alegato, por cierto exitoso, en los tribunales estadounidenses en beneficio de individuos que asisten a lugares de ligue, armados con bates de bates de béisbol para “golpear locas”, y que se escudan detrás de la noción de “pánico sexual” en un colmo de mala fe y de crueldad cínica.
Por lo demás, las teorías teológicas, morales, jurídicas, médicas, biológicas, psicoanalíticas, antropológicas, etc, nunca son más que razones inventadas para justificar una convicción íntima; y resulta por lo general inútil demostrarle a quienes ven en la homosexualidad una suerte de tara o patología, que su creencia obsoleta ha quedado desde hace tiempo invalidada por la propia medicina: lejos de ser la causa de su homofobia, este discurso médico, históricamente rebasado, sólo serviría ocasionalmente para la forma y, a lo sumo, para alguna eventual confirmación.
Grandes olas de homofobia Falta por comprender por qué la homofobia surge o resurge de modo más violento en tal época, tal lugar o bajo tal forma precisa. Más allá de las manifestaciones comunes, pareciera que las grandes olas de homofobia obedecen por lo general a manifestaciones oportunistas.
De hecho, la Historia está llena de enseñanzas al respecto. Desde los primeros tiempos de la revolución comunista, la homosexualidad fue relativamente “tolerada”; en su primera edición, de 1930, la Enciclopedia soviética afirmaba claramente que la homosexualidad no era ni un crimen ni una enfermedad. Las penurias del régimen y el ascenso de Stalin al poder contribuyeron a endurecer las condiciones de vida; la homosexualidad fue de nuevo penalizada en 1933 y pronto se volvió crimen contra el Estado, signo de decadencia burguesa y, más aún, una perversión fascista. Y, como señala Daniel Borrillo, “por una triste ironía de la Historia, la Alemania nazi instrumentaba en la misma época un plan de persecución y exterminio de homosexuales en el cual los asimilaban con los comunistas”.
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Jorge Gómez Alcalá
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