La Psicosis Infantil según Lacán
08.04.07 @ 16:22:38. Archivado en Personajes, Violencia, Psicoanálisis, Teoría, Salud Mental, Prensa
En octubre de 1967 se realizó una reunión de psicoanalistas en París para tratar sobre la
Psicosis en la infancia. La patrocinó Maud Mannoni y logró un buen número de asistencias importantes.
Lacán nos regaló con un discurso-improvisación muy interesante que ahora es publicado por la Revista Con-versiones, de la cual ya les he hablado en posts anteriores. De la mano de Sergio Rocchetti, miembro del grupo editorial, quien realiza unas notas muy esclarecedoras y de la traducción que realizó Héctor Yankelevich, les traigo hoy este artículo.
Héctor es un muy conocido psicoanalista argentino afincado durante muchos años en Francia
especializado en la práctica clínica con niños. Ha publicado numerosos libros y artículos y preparado y formado a numerosos psicoanalistas a ambos lados del Atlántico.
"Discurso de clausura de las jornadas sobre psicosis infantil" (.)
Jacques Lacan
Ante todo, quisiera agradecer a Maud Mannoni, a quien debemos estos dos días, de reunión y, por consiguiente todo lo que de ellos se pudo extraer. Logró su propósito gracias a la extraordinaria generosidad que la caracteriza y que le permitió pagar, con su esfuerzo junto a cada uno el privilegio de traer desde todos los horizontes a todo aquel que pudiera responder a una pregunta que ella hacía suya. Luego, borrándose ante el objeto, le formulaba interrogaciones válidas.
Para partir de ese objeto que está bien centrado, quisiera hacerles sentir su unidad a partir de algunas frases que pronuncié hace unos veinte años en una reunión en casa de nuestro amigo Henri Ey, quien indudablemente ha sido, en el campo psiquiátrico francés, lo que llamaríamos un civilizador. En esa oportunidad, planteó la cuestión de la enfermedad mental de tal modo que cabe decir que por lo menos despertó al cuerpo de la psiquiatría en Francia sobre la más grave de las cuestiones: lo que ese cuerpo mismo representaba.
Para llevar todo a su más justo fin, tuve que contradecirla órgano-dinamismo del cual Henry Ey se había convertido en promotor. Así meexpresaba yo, sobre el hombre en su ser, en estos términos: "Lejos de ser la fisura contingente de las fragilidades de su organismo, la locura es la permanente virtualidad de una fisura abierta en su esencia. Lejos de ser un insulto a la libertad (como lo enuncia Henri Ey), es su más fiel compañera, sigue su movimiento como una sombra.
El ser del hombre no sólo no puede ser comprendido sin la locura, sino que no sería el ser del hombre si no llevara en sí la locura, como límite de su libertad" (1).
A partir de ahí, no puede parecer extraño que en nuestra reunión se hayan reunido las cuestiones que tratan del niño, de la psicosis y de la institución. Debe parecer natural, por el contrario, que en ninguna parte mejor que en esos tres temas se evoque más constantemente la libertad.
Si la psicosis es la verdad de todo lo que verbalmente se agita bajo esa bandera, bajo esa ideología, actualmente la única con que el hombre civilizado puede armarse, comprendemos mejor el sentido de lo que para testimoniarla hacen nuestros amigos y colegas ingleses con la psicosis, de que hayan instaurado, justamente en ese campo y justamente con esos compañeros, modos y métodos en los que se invita al sujeto a pronunciarse en lo que ellos piensan que son manifestaciones de su libertad.
¿Pero no hay allí una perspectiva un poco corta, quiero decir, acaso esa libertad suscitada y sugerida por cierta práctica dirigida a esos sujetos no lleva en sí misma su límite y su engaño?
En cuanto al niño, al niño psicótico, esto desemboca en leyes, leyes de orden dialéctico, resumidas de algún modo en la pertinente observación del doctor Cooper: para obtener un niño psicótico hace falta por lo menos el trabajo de dos generaciones, ya que él mismo es el fruto en la tercera.
Si se plantea en fin la cuestión de una institución que se relacione propiamente con este campo de la psicosis, se comprueba que siempre, en un punto cuya situación es variable, prevalece en el una relación fundada en la libertad.
¿Qué significa esto? No, seguramente, que yo pretenda de algún modo cerrar así estos problemas, ni tampoco, como se dice, abrirlos o dejarlos abiertos. De lo que se trata es de situarlos o dejarlos abiertos. De lo que se trata es de situarlos y de asir la referencia desde donde podamos tratarlos sin quedar nosotros mismos encerrados en cierto engaño. Para ello habrá que dar cuenta de la distancia donde se alberga la correlación de la que somos prisioneros.
El factor de que se trata es el problema más ardiente de nuestra época, en cuanto ella ha de ser la primera en soportar el cuestionamiento de todas las estructuras sociales por el progreso de la ciencia. Es aquello con lo cual tendremos que ver, y siempre del modo más apremiante, no sólo en nuestro dominio de psiquiatras, sino también tan lejos como nuestro universo se extienda: la segregación (2).
Los hombres se comprometen en un tiempo que llamamos planetario, en el cual se informarán de ese algo que surge de la destrucción de un antiguo orden social que yo simbolizaría con el Imperio, tal como su sombra se perfiló durante largo tiempo en una gran civilización, para que lo sustituya algo muy distinto y que no tiene en absoluto el mismo sentido: los imperialismos, cuya cuestión es la siguiente: ¿cómo hacer para que las masas humanas condenadas al mismo espacio, no sólo geográfico sino también familiar, permanezcan separadas?
El problema, en el nivel en que Oury lo ha articulado con el justo término de segregación, no es pues más que un punto local, un pequeño modelo de lo que se trata de saber: cómo responderemos nosotros, los psicoanalistas, a la segregación puesta en la orden del día por una subversión sin precedentes.
No debemos despreciar aquí la perspectiva desde la cual Oury pudo plantear que, en el interior de lo colectivo, el psicótico se presenta esencialmente como el signo, signo en impasse, de lo que legitima la referencia a la libertad.
La tristeza, nos dice Dante, es el mayor pecado. Es preciso preguntarnos cómo nosotros, comprometidos en el campo que acabo de limitar, podemos sin embargo permanecer afuera.
Todos saben que soy alegre, y hasta travieso: me divierto. Constantemente me sucede, en mis textos, que hago bromas que no son del gusto de los universitarios. Es cierto. No soy triste. 0 más exactamente, no tengo más que una sola tristeza, en lo que ha sido el curso de mi vida: que haya cada vez menos personas a quienes pueda decir las razones de mi alegría, cuando las tengo.
Lleguemos sin embargo al hecho de que si podemos plantear las preguntas como desde hace algunos días se ha hecho aquí, es que en lugar del "x" encargado de responderlas, durante mucho tiempo el alienista, luego el psiquiatra, ha dicho su palabra alguien llamado psicoanalista, figura nacida de la obra de Freud.
¿Qué es esta obra?
Ustedes saben que justamente para enfrentar las carencias de cierto grupo me vi arrastrado a este lugar que de ningún modo ambicionaba, para tener que interrogarnos, con quienes podían oírme, sobre lo que hacíamos como consecuencia de esta obra, y para eso volver sobre ella.
Precisamente ante las cumbres del camino que instauré de su lectura antes de abordar la transferencia, la identificación y la angustia, no es por azar, a nadie se le ocurriría esa idea, que este año, el cuarto antes de finalizar mi seminario en Sainte Anne, haya creído que debíamos asegurarnos sobre la ética del psicoanálisis.
Parece que en efecto arriesgamos olvidar en el campo de nuestra función que en su principio hay una ética y que, por lo tanto, cualquier cosa que se diga, sin mi consentimiento además, sobre el fin del hombre, se refiere a una formación que podemos calificar de humana y que es nuestro principal tormento.
Toda formación humana se dirige, por esencia y no por accidente, a refrenar el goce. La cosa se nos aparece desnuda y ya no a través de esos prismas o lentes llamados religión, filosofía. . . o aun hedonismo pues en el principio del placer se halla el freno del goce.
Es un hecho que hacia el final del siglo XIX no sin chocar en alguna medida con las seguridades de la ética utilitarista Freud devolvió al goce su lugar, que es fundamental, para apreciar todo lo que a lo largo de la historia se afirma como moral.
¿Qué agitación fue necesaria -en las bases, quiero decir para que de ella volviera a emerger ese abismo al cual nos entregamos dos veces por noche, dos veces por mes? ¿Nuestro contacto con alguna pareja sexual?
No es menos notable que nada ha sido más raro en nuestras charlas estos dos días que recurrir a uno de esos términos que podemos llamar la relación sexual (para dejar de lado el acto), el inconsciente, el goce.
Eso no quiere decir que su presencia no nos dominara, invisible, pero igualmente palpable en tal gesticulación detrás del micrófono.
No obstante, jamás fue teóricamente articulada.
Lo que (inexactamente) se entiende de la propuesta de Heidegger de buscar el fundamento en el ser para la muerte (3) da motivo a ese eco que hace resonar durante siglos, siglos de oro además, del penitente como puesto en el corazón de la vida espiritual. No desconocer en los antecedentes de la meditación de Pascal el apoyo de un salto del amor y la ambición apenas si sirve para asegurarnos mejor del lugar común, va en su época, del retiro donde se consuma el afrontamiento del ser para la muerte. Comprobación que encuentra su pago en el hecho de que Pascal, al transformar esa ascesis en apuesta, de hecho le pone fin (4).
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saludos
myrtrejo
El discurso sobre todo muestra lo verdadero de la persona.
Eso es todo lo que opino, muchas gracias.
Cordiales Salu2
Cordiales Salu2
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Jorge Gómez Alcalá
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